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Acerca de algunos símbolos hermético-religiosos – René Guénon –

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Hemos pensado que no carecería de interés el dar algunas explicaciones complementarias sobre ciertos símbolos. Estas explicaciones, es cierto, no se relacionan directamente con el Sagrado-Corazón, pero,queremos creer que no estarán totalmente fuera de lugar aquí.

Uno de los símbolos a los cuales hacemos alusión es el Janus bifrons que ha sido reproducido por L. Charbonneau-Lassay a continuación de su artículo sobre los cuadrantes solares (mayo de 1925, p. 484). La interpretación más habitual es la que considera los dos rostros de Jano como representando respectivamente el pasado y el porvenir: está interpretación es por lo demás perfectamente exacta, pero no corresponde más que a uno de los aspectos del simbolismo muy complejo de Jano.

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Desde este punto de vista, por lo demás, hay ya una observación muy importante que hacer: entre el pasado que ya no existe y el porvenir que aún no está, el verdadero rostro de Jano, aquel que mira el presente, no es, se dice, ni uno ni otro de los que pueden verse. Este tercer rostro, es, en efecto, invisible, porque el presente, en la manifestación temporal, no es sino un instante inaprehensible,(También por esta razón, algunas lenguas, como el hebreo y el árabe, no tienen forma verbal correspondiente al presente); pero, cuando nos elevamos por encima de las condiciones de esta manifestación transitoria y contingente, el presente contiene, por el contrario, toda la realidad.

El tercer ojo de Jano corresponde, en otro simbolismo, al ojo frontal de Shiva, invisible también, puesto que no es representado por ningún órgano corporal, y del cual hemos tenido ocasión de hablar a propósito del Santo Grial (agosto-septiembre de 1925, p. 187), como figurando el “sentido de la eternidad”. Según la tradición hindú, una mirada de este tercer ojo reduce todo a cenizas, es decir, destruye toda manifestación, pero, cuando la sucesión es transmutada en simultaneidad, lo temporal en intemporal, todas las cosas permanecen en el “eterno presente”, de suerte que la destrucción aparente no es verdaderamente más que una “transformación”.

Es fácil comprender por estas consideraciones el que Jano pueda tomarse legítimamente como una figura de Aquel que es, no solamente el “Dueño del triple tiempo” (designación que es igualmente aplicada a Shiva), sino también, y antes que nada, el “Señor de la Eternidad”. Por lo demás, el “Dueño del tiempo” no puede estar él mismo sometido al tiempo, lo mismo que, según la enseñanza de Aristóteles, el primer motor de todas las cosas, o el principio del movimiento universal, es necesariamente inmóvil. Es el Verbo eterno que la Escritura Santa designa como el “Anciano de los días”, el Padre de las edades o de los ciclos de existencia (tal es el sentido propio del latín seculum), y la tradición hindú le da también el título equivalente de Purâna-Purusha.

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En los dos rostros de Jano de los que hablaba en su artículo, L. Charbonneau-Lassay había visto “el de un hombre mayor, mirando hacia los tiempos pasados, y el otro, más joven, fijado hacia el porvenir”; y ello, según lo que acabamos de decir, era efectivamente muy plausible. Sin embargo, nos ha parecido que, en el caso actual, se trataba sobre todo de un Jano andrógino, del que se encuentran también frecuentes ejemplos; hemos hecho tal observación a Charbonneau, el cual, tras haber examinado de nuevo la figura en cuestión, ha pensado como nosotros que el rostro girado a la derecha debía ser un rostro femenino.

Bajo este aspecto, Jano es comparable al Rebis de los hermetistas de la Edad Media (de res bina, cosa doble, unión de dos naturalezas en un ser único), que es representado también bajo la forma de un personaje de dos cabezas, una de hombre y otra de mujer; la sola diferencia es que ese Rebis es Sol-Luna, como lo indican los emblemas accesorios que le acompañan de ordinario, mientras que Janus-Jana es más bien Lunus-Luna. Por tal motivo, su cabeza está frecuentemente rematada por una luna creciente, en lugar de la corona que porta en la figuración reproducida en Regnabit (habría mucho que decir sobre las relaciones entre esa corona y ese creciente lunar; hay además que señalar que el nombre de Diana, la diosa lunar, es otra forma de Jana, el aspecto femenino de Janus. No hacemos sino indicar esta vertiente del simbolismo del antiguo dios latino, sin extendernos más, pues hay todavía otros sobre los cuales creemos útil insistir un poco.

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Janus es el Janitor que abre y cierra el ciclo anual, y las dos llaves que porta más frecuentemente son las de las dos puertas solsticiales. Por otro lado, era también el dios de la iniciación a los misterios (initiatio deriva de in-ire, y, según Cicerón, el nombre mismo de Janus tiene la misma raíz que el verbo ire); bajo este nuevo aspecto, las dos mismas llaves, una de oro y otra de plata, eran las de los “grandes misterios” y de los “pequeños misterios”; ¿no es natural que se haya visto ahí una prefiguración de las llaves que abren y cierran el Reino de los Cielos? Por lo demás, en virtud de cierto simbolismo astronómico que parece haber sido común a todos los pueblos antiguos, hay lazos muy estrechos entre los dos sentidos que acabamos de indicar; este simbolismo al cual aludimos es el del ciclo zodiacal, y, no es sin razón por lo que éste, con sus dos mitades ascendente y descendente que tienen sus puntos de partida respectivos en los dos solsticios de invierno y de verano, se encuentra representado en el portal de tantas iglesias de la Edad Media.

Se ve aparecer aquí otra significación de los dos rostros de Jano: es el “Dueño de las dos vías” a las cuales dan acceso las dos puertas solsticiales, esas dos vías de la derecha y de la izquierda que los Pitagóricos representaban por la letra Y, (Es lo que representaba también, bajo una forma exotérica, el mito de Hércules entre la Virtud y el Vicio. Hemos encontrado el antiguo símbolo pitagórico, no sin cierta sorpresa, en la marca del impresor Nicolas du Chemin, dibujada por Jean Cousin), y que la tradición hindú, por su lado, designa como la “vía de los dioses” y la “vía de los antepasados” (dêva-yâna y pitri-yâna; la palabra sánscrita yâna tiene la misma raíz aún que el latín ire, y su forma le aproxima singularmente al nombre de Janus).

Estas dos vías son también, en un sentido, la de los Cielos y la de los Infiernos; y se observará que los dos lados a los cuales ellas corresponden, la derecha y la izquierda, son aquellos donde se reparten los elegidos y los condenados en las representaciones del juicio final, que, ellas también, por una coincidencia bien significativa, se encuentran tan frecuentemente en el portal de las iglesias.

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Por otro lado, a la derecha y a la izquierda corresponden respectivamente, según la Kábala hebrea, dos atributos divinos: la Misericordia (Hesed) y la Justicia (Din), estos dos atributos convienen manifiestamente a Cristo, y más especialmente cuando se le considera en su función de juez de los vivos y de los muertos.

Los Arabes, haciendo una distinción análoga, dicen “Belleza” (Djemâl) y “Majestad” (Djelâl), y se podría comprender con estas últimas designaciones, que los dos aspectos hayan sido representados por un rostro femenino y un rostro masculino. Si nos remitimos a la figura que ha ocasionado esta nota, vemos que, del lado del rostro masculino, Janus porta precisamente un cetro, insignia de majestad, mientras que, del lado del rostro femenino, ostenta una llave; luego esta llave y este cetro sustituyen aquí al conjunto de dos llaves que es un emblema más habitual del mismo Jano, y traduce quizá más claramente aún uno de los sentidos de este emblema, que es el de un doble poder procedente de un principio único: poder sacerdotal y poder regio.

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Ahí está, en efecto, otra más de sus significaciones múltiples, y además concordantes, que aparecen implícitas en el simbolismo de Jano, y también muy propia para ser encarada como una figura de Cristo; no es precisamente a los lectores de Regnabit a quienes es necesario explicar que a Cristo pertenecen eminentemente y por excelencia el Sacerdocio y la Realeza supremos

La Kábala hebrea sintetiza el simbolismo del que acabamos de hablar en la figura del árbol sefirótico, que representa el conjunto de los atributos divinos, y donde la “columna de la derecha” y la “columna de la izquierda” tienen el sentido que hemos venido indicando; este árbol es también designado como el “Arbol de Vida”(Ets ha-Hayim). Es muy de resaltar que una representación estrictamente equivalente aparece en el simbolismo medieval del “Arbol de los Vivos y de los Muertos”, descrito por L.Charbonneau-Lassay en su reciente artículo sobre los Arboles emblemáticos” (agosto-septiembre de 1925, p. 178) y que evoca además la idea de “posteridad espiritual”, muy importante en diversas doctrinas tradicionales.

Según la Escritura, el “Arbol de la Vida” estaba emplazado en mitad del Edén (Génesis, II, 9), y, como hemos explicado en nuestro estudio sobre la leyenda del Santo Grial, el Edén era él mismo el Centro espiritual del Mundo. Este árbol representaba por tanto, el eje invariable alrededor del cual se cumple la revolución de todas las cosas (revolución con la cual se relaciona igualmente el ciclo zodiacal); y por ello el “Arbol de Vida” es designado en otras tradiciones como el “Arbol del Mundo”.

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Enumeraremos solamente algunos de los árboles que, en los diferentes pueblos, se han tomado para simbolizar este “Arbol del Mundo”: la higuera en la India, la encina entre los Celtas y en Dodona, el fresno entre los Escandinavos, el tilo en los Germanos. Pensamos que hay que ver también una figura del “Arbol del Mundo” o del “Arbol de Vida” en el ex libris hermético del siglo XVIII que Charbonneau ha reproducido en el mismo artículo (p. 179); aquí, está representado por la acacia, símbolo hebreo de inmortalidad e incorruptibilidad, luego de resurrección. Es precisamente, según la tradición hebraica también, del “Arbol de Vida” de donde emana este “rocío celeste” del que hemos tenido ocasión de hablar ya en diversas ocasiones y por el cual debe operarse la resurrección de los muertos.

[Nota de la Bitácora: Ver nota Los árboles en el Corán y en la Biblia que árbol eres según los celtas].

A pesar de la presencia de la acacia, el ex libris en cuestión no tiene ningún carácter específicamente masónico; las dos columnas de derecha y de izquierda del árbol sefirótico no están ahí representadas, como lo serían en semejante caso, por las dos columnas del Templo de Salomón. El lugar de éstas es ocupado por dos prismas triangulares con terminación piramidal, colocados en sentido inverso uno del otro, y coronados respectivamente por el sol y por la luna.

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Estos dos astros así relacionados, constituyen la sigla Sol y Luna que acompaña las antiguas crucifixiones,(La cruz está emplazada, en tales representaciones, entre el sol y la luna, exactamente como el “Arbol de Vida” lo está aquí; apenas hace falta señalar que la cruz es también el Lignum Vitae), y evocan al mismo tiempo la idea del Rebis hermético, y ello es aún una confirmación de la muy estrecha relación existente entre todos los símbolos que aquí consideramos.

En cuanto a los dos prismas mismos, ofrecen la imagen de dos ternarios opuestos formando el “Sello de Salomón”, del que hemos hablado en nuestro artículo sobre las marcas corporativas (noviembre de 1925); y estos dos mismos ternarios se encuentran también en la disposición, evidentemente voluntaria, de las ramas y las raíces del árbol mismo, disposición que recuerda bastante claramente la de la flor de Lys y de las otras figuras heráldicas que tienen por esquema general el Crismón.

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Todo ello es sin duda muy curioso y propio para suscitar abundantes reflexiones; esperamos que, señalando todas estas relaciones, habremos al menos logrado hacer sentir en cierta medida la identidad de todas las tradiciones, prueba manifiesta de su unidad original, y la perfecta conformidad del Cristianismo con la Tradición primordial de la que se encuentran así por todas partes vestigios esparcidos.

Para terminar, queremos decir algunas palabras acerca de una objeción que se nos ha dirigido con motivo de las relaciones que hemos considerado entre el Santo Graal y el Sagrado Corazón, aunque, a decir verdad, la respuesta que al mismo tiempo se ha dado nos parece plenamente satisfactoria.(Habríamos podido recordar también el athanor hermético, el vaso en que se cumple la “Gran Obra”, cuyo nombre, según algunos, derivaría del griego athánatos, “inmortal”; el fuego invisible que se mantiene perpetuamente en él corresponde al calor vital que reside en el corazón.

Hubiéramos podido, igualmente, establecer vinculaciones con otro símbolo muy difundido, el del huevo, que significa resurrección e inmortalidad, y sobre el cual tendremos quizá oportunidad de volver. Señalemos por otra parte, al menos a título de curiosidad, que la copa del Tarot (cuyo origen es, por lo demás, harto misterioso) ha sido reemplazada por el corazón en los naipes franceses, lo que es otro índice de la equivalencia de ambos símbolos).

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Poco importa, en efecto, que Chrestien de Troyes y Robert de Boron no hayan visto, en la antigua leyenda de la que no han sido sino adaptadores, toda la significación contenida en ella; esta significación no por ello dejaba de encontrarse realmente contenida, y no pretendemos haber hecho otra cosa que explicitarla, sin introducir nada de “moderno” en nuestra interpretación. Por lo demás, es muy difícil decir con exactitud lo que los escritores del siglo XII veían o no veían en la leyenda; y, dado que no desempeñaban en suma sino un simple papel de “transmisores”, concedemos de buen grado que no debían de ver, sin duda, todo lo que veían sus inspiradores; queremos decir, los verdaderos poseedores de la doctrina tradicional.

Por otra parte, en lo que a los Celtas se refiere, hemos cuidado de recordar qué precauciones se imponen cuando quiere hablarse de ellos, en ausencia de toda documentación escrita; pero, ¿porqué querría suponerse, a despecho de los indicios contrarios que a pesar de todo poseemos, que hayan sido menos favorecidos que los demás pueblos de la Antigüedad?

En efecto, en todas partes vemos, y no sólo en Egipto, la asimilación simbólica establecida entre el corazón y la copa o el vaso; en todas partes, el corazón está considerado como el centro del ser, centro a la vez divino y humano en las aplicaciones múltiples que permite; en todas partes, también, la copa sacrificial representa el Centro o el Corazón del Mundo, la “morada de inmortalidad”; ¿qué más se necesita?

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Sabemos bien que la copa y la lanza, o sus equivalentes, han tenido además otras significaciones que las que hemos indicado, pero, sin detenernos en ello, podemos decir que todas esas significaciones, por extrañas que algunas puedan parecer a los ojos de los modernos, son perfectamente concordes entre sí, y expresan en realidad las aplicaciones de un mismo principio a órdenes diversos, según una ley de correspondencia en la cual se funda la armoniosa multiplicidad de sentidos que se incluyen en todo simbolismo.

Ahora bien, que no sólo el Centro del Mundo se identifica efectivamente con el Corazón de Cristo, sino que esta identidad ha sido claramente indicada en las doctrinas antiguas, es cosa que esperamos poder mostrar en otros estudios. Evidentemente, la expresión “Corazón de Cristo”, en este caso, debe tomarse en un sentido que no es precisamente el que podríamos llamar “histórico”; pero debe señalarse que los hechos históricos mismos, como todo lo demás, traducen en su modo propio las realidades superiores y se conforman a esa ley de correspondencia a que acabamos de aludir, ley que, solo ella, permite explicar ciertas “prefiguraciones”.

Se trata, si se quiere, del Cristo-principio, es decir, del Verbo manifestado en el punto central del Universo; pero, ¿quién osaría pretender que el Verbo eterno y su manifestación histórica, terrestre y humana, no son real y sustancialmente un solo y mismo Cristo en dos aspectos diferentes?

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Tocamos con esto, además, la cuestión de las relaciones entre lo temporal y lo intemporal; quizá no convenga insistir demasiado, pues esas cosas son justamente de aquellas que solamente el simbolismo permite expresar en la medida en que son expresables. En todo caso, basta saber leer los símbolos para encontrar en ellos todo lo que nosotros encontramos; pero, por desgracia, particularmente en nuestra época, no todos saben leerlos.

Publicado en Regnabit, diciembre de 1925.

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Reflexiones sobre el Camino del Guerrero

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– Dime, Oh Zeus, ¿cómo fue que Atis, y Corybas [Cybeles], y Sabazio consiguieron introducirse aquí entre nosotros –o Mitra, que allí se encuentra, el medo, con su caftán y su gorro, que ni siquiera habla el griego? Y tú, también, Anubis con rostro de perro ¿cómo crees que pasarás por un dios si sigues ladrando? Me da vergüenza, Zeus, mencionar a todos los ibis, monos, cabras y peores bestias aún, que de alguna manera han pasado de contrabando desde Egipto al Cielo. ¿Cómo podéis soportar,Dioses, ver que los adoran tanto como a vosotros mismos, o incluso más? Y tú, Zeus, ¿cómo puedes tolerar esos cuernos de morueco que pegan en tu cabeza?

–Todo eso que mencionas sobre los egipcios es ciertamente indecoroso. Sin embargo, Momo, la mayor parte de ello es asunto de simbolismo; y quien no es un adepto en los Misterios en verdad no debe reírse de ello.

(Luciano, La Asamblea de los Dioses 9-11)

La intolerancia ha estado presente en el mundo desde el principio de los tiempos … y nos acompañará hasta el final de los mismos. Gran parte de la responsabilidad corresponde a las dirigencias gubernamentales, que se ocupan de marcar “diferencias” y transformar en “abismos”, opiniones discrepantes. Quién no ha oído o leído alguna vez frases tales como Pueblo elegido, Padres de la democracia, “Columna vertebral de la Nación”, “Último bastión de la civilización occidental y cristiana”?

La gente de la masa es xenófoba y odia lo que no entiende.

En la actualidad, ser soldado no es una realidad para la mayor parte de la gente en el mundo angloparlante, especialmente para aquellos pertenecientes a la generación más joven a los que se ha evitado la experiencia directa de la guerra durante sus vidas.

Pero por fuera de la población del mundo angloparlante, (con excepción de Eire y su patriótico I.R.A.), las cosas cambian. Los pueblos del III Mundo sí conocen la guerra. El 1º Mundo se encarga de “exportarla” y lograr así conservar y acrecentar el multimillonario negocio de la venta de armas, de la “Ayuda Humanitaria” y de la industria farmacéutica, entre otros pingües negocios.

La guerra para nosotros, en el momento de escribir al menos, es algo que ocurre en el Tercer Mundo. La siempre presente amenaza de destrucción nuclear bajo la cual vivimos es la antítesis de una lucha cuerpo a cuerpo con armas afiladas tal como la que los antiguos conocieron. Por otra parte, las sociedades antiguas tuvieron una relación íntima con la guerra. Las civilizaciones griega y romana siempre habían sido dirigidas asumiendo que aquélla era una parte de la vida, tanto como la siembra y la cosecha. La guerra ocurría entre una y otra: cuando los cultivos crecían, uno se marchaba de campaña a los campos circundantes y luchaba con sus vecinos. Algunos hombres nunca volvían y esto era tan de esperar como la muerte natural.

La creencia en una causa se transpone muy fácilmente de un nivel pragmático a otro idealista, y no se tarda en apropiar para el bando de uno conceptos tales como la Justicia, la Verdad y la Rectitud. Dada la tendencia a la personificación en el mundo antiguo, las virtudes se personalizan como dioses y diosas y al instante, las huestes del cielo quedan enroladas en la causa de uno.

Atenea apoyaba a los griegos tal como Hera a los troyanos, y el mismo gran Zeus no era indiferente al resultado de una batalla entre mortales. Los Dioscuros fueron vislumbrados luchando al lado de las tropas romanas en el lago Regillus en el año 496 a.C., de igual modo que los Ángeles de Mons se aparecieron a los Aliados en 1914. Se ofrecen oraciones y sacrificios para asegurar la cooperación divina, ya que ‘si Dios está a nuestro favor, ¿quién puede estar contra nosotros?’.

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Aunque a veces aparecen seres mesiánicos que pretenden hablar con Dios, y que Él les dicta los pasos a seguir … Todavía recuerdo a Bush padre pronunciando estas palabras antes de la Primera Guerra del Golfo … o a Bush hijo, diciéndolas antes de la Segunda Guerra del Golfo.

Los Cruzados se ponen en camino para luchar contra los enemigos de Cristo con una misa mayor, mientras que los musulmanes confían que Allâh les dará la victoria sobre los idólatras y los politeístas. Si la guerra no fuese un asunto tan cruel, uno tendría que reírse; pero esto sería adoptar una visión como la de un ojo de Dios. Consideremos más bien lo que la guerra, la sagrada y la de otro tipo, significa para el soldado individual y cómo ella puede constituir realmente un camino espiritual válido.

Un soldado es llamado a arriesgar su salud corporal en beneficio de una causa superior: en favor de su país, de aquellos a quien ama, de su fe o de su rey. Eso significa que debe otorgar más valor a éstos que a su persona. También debe obedecer órdenes, sometiendo su voluntad a la de sus oficiales. Acepta una vida muy alejada de las comodidades de su casa y la familia, y aunque espera volver con los suyos enriquecido por sus hazañas, sabe que puede morir y no volver a verlos nunca, o regresar mutilado. Todo esto significa una profunda lección de auto-humillación.

Cuán distintos eran los combatientes de antaño, defendiendo valores como el honor y luchando, nada más y nada menos que por la Gloria!.

Por más arrogante que pueda ser el soldado a primera vista, él renuncia a su individualidad en el momento en que se pone su uniforme y contempla en el campo de batalla la posibilidad de su propia aniquilación. Se aproxima mucho al misterio de la muerte, y aunque no se muestre más sabio por ello, es una lección para su alma que puede producir frutos en un tiempo venidero.

Algunas personas están destinadas a vivir toda su vida en este contexto; son la casta guerrera del mundo, cuyo trabajo es gobernar y proteger a la gente. Su vocación es completamente distinta de la de las otras castas tradicionales –sacerdotes y maestros,comerciantes y campesinos–, y como resultado, aplican una ética diferente. Cuando se plantea la elección de matar o ser matado, el asceta perfecto entregaría su vida; ¡pero el guerrero golpearía primero a su adversario! La mayor parte de las religiones del mundo han hecho sitio para acoger esta actitud. El Samurai japonés, los guerreros sagrados Muhammad y Arjuna, los Caballeros de la Tabla Redonda: todos son seguidores de este camino.

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La religión de Isis, que atraía grandemente a los habitantes de las ciudades y a las mujeres de clase media en los tiempos del Imperio, daba la bienvenida a Lucio (en: Apuleyo, Metamorfosis xi, 15) con estas palabras: ‘Enrólate en este servicio militar sagrado’. Pero más frecuentemente, la lealtad de los verdaderos guerreros se dirigía hacia los dioses abiertamente militares: Marte, Hércules, Sol Invicto, Júpiter Doliceno y, especialmente, Mitra. El Mitraísmo estaba basado en una visión del mundo realmente guerrera; imaginaba un Señor de la Luz supremo, poderoso allende cualquier cosmos conocido para el hombre, a quien constantemente se oponía el supremo Oscuro Señor Ahrimán. De este modo, para el Mitraísta, todo el universo está en un perpetuo estado de guerra entre el bien fundamental y el mal fundamental. Mitra es un dios inferior a quien Ormuz envía a conducir el lado del bien en nuestro cosmos –de ahí el Zodíaco que a menudo lo envuelve a él y a sus actos.

Toda la vida es una batalla que continúa incluso después de la muerte cuando los demonios y los ángeles se disputan la posesión de nuestras almas; luego la guerra entre humanos es natural como una imagen de la lucha cósmica e incluso metacósmica. Por fuera, un soldado de Mitra debe aliar sus energías y aspiraciones con el bando de los ángeles; por dentro, debe hacer de su vida una representación continua del sacrificio taurino creativo mortificando lo meramente físico, simbolizado por el toro, de manera que el espíritu vivificador pueda fluir más abundantemente en lo sucesivo.

El emperador Juliano,comprendía muy bien las profundas corrientes espirituales de su época e intentó anularlas sin éxito: él no era un hombre práctico. Por otra parte, Alejandro el Grande (quien con razón era uno de los héroes de Juliano) era supremamente práctico, si bien confesó que él no era su propio maestro. Cuando fue preguntado por los Brahmanes hindúes por qué persistía en hacer la guerra, respondió lo siguiente: “Está ordenado por la Providencia divina que seamos servidores de los decretos de los diosesNo se levantan olas en el mar a menos que sople el viento, ni un árbol se pone en movimiento a no ser que el viento lo toque; así, tampoco el hombre actúa si no es que es impulsado por la divina Providencia. De buena gana desistiría de hacer la guerra, pero el Señor de mi espíritu no me lo permite. Pues si todos fuéramos unánimes, el cosmos se estaría quieto…” (Pseudo-Calístenes 3, 6).

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Podía haber estado hablando por la raza humana en su conjunto.

Traducción: Marc García

Fuente: Religiones mistéricas en el mundo antiguo

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El “Destino del Guerrero ” – Los Hititas

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La identidad de las etnias y de las lenguas que se hablaban en el Asia Menor antes del II milenio a.C. supera las posibilidades de conocimiento. La región oeste se orientó hacia el mar Egeo y la Hélade desde temprano, mientras que la zona este perteneció al Oriente antiguo. Los prehititas (“hatti”) se establecieron en el norte. Alrededor del 2000 ya tenían un largo período de asentamiento; su lengua está probablemente vinculada con las caucásicas. Por entonces, gente de habla indoeuropea arribó al Asia Menor y dos siglos después había subyugado una porción apreciable del territorio sin eliminar a sus habitantes. Eran los “nesitas”, que la bibliografía conoce como hititas y que fueron precedidos por sus parientes, los luvitas. Ambas lenguas, junto con otras de menor importancia, constituyen la rama anatólica de la familia indoeuropea.

Tras un período de organización entre los siglos XIX y XVII a.C., hacia 1400 los hititas iniciaron su expansión territorial y llegaron a la cumbre de su poderío, disputando la su-premacía a Egipto. Los tres principales frentes de lucha de los hititas en el orden externo fueron:

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a) Egipto: El Imperio Nuevo, después de la expulsión de los hicsos (1580), se extendió por Asia y chocó con Hatti y Mitanni. La batalla de Kadesh (1285) entre hititas y egipcios no resolvió el pleito; en 1269 se firmó un tratado que establecía un condominio sobre Siria. Hatti se derrumbó hacia 1200, pero los egipcios ya no podían hacer valer sus pretensiones.

b) Mitanni: En el siglo XVII a.C., los hurritas se fortalecieron y constituyeron el reino de Mitanni. En su momento de máximo esplendor, Mitanni abarcó el norte de Mesopotamia y Siria, con salida al Mediterráneo, y fue tenaz contrincante de Egipto. A través de alianzas dinásticas, se unió con su enemigo contra los hititas, pero el debilitamiento de Egipto durante el reinado de Amenofis III (1402-1364), la hábil política de aquéllos y el surgimiento de Asiria como potencia provocaron la destrucción de Mitanni hacia 1370-1340; los restos de los hurritas se retiraron hacia el norte y parte de ellos se estableció en la meseta de Armenia.

c) Asiria-Babilonia: las disputas por la posesión de Siria septentrional condujeron al saqueo de Babilonia por Mursilis I (1595). Hacia 1370 Asiria comenzó a fortalecerse, pero hititas y asirios no llegaron a chocar al lograr un reparto equitativo de los despojos de Mitanni. . A fines del siglo XIII a.C., el imperio hitita se hundió. Quinientos años después, la conquista del reino neohitita de Karkemish (717) por los asirios marcó su fin definitivo.

Un cuarto frente de conflicto, Azzi-Hayasa, en el oeste de la meseta de Armenia, tuvo a maltraer a los hititas y a menudo los obligó a permanecer a la defensiva. Las fronteras orientales, en las márgenes del río Eufrates, constituyeron un foco permanente de tensión. El pueblo montañés de los kaskas y los países de Azzi-Hayasa e Isuwa no perdían ocasión para poner en aprietos a su poderoso vecino.

La confrontación entre ambas partes no era una cuestión estrictamente militar. James Mellaart ha planteado la posibilidad de que los hititas trataran de mantener el control de una fuente alternativa de estaño; exploraciones geológicas han descubierto la presencia de depósitos aluvionales de oro, plata y estaño al pie del monte Aragatz, al noroeste de la actual República de Armenia. El estaño se procesaba, junto con el cobre, en los hornos metalúrgicos de Metzamor (ca. 1500)(1) .

Sin embargo, el estaño del Cáucaso no parece haber sido tan relevante en la época. Según Charles Burney, la casiterita utilizada en Metzamor era importada (2) , en tanto Jak Ya-kar ha señalado que tanto podía ser local como importada de Irán o Afganistán occidental (3) . James G. Macqueen ha sugerido que Azzi-Hayasa quizás controlara los ricos depósitos metalíferos del noroeste y norte de la meseta de Armenia, lo que suscitó el interés de su poderoso vecino del oeste (4) .

En la época tenían gran importancia los maryannu, conductores de carros de combate que representaban la aristocracia guerrera hurrita y los estratos superiores de Mitanni. Su poderío no se limitaba a los estados hurritas, sino que estaban presentes en la clase alta de los pequeños estados sirio-palestinos y formaban su oficialidad. Sirvieron como mercenarios de los faraones egipcios, por ejemplo contra la segunda oleada de los “pueblos del mar” (5) .

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Los autores que admiten la presencia o la influencia indoirania en Mitanni concuerdan en el origen sánscrito de maryannu; sus oponentes han propuesto una fuente caucásica oriental (6) . El sumerio mar-gid-da (mar “carro”) (7) podría haberse combinado con el védico máryah (“hombre joven, valiente”), en nuestra opinión, para dar maryannu (“guerrero en carro de combate”).

La función guerrera es la segunda en la clasificación trifuncional de Georges Dumézil. Su análisis en el mundo indoiranio es relevante por ser el más próximo al armenio y porque la legislación religiosa y los himnos sagrados han conservado datos relacionados.

Dumézil ha estudiado a algunos de los héroes guerreros (Hércules, Indra, etc.), trazando un esquema general en el que aparecen como líderes militares, símbolo de las fuerzas de la tempestad y cometedores de tres pecados (matar a la criatura de una divinidad, sentir miedo que lleva a una acción deshonrosa, realizar un acto sexual prohibido). La transgresión sexual (adulterio, violación, concubinato) toma distintas formas entre los guerreros a veces divinos y en otras humanizados, quienes personifican la fuerza primitiva irrefrenable y bárbara: “(…) Por doquier el guerrero se toma libertades con los códigos mediante los cuales los seniores pretenden disciplinar el ardor de los jóvenes, por doquier se reconoce ‘derechos no escritos’ sobre la mujer del prójimo, sobre la virtud de las mozas” (8) .

La figura apasionada de los máryah, propia de la antigua mitología indoirania, sufrió luego un cambio brusco; Indra se convirtió en personificación de la maldad. Verethragna y Mitra se dividieron su función, y apareció una nueva concepción moral, donde la figura del guerrero pecador quedó en el polo opuesto al de la pureza y la purificación. Dumézil y Stig Wikander han identificado este cambio con la reforma de Zoroastro; Jean Haudry señala que la fecha, la causa y la forma de esta revolución religiosa son desconocidas (9) . No obstante, T. Burrow ha indicado que una invasión irania desde el sur provocó la división de la zona ocupada por los indoiranios entre el Penjab y el Asia occidental; la tensión entre ambos grupos se expresó en la prédica de Zoroastro, hacia los siglos XII-XI a.C., y los dioses indoiranios fueron anatematizados como deivas (“demonios”) (10) .

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En un tratado firmado con Huqqana de Azzi-Hayasa, Supiluliuma I menciona una serie de obligaciones de derecho civil:

Mi hermana, que te he entregado como esposa, tiene hermanas y cuñadas. Ellas se han convertido en tus parientes a causa de tu matrimonio. Porque en el país de Hatti hay una ley: no toques a tus hermanas y primas. Esto está prohibido. Quien se permita acto semejante en Hatti, no vivirá, morirá.

Como vuestro país es menos civilizado, ustedes están habituados a tomar a vuestras hermanas y primas. Ésto está prohibido en Hatti. Si un día una hermana, una cuñada o una prima de tu mujer te visitan, agasájala con bebida y comida. Coman, beban y pasen momentos agradables. Pero no la toques. Esto está prohibido, es causal de muerte. No lo intentes de manera espontánea, y si alguien te lo sugiere, no le prestes atención. No lo hagas. Que esto te esté prohibido por juramento.

Manténte lejos de las mujeres de palacio. No te acerques y no hables a cuanta mujer de palacio exista, libre o esclava. Que tu siervo o sierva no se acerquen a ella, no le hablen. Cuando pase una mujer de palacio, ábrele camino y huye. El siguiente caso de una mujer de palacio te servirá de lección.

¿Quién era Mariya y por qué murió? ¿Acaso no había encontrado y observado a una mujer de palacio? Pero mi padre, el padre del Sol, lo vio por una ventana y le dijo colérico: ‘¿Por qué miraste a esa mujer?’ Y Mariya murió por ese error.

Un hecho que ha producido la muerte de un hombre vale como lección para ti.

Cuando vuelvas a Hayasa, no toques a las mujeres y hermanas de tu hermano. Esto está prohibido en Hatti. Si sucediera que vuelvas a palacio, no hagas esta cosa prohibida. Ni debes tomar nueva mujer del país de Azzi, y si ya tienes una, que sea considerada tu concubina, pero no tu esposa.

Toma de vuelta a tu hija otorgada a Mariya y entrégala al hermano de éste (11) .

Con un nombre “medio erótico, medio guerrero”, Mariya era líder de un país “menos civilizado”, donde los hombres tenían derecho a poseer varias mujeres –incluso con relación de consanguinidad– en igualdad legal. Representaba la primera etapa de la función guerrera, la del combatiente que sentía la necesidad de saciar su naturaleza indómita, su sed de hazañas y su pasión inflamada, a quien los hititas entrados en la segunda fase oponían un sistema moral y familiar que constituía el fundamento para que el monarca se librara de un peligroso enemigo por una supuesta transgresión a las reglas establecidas. Es posible que Mariya se hallara en Hattusas para la firma de la paz y hubiera sido víctima de una argucia del rey Tuthaliya III.

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Siguiendo la clasificación de Claude Levi-Strauss, los hititas vivían en un estadio “cultural” –donde el incesto estaba prohibido–, y los hayasianos, en un estadio “natural”. En la legislación hitita, la violación era uno de los tres crímenes capitales (los otros eran la relación sexual con animales y la desobediencia a la autoridad del Estado), entre los que debía comprenderse el incesto en sus diferentes variantes (voluntario o forzado). Supiluliuma seguramente aplicaba la norma 193 del código hitita, que establecía el levirato (casamiento de la mujer viuda con su cuñado) (12) .

La prohibición de relacionarse con “mujeres de palacio”, en cambio, no parece tener fundamentos jurídicos y su existencia parece dudosa, máxime en el caso de que aquéllas fueran libres. Esta advertencia no está acompañada por una prohibición explícita o una amenaza de muerte; el rey hitita sólo se basa en su tono imperativo y la desgracia de Mariya. La sentencia de muerte contra éste por la mera relación con una mujer de palacio no tenía justificativo legal.

Teniendo en cuenta el sentido “valiente” de máryah y la posible vinculación del lat. mas, maris (“macho, varón”) y maritus (“hombre casado”) con el dios Marte, la palabra armenia *mariya (“hombre joven”) debió tener el sentido adicional de “valiente” o “guerrero”, cuya expresión es el nombre personal Mariya (13).

El probable origen sudoriental (Kizzuwatna) de la familia real hitita dejó una visible influencia hurrita sobre la corte, el culto y la religión, en tanto que el impacto lingüístico pro-venía de los días de gloria de Mitanni, antes del reinado de Supiluliuma. La fama de los maryannu llegó al imperio hitita, donde el poderío de los guerreros de Azzi-Hayasa –que manejaban carros de combate y quizás se apodaban *mariya– también debía gozar de cierto predicamento. Su líder fue víctima de esa fama, alimentada por la tradición mítica e ideológica.

La figura del dios guerrero Vahagn, cuyas raíces se remontan a la época previa a la fragmentación indoeuropea, y que ha sufrido, entre otras, influencia hitita (14) , sugiere que entre los hayasianos debía existir el ambiente ideológico sobre el cual se erigiría la tradición guerrera. Ese ambiente era de probable origen indoeuropeo y, más precisamente, armenio.

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Notas:

1. James Mellaart, “Anatolian Trade with Europe and Anatolian Geography and Culture Provinces in the Late Bronze Age”, Anatolian Studies (Ankara), vol. XVIII, 1968, p. 200-201.

2. Charles Burney y David Marshall Lang, The Peoples of the Hills. Ancient Ararat and Caucasus, Londres, 1971, p. 68. Objetos babilonios de los siglos XVI-XV a.C. (una pesa de la época de Burna-Buriarash I y un sello cilíndrico de Kurigalzu I) hallados en Metzamor parecen haber llegado vía Siria a través del río Aratzaní, la misma ruta del estaño, “y no es accidente que muchos objetos de estaño se hayan encontrado en el cementerio de Metzamor” (Emma Khanzadian y Boris Piotrovsky, “A Cylinder Seal with Ancient Egyptian Hieroglyphic Inscription from the Metsamor Gravesite”, Soviet Archaeology and Anthropology [Armonk, NY], Spring 1992. 74).

3. Jak Yakar, “Regional and Local Schools of Metalwork in Early Bronze Age Anatolia, Part II”, Anatolian Studies (Ankara), vol. XXXV, 1985, 31. Afganistán e Irán eran las fuentes principales del estaño mesopotámico en el III milenio a.C. (Tamara Stech y Vincent Pigott, “The Metals Trade in Southwest Asia in the Third Millennium B.C.”, Iraq [Londres], vol. 48, 41-48).

4. Cf. James G. Macqueen, The Hittites and their Contemporaries in Asia Minor, Londres, 1996, p. 41-43, 54.

5. Abraham Malamat, “Siria y Palestina en la segunda mitad del segundo milenio”, en E. Cassin, J. Bottéro y J. Vercoutter (eds.), Los imperios del antiguo Oriente, vol. II, Madrid, 1983, 155-156; Nancy K. Sandars, The Sea People, Londres, 1987, 119.

6. Igor Diakonoff, “Language Contact in the Caucasus and the Near East”, en T. Markey y J. Greppin (eds.), When Worlds Collide. Indo-Europeans and Pre-Indo-Europeans, Ann Arbor, 1990, 64.

7. Levón Petrosián, “‘Mar-Gid-Da’, ‘Mar’, ‘Maran-Sayl’ (ensayo histórico-etimológico)” (en armenio), en Sesión científica republicana dedicada a la integración de las investigaciones de campo etnográficas y folklóricas, Ereván, 1984, 37.

8. Georges Dumézil, El destino del guerrero, Londres, 1971, 92.

9. Idem, 128; Haudry, Les indoeuropéens, París, 1985, 81.

10. T. Burrow, “La invasión aria en la India”, en A. Cotterell (ed.), Historia de las civilizaciones antiguas, vol. II, Barcelona, 1984, 377.

11. Citado por Nicolas Adóntz, Histoire d’Arménie, París, 1946, 29-31.

12. Oliver Gurney, The Hittites, Londres, 1990, 78, 83. Para Heinrich Otten, la historia de Mariya ejemplifica la discreción que el yerno debía mostrar en las reglas de etiqueta mientras visitaba la corte hitita (Heinrich Otten, “Hititas, hurritas y mitanios”, en E. Cassin, J. Bottéro y J. Vercoutter, op. cit., 121).

13. Cf. Vartán Matiossián, “Mariya, líder del país de Hayasa, y sus conexiones” (en armenio), Bazmavep (Venecia), 1-4, 1992, 324.

14. Ivanov 1983. 39-40. Sobre Vahagn, cf. Vartán Matiossián, “Soles y orígenes: el mito armenio de la creación”, Transoxiana, vol. 2, 2001

El destino del guerrero : un paralelo en la meseta de Armenia de Vartán Matiossián

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