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Eremìtica: Un modo de vida nacido  en Oriente

Juan El Bautista
El primer gran eremita de la era cristiana.

Soy la voz que clama en el desierto (Mateo 3:3).

La vida de Juan El Bautista se encuentra llena de mística y misterio. Una vida consagrada a la preparación del camino hacia Cristo.

Gran parte de su existencia permaneció él en el desierto, alejado de todo. En un modo de vida donde la introspección y el acercamiento espiritual son fundamentales para la subsistencia.

Juan era un profeta, y más que profeta. Era el profeta más grande del Antiguo Testamento, el hombre escogido por Dios para señalar al Mesías y preparar al pueblo por él según la fe cristiana. Este fue el tipo de hombre que Dios escogió para preparar el camino del Señor —un asceta— de vida Eremítica. Era un hombre de Dios, una persona completamente dedicada a Dios (Lucas 7, 26-28).

“Todos tenían a Juan como un verdadero profeta” (Marcos 11, 32). Antes de Cristo “entre los que nacen de mujer no se ha levantado otro mayor que Juan el Bautista” (Mat. 11, 11).

¿Pero qué llevo a Juan a elegir este modo de vida? ¿Cuán importante es alejarse de todo para encontrarse con uno mismo y trascender en el mundo de la espiritualidad?

“Todos necesitamos internarnos en nuestro propio desierto para conocernos como en verdad somos”.

¿QUÉ ES LA VIDA EREMÍTICA O DE DESIERTO?

Un ermitaño o eremita es una persona que elige profesar una vida solitaria y ascética, sin contacto permanente con la sociedad. El vocablo ermita procede del latín eremīta, que a su vez deriva del griego ἐρημίτης o de ἔρημος, que significa «del desierto». En sentido laxo, el término se extendió para significar a todo aquél que vive en soledad, apartado de los vínculos sociales.

En el cristianismo, la vida eremítica tiene por finalidad alcanzar una relación con Dios que se considera más perfecta. La vida del ermitaño está por lo general caracterizada por valores que incluyen el ascetismo, la penitencia, el alejamiento del mundo urbano y la ruptura con las preferencias de éste, el silencio, la oración, el trabajo y, en ocasiones, la itinerancia. Se considera que el eremitismo en el cristianismo nació a fines del siglo III y principios del siglo IV particularmente tras la paz constantiniana, cuando los llamados «Padres del Desierto» abandonaron las ciudades del Imperio romano y zonas aledañas para ir a vivir en las soledades de los desiertos de Siria y Egipto, sobresaliendo el desierto de la Tebaida.

La práctica del eremitismo también se encuentra presente en la historia del hinduismo, el budismo, el sufismo y el taoísmo.

En el mundo moderno suele verificarse una variante que, si bien no puede catalogarse como eremitismo propiamente dicho, mantiene algunas de sus características. En este caso, no se verifica una «fuga geográfica» del mundo, sino un aislamiento respecto del estilo o de la forma de vida que el mundo presenta. Se trata de un «eremitismo en medio del mundo», impregnado por rasgos de soledad, oración y trabajo, que huye de cualquier tipo de publicidad.

El eremitismo en el cristianismo temprano

El eremitismo es un modo de vida nacido en Oriente, particularmente en Egipto y Siria, hacia el siglo III, pero con algunos precedentes precristianos, como el de la comunidad judía de los Terapeutas, curadores de almas, con asiento en Alejandría, que propugnaba la soledad y el aislamiento como camino para alcanzar la perfección espiritual.

Ermitaño fue el nombre dado desde el siglo III al V al cristiano que, para entregarse con toda libertad a la vida contemplativa y penitente en busca de Dios, se apartaba de los vínculos sociales usuales, para habitar en los desiertos de la Tebaida (a unos mil kilómetros del delta del Nilo) y en las comarcas vecinas. La norma de vida de aquellos eremitas era de un ascetismo llevado a sus límites: vivían en el desierto, se alojaban en albergues precarios o en cuevas, y subsistían gracias al trabajo manual. Sus ayunos eran muy prolongados y mantenían una vida espiritual durísima.

El modelo inicial de eremitismo, propio de los anacoretas orientales del siglo III, tendría más tarde imitadores -aunque con reservas- en la vida monástica occidental. Sucesivamente y por extensión, se asignó el mismo nombre a todos los que se retiraron a lugares solitarios para vivir una vida libre de las ataduras de la sociedad. Algunos fijaban su misión en el cuidado y protección de una ermita dedicada a algún santo, por lo general, en algún territorio despoblado y poco visitado. El retiro del ermitaño se consideraba parte de su vida espiritual y de su entrega cristiana.

En su evolución posterior, la Iglesia generó una tendencia hacia la transformación de aquellas primeras comunidades eremíticas en órdenes religiosas estables, que permitieran una vida ascética pero evitando prácticas extravagantes o exageradas, reglando las horas de oración, de trabajo y de estudio. Se mantenía la pobreza, pero con vestimenta y comida adecuadas. Así, se dio el nombre de ermitaños a ciertas órdenes religiosas como las de San Pablo, San Jerónimo o San Agustín.

Jesùs y sus días en el desierto.

Entra en el desierto, humilde y sosegado. Al Dios que te espera, la única cosa de valor que le has de presentar es tu entera disponibilidad. Cuanto más ligero sea tu equipaje humano, cuanto más pobre seas de lo que estima el mundo, mayor será tu oportunidad de éxito, ya que Dios gozará de mayor libertad para manejarte. Te llama a vivir a solas con El, a nada más (Dom Esteben Chevevière).

Entonces Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto, para ser tentado por el diablo. (Mateo 4:1)

Un claro ejemplo del “desierto” de Jesús en sus 40 días de vida eremita. Textos bíblicos manifiestan ese período de tentación y fortaleza espiritual a la que se sometió Jesús en un claro alejamiento de la vida terrenal para experimentar una vida espiritual despojada de todo aquello vano y perenne.

El desierto es implacable: expele infaliblemente a todo el que se busca a sí mismo.

Podríamos decir que aquellos grandes guías espirituales del Cristianismo fueron los precursores de la vida eremítica. No es un dato menor asociar este tipo de vida al acercamiento y conocimiento de uno mismo, como así también del acercamiento espiritual a las creencias propias.

Ejemplos de eremitismo temprano

Se dice que el primer ermitaño en el cristianismo temprano  fue Pablo, el egipcio que vivió noventa años en el desierto (desde 250 a 340 d.C.).

Entre los ejemplos más notables de eremistisno de los siglos III a VI se cuentan:

Antonio Abad, también llamado Antonio de Egipto, siglo IV, uno de los Padres del Desierto, considerado el fundador de la vida monástica.

Jerónimo de Estridón, siglo IV, Doctor de la Iglesia, considerado el padre espiritual de la orden eremítica de los Hieronimitas.

San Palemón y su discípulo San Pacomio, siglo IV, fundadores del monasterio de Tabennisi.

Macario el Viejo, siglo IV, fundador del monasterio de San Macario el Grande, presunto autor de las llamadas “Homilías espirituales”

San Onofre, ermitaño que vivió en el desierto egipcio en el siglo IV.

Sinclética de Alejandría, siglo IV, Egipto, una de las más tempranas Madres del desierto, sus máximas se suelen incluir entre los dichos de los Padres del Desierto

Gregorio I el Iluminador, siglo IV, evangelizador de Armenia y considerado su patrono

María de Egipto, siglos IV-V, Egipto y Transjordania, penitente

Simón el Estilita, siglos IV-V, Siria, “el ermitaño de la columna”

Sara del Desierto, siglo V, Egipto, una de las Madres del desierto, sus máximas se suelen incluir entre los dichos de los Padres del Desierto

Millán, también conocido como San Emiliano, siglos V-VI, actual patrono de Castilla

Benito de Nursia, siglo VI, Italia, autor de la llamada Regla de San Benito, considerado uno de los fundadores del monasticismo de occidente.

El eremitismo en los siglos XI y XII

En la Edad Media, el eremitismo consistió principalmente en la renuncia ascética a una patria, a lo que se unía la llamada peregrinatio pro Christo (la condición de itinerante por amor a Cristo).

El eremitismo, tal como se generalizó en Europa a partir de las severas reformas monásticas en los siglos XI y XII, se verificó como una alternativa a la regla vivida por los monjes en los grandes monasterios o abadías. Ya no tenía las características del practicado en la Alta Edad Media, sino que se generó en ciertas personas (aristócratas, clérigos o monjes insatisfechos) como reacción de carácter espiritual frente a la vida de opulencias. El «progreso» económico y la vida de opulencia se prodigaba particularmente en las nuevas ciudades y entre los propietarios de campos. El «eremitismo» suponía aquí un cambio o «conversión», que implicaba un salto desde la «opulencia» que se abandonaba a la «suma pobreza» que se asumía sin atenuantes, dejando las ciudades.

Es así como muchos monjes volvieron a la soledad del desierto, solos o en pequeños grupos. A los asentamientos eremíticos que se produjeron en el siglo XI corresponde la aparición de las órdenes de los cartujos y los camaldulenses, en tanto que el siglo XIII surgen los ermitaños agustinos, identificados con las órdenes mendicantes. Así se produce la unión del anacoretismo y el cenobitismo en una orden centralizada.

Además de las distintas formas de eremitismo organizado, existieron hombres y mujeres llamados «inclusos» o «reclusos» que, temporalmente o de por vida, se encerraban voluntariamente en una celda que hacían tapiar. Estas salas carentes de puertas poseían como único medio de acceso una ventana pequeña por la que entraba algo de luz. A través de esa apertura, la gente le hacía llegar alimento y bebida utilizando una polea. Solían gozar de gran prestigio por las virtudes heroicas que se les atribuía. Esta forma perdió prontamente importancia en el siglo XV hasta desaparecer por completo en el siglo XVII. Sin embargo, el eremitismo como tal continuó existiendo.

Ejemplos de eremitismo en los siglos XI y XII

Entre los ejemplos más conocidos de eremistisno de los siglos XI y XII se pueden mencionar:

San Romualdo, siglo X-XI, Italia, fundador de la Orden de la Camáldula, conocidos como camaldulenses.

Bruno de Colonia, siglo XI, Francia, fundador de la Orden de los Cartujos.

Pedro de Amiens el Ermitaño, siglo XI, Francia, uno de los conductores de la Cruzada de los Pobres.

En los siglos XIII al XV se presentaron casos paradigmáticos de eremitismo, entre los que sobresalen el de Celestino V quien, en una decisión espontánea, renunció al papado para retornar a su vida eremítica, y el de Juliana de Norwich, considerada una de las más grandes escritoras místicas de Inglaterra.

El eremitismo en tiempos contemporáneos.

Luego de la secularización que significó la ilustración alemana del siglo XVIII, surgió en la primera mitad del siglo XIX una nueva fraternidad eremítica en la diócesis de Ratisbona (en alemán, Regensburg), Alemania. Los miembros de la fraternidad vivían como terciarios de San Francisco de Asís, y se extendieron por zonas yermas de Alemania, Suiza y Austria.

En el siglo XX, el eremitismo tomó diferentes formas.

Algunos ermitaños famosos pertenecen a órdenes religiosas, aunque solicitan permiso para llevar una vida eremítica. Tales son los casos de María Boulding (monja benedictina, 1929-2009) o Thomas Merton (monje cisterciense, 1915-1968). Otros ermitaños son consagrados según el canon 603, como Scholastica Egan. Hay ermitaños que no pertenecen a ninguna orden religiosa, como la hermana Wendy Beckett (quien perteneció a las hermanas de Notre Dame de Namur), o Jan Tyranowski, figura central en la formación de Karol Wojtyla.

El beato Carlos de Foucauld (1858-1916) constituye un caso emblemático. Habiendo sido un militar de vida disipada y un explorador de Marruecos, se convirtió al catolicismo y vivió como monje trapense, primero en Francia y luego en Siria. Más tarde abandonó la Trapa para llevar una vida eremítica aún más exigente en el Sahara argelino, aunque su espiritualidad incluyó numerosos rasgos de servicio hacia los más abandonados. Su figura, simbolizada en la célebre «Oración de abandono» constituye una renovación del eremitismo y de la llamada «espiritualidad del desierto» en pleno siglo XX.

El eremitismo en otras religiones y culturas

La práctica del eremitismo está presente además en la historia del hinduismo, el budismo y el sufismo. El taoísmo también cuenta en su haber con figuras ascéticas y eremíticas, aunque raramente el eremitismo fue una forma de vida permanente para los taoístas practicantes. Desde un punto de vista religioso, la vida solitaria se torna así en una forma de ascetismo, en donde el ermitaño renuncia a las preocupaciones y placeres mundanos. En la vida eremítica asceta, el ermitaño busca la soledad para la meditación, la contemplación y la oración sin las distracciones de contacto con la sociedad humana, el sexo, o la necesidad de mantener otros estándares socialmente aceptables (por ejemplo, de alimentación o vestimenta).

En China, la vida ascético-eremítica típica de la espiritualidad del budismo y del cristianismo pre-protestante no formó parte de la cultura antes de la introducción del budismo, y hasta la actualidad se la ve con cierto recelo desde el punto de vista de los valores normativos de China. Por otro lado, existe un inusual eremitismo no ascético, que tiene en China una historia que precede al budismo. Para una élite, el equivalente de la vida eremítica en China en la actualidad consiste en negarse a ocupar cargos gubernamentales o en ser forzado a retirarse. Este fue un estilo de vida entendido como religioso —a menudo relacionado con la experiencia extática religiosa—, así como el mantenimiento de los más altos valores éticos. El ascetismo no estaba implicado sino que, de hecho, podría tratarse de un estilo de vida dedicado a búsquedas estéticas.

Es la tierra de la gran soledad, y el hombre, por instinto, teme el cara a cara consigo mismo. El Eremita es un separado efectivo. La esencia del desierto es la ausencia del hombre; el desierto puro no tolera ni la vida. El mar de arena, al igual que la cima helada de los montes, es la naturaleza virgen, tal como salió de las manos del Creador, sobre la cual parece posarse aún el Espíritu de Dios que se cernía sobre las aguas al comienzo del mundo (Génesis 1,2). Las almas ricas sienten el hechizo de esa virginidad del paisaje. El desierto es puro y purifica; donde no está el hombre, tampoco está el pecado ni el ruido de los negocios terrenales. La soledad te resultará buena, pero su austeridad te dará en rostro. Dios mismo define el desierto: “tierra de arenales y barrancos, tierra árida y tenebrosa, tierra por donde no transita nadie y donde nadie fija su morada” (Jeremías 2,6).

Fuentes: El Eremitorio Espiritualidad del desierto (Dom Esteben Chevevière).  www.ecured.cu. San Juan El Bautista y la vida eremítica (P. Steven Scherrer).

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Enfermedades del alma: los vicios propios

Una de las enfermedades del alma consiste en ocuparse de los vicios de los demás y cerrar los ojos ante los propios.

El remedio consiste en constatar la enfermedad del alma, conocer el alma y reconocer sus astucias; y también la constancia continuada de viajes y retiros*, y también mantenerse en compañía de la gente piadosa y aplicar sus preceptos.

Pero si el murid (aspirante, discípulo) no actúa para curar los vicios de su alma, que al menos se calle sobre los vicios de los demás, que los excuse y tape sus vicios esperando que así Dios cure los suyos.

Porque como dijo el Profeta – que Dios le prodigue bendiciones y paz -: “al que tape los defectos de su hermano, Dios le tapara los suyos”. Y también: “Al que busque los defectos de su hermano, Dios le buscará los suyos y lo desenmascarará, incluso en medio de su casa”.

A Muhammad bin Abd Allah bin Shadhah le oí decir que Ibn Zadan al-Mada’ini había dicho: “He visto gentes que tenían vicios y que callaban sobre los vicios de los otros y luego Dios tapaba sus vicios y estos vicios desaparecían. Y he visto gentes que no tenían ningún vicio y, habiéndose puesto a hablar de los vicios de los otros, contraían vicios”.


*Los viajes y los retiros son respectivamente las manifestaciones de la Belleza y del Rigor. Esta complementariedad se encuentra también en los Nombres divinos al-muhyl (el que da la vida), y al-mumit (el que da la muerte). El concepto de alternar continuamente entre un modo y el otro es muy corriente en el sufismo: eso permite al discípulo no aferrarse a uno de los dos aspectos y complacerse en el. Eso le da la posibilidad de llevar su búsqueda mas allá de los viajes y los retiros, sin detenerse en uno de ellos para encontrar la felicidad alli.


Por el Shaykh Al-Sulamí

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Un héroe sevillano para el persa

Joaquín Rodríguez ©Javier Barbancho

El traductor Joaquín Rodríguez Vargas ha sido premiado en Teherán por la mejor traducción del persa gracias a ‘Los arcanos de la Unicidad de Dios en las estancias espirituales del sheij Abu Sa’id’.

En España, del idioma persa apenas sabemos nada. Como mucho cuatro versos de la lengua de los mil poetas. Si acaso cuatro rasgos de quienes la hablan.

«La ars poetica persa es de una delicadeza y belleza femenina, aun cuando ha sido creada mayormente por hombres. El hecho es que la poesía forme parte de lo cotidiano de los iraníes, de cualquier condición y estrato social, que cualquier persahablante sepa al menos varios centenares de versos, y que todos hayan versificado, bien o mal, en algún momento de su vida… Así que es normal que esta lengua tenga un particular vigor en algo en lo que se ha estado ejercitando desde el siglo X, cuando el Irán adoptó la métrica árabe, de una perfección matemática, para su poesía».

El que habla es Joaquín Rodríguez Vargas. Es de Sevilla, tiene 51 años y acaba de recibir de manos del presidente iraní Hasan Rohaní el galardón Libro del año a la mejor traducción y edición crítica de una obra en lengua persa. El sevillano se impuso en el apartado de Estudios persas e islámicos de la sección de extranjeros, en la que se habían presentado 2.500 obras.

El autor premiado, recibiendo su premio junto a las autoridades iraníes ©El Mundo

«Es un idioma de una inusitada belleza en la poesía, musical en la pronunciación, elegante en su escritura y gramaticalmente sencilla». Así define Rodríguez el persa, idioma que aprendió «de forma autodidacta» porque, por aquél entonces, en España, persas no había ni felinos. Y los cuartetos de Omar Jayam, el épico Shahnamé de Ferdousí, los versos al vino de Hafez eran trazos inexplicables en libros medievales.

Como ni su economía ni su familia estaban para grandes aventuras, Joaquín se introdujo en la lingua franca de iraníes, afganos y tayikos lejos de las universidades, encomendándose a algunos vecinos iraníes, a libros escolares de su país lejano y a una lengua, el árabe, cuya caligrafía e historia está casada religiosamente con el idioma oficial de Irán.

El 18 de diciembre de 2015, Joaquín se doctoró cum laude en Filología Árabe y Estudios Islámicos. 19 años antes, logró la categoría de intérprete jurado de lengua persa nombrado por el Ministerio de Asuntos Exteriores. Fue también redactor de la primera gramática del persa moderno en español y traductor del Golestán (La Rosaleda) la obra maestra de Sa’adi, entre otras.

«Mi clave fue el enorme interés que tenía por el persa; lo descubrí en mi juventud. A esto, me viene a la memoria un dicho de Avicena, el celebérrimo médico y filósofo persa, que decía que para aprender hace falta un poco de inteligencia y mucho interés. Nótese que no lo dice al revés, mucha inteligencia y un poco de interés».

¿Y su traducción al español de Los arcanos de la Unicidad de Dios en las estancias espirituales del sheij Abu Sa’id, objeto del premio oficial? La obra llegó al español con el auspicio de la Consejería Cultural de la Embajada de la República Islámica de Irán y fue editada por Mandala. En sus páginas relata la vida de un sufí persa del siglo XI a través de la pluma de su tataranieto, Mohammad Ibn Monavvar, 130 años tras su muerte. «De todas las obras que he traducido hasta ahora, esta ha sido la más problemática y desafiante. Su dificultad puede resumirse en la naturaleza de la obra: un texto sufí, escrito en 1178, con el cuerpo de texto redactado en el persa del Jorasán de aquella época, y los diálogos de los personajes en el dialecto de Nishapur (muchas veces, no siempre), salpicados de versos en persa y árabe y con grandes fragmentos en árabe […] Hay palabras que solamente aparecen en esa obra, o sólo en dos o tres más… Ni los iraníes tienen muy claro el significado».

Rodríguez tuvo que irse hasta la Universidad de Teherán para rematar dos años de labor consultando con Shafii Kadkani, profesor de literatura persa, «una docena de dudas que me fueron imposibles resolver».

¿Por qué decidió traducir este libro? «La obra es de una importancia capital en la literatura sufí persa temprana», resalta Joaquín. «Como se explica en el libro, Abu Sa’id es conocido en la literatura persa como el Sócrates del sufismo porque no escribió nada, pero si lo hubiera hecho, se habría erigido, quizá, al mismo rango literario y habría dejado un legado intelectual semejante a otros místicos egregios como Rumí o Attar de Nishapur».

Con su publicación, Rodríguez Vargas pretende también ampliar la todavía escasa bibliografía de autores persas en español. «Se trata de una lengua poseedora de una de las literaturas más ricas y bellas de la humanidad, y en el mundo hispanohablante ni siquiera se ha comenzado a sondear», advierte. Critica que, en España, donde perezosamente empieza a enseñarse la lengua persa, «el estudio del mundo islámico se ha circunscrito, quizás demasiado, al Al-Ándulus en primera instancia y al mundo árabe en segunda», dejando de lado el persa, la otra gran lengua del islam.

En Irán, por el contrario, el traductor destaca que «los departamentos de Lengua y Literatura Españolas son cada vez más fuertes. El español era inexistente hasta la década de los 90; entonces entró en la universidad, y se percataron de su importancia en el panorama cultural y literario del mundo. Ahora lo abordan hasta dónde lo permiten sus posibilidades. En España, lamentablemente, no es así con el persa».

Por Lluís Miquel Huetado
Con información El Mundo

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