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II Guerra Mundial:judíos contra Alemania y la apropiación de Palestina

Sonrientes, regordetes y aristocráticos judíos sobrevivientes del “holocausto” en su llegada a Haifa, Palestina en 1946  ©Keystone-Getty Images

El día 18 de febrero de 1939, un observador neutral, el rey Alfonso XIII de España, exponía en Roma al conde Szembek sus ideas sobre el desarrollo de los acontecimientos. Este último escribía:

«El Rey juzga la situación internacional con pesimismo. Las Internacionales empujan a la guerra. El judaísmo y la masonería juegan en estas maquinaciones un gran papel».

El mes de abril, el grupo belicista inglés, (Churchill, Duff Cooper, Belisha, Eden y Vansittard), fue forzando a Chamberlain a que animara a Polonia a no negociar con Alemania. Un conocido historiador inglés, el general J. P. C. Fuller, ha escrito en su libro «Batallas decisivas del mundo occidental»:

«Que a partir de este momento, (abril de 1939), la guerra había sido decidida también por otros que no eran Hitler, es un hecho claro. Weigand, el periodista norteamericano en Europa de mayor edad, cuenta que el 25 de abril de 1939 fue llamado por el embajador norteamericano en París, Bullitt, el cual le declaró: «La guerra en Europa es una cuestión decidida… América entrará en la guerra, detrás de Francia y la Gran Bretaña» Esto será confirmado por los «White House Papers», de Harry Hopkins, con arreglo a los cuales Winston Churchill hacia el mismo tiempo dijo a Bernard Baruch: «La guerra vendrá muy pronto. Nosotros entraremos en ella y ellos, (los Estados Unidos), lo harán también. Usted arreglará las cosas al otro lado y yo prestaré atención aquí.»

El 1 de septiembre los alemanes entraban en Danzig, y dos días después Inglaterra y Francia declaraban la guerra a Alemania. El 5 de septiembre, Chaim Weizmann manifestaba por Radio Londres: «Los judíos están por Inglaterra y lucharán al lado de las democracias.» Con esta declaración de guerra los judíos se sumaban al conflicto, y 30.000 de ellos afirma Leon Uris vestirían el uniforme polaco durante la campaña de 1939.


A finales de 1942 el Reich construyó cinco grandes campos de concentración para judíos. En febrero de 1940 el judío Theodor N. Kaufman ya había editado en Estados Unidos el libro «Germany Must Perish», en el que explicaba minuciosamente cómo empleando 20.000 médicos se podría esterilizar en pocos meses a todos los varones y mujeres de Alemania. En sesenta años no quedaría un solo alemán en Europa. Las enseñanzas de este «perfecto manual del genocidio» fueron aplicadas después en Theresienstadt sobre algunos de los compatriotas de Kaufman.

En el órgano judío de Nueva York «Forwarts», también puede leerse con fecha de 22 de septiembre de 1943 que «Baruch está convencido de que con un suficiente número de aviones Alemania y el Japón podrán ser transformadas en un montón de cenizas». Al final no sólo hubo cenizas germanas.

En un principio el Reich pensaba en trasladar los judíos a Madagascar. En el texto; que aún se conserva; se habla de que esa isla podría albergar finalmente a cuatro millones de hebreos, es decir, a casi todos los que residían en Europa. El plan fracasó por la negativa francesa. Pero otras tentativas germanas de solucionar el problema fracasaron precisamente por el rechazo obstinado de la judería mundial. Veamos las razones.

El judío J. G. Burg, en su excepcional obra «Schuld und Schicksal», cuenta cómo en 1938 el doctor Hjalmar Schacht sostuvo en Londres una entrevista con Chaim Weizmann. En ella le presentó una propuesta suya, a la que había accedido Hitler, para que salieran pacíficamente de Alemania los judíos que aún quedaban allí, Schacht, que contaba con que su oferta sería recibida con gran satisfacción, quedó asombradísimo al recibir una rotunda negativa por parte de Weizmann.

Durante la guerra hubo otras propuestas germanas que tampoco fueron coronadas por el éxito. La más conocida es la que tuvo por protagonista a Joel Brand, a quien se le ofrecía concretamente por Eichmann la evacuación de todos los judíos húngaros y que en vez de recibir ayuda fue internado, por los ingleses en Egipto.

En la primavera de 1944, un notable filósofo judío, Martin Buber, lanzó en Jerusalén una durísima acción contra los jefes de la judería mundial y del sionismo, por conocer perfectamente las calamidades de Auschwitz y no decir una palabra de ello, que hasta hubieran podido evitarlas. Denunciaba cómo hay elementos en el sionismo que «ven su suerte en la radicalización de la situación, y que para alcanzar sus fines están dispuestos a sacrificar vidas humanas.» El filósofo añadía: «Y aquí acontece realmente lo más horrible: la explotación de nuestra catástrofe. Lo que se determina con esto no es ya la voluntad de salvación, sino la voluntad de aprovechamiento”.


Una acusación aún más concreta fue lanzada, terminado el conflicto mundial, por el doctor Kasztner, representante de la judería húngara, que intervino en 1954, en un proceso en Jerusalén. Según él, en 1944 tuvieron lugar en Suiza conversaciones entre representantes del Gobierno alemán y del «American Joint Committee», con el propósito de cambiar por divisas a todos los judíos internados en campos de concentración. Kasztner afirmó que dicho Comité se había negado a emplear las grandes sumas recibidas de los judíos del mundo entero para salvar a los recluidos en los campos, y lo que es aún más grave, que el presidente del A. J.C., Saly Mayer, había intervenido ante las autoridades suizas para que no abrieran sus fronteras a los judíos fugitivos. El proceso no pudo terminar, pues como es fácilmente comprensible poco después Kasztner fue encontrado muerto en la habitación de su hotel.

William S. Schlamn, importante escritor judío, observa en su libro «Wer ist Jude?» que las calamidades que se abatían sobre los judíos en Auschwitz eran una gran suerte para los «realpolitiker» sionistas, ya que cuanto peor les fuera a los judíos europeos tanto más fuertes serían las exigencias sionistas respecto a Palestina. El historiador judío Bruno Blau abunda en la misma opinión en su trabajo «Der Staat Israel im Werden» (Frankfurter Hefte, dic. 1951), en el que sostiene:

«El Estado de Israel debe su instauración, por extraño que esto pueda parecer, a los acontecimientos que tuvieron lugar durante los doce años del «Reich milenario». Es muy dudoso que las Naciones Unidas hubieran hecho realidad este Estado judío, ansiado por Theodor Herzl y sus partidarios, sin aquellos acontecimientos.»

Corroborando todo lo anterior, tenemos las afirmaciones hechas en Montreal, en 1947, por el presidente del Congreso Mundial Judío, Nahum Goldmann:

«Los judíos podríamos haber obtenido Uganda, Madagascar y otros lugares para el establecimiento de una patria judía; pero no queríamos absolutamente nada excepto Palestina. No porque el mar Muerto, evaporado, pueda producir por valor de cinco trillones de dólares en metales y metaloides; no por el significado bíblico o religioso de Palestina; no porque el subsuelo de Palestina contenga veinte veces más petróleo que todas las reservas combinadas de las dos Américas; sino porque Palestina es el cruce de Europa, Asia y Africa porque Palestina constituye el verdadero centro, del poder político mundial, el centro estratégico militar para el control mundial.»

Así resulta más fácil de comprender la leyenda de los seis millones de judíos gaseados. Por otra parte, minuciosos estudios realizados por varios historiadores, y en especial por el resistente francés Paul Rassinier en sus obras «El verdadero proceso Eichmann» y «La mentira de Ulises», demuestran que el número de muertos no pudo sobrepasar el millón. La cifra es elevada, pero en todo caso muy inferior a la de víctimas de la población civil alemana o polaca.

Podríamos resumir lo sucedido a los judíos en la guerra, en las declaraciones hechas por el coronel Stepen F. Pinter a la revista norteamericana «Our Sunday Visitor», de Huntington. Pinter, que a principios de 1946 fue a Alemania como juez militar, con el rango de coronel, y que en la esfera de sus funciones fue en Dachau el oficial de mayor categoría, afirma:

«En Dachau no hubo ninguna cámara de gas. Lo que a los visitantes y, a los curiosos les señalado como «cámara de gas» era una cámara de incineración. Tampoco hubo cámaras de gas en otros campos de concentración en Alemania. Se nos dijo que había habido una cámara de gas en Auschwitz, pero como este lugar se encontraba en la zona de ocupación rusa no pudimos investigar la cuestión, ya que los rusos no nos lo permitieron. Se cuenta también siempre el viejo cuento propagandístico de que «millones de judíos fueron muertos por los nacionalsocialistas. Según lo que pude descubrir durante seis años de postguerra en Alemania y Austria, realmente fueron muertos judíos, pero la cifra de un millón ciertamente que no fue alcanzada.»

Por B. de Roncesvalles


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En busca de la tumba de Alejandro Magno

Hallaron en Alejandría, Egipto, un sarcófago negro de 2.000 años de antigüedad que podría ser de uno de los hombres más poderosos de la historia de la humanidad, Alejandro Magno.

En el ataúd, de casi tres metros de largo, encontraron una momia que data de la época ptolemaica, período que se extiende desde el año 305 hasta el 30 a.C. Los investigadores quedaron sorprendidos por el estado de conservación, se pudo observar únicamente un ligero deterioro en los huesos y el cráneo.

El organismo que se encuentra trabajando en la tarea de identificar el cuerpo es el Consejo Supremo de Antigüedades.

El hallazgo tuvo lugar cuando se limpiaba la zona para la construcción de un nuevo edificio.

Expertos indicaron que podría tratarse del sitio de entierro de Alejandro Magno, rey del antiguo reino griego de Macedonia, quien vivió entre los años 356 y 323 a.C y el lugar del sepulcro fue un misterio.

El hallazgo ha generado especulación sobre la posibilidad de que sea la tumba perdida de Alejandro Magno, el rey de Macedonia que conquistó gran parte del mundo antiguo.

“Si se trata de la tumba de Alejandro Magno, sería uno de los mayores descubrimientos arqueológicos de todos los tiempos”.

“Esperamos que esta tumba pertenezca a uno de los grandes dignatarios de su período” compartió el Dr. Ashmawy.

Con información de La Voz


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La medicina en el mundo Árabe

Sana helwâ al’amirat Yasmin (سناء حلوة الاميرة ياسمين)

Happy birthday Princess Yasmin

El desarrollo de la medicina árabe como expresión de una de las tres grandes culturas mediterráneas que existieron entre los siglos V y XV: Europa Occidental, el Imperio Bizantino y los Califatos Árabes.

Estos últimos se distinguieron en el campo de las ciencias y, muy especialmente, en la medicina. Se destaca que la contribución principal de los árabes a la medicina fue la preservación de las antiguas tradiciones y de los textos griegos, que de otra manera se hubieran perdido; además, mantuvieron el ejercicio de la medicina separado de la religión en los tiempos en los que en Europa era un monopolio de los clérigos.

El mundo árabe e islámico, que surge paralelamente a Bizancio, fue el escenario fundamental de la medicina y de la ciencia durante buena parte de la Edad Media. En la primera etapa, que comprende aproximadamente los siglos VIII y IX, incorporó el saber médico de origen griego, combinándolo con algunos elementos de la medicina clásica de la India y Roma. Ello significó un extraordinario esfuerzo de traducción al árabe de obras médicas que estaban escritas principalmente en griego y en latín. De esta manera se consolidó el dominio del sistema de Galeno en la medicina islámica y, más tarde, en la europea que dependió durante varios siglos de las obras en árabe. En el Imperio Musulmán se distinguieron dos Califatos: Bagdad (siglos VIII y IX), y el de Córdoba (siglo X).

Los progresos más sobresalientes aportados por la medicina árabe fueron la construcción de hospitales, nuevas observaciones clínicas, especialmente en enfermedades infecciosas y oculares, y la ampliación de la farmacopea.


Médicos en la historia árabe

En el Islam surgió el hakim, médico filósofo, que en el camino de la medicina busca la sabiduría, guiado siempre por elevadas normas éticas. Une siempre la ciencia con los ideales éticos.  La patología, ciencia que estudia las enfermedades, estuvo basada en la misma doctrina humoral y explicaba la enfermedad como un desequilibrio en la armonía natural de los hombres. Como factores etiológicos se aceptaban las alteraciones en las seis cosas no naturales de Galeno. Otro factor etiológico no natural fue la bebida, pues por mandamiento religioso estaban excluidas las bebidas alcohólicas. La terapéutica en el mundo árabe, consta de las tres ramas galénicas tradicionales: la dietética, entendida como regulación total del género de vida.La farmacología y una cirugía muy poco desarrollada.

Rhamzés (850-923 d. n. e.)

Médico persa, al igual que los autores clásicos, se interesó también por la prevención de las enfermedades y el uso de las dietas en su tratamiento, así como alertó sobre el provecho y el daño de los baños. Se le atribuye la utilización del yeso por primera vez en medicina, en pleno siglo X, en su tratado médico “Hawi”, considerado como un avance significativo. Con la adición de agua a un polvo de sulfato cálcico deshidratado se producía un material sólido. Se ha destacado su comprensión del tratamiento moral en las enfermedades mentales. Era un defensor de la alquimia.

Abulcasis (936-1013 d. n. e.)

Entre los más importantes cirujanos árabes de la época se encuentra Abul Qasim Al Zaharawi, conocido con el nombre de Abulcasis (936-1013 d. n. e.), nacido en Medinat Al Zahra, a cinco kilómetros de Córdoba, es el autor de un tratado de medicina – “Tasrif” – en treinta tomos que, en los capítulos dedicados a la cirugía – Vade Mecum de cirugía- describe entre otros procedimientos el tratamiento de la cirugía de los ojos, de los dientes, hernias, extracción de cálculos, partos, luxaciones, fracturas, amputaciones y la ligadura de las arterias. Fue traducido y empleado como libro de texto en las escuelas de medicina hasta el renacimiento.

Avicena (980-1073 d. n. e.)

Fue uno de los más prestigiosos médicos árabes. Escribió el “Canon de la Medicina”, tratado en cinco tomos en el que trata desde la anatomía y la fisiología hasta las enfermedades de distintos órganos y aparatos, así como la galénica, combinando en un tratado todo el saber médico de la época. El Canon es uno de los textos más importantes de la historia de la medicina. Así mismo describe, ayudándose de ilustraciones, numerosos instrumentos quirúrgicos. Aportó el uso de las suturas y el opio. Tanto Avicena, como antes Rhamzés, se ocuparon de la higiene sexual en sus textos y también se reglamentó la utilización del baño.

Ibn Wafid (1008-1075 d. n. e.)

Nació en Toledo donde estudió medicina y se familiarizó con los textos de Aristóteles, Dioscórides y Galeno. Se muestra partidario de no usar los medicamentos compuestos, sólo los simples y aun estos evitarlos si los enfermos se pueden curar sólo con la dieta. Publicó también un texto sobre balneoterapia.

Avenzoar (1092-1162 d. n. e.)

Nació en Sevilla y mantuvo estrecha amistad con Abd-al-Habid, dio normas de higiene o prevención y escribió sobre la prohibición de ciertos medicamentos, así como sobre los alimentos y la dieta. Cuestionó la anatomía de Galeno y descubrió la etiología de la sarna.

Averroes (1126-1198 d. n. e.)

Puso énfasis en los regímenes de vida y en la dieta. Recomendó el uso del agua fría para disminuir la fiebre. Insistió sobre el valor curativo de las dietas, previno contra el abuso de los medicamentos, y recomendó comenzar siempre administrando las drogas en pequeñas dosis y aumentarlas si se observaban buenos efectos al cabo de tres días. Mantuvo la conveniencia de espacios amplios y aire puro para mantener la salud y escribió también sobre la dieta. Se mantendrá vigente durante muchos años, gracias a su obra más conocida, “Kitab el Coliyat o Libro Universal de la Medicina”, libro fundamentalmente galénico y aristotélico, consta de siete libros dedicados a la anatomía, fisiología, patología, semiótica, terapéutica, higiene y medicación. Tiene una importancia fundamental para la historia de la filosofía, llegando a ser el más célebre de los filósofos árabes de la Edad Media, sobre todo por sus comentarios a las obras de Aristóteles.


Mujeres Médicos

La Sharia requiere que los musulmanes se preocupen por todas las esferas de la sociedad. Con la llegada del Islam la mujeres pudieron empezar a trabajar como médicos tratando a hombres y mujeres, especialmente en el campo de batalla. El honor de ser la primera médico lo tuvo Rufayda bint Sa’ad al-Aslamiyya, quien vivió en el mismo tiempo del Profeta. Ayudó a curar y tratar a los heridos en la batalla de Badr, el 13 de marzo del 625. Aprendió la mayoría de sus habilidades de ayudar a su padre, Sa’ad al-Aslami, quien también era médico.

Al Shifa bint Abdulla al-Quraishiyya al-Adawiyah fue una de las mujeres sabias de su tiempo. Estuvo involucrada en los asuntos de la administración pública y también era médico. Su nombre era Layla, pero recibió el apodo de ‘Al-Shifa’ que significa ‘la que cura’.

Nusayba bint Ka’ab al-Mazneya, puso en práctica sus conocimiento en la batalla de Uhud; Umm-e-Sinan Al-Islami pidió el permiso del Profeta para salir al campo de batalla a ayudar a los heridos y a llevarles agua; Umm Warqa bint Harith, quien participó en la recopilación del Corán, también ayudó en la batalla de Badr.

Nudaybah bint al-Harith, también conocida como Umm al-Athia, ayudaba con los heridos en las batallas y proveía a los soldados con agua, alimentos y primero auxilios; incluso hacía circuncisiones.

Las antiguas escuelas de medicina

Las Escuelas de Medicina se construían junto a las mezquitas y la educación médica era teórica y práctica. En el año 931, el califa Af- Muqtadir, estableció la obligación de obtener mediante examen previo un título (Icaza), que lo habilitaba para la práctica legal de la profesión y también exámenes para las distintas especialidades. El peso de los escritos árabes en la Edad Media puede juzgarse considerando el currículum de la escuela de medicina de la Universidad de Tubinga a fines del siglo XV (1481).

En el primer año los textos eran Ars medica de Galeno y primera y segunda secciones del Tratado de fiebres de Avicena, en el segundo año se estudiaba el primer libro del Canon de Avicena y el noveno libro de Rhamzés, y en el tercer año los Aforismos de Hipócrates y obras escogidas de Galeno.

Hay noticias de las academias de El Cairo y otras ciudades donde se enseñaba la medicina según planes de estudio adecuados, con facilidades clínicas en hospitales bien dotados, cocinas orientadas a la preparación de dietas apropiadas, baños, farmacias, jardines botánicos y ricas bibliotecas. Los hospitales no eran únicamente centros asistenciales sino también de enseñanza de la medicina. Al terminar sus estudios, los alumnos debían aprobar un examen que les aplicaban los médicos mayores.

Con información de El mundo Árabe y la medicina


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