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Las mejores fotografías del 2016

Refugiados sirios caminan por un campo con el arco iris de fondo en Idomeni (Grecia), el 7 de mayo de 2016 ©Petros Giannakouris AP

Las mejores fotografías del 2016

Con información de El País

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Una nueva morada para el faraón Tutankamón

Desembalaje en Egipto de la réplica de uno de los plafones de la tumba de Tutankamón, fabricados en Madrid por Factum Arte ©Alicia Guirao
Desembalaje en Egipto de la réplica de uno de los plafones de la tumba de Tutankamón, fabricados en Madrid por Factum Arte ©Alicia Guirao

El más popular de los faraones tiene en el Valle de los Reyes una segunda morada. Una réplica exacta de la tumba, fabricada en Madrid y que puede evitar los daños que el turismo masivo causa a la original. La operación suscita un debate ético: ¿se debe visitar un monumento patrimonio de la humanidad si con ello se le causa daños?.

El problema de replicar una tumba de 3.341 años de antigüedad es que hay que copiarle las arrugas. Porque tres milenios de silencio bajo tierra, únicamente interrumpido en los últimos 90 años por la entrada de los arqueólogos y los ansiosos turistas, conllevan algunos achaques. La pintura se cuartea, el relieve altera los acabados, los colores de apagan… Se trata de la cámara funeraria de Tutankamón, con toda seguridad, el más fascinante hallazgo de la historia de la arqueología, que cuenta ya, en el Valle de los Reyes, junto a Luxor, con una milimétrica copia abierta al público.

La operación de montaje de los plafones en la nueva cámara funeraria ©Alicia Guirao
La operación de montaje de los plafones en la nueva cámara funeraria ©Alicia Guirao

La nueva cámara está incrustada en las arenas del desierto, muy cerca de donde el arqueólogo Howard Carter localizó la original el 4 de noviembre de 1922. La copia ha sido fabricada por la empresa madrileña Factum Arte, en un proceso lleno de imaginación y ambición. La firma tiene sus talleres en un polígono industrial, a un golpe de metro del centro de la ciudad.

El taller de Factum Arte es una extraña mezcla entre Cinecittà y el British Museum, con piezas –siempre copias, pero de fidelidad extrema– por aquí y por allá, en ocasiones a medio elaborar, con manchurrones de tinta o pintura o partes que muestran graciosamente la verdad: poliuretano que todavía no ha sido tratado.

Una persona descansa delante de la réplica de la tumba de Tutankamón, que se encuentra en el Valle de los Reyes, junto a la que fue residencia del descubridor, Howard Carter ©Alicia Guirao
Una persona descansa delante de la réplica de la tumba de Tutankamón, que se encuentra en el Valle de los Reyes, junto a la que fue residencia del descubridor, Howard Carter ©Alicia Guirao

Por aquí, un especialista en cromatología está tratando de dar con el granate exacto para una copia de un retablo medieval; por allá, una impresora gigante de alta resolución expulsa de sus tripas una lámina con un Rubens sencillamente perfecto, y aún en aquel taller, una fresadora está creando para un artista la espiral de una libreta de dos metros. Porque Factum Arte viene a ser el artista del artista; su artesano, productor o bambalinas.

Esta misma nave contuvo meses atrás el calco de la cámara funeraria del mítico faraón, únicamente con el sarcófago, antes de su traslado a Egipto. Aquí fue creada y ensamblada, antes de empaquetarla y enviarla a El Cairo en avión.

Tras una minuciosa operación de escaneado de todos los detalles, Factum Arte ha reproducido la cámara funeraria en sus instalaciones en Madrid ©Alicia Guirao
Tras una minuciosa operación de escaneado de todos los detalles, Factum Arte ha reproducido la cámara funeraria en sus instalaciones en Madrid ©Alicia Guirao

Desde la primavera está abierta al público, junto a la que fue la casa de Howard Carter, a apenas un kilómetro de la original, en una lámina de desierto que fue excavada a pico y pala por varias docenas de obreros locales. La réplica está, como la original, sumergida en las brasas de arena.

Pero mejor ir a los detalles de la réplica. Aunque ya en 1988 la Sociedad de Amigos de las Tumbas Reales de Egipto, a través de su presidente, Theodor Abt, y el egiptólogo Erik Hornung, había comenzado a plantear la posibilidad de crear copias, el origen concreto del proyecto se remonta al año 2001, cuando Factum Arte crea un escáner que lleva nombre de faraón: Seti I.

Su tumba está muy deteriorada, y la compañía creada por Manuel Franquelo, un ingeniero malagueño de telecomunicaciones y artista hiperrealista, radicado en Madrid, y el británico Adam Lowe, también artista y acérrimo defensor de la tecnología para la preservación del patrimonio, propuso fabricar una réplica exacta mediante la tecnología disponible. Lo plantearon al gobierno egipcio, pero la idea se dejó en reposo. Hasta que en el 2008 –y con la intervención de la Unión Europea– se reactivó, pero cambiando de faraón.

Desde noviembre del 2007, la tumba del más famoso de todos, Tutankamón, está abierta al público. Alrededor de mil personas entran en ella cada día, con sus emanaciones de dióxido de carbono, su contaminación de humedad y el polvo que arrastran. Este se posa y no se puede quitar con un aspirador, pues en algunos puntos se merendaría la pintura, ni con un cepillo, por suave que sea, que le sacaría, literalmente, los colores. No son sólo esos agentes. Las propias restauraciones habidas desde 1922 pueden suponer un problema. Lo es, por ejemplo, el uso de palaroid, un tipo de resina termoplástica acrílica utilizada décadas atrás como agente de consolidación, y que tiene una característica que hoy se evita: es irreversible. No puede eliminarse sin causar graves daños a la superficie que protege. “Carecemos de las técnicas de conservación para permitir numerosos visitantes a la tumba original sin alterar su apariencia. Quizás eso algún día exista, pero ahora debemos actuar con precaución extrema y documentando lo que tenemos con gran cuidado”, anuncia Carlos Bayod, un arquitecto que ha intervenido en el proyecto.

Es aspecto final de la copia de la tumba es absolutamente idéntico a la original ©Alicia Guirao
Es aspecto final de la copia de la tumba es absolutamente idéntico a la original ©Alicia Guirao

Son cambios brutales respecto a los 3.000 años anteriores, en los que la morada del faraón ha estado en condiciones de sellado y sequedad extrema. La tumba se está deteriorando y está “mucho peor de lo que parecía”. Así que Factum Arte y el Consejo Superior de Antigüedades (CSA) de Egipto –uno de los organismos más poderosos del país, por su suministro de divisas y control de la principal industria egipcia, dirigido entonces por el célebre arqueólogo Zahi Hawass– rescataron la idea. “No había más remedio que intervenir. La tumba está en un estado crítico de conservación. En algunas porciones de la pared la pintura está desprendida, hay una capa de aire y se aguanta gracias a la rigidez de la pintura”, detalla Bayod.

El proceso abordado por Factum Arte es complejísimo, aunque le ha obligado a desarrollar (¡y abaratar!) nueva tecnología y, sobre todo, a plantear retos deontológicos a las industrias cultural y turística y al propio aficionado a las piedras: ¿debo seguir gozando de un patrimonio cultural con miles de años de antigüedad si mi presencia lo deteriora? El debate es mayúsculo, y más cuando la creación de réplicas no siempre conlleva la protección de las originales. Así está pasando en el Valle de los Reyes.

El Gobierno egipcio no puede permitirse el descenso del interés por visitar la zona que, en mayor o menor medida, implicaría el cierre de la tumba original de Tutankamón; cierre que, en realidad, fue anunciado en enero del 2011, pero que nunca se ha producido. Mientras se escriben estas líneas, ambos recintos permanecen abiertos, lo que permite desde luego un interesantísimo trabajo de comparación. Están a un kilómetro escaso de distancia. ¿Es igual de rica y emocionante la experiencia?

En abril del 2009, el CSA autorizó a Factum Arte, a través de la Universidad de Basilea (porque se exige que sea un centro académico el titular de los permisos), a recrear tres tumbas del Valle de los Reyes: Tutankamón, Seti I y Nefertari. Las dos últimas están cerradas a las visitas por su deteriorado estado de conservación. Una de las premisas de Factum Arte es que toda la información recogida sea puesta a disposición de la comunidad científica, de manera que los formatos de recopilación de datos han sido diseñados para la perdurabilidad y la facilidad de acceso y lectura.

Aquella primavera, los primeros equipos de Factum Arte entraron con sus materiales en los dominios de Tut. La tumba fue grabada en 3D y fotografiada en color con la mayor resolución jamás empleada. Todo ello, en la pequeña estancia con calor infernal que apenas deja un margen para trabajar de 126 centímetros entre el sarcófago y la pared.

En Madrid, un equipo dirigido por Franquelo había creado previamente un escáner, Lucida, pensado para las rugosas superficies en relieve de las tumbas egipcias. Si el reto se hubiera abordado a la primera, en el 2001, posiblemente el coste y la precariedad tecnológica lo habrían hecho inviable. Porque tanto el almacenamiento de datos (¿quién no tiene una memoria externa al PC con una capacidad impensable hace diez años?) como el manejo de los aparatos (una persona basta para manejar Lucida, que es ligera como Nefertiti) han vivido en los últimos años un descenso significativo de sus precios. Por añadidura, Lucida cabe en cualquier sitio, resiste todas las condiciones de trabajo y funciona con baterías.

Otra de las tareas en la morada de Tutankamón fue la toma de fotos. Los equipos montaron una suerte de andamios a una distancia siempre igual de la pared, que con una cámara Canon EOS5DII retrataron… 16.000 veces. Las imágenes ocupan miles de bites.

A partir de ahí, y ya en Madrid, la conservadora de la compañía, Naoko Fukumaru, fue la responsable de que el color de la réplica fuera idéntico al original. Es una tarea más compleja de lo que parece, dado que hay que considerar las condiciones de luz en el interior. Y aunque la tecnología está logrando cada vez más automatismos, la intervención humana es fundamental en esta parte del proceso. Porque no sólo es que haya que comprender cómo se pintó, con qué técnica y pincel, sino que los colores han sufrido las alteraciones del paso del tiempo. Interviene un equipo de ocho ojos, formado por Gregoire Dupond, Pedro Miró, Blanca Nieto y Alicia Guirao.

Entre tanto, en el Valle de los Reyes, decenas de hombres comenzaban a agujerear la tierra, a pico y pala y con máxima atención por si aparecía una estructura oculta, para crear una caja en la que insertar el facsímil. Pero estalló la revolución de la plaza Tahrir, que perjudicó al ritmo previsto para la instalación del acabado.

Bajo el control de Javier Barreno y Pedro Miró, los archivos informáticos que recogieron la información del relieve de la cámara fueron aplicados a una serie de capas de resina, silicona y fibra de vidrio para componer las nuevas paredes. Pero están en blanco. Otro equipo, mientras tanto, se encargó de crear con las fotografías cada una de las mismas secciones de la pared en una impresora plana de alta definición (también diseñada por Factum Arte), que permite imprimir en diferentes capas de color. Lo hace sobre gesso, una lámina elástica y resistente a la vez, capaz de adaptarse como una piel amorosa a la superficie rugosa de la pared de copia, en la que se han hecho coincidir con precisión micrométrica colores y relieves. Si bajo aquella pestaña hay un gránulo de roca, encajará.

Una vez aplicada la piel, al panel se le hace el vacío, para que ambas láminas queden completamente fijadas. Con todos los paneles creados se montó la copia.

En este caso, se hizo tres veces. La primera, en Madrid; la segunda, en el hotel Conrad de El Cairo, para un encuentro internacional entre la Unión Europea y Egipto. Se tuvo que hacer a toda prisa, en menos de una semana, y el ensamblaje concluyó a las 4 de la madrugada: la cita con las autoridades era a las 8. Pero se volvió a desmontar y se almacenó en la capital cairota; el estallido de Tahrir obligó a postergar el montaje en su sede definitiva, que no pudo rematarse hasta el 30 de abril de 2014.

Y allí quedará, para la eternidad, pero a salvo de humedades, calores y flashes.

Ahora, la compañía madrileña tiene permiso para abordar las tumbas de Seti I y Nefertari, pero carece por ahora de financiación. Su idea inicial es transferir la tecnología a Egipto y que todo el proceso, aunque tenga supervisión española, se ejecute al pie del desierto.

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“Veo cosas maravillosas”

Howard Carter (9 de mayo de 1874 – 2 de marzo de 1939)

Howard Carter es el autor de una de las más famosas frases de la historia de la cultura. “Veo cosas maravillosas”, acertó a decir cuando hubo abierto un hueco en la tumba de Tutankamón, el joven faraón fallecido en el año 1327 a.C. La tumba apenas había sido saqueada y contenía el más fabuloso tesoro arqueológico jamás hallado. Carter obtenía el 4 de noviembre de 1922 un premio a su perseverancia, después de insistir para continuar con la búsqueda de la tumba, pero el tesoro era de tal magnitud que hasta el 16 de febrero de 1923 no concluyó el inventario de los objetos de la antecámara. Había miles de objetos, como 46 arcos, 27 pares de guantes o 130 bastones. El conjunto, hoy en el museo de El Cairo, atrae cada año a miles de visitantes, y réplicas del fabuloso ajuar circulan con gran éxito por todo el mundo.

Mapamundi de Hereford
Mapamundi de Hereford

Otras réplicas con tecnología punta

EL MAPAMUNDI DE HEREFORD

Uno de los mapamundis más importantes de la humanidad. Escrito y pintado en una piel hacia el final del siglo XIII, es atribuido a Richard de Haldingham o Lafford. Mide 1,58 x 1,33 m y muestra un mundo con Jerusalén en el centro, con el jardín del Edén en el borde. Está ilustrado con figuras a todo color, con animales y plantas según la mitología bíblica. En enero del 2013, una invitación de la catedral de Hereford generó una copia en alta resolución del mapa, de manera que ahora el público puede contemplarla sin que se dañe el original.

LA SALA BOLONIA DEL VATICANO

Uno de los primeros trabajos relevantes de esta compañía fue la realización de una copia del mapa de Bolonia de la sala del mismo nombre de una estancia privada del Papa, vetada al público, en las dependencias vaticanas. Durante los trabajos de escaneado se descubrió que un paisaje adyacente al mapa estaba en pobres condiciones y se apostó por una restauración digital. Son pinturas ejecutadas bajo la dirección de Lorenzo Sabatini para el jubileo de Gregorio XIII en 1575. Con la copia se puede analizar y estudiar el original sin estropearlo.

LA HABITACIÓN DEL TRONO DE ASHURHASIRPAL II

Los fragmentos están dispersos entre Londres, Berlín, Dresde, Harvard y Princeton. Son paneles en relieve de leones con cabeza humana que fueron extraídos de Nimrud (Iraq) por Austen Henry Layard a mitad del siglo XIX y enviados a Londres en una operación arqueológica que entonces se consideró extraordinaria. En su mayoría están básicamente en el British Museum. Factum ha creado réplicas –algunas se pueden ver aún en sus talleres– de todas las piezas para reunirlas en la Biblioteca Ashurnasirpal en la Universidad de Mosul (Iraq).

LOS CAPITELES DE TUDELA

En enero del 2012, y a petición de la asociación de Amigos de la catedral de Tudela, un equipo de Factum Arte grabó completamente los capiteles de David y los músicos y una parte del capitel de la Virgen de la catedral de esa ciudad navarra. El resultado de la investigación señala que los capiteles se están desmenuzando en arena. La causa puede ser, en parte, labores de restauración que se hicieron en los años cincuenta.

Por Ignacio Orovio
Con información de Magazine digital

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Eduardo Falú, argentino de pulso sirio

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Uno de los más grandes músicos argentinos de todos los tiempos. Eduardo Yamil Falú nació un 7 de julio de 1923 en El Galpón, provincia de Salta. El Galpón es un pequeño pueblo, un antiguo lugar de carreteras hacia la provincia del Chaco, en el que Falú permaneció muy brevemente. Hijo de Juan Falú y Fada Falú, ambos sirios de igual apellido pero no parientes. Atraído por esa curiosa sinfonía, a los 11 años ya tenía entre sus manos una guitarra, propiedad de su hermano mayor, Alfredo. Alfredo tomaba clases con un profesor y Eduardo lo copiaba al pie de la letra, y así sacó sus primeros tonos. A los 14 años se muda de Metán a Salta donde la guitarra termina de conquistarlo para siempre. En Salta conoce a Arturo Dávalos y poco después a Jaime Dávalos, autor de innumerables poemas a los que Falú les pone música.

Se casa con doña Aída Nefer Fidélibus, a quien, cariñosamente, llama Nefer. La vida les da dos hijos: Eduardo y Juan José. Juan José, al igual que su padre, siente una gran afición por la guitarra y el canto.

De estatura sobresaliente, ojos verdes, tristones, inundados de esa nostalgia de árabe acriollado en una tierra que aprendió a amar, casi más que a sí mismo. De esa mirada que fluctuaba entre la interrogación y el asombro se desprendía la bondad y la mansedumbre, y tal vez un dejo de altivez sin desafío, que dejaba al descubierto un alma verdaderamente límpida, frontal y sincera.

Eduardo Falú fue un artista multifacético, aclamado internacionalmente, imposible de encasillar dentro de una sola idea. Guitarrista, cantante consumado y un distinguido compositor. La calidad de su barítona voz fue admirada y amada en el mundo entero.

La trayectoria artística de Eduardo Falú comienza en el ambiente familiar, más tarde se extiende a Buenos Aires para luego conquistar y apasionar a los públicos más disímiles: América, Europa, Rusia, y Japón. Como compositor, no sólo fue el creador de obras modernas folclóricas, sino también de obras clásicas.

En su música se advierte una marcada influencia de las melodías de su provincia natal. Salta tiene ritmos propios: el Carnavalito, el Bailecito, la Cueca y otros derivados de la combinación de la música india y las melodías españolas que acompañaron a los conquistadores. Eduardo Falú ha creado música para más de un centenar de poemas, no sólo de Jorge Luis Borges y Jaime Dávalos, sino también de León Benarós, Manuel Castilla y Alberico Mansilla, entre muchos otros. Hoy podemos decir que Don Eduardo, ese eterno amigo, se ha diluido misteriosamente para pasar a ser parte de todos los corazones que aman el Folclore. (Prof. José de Guardia de Ponté).

Eduardo Falú logró instalar su sello en el folklore argentino. Falleció el 9 de agosto de 2013 a los 90 años. Sus composiciones, la música magistralmente interpretada en la guitarra y su voz profunda lo distinguieron. Su trayectoria lo ubica en referente obligado de la cultura argentina.

Poco después de que Ernesto Sábato publicara su novela Sobre héroes y tumbas (1961) en la que rememora la tragedia final del general Juan Lavalle, unos amigos le sugirieron escribir un texto poético, una especie de oratorio. El encuentro con Eduardo Falú fue entonces providencial. Juntos dieron vida al Romance de la muerte de Juan Lavalle a mediados de la década del 60.

Su Suite Argentina para Guitarra, Cuerdas, Clavecín y Corno fue estrenada y grabada con la Camerata Bariloche, dirigida por Elías Khayat. Esta ciudad contó con su ilustre visita en numerosas oportunidades.

“Mi relación con la guitarra es muy armónica y afectuosa. En el medio siglo que dura, ella y yo aprendimos a tenernos paciencia. Presiento que es un vínculo que seguirá hasta que nos separe la muerte”.

La frase inicial da paso a una descripción: desde los once años Eduardo Falú ciñe la cintura de ese sensual instrumento, mágica transmutación del cuerpo de mujer. La guitarra hizo crecer a Falú, es cierto, pero no lo es menos que su espíritu y talento le dieron en la Argentina su mayoría de edad y blasones de clasicismo.

Metro ochenta y pico de altura,  cuarenta y dos años vivió en Buenos Aires, a donde llegó con César Perdiguero y comunes sueños. Dos hijos, cerca de cincuenta discos grabados en la Argentina y en Europa, centenares de composiciones, miles de conciertos y kilómetros recorridos por todo el mundo, más de un millón de discos vendidos, obras en colaboración con Jorge Luis Borges y Ernesto Sábato, premios, un libro editado en España sobre él. Contabilizar la obra de Falú es aproximarse a la epidermis del fenómeno más universal que ha producido Salta. Esa cuantificación deja de lado, sin embargo, estimar esa madera especial de las que están hechos Falú y su guitarra.

“No, no quiero dejar la guitarra. A los sesenta años Segovia pensó dejarla, pero no pudo. Pienso seguir en esto mientras duren los dedos. Los médicos dicen que lo último que envejece son las manos”.

Esas manos están ahí, gesticulando o juntas encima del escritorio. Son largas como el cuerpo, manchadas por el tiempo. El pelo escasea en la cabeza. Las uñas despuntan firmes y ellas, como la mano toda, parecen barnizadas, levemente brillantes.

“No les doy cuidados especiales. Soy descuidado más bien. Cambio las gomas del auto, hago cosas. Si rompo una uña, me embromé, no puedo tocar. Utilizo yema y uña. La cuerda pisa ahí y resbala por la uña: ese es el sonido más redondo porque el sonido de uña sola es muy flaco, y si fuera de yema sola, es muy débil; bonito pero débil. Los callos están durmiendo sobre las yemas. Sin ellos no podría tocar, Segovia los mimaba. Las manos tienen alma, guardan la memoria de años”.

A los once años rasgó por primera vez la guitarra. Le atraía tocarla y a escondidas de sus padres pulsaba la de su hermano Alfredo, quien en rigor de verdad introdujo la música en aquella casa de Metán. Alfredo anduvo luego por la abogacía y Eduardo fue el artista de una familia de cinco hermanos.

“Nací en “El Galpón” pero pronto mis padres nos llevaron a Metán, donde me crié y fui a la escuela”.

Falú reconstruye las imágenes de pantalón corto con su hermano Ricardo yendo al río de aguas cantarinas que lamían las caprichosas formas de las piedras, esa lujuriosa vegetación, los cerros voluptuosos.

“Íbamos allá para que tomaran agua los caballos de mi tata. El viejo andaba siempre viajando por Anta, Joaquín V. González, comprando lazos, guardamontes, quesos, cueros de los criollos. Y vendía mercadería. Teníamos un almacén en Metán que olía a lonjas de cuero, a mercadería, a querosén”.

La guitarra

No había lujos, decía. Quizá el único, era el paisaje y esa libertad de chicos que continuó a los 9 años en Salta. Allí fue el matrimonio sirio de los Falú.

“Entonces conozco la guitarra. En ese tiempo los peluqueros la tenían y tocaban entre corte y corte. Recuerdo a un señor Odilón Isidoro Rasguido -que luego tuvo mimbrería-; a Corvalán, que tocaba el mandolín; al maestro Díaz, que era pintor de brocha gorda. Y el Payo Solá, el Dúo Gauna-García, eran estrellas”.

Guitarra procede directamente del árabe. ¿Alguna cuerda secreta de viejísimos ancestros  se habrá movido en Falú cuando abrazó ese instrumento? Misterio que va más lejos que la coincidencia de orígenes…

“Mi padre no quería que tocara. Por entonces ser músico era el mejor pasaporte para la farra y la vagancia”. Falú fue discípulo de sí mismo. “Años después estudié un poco de armonía con Carlos Guastavino. Pero más que todo fue mi intuición la que me llevó a hacer lo que hice”, refiere. Fue además su propio maestro. Leyó mucho sobre guitarrística española, a Sor, a Aguado, a Domingo Prats, “comencé a tejer lo popular con lo clásico, a dar otra dimensión a lo folclórico. Algunos dicen que hice un puente entre ambas cosas, esa fue la tarea de toda mi vida”.

Su primera escuela estuvo en las “tenidas” de Salta donde circulaban gentes como “El Burro” Lamadrid, los Dávalos, Roberto Albeza, Perdiguero, Manuel Castilla. La casa de los Marrupe era número puesto. También la de César Pereyra Rosas en Tres Cerritos o “en lo Batiti. Era muy lindo. No había avidez de hacer negocios, predominaba el lirismo, la amistad. Nos juntábamos sin pensar que había que trabajar al día siguiente. Era un tiempo de músicos, de poetas”.

Con Perdiguero (“gran muchacho, ingenioso, con talento creador”) escribieron “La tabacalera” alegato social no partidista; “nos levantamos contra las injusticias sociales”, explica. Luego vino “Soñando con la cosecha”, con Jaime Dávalos y más tarde “Sueño americano” y otras.

“No esperamos que sucediera lo de Malvinas para descubrir que la unidad latinoamericana era fundamental para nuestros pueblos”.

No todo fueron protestas. El amor marcó la música y las letras de los temas de Falú.

Una de sus primeras guitarras fue una que mandó a comprar don Gualberto Barbieri en la Antigua Casa Núñez. Mozo aún, Falú propuso enseñar guitarra a los presos de la cárcel salteña que Barbieri dirigía.

“Me tocó enseñar en épocas de Santos Ramírez, que había puesto en jaque a la policía. Hombre duro, correntino y macanudo fuera de sus cosas, que actuaba a dúo con Doroteo Hernández. Allí tuve mi primera guitarra. Aún no había “luthiers” en Salta”.

En 1945 llega a Buenos Aires. Gente de Radio El Mundo los había escuchado en Salta y le ofrecieron los micrófonos. Perdiguero se volvió pronto. Buenos Aires era un monstruo intimidante que sólo ofrecía un incierto futuro. Trabajó en “Sagaró”, por donde pasaron los hermanos Ábalos, Ariel Ramírez, (Atahualpa) Yupanqui. El folclore recién estaba calando en el público que hasta entonces escuchaba tango, boleros, música extranjera.

En Salta había actuado antes con Lamadrid y con el maestro Lo Giudice en Radio LV 9 todos los días. La primera composición fue el trémolo “La fuga del Sol”, de tipo incaico; el primer éxito llegó con “La artillera” y la primera grabación fue en un simple en 1950 con el sello T-K: “La vidala del nombrador” de un lado. Antes, “discos para Buenaventura Luna, con La tropilla de Guachipampa”.

Falú comprendió que no bastaba estilizar la música. Tuvo oído para escuchar a los poetas. Con Perdiguero y Dávalos empezaron a transformar las viejas letras de un pintoresquismo ingenuo de color “fiestero” otorgándoles vuelo poético.

“No podía subestimarse a la gente. Pusimos poemas dentro de las canciones. Esas letras eran como cantos rodados, andaban de boca en boca, se prendían al recuerdo y el corazón del pueblo. Jaime se tomó algunas licencias poéticas bastante audaces para la época”.

Luego, el mundo. La consagración en Buenos Aires, donde sus discos contabilizaban arriba de veinte mil ejemplares por edición, abrieron esa puerta: la Unión Soviética (1959), Estados Unidos, Europa. En el 63, en Japón, donde en cinco años ofrece más de doscientos recitales.

“Después querían que en seis meses diera otros doscientos. Llegué a los ochenta y quedé agotado”.

No hay pueblo ni aldea japonesa donde su guitarra no haya tocado las fibras de los nipones. En 1964 en Estados Unidos lo ovacionaron de pie y la prensa de San Francisco destacó no recordar un suceso guitarrístico similar en sesenta años.

Habiendo actuado en los teatros más importantes del mundo, el Colón inclusive, opinaba que éste es más un símbolo de consagración para un concertista de guitarra; un escenario más apto para ópera y ballet.

“El micrófono y la guitarra no van juntos. Todo se desvirtúa si se pone sonido artificial, se prostituye, dice Segovia. En todo el mundo se prefiere el sonido natural”.

Con Sábato, Romance de la muerte de Juan Lavalle

Predisponerse a escuchar la obra de Ernesto Sábato y Eduardo Falú anticipa el sentimiento que surge al acceder a una obra maestra. Palabras y música provienen de dos de los exponentes de la cultura argentina que ocupan lugares de privilegio entre los generadores del orgullo de un pueblo.

En una nota destinada a resaltar la contribución del autor de El túnel, Sobre héroes y tumbas y Abaddón el exterminador a la música popular; René Vargas Vera introduce al lector a pormenores de la creación del Romance de la muerte de Juan Lavalle

Si bien a don Ernesto Sábato se le conoce más como escritor que abandonó la carrera de Física o es admirado como lúcido ensayista o la mayoría de los lectores lo identifica con sus célebres novelas de tono existencialista y filosófico, mucho menos difundido es su rol en la música. Sobre todo en la popular. No por cierto como constructor de sonidos, sino como furtivo poeta.

Poco después de haber publicado su novela Sobre héroes y tumbas (1961), reseña Vargas Vera, unos amigos le sugirieron escribir un texto poético sobre este mismo tema, algo así como un oratorio. Sábato accedió. Y el azar, o mejor aún, la predestinación, quiso que Sábato se encontrara con el eminente compositor y guitarrista salteño Eduardo Falú, a quien le entregó su texto. Esto ocurrió hacia mediados de los años 60. Y les ocurrió algo similar a lo de Félix Luna con Ariel Ramírez cuando escribieron el maravilloso ciclo La Navidad Nuestra.

El disco editado en 1993 por el sello de Iván René Cosentino incluye el relato que el propio Sábato hiciera del proceso creativo. “En pocas y febriles jornadas de trabajo hicimos esto que ahora sale en una nueva edición”. Le asistía, expresa el autor de la nota, una poderosa razón literaria-estética: “la perduración del Romancero castellano en el folklore vivo de nuestros pueblos”.

Para el Romance de la muerte de Juan Lavalle Sábato escogió mantener la prosa épico-lírica del correspondiente fragmento de la novela, introduciendo las coplas del tipo aún viviente en el folklore de estos países.

“Algunas de esas coplas, como las que rememoran el fusilamiento de Dorrego, las tomé directamente; otras, la mayoría las compuse yo mismo, respetando el espíritu que las caracteriza. De este modo traté de insertar nuestro romance en la gran tradición, adecuándolo sin embargo a la sensibilidad de nuestro tiempo, evitando un lenguaje arqueológico, ya que sólo podemos emocionar mediante la lengua que vivimos”.

Más allá de las enormes satisfacciones que trajo aparejada la experiencia, Sábato rescataba la prueba de que era algo esencialmente legítimo: “prendió en el espíritu de las gentes”. Pero la empresa no hubiera alcanzado ese valor, concluía, “si no hubiera tenido la ventura de encontrar un artista de la sensibilidad, imaginación y virtuosismo de Eduardo Falú. Y una vez más, en esta definitiva versión -porque no tendrá ya otra posibilidad- le quiero expresar no sólo mi admiración, sino su infinita paciencia para soportarme en esta empresa”.

Las reflexiones de Sábato encuentran continente a medida en la música del maestro Falú. Muerto ya Lavalle -luchador incansable por la Independencia, agobiado por el sentimiento de culpa que le producía el haber ordenado el fusilamiento de Manuel Dorrego y las luchas intestinas- es su alma la que habla. Elige a quien portará su corazón -conservado tras descarnar su cuerpo en un arroyo- porque es como dárselo a la tierra:

“… esta tierra regada con la sangre de tantos hombres como él. La tierra de esta Quebrada por la que hace ¡tanto tiempo! muchos hombres, como Aparicio Sosa, humildes y pobres, sin pedir nada, ¡sin recibir nada! ofrecieron su vida, únicamente por la libertad”.

Referencias:El Tribuno de Salta , Bariloche Semanal,Red Salta,La Nación, SADAIC (Sociedad Argentina de Autores y compositores de Música).

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