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La dama que secuestraba aviones

Za’atar persigue obsesionado una pelota de tenis. De muro a muro la pelota rebota. Él corre detrás de ella tratando de no resbalar y de alcanzarla en el aire. Cuando al fin la tiene en el hocico, el pequinés se instala en un rincón del salón esperando que vengan por ella y se la lancen una vez más. Es un juego interminable que parece no agotarlo.

La mujer palestina que sostiene la pelota lo observa y le llama la atención.

—Ya basta, Za’atar, es tiempo de detener el juego y pasar a comer.

Za’atar es también el nombre de un condimento bastante popular en el mundo árabe, de color verde olivo. Es una mezcla de especias: tomillo, semillas de ajonjolí, sal y zumaque. Está presente en la mayoría de los platos de Siria, Jordania, Líbano y Palestina.

️ ️La mesa exhibe distintos platos de esa cocina que contienen, entre otras cosas, mucho za’atar. En un rincón, Za’atar, el pequinés, sigue reclamando la pelota de tenis. Za’atar tiene suerte. En el mundo árabe los perros son considerados animales inmundos. Se les desprecia y, en general, no son animales de compañía ni mascotas privilegiadas, como en Occidente. Pero Za’atar es cuidado por una mujer diferente, una mujer que ha desafiado su entorno cultural y social.

La pelota llega a sus pies y la mujer la recoge lentamente, la toma entre sus manos y amenaza una vez más: ¡Za’atar, esta es la última!

Al levantarse, su rostro se confunde con una foto en blanco y negro que cuelga enmarcada en la pared. En ella, una joven de sonrisa amplia cubre su cabello con un hatta (pañuelo palestino) y porta un rifle AK-47. Un antes y un después de quien ha vivido con intensidad.

Es Leila Khaled, la militante y guerrillera que a sus 70 años continúa en la lucha que la llevó a convertirse en ícono de la causa palestina. Grabada como imagen que no envejece en esténciles, grafitis, afiches, cuadros y pancartas.

Este es el relato de varios encuentros con Khaled, de viajes al pasado de una juventud singular y retorno a la vida actual de quien se convirtió en la primera mujer en el mundo en secuestrar un avión.

Leila Khaled exhibe, en la sala de su casa, la imagen que evoca sus luchas. Foto: Yasna Mussa

Es 1969. El mundo está sumergido en la Guerra Fría. Los movimientos sociales y las guerrillas se mueven en Latinoamérica y los países árabes; sus luchas tienen en común la autodeterminación y el rechazo a las dictaduras locales. Para el Frente Popular de la Liberación de Palestina (FPLP) –un partido de izquierda nacido en 1967, fundado por George Habash, autoproclamado marxista y laico— la ocupación de Palestina no es lo suficientemente visible. La mayor parte del mundo ignora lo que sucede contra una población cuya tierra ha sido arrebatada desde 1948 y cuya diáspora espera ansiosa por retornar a sus hogares.

Entre ellos está Leila Khaled, una joven estudiante palestina refugiada en Líbano. La número seis de una docena de hermanos, la hija de una familia musulmana que nunca quiso llevar velo, la dueña de un carácter inquebrantable y una mirada penetrante. Es la misma que se pasea vistiendo un traje blanco, sombrero y gafas de sol mientras espera en el aeropuerto de Roma. Está nerviosa, pero sus nervios no se asemejan a los de los otros viajeros. En su traje de verano lleva escondida un arma y unas granadas y ha logrado burlar el sistema de seguridad del aeropuerto.

Del otro lado de la sala está Salim Issawi, un combatiente del Comando de Unidad Che Guevara, del Frente Popular para la Liberación de Palestina. Ambos fingen no conocerse. Nadie sospecha que se trata de dos compañeros de misión ni que en pocos minutos protagonizarán una arriesgada maniobra política.

Esta vez, en el cielo, un acontecimiento se registra en la historia. El vuelo TWA 840 con destino a Atenas sufre un sorpresivo cambio de planes: Issawi y Khaled toman como rehenes a los 116 pasajeros a bordo y lo desvían con destino a Damasco, Siria. Antes, Leila Khaled solicita al piloto sobrevolar Haifa, su tierra natal.

El gesto no es parte de la operación, pero es el motivo que la llevó a alistarse en las filas de la política y la guerrilla. Es la nostalgia que se cuela en medio de la frialdad y el rigor de una mujer apátrida que dejó la mochila universitaria y se colgó al hombro un rifle para ir a combate.

La noticia del secuestro vuela rápido por el mundo. La prensa habla de una serie de secuestros que desde 1968 son reivindicados por el FPLP. Nadie resulta herido o muerto. El hecho causa impacto cuando los secuestradores hacen explotar el avión después de bajar a todos los pasajeros. Logran su objetivo: llamar la atención, hablar de Palestina y su causa.

Pero hay una pregunta que no queda resuelta: ¿quién es la mujer al mando de esta última operación? El enigma queda despejado cuando Eddi Adams, fotoperiodista de guerra estadounidense, la retrata en blanco y negro, portando el hatta y un rifle AK 47. Una imagen que se volverá histórica y estampa de un ícono, algo que no conjuga bien ni con la personalidad ni con las intenciones políticas de su protagonista.

Su rostro se multiplica, se difunde, se vuelve conocido. Leila acepta entrar al quirófano y cambiar su apariencia con seis cirugías plásticas. Su nariz y su mentón han sido modificados hasta el punto de ya no ser los de la atractiva mujer de la foto. Guarda su vanidad y su identidad como quien se disfraza para un evento. Guarda su vanidad y su identidad porque pueden costarle la libertad o la vida.

Es 6 de septiembre de 1970. Otra pareja espera en el aeropuerto de Ámsterdam. Ambos con pasaporte hondureño. El hombre es Patrick Argüello, un nicaragüense que lleva también un pasaporte estadounidense, miembro del Movimiento Sandinista y que nueve años antes se había enfrentado al dictador Somoza. La mujer, una vez más, es Leila Khaled.

Ambos han logrado pasar los controles de seguridad, aunque le han pedido a la mujer que abra su bolso de mano para revisarlo detalladamente pues, según la oficial a cargo, han aumentado los secuestros y atentados. Leila se muestra comprensiva ante la situación y accede con amabilidad, observando en silencio. En los bolsillos de su pantalón guarda dos granadas de mano.

Aunque Leila posee un pasaporte falso de Honduras, su español se limita a un “sí, señor”, y confía en que será suficiente. Su preocupación es otra: debe cumplir la misión de desviar el vuelo 219 de El Al con destino a Nueva York y unirse a otros tres secuestros simultáneos que serán dirigidos hasta un terreno desolado en Jordania, bautizado por el FPLP como aeropuerto revolucionario.

Instalada junto a su compañero en la segunda fila de la clase turista, los militantes se dirigen hacia el piloto y anuncian el secuestro. Aunque unas horas antes habían logrado burlar la seguridad en tierra, en el aire las cosas se complican. Cuatro agentes israelíes se encuentran entre los pasajeros y reaccionan a tiempo. En el acto, disparan a Argüello, y Khaled es herida y capturada. Las granadas siguen en sus bolsillos. Leila Khaled, con dos costillas quebradas e impactada al ver cómo su compañero se desangra frente a sus ojos, se mantiene firme ante las instrucciones del FPLP: no herir ni asesinar a los pasajeros.

El secuestro frustrado cambió la historia de Khaled, del FPLP y de los palestinos en Jordania. La joven militante de 26 años fue entregada a la comisaría de Ealing, en Londres, donde tuvo que pasar 28 días antes de ser canjeada por otros rehenes y liberada.

Cuarenta y cuatro años después, este episodio sigue nublando la mirada de Khaled y quebrándole la voz. No se logra responder una pregunta que se instaló en su mente desde ese 6 de septiembre de 1970: “¿Por qué fue Patrick? Yo debí estar en su lugar”, se lamenta Leila Khaled.

Es el mediodía de un lunes de verano. El encuentro con Leila Khaled está fijado en el segundo piso del edificio de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) en Amán, Jordania. Una bandera palestina ondea en la entrada y dos guardias custodian la puerta principal. En el vestíbulo una docena de personas aguarda su turno para resolver asuntos consulares. En Jordania residen casi 4 millones de refugiados palestinos y en esta ciudad, a 40 kilómetros de la frontera con su tierra natal, hay símbolos que lo recuerdan a cada instante.

En el segundo piso, entran y salen hombres que fuman y hablan fuerte. Es una sala despejada que solo tiene algunos escritorios y sofás más bien gastados por el tiempo. Ahmad –un hombre de bigote y sonrisa tímida– sirve el café y el té de una sala a otra, mientras los otros continúan fumando y conversando como si el tiempo no pasara ni la temperatura marcara 33 grados Celsius.

Al fondo, una oficina privada, amplia y cómoda. A un extremo de la sala, un escritorio y una gran bandera palestina. En el muro de enfrente, las fotos de Yasser Arafat y Mahmoud Abbas cuelgan en el mismo muro pero separadas. No es la oficina de Leila Khaled, pero es el espacio que nos han facilitado para la entrevista.

Leila Khaled me recibe luego de terminar su reunión política. Seria, con una sonrisa amable pero discreta, me extiende la mano. Lleva el pelo corto en melena y gafas ópticas. Viste un blazer negro estampado con llamativas flores de colores, que contrastan con su postura, formal y poco expresiva.

—Chile. Hay buenos militantes en Chile. Ha habido un apoyo histórico con Palestina y ahora mismo lo están haciendo con lo que sucede en Gaza –dice, como primer comentario, al enterarse de mi nacionalidad.

Para Leila Khaled Latinoamérica ha sido un aliado estratégico e histórico. Ella está segura de que para la población de Gaza, los latinoamericanos son considerados hermanos, más cercanos aún que el resto del mundo árabe. Cree que los gestos solidarios de Venezuela, Bolivia y, más recientemente, de Argentina, Chile, Perú y Brasil son una actitud que debería servir como ejemplo para el resto del mundo.

—Mi nombre en el secuestro de 1970 era María Luna –dice, mostrando su primera sonrisa, con la voz rasposa y la mirada iluminada. No sabía nada de español y todavía no sé nada de español.

Ahmad, el hombre del café y del té, sirve dos tazas. Leila Khaled enciende un cigarrillo apenas termina el anterior y bebe un poco de café. Su voz se corta por el humo y luego sale aún más grave. Llega a cada punto con una ligera tos que marca las pausas y delata los años que el tabaco la ha acompañado.

—La ocupación es terrorismo –dice Leila Khaled al hablar de Gaza. No se trata de que Hamas o el FPLP existan y resistan, pues el problema es la ocupación. Ocupar sus casas, maltratar a los niños, herir a las mujeres, matarlos a todos ellos y destruir también sus casas. Esa es la política de ocupación israelí. Nunca en la historia un Estado fue creado por una resolución, excepto Israel.

Leila Khaled se acomoda en su silla, bebe otro poco de café mientras piensa su respuesta. Afirma que cuando el sionismo se instaló en Palestina, los grupos paramilitares usaron su fuerza en contra de la población nativa para aterrorizarlos y motivarlos a huir. Al mismo tiempo que la colonización avanzaba, dice, ellos arrestaban y asesinaban personas, cuyos cadáveres eran exhibidos para difundir el miedo.

Leila Khaled levanta las cejas y recalca con fuerza que todavía cree y respalda la lucha armada palestina.

—No podemos liberar Palestina con rosas o con negociaciones –continúa, mientras exhala el humo del cigarrillo que le rompe la voz aún más. Las personas nunca han podido conquistar la independencia de sus países sin el uso de armas, desde los inicios de la humanidad. Desde la Revolución Francesa, la gran guerra civil de Estados Unidos entre el Norte y el Sur, y así en todos los países que han buscado su independencia o los derechos civiles de la gente. Y esta, la de Palestina, es la última colonización de la historia.

Leila Khaled nunca ha dicho lo que otros esperan que diga. Esta vez no es la excepción y repite, en la oficina de la OLP, un discurso tan político como ajeno a la diplomacia actual. Porque para ella, una vez que se resuelva el problema de los refugiados, podrán vivir todos en un Estado democrático donde cada persona tenga sus derechos garantizados. Ha sido enfática en desvincularse del discurso oficial de la Autoridad Nacional Palestina que negocia por la creación de dos Estados. Es una fedayín que ha dejado de entrenarse en los campos de tiros de Jordania, pero que dispara con su lengua.

—Nosotros le ofreceremos soluciones humanas –dice Leila Khaled.

Y sigue:

—No como la solución de Israel, que significa un genocidio contra nosotros. Lo que tienen ahora se llama Estado de Apartheid.

️Llegamos a su piso. Es un amplio y bello departamento decorado con delicadas piezas de artesanías tradicionales y otras que aluden a la revolución.

La mujer del rifle AK 47 habla de sus miedos y de los recuerdos de ese 6 de septiembre de 1970. Evoca esos 28 días que pasó recluida en la celda de Ealing, sin tener noticias de sus compañeros, de los otros secuestros ni de cuál sería su futuro. Abatida en ese retén inglés, respondió interrogatorios con inteligente ironía, sin revelar jamás detalles secretos, mostrándose serena y fuerte.

—Un día llegó uno de los agentes ingleses a interrogarme. Yo llevaba varios días negándome a hablar –recuerda con picardía–; el hombre se dio cuenta de mis respuestas evasivas, dijo que yo era una mujer inteligente y brillante. ¡Yo no acepto cumplidos de ningún hombre!, le respondí. Pero el hombre se echó a reír y me preguntó si yo era una mujer conservadora. Claro que sí, le respondí, y él me dijo que nunca había conocido a una mujer conservadora que secuestrara aviones.

Leila Khaled reconoce que la trataron bien durante su estadía. Fueron respetuosos y hasta cumplieron algunas peticiones suyas. Le llevaron revistas de moda que se acumularon en un rincón de la habitación, hasta que sus custodios se dieron cuenta de que ella prefería leer periódicos.

Un día, la mujer encargada de custodiarla le llevó una naranja. En ella había una etiqueta que decía Jaffa –una localidad muy cercana a su Haifa natal–, y Leila Khaled se echó a llorar.

La mujer, con quien Khaled había desarrollado una buena relación durante esos días, no entendía qué sucedía y solo atinó a consolarla y preguntarle por qué lloraba.

—Estas naranjas son palestinas –dijo Leila Khaled, entre sollozos–, es por esto que lucho, para volver a mi hogar.

Pero esa no fue la primera vez que Leila Khaled sintió nostalgia por sus naranjas.

️Todo se remonta a un 9 de abril de 1948, cuando ella cumplía cuatro años de vida. Ese día, Israel llevó a cabo una masacre en el pueblo de Deir Yassin, ubicado en una colina a unos cinco kilómetros de Jerusalén. Los grupos terroristas sionistas de Irgún y Leji perpetraron la masacre que asesinó a más de cien personas. La madre de Leila Khaled se encontraba sola, pues su esposo estaba luchando junto a las tropas palestinas. Tomó a sus ocho hijos, incluida la más pequeña de solo 40 días de vida, y partió con ellos a Tyr, un pueblo al sur del Líbano, donde vivía el resto de la familia.

Llegó a vivir a la casa de un tío. Los árboles cargados de naranjas rodeaban la vivienda y los niños no aguantaron las ganas de ir por ellas y comerlas.

—Ella nos dijo: “Esto no es de ustedes. No tienen derecho a sacarlas. Las suyas están en Palestina” –cuenta Khaled, con la mirada perdida en sus recuerdos. Esa fue la primera lección que recibimos y que nos dijo que debíamos volver a Palestina. Desde el primer minuto, supimos que eso no era nuestro, así que desde ese momento odié las naranjas.

Leila Khaled no volvió a comerlas.

—Todo el tiempo yo sentí que nada era nuestro. Que nuestras cosas, lo que amábamos, estaba en Palestina, así que teníamos que hacer algo –insiste, mientras sirve el café y un plato con frutas. Teníamos que volver a Palestina porque solo ahí podíamos comer nuestras naranjas.

Por eso, para ella la situación actual en Gaza no resulta una novedad, por terrible y espantosa que sea. Desde su primera infancia sus recuerdos están marcados por la persecución, las masacres, los asesinatos y el desplazamiento forzoso.

—Israel ha exigido que se negocie. Hemos aceptado y la OLP ha negociado durante 20 años, y qué ha pasado después de eso –se pregunta y responde enseguida–, durante veintiún años de negociaciones han aumentado los asentamientos, con más colonos, y los colonos son en sí otro ejército; demuelen las casas, construyen un muro de apartheid, han metido en prisión a miles de activistas y los tratan como criminales. Israel ha violado todo tipo de leyes y se considera a sí mismo dentro del derecho internacional. Hasta ahora, Israel no ha sido condenado por todos sus crímenes. Ahora es tiempo de que pague, así que no podemos permitir que siga avanzando en nuestra patria, tenemos que pelear hasta el final.

Un silencio se instala en el salón. Su esposo, Fayez Rashid Hila, ha ido a dormir la siesta. Za’atar lo imita a un costado del sofá con el hocico sobre su pelota de tenis. Leila Khaled mira la televisión sin volumen, también en silencio.

¿Crees en Dios?, ¿en el paraíso?, le pregunto, incómoda.

—Claro, los dos son la misma cosa: Palestina –ironiza Leila Khaled y bebe un último sorbo de café.

Por Yasna Mussa
Con información de:Late

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Mejor es levantarse-Fayad Jamís

Si no puedes dormir levántate y navega.
Si aún no sabes morir sigue aprendiendo a amar.
La madrugada no cierra tu mundo: afuera hay estrellas,
hospitales, enormes maquinarias que no duermen.
Afuera están tu sopa, el almacén que nutre tus sentidos
el viento de tu ciudad. Levántate y enciende
las turbinas de tu alma, no te canses de caminar
por todas partes, anota las últimas inmundicias
que le quedaron a tu tierra, pues todo se transforma
y ya no tendrás ojos para el horror abolido.

Levántate y multiplica las ventanas, escupe en el rostro
de los incrédulos: para ellos todo verdor no es más que herrumbre.
Dispara tu lengua de vencedor, no sólo esperes la mesa tranquila
mientras en otros sitios del mundo chillan los asesinos.

Si no puede soñar golpea los baúles polvorientos.
Si aún no sabes vivir no enseñes a vivir en vano.
Tritura la realidad, rómpete los zapatos auscultando las calles,
no des limosnas. Levántate y ayuda al mundo a despertar.

Fayad Jamís

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La Mano de Fátima- Khamsa

 

Atributos y forma de representación

La mano de Fátima o khamsa consiste en la representación plana de una mano abierta, con los dedos extendidos. Suele estar constituida por un diseño estilizado, en el que el dedo corazón actúa como eje de simetría, resultando casi siempre imposible determinar si se trata de la extremidad derecha o izquierda .

Este destacado icono fue entre los musulmanes medievales, particularmente los shiíes, un símbolo de providencia divina, generosidad, hospitalidad y fuerza/poder, así como un eficiente amuleto que expulsaba los malos espíritus causantes de las enfermedades y las desgracias además de repelente del mal de ojo. Portar talismanes como protección o contra el aojamiento, fue una de las muchas prácticas pre-islámicas absorbidas por la cultura islámica primitiva, y tolerada por su teología.

El mal de ojo, también llamado fascinación, es una creencia de carácter casi universal que se documenta ya en el Antiguo Egipto y en las culturas antiguas del Creciente Fértil. Los romanos también conocían esta superstición, a la que denominaron “fascinatio” o “fascinum”, la cual se transmitió al mundo medieval, tanto cristiano como musulmán, siendo objeto de la atención de eruditos como al-Kindi (801-873) o Avicena (980-1037). Se basa en la creencia, transmitida por Platón en el Timeo, de que la visión se produce por la proyección a través de los ojos de unos rayos o fuego visual que, al ser emitidos por almas contaminadas, dan lugar al mal. En el mundo islámico, se considera que este mal de ojo procede de la envidia, según explica Ibn Jaldún:

“Los efectos producidos por el mal de ojo se incluyen en el número de las impresiones que resultan de la influencia del alma. Proceden del alma del individuo dotado de la facultad del mal de ojo y tienen lugar cuando él ve una calidad o un objeto cuyo aspecto le causa placer. Su admiración se vuelve tan intensa que hace nacer en su entraña un sentimiento de envidia juntamente al deseo de arrebatar esa calidad o ese objeto a quien los posee”.

En el Corán, Muhammad señala y admite la creencia en el mal de ojo (‘ayn), y las tradiciones islámicas reconocen que el propio Profeta aceptaba el uso de talismanes y tatuajes para preservarse de él. En la Arabia preislámica, según testimonio de Tertuliano, las mujeres se protegían del mal de ojo cubriéndose el rostro con un velo, e incluso por un fenómeno de magia simpática, los ojos de determinados animales con presunto poder fascinador, como el lobo, eran utilizados como amuleto, al igual que determinados minerales o piedras, entre ellas el azabache. Uno de los talismanes más empleados en todo el mundo islámico es la khamsa o “mano de Fátima”. La mano extendida y sintética tiene el mismo valor que el gesto de recitación de la fórmula “hamsa fi‘ayni-k” (cinco en tu ojo) contra el sujeto que se cree que nos está aojando.

La eficacia apotropaica de este amuleto está relacionada con el poder mágico del número cinco, que es el significado del término khamsa (literalmente “cinco”, en alusión al número de dedos). Como ya señaló René Guénon, y ha recogido Chebel en su Dictionnarie des symboles musulmans, se ha intentado tradicionalmente explicar el valor de este guarismo, por su equivalencia con las cinco letras del nombre de Allah en árabe: el índice corresponde a la alif, el anular a la primera lam, el medio y el índice al segundo lam, que es doble, y el pulgar al he, lo que explica el carácter divino de la mano y de la cifra cinco, que constituye un símbolo habitual dentro del mundo islámico. Además, en la tradición suní, la mano es la síntesis de la ley del Profeta, identificándose los dedos proverbialmente con los cinco pilares o preceptos del Islam (el testimonio de fe, la oración ritual, la limosna, el ayuno y la peregrinación), mientras que la tradición shií los ha relacionado con las cinco personas sagradas pertenecientes a la familia del Profeta(Muhammad, ’Ali, Fátima, Hassán y Hussein). Parece que en ambos casos se ha tratado de islamizar una creencia de origen bereber.

La khamsa es denominada también habitualmente “mano de Fátima”. Aunque con frecuencia el origen de esta expresión se ha querido poner en relación con los europeos establecidos en el Norte de África durante el Protectorado, y especialmente con los militares franceses que tenían la costumbre de llamar “Fátima” de forma despectiva a todas las mujeres argelinas o tunecinas, los estudios más recientes  muchos de ellos sin rechazar tampoco abiertamente la hipótesis anterior‒, abogan por su conexión con Fátima al-Zahra (606-632), hija predilecta de Muhammad, a la que acabamos de referirnos como pariente destacada del Profeta. Ningún pasaje documentado de la vida de Fátima sugiere relación alguna con este símbolo, aunque las cuantiosas leyendas posteriores asociadas a ella, hacen referencia a su carácter maternal y protector, lo que tal vez podría vincularla con el amuleto de la mano, dado que este siempre se ha conectado con fines apotropaicos. Fátima adquiere en el Islam un destacado papel como mujer santa y modelo de hija, madre y esposa, lo que ha llevado a su frecuente comparación con la figura de la Virgen María en el ámbito cristiano.

Este popular amuleto protector adopta en la Edad Media diseños variados. Lo normal es que se represente exclusivamente como una mano exenta, aunque en la tipología áulica de los jarrones nazaríes de la Alhambra, su superficie se amplía hasta abarcar el antebrazo, adornándose este con amplias mangas. Asimismo la mano puede albergar a veces en su interior ojos, que acentúan su significación talismánica, al invocar su lucha contra el aojamiento. Ocasionalmente también puede incorporar inscripciones epigráficas de carácter coránico.

Fuentes escritas y orales

No existen evidencias textuales o fuentes escritas para el origen de la mano de Fátima. No obstante, la mención a la sacralidad de la mano o de las manos aparece reflejada en varios pasajes del Corán. La sura 67:1 dice: “¡Bendito sea Aquel en cuya mano está el señorío! Él, sobre toda cosa, es poderoso”. En las suras 69:25 y 84:7 se identifica la mano izquierda con el mal y la derecha con el bien, respectivamente. Igualmente en 23:88, 36:83 y 57:29 las manos se ponen en conexión con la imagen de la soberanía divina.

Algunos relatos populares carentes de legitimidad religiosa ponen en relación la mano-amuleto con un gesto del propio Muhammad. Un día, los discípulos del Profeta, se quejaron a su maestro de la supresión de las imágenes y entonces este, por toda respuesta, habría metido en tinta los cinco dedos de su mano y los habría impreso sobre una hoja de papel, mostrándolos a sus seguidores.

Autores como A. Maitrot o Probst-Biraben recogen el relato, sin ninguna validez histórica, de que durante la batalla de El Bedr Hanin (624 H.), que consagró la pujanza de Muhammad, los partidarios del fundador de la nueva religión no tenían estandarte o bandera, por lo que confiaron su pena a la hija predilecta de su jefe, Fátima, quién mojó su mano en la sangre de un herido y la imprimió sobre su velo.

Otra leyenda cuenta que una noche la hija del Profeta estaba preparando la cena cuando su esposo Alí regresó a casa acompañado por una concubina. Al verla, Fátima, celosa, regresó a la cocina irritada y metió la mano en la pasta hirviendo que estaba cocinando, continuando su elaboración con la mano desnuda. Su pena era tan grande que no sentía la quemazón. Desde entonces en el Islam, la mano de Fátima llegó a ser símbolo de paciencia y lealtad, confiriendo suerte, abundancia y paciencia a quienes portaban o se encontraban bajo la protección de este símbolo.

Extensión geográfica y cronológica

Aunque se desconoce con precisión en qué momento concreto comenzó a utilizarse de forma sistemática, la espectacular expansión territorial protagonizada por el recién nacido Estado islámico fue determinante en la propagación de este amuleto, siendo introducido paulatinamente en todos aquellos territorios que, desde la Península Arábiga, fueron progresivamente incorporados al Dar al-Islam, incluida al-Andalus, donde se documenta a partir de la época de las dinastías africanas. Asimismo, gracias a la permeabilidad cultural bajomedieval, su uso trascendió las fronteras políticas para ser asimilado también dentro del ámbito cristiano y judío en contacto con el Islam.

Como amuleto protector y apotropaico se ha seguido empleando desde entonces hasta la actualidad dentro del ámbito musulmán o de pasado musulmán, donde suele aparecer en puertas, viviendas y también decorando la joyería o metalistería popular. Existen infinitos ejemplos desde la Península Ibérica y el Norte de África (zona del Magreb) a Palestina, así como en el sur de Italia, en la zona de Nápoles. También se ha infiltrado en tradiciones religiosas y culturales no musulmanas, como la de los judíos sefardíes, que con frecuencia han usado el símbolo de la mano extendida como amuleto para salvaguardar personas y hogares.

En la actualidad, este icono está ampliamente difundido como consecuencia del fenómeno de la globalización, y resulta habitual encontrar personas de cultura occidental que portan collares o pulseras con el símbolo de la khamsa.

Soportes y técnicas

La mano protectora se presenta en la Edad Media en todo tipo de soportes y técnicas artísticas, ya sea en forma de amuletos exentos de plata o azabache, ya como elemento decorativo pintado, tallado, esculpido o grabado formando parte de la ornamentación arquitectónica, de manuscritos iluminados o de objetos suntuarios diversos, especialmente de carácter personal (joyas o adornos). Aparece muy frecuentemente también en cerámicas, ya que se considera que el momento de la comida o la bebida es especialmente propicio para la penetración de malos espíritus, que pueden acechar escondidos en las vasijas.

Precedentes, transformaciones y proyección

La khamsa corresponde a una tradición iconográfica musulmana, aunque el motivo genérico de la mano tiene un carácter universal y su uso puede retrotraerse a tiempos ancestrales. Ya en la pintura rupestre parietal del Paleolítico Superior se identifican paneles con manos pintadas en positivo o negativo, como en la cueva de El Castillo (Puente Viesgo, Cantabria, España), lo que apunta a que el simbolismo de las manos extendidas como repelentes de males podría conectarse con ritos o cultos mágicos preislámicos.

Este amuleto protector se identifica asimismo en las civilizaciones del Próximo Oriente Antiguo. La Qāt Istar, también conocida como la Qāt Inana, o Mano de Ishtar/Inana, fue usada por los sucesivos pueblos que se asentaron en el territorio mesopotámico, principalmente sumerios y acadios, como talismán contra las enfermedades. También parece existir una estrecha conexión entre la Mano de Fátima y la Mano Pantea o Mano de Todos los Dioses, que fue originalmente un amuleto egipcio conocido como los “Dos dedos”, en alusión a Isis y Osiris. Este amuleto invocaba a los espíritus protectores de los padres. El pulgar se interpretaba como Horus (“el hijo”), mientras que el índice y el corazón se relacionaban con Isis y Osiris, sus progenitores. Otra teoría remonta los orígenes de la khamsa a Cartago, donde se utilizó la mano de la deidad suprema, Tanit, para alejar el mal de ojo. Asimismo, en la cultura cananeo-púnica, la mano de Ba’al se empleaba con un sentido análogo.

Existieron además otros destacados símbolos antropomorfos de divina protección anteriores al advenimiento del Islam, como la Mano de Venus (o Afrodita) en el mundo romano. Incluso las manos de Buda (gesto de mudrā) o de Shiva han tenido un sentido protector y benéfico en las tradiciones budista e hinduista, o, dentro del Cristianismo, la propia Dextera Dei fue empleada como símbolo del poder divino.

La asimilación cultural del emblema de la mano de Fátima y su proyección más allá de los territorios islámicos comenzó ya en época medieval. Por ejemplo, durante el siglo XV en los reinos hispanos, pequeños colgantes quiromorfos llamados gumças eran colocados sobre los trajes de los niños para protegerlos o formaban parte de collares, como el descubierto cerca de Mondújar, en la región de Almería. Parece que el término gumça procede de la castellanización del vocablo árabe khamsa. Igualmente, la mano protectora se encuentra representada sobre numerosas piezas cerámicas procedentes de los talleres de Paterna y Manises, destacando su empleo como parte de la decoración de un grupo de pilas bautismales toledanas realizadas en barro vidriado, encabezadas por los ejemplares procedentes de la iglesia de Camarenilla (Toledo) y de la Hispanic Society of America (Nueva York)25, ambas de mediados del siglo XV, donde las cruces flordelisadas y el monograma “JHS” alternan con el talismán islámico.

Un ejemplo excepcional de la enorme difusión de este amuleto islámico dentro del territorio cristiano se pone de manifiesto con la noticia de que en 1526 una comisión episcopal convocada por el emperador Carlos V, reunida para decidir sobre las costumbres de los musulmanes recientemente convertidos al cristianismo (moriscos) decretó la prohibición de su uso y su sustitución por cruces o medallas con efigies de personajes sagrados. Poco después, en 1586, Pedro Guerra de Lorca describió a los musulmanes como hijos del demonio, portadores de medallones donde estaba grabada una llave y una mano, esta última significando, según él, la pujanza de Dios. Para Don Diego López de Mendoza en 1607, estas manos portadas por los moriscos de Granada serían una alusión a los cinco mandamientos de Muhammad .

Los cristianos sirios y los europeos utilizaron un símbolo equivalente a la khamsa conocido como Mano de María. Su objetivo es igualmente proteger a las mujeres del mal de ojo, aumentando su fertilidad, promoviendo embarazos sanos y buenas lactancias, y fortaleciendo a los más débiles (mujeres encintas, recién nacidos o niños de corta edad).

A través del contacto con el Islam, su uso se popularizó también entre las comunidades judías, especialmente sefardíes, instaladas tanto en el Norte de África como en Oriente Medio. Los judíos se refieren a ella como la mano de Miriam (Kef Myriam) en recuerdo de la Miriam bíblica, la hermana de Moisés y Aarón.

Temas afines

Un tema relacionado con la mano de Fátima es el divulgado motivo iconográfico de la higa, que consiste en la figuración de una mano cerrada sobre sí misma en forma de puño, con el dedo pulgar alojado entre el índice y el corazón, al que se ha otorgado un similar valor protector y profiláctico, pues se utilizaba igualmente para evitar la influencia maléfica de la fascinación y para atraer la buena suerte.

Por Noelia Silva Santa-Cruz
©Revista Digital de Iconografía Medieval

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