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Cambios en el pop de Egipto

El vertiginoso camino que Egipto ha atravesado en tres años desde la caída del autocrático Hosni Mubarak no sólo ha sacudido la política del país. Ha revolucionado la cultura pop, desde su lenguaje hasta su música y su arte, trayendo las voces de la rebelión y de los pobres urbanos.

Ahmed Mustafa (Ortega)
Ahmed Mustafa (Ortega)

Nuevas frases han surgido y se han vuelto parte del idioma cotidiano. Los graffitis han emergido como una nueva forma de arte popular, plasmando la política en las paredes de la ciudad y documentando el humor que se respira en la “calle revolucionaria”.

La música popular ha sido dominada por artistas jóvenes y rebeldes de barrios que solían ser desestimados por vulgares. Sus canciones, que se escuchan desde los botes de fiesta en el Nilo hasta los minibuses y los carruajes conocidos como tuk-tuks, se han vuelto la banda sonora de las bulliciosas calles de El Cairo.

Los cambios presentan nuevas plataformas para expresar el descontento y el deseo de cambio, y se han diseminado rápidamente entre los varios niveles de la sociedad.

Los une el espíritu de “el-Meidan” o “La Plaza”. Inicialmente, el término era sólo una referencia a la Plaza Tahrir de El Cairo, el centro del levantamiento de 2011 que tumbó a Mubarak y de las protestas desde entonces. Pero el evolucionó y ahora significa la unión de todos los egipcios sin importar estrato social, edad, profesión o secta, para exigir un cambio.

El término ha mantenido su resonancia aun cuando Egipto se ha vuelto más dividido. Islamistas y no islamistas ahora se enfrentan tras la destitución del presidente islamista Mohamed Morsi en julio.

“La plaza juntó a personas que normalmente no se habrían conocido”, dijo Amar Abu Bakr, un artista del graffiti. “La gente le abrió al prójimo su corazón y ya no se temían unos a los otros. Artistas de todas las disciplinas se presentaron en la plaza, no para presumir, sino porque todos sintieron que podían hacer lo que querían”.

“El-Meidan” no es la única palabra que ha cobrado un nuevo sentido en momentos en que la política y la agitación alimentan el rico dialecto árabe en Egipto.

“Borrego” se ha vuelto un insulto de anti-islamistas hacia miembros de la Hermandad Musulmana debido a la obediencia que prestan a sus líderes. Los islamistas contraatacan con “lamebotas” para referirse a los simpatizantes del golpe militar apoyado por el pueblo que derrocó a Morsi tras un año en la presidencia.

“Los exprimidores de limones” son egipcios seculares y liberales que votaron por Morsi en las elecciones presidenciales de 2012 sólo para evitar que su opositor, el último primer ministro de Mubarak Ahmed Shafiq, ganara. Se refiere a un dicho árabe según el cual, si te dan un plato de comida repugnante, lo único que se puede hacer es echarle jugo de limón para hacerlo más apetecible.

Más que cualquier otra forma de cultura pop, el graffiti ha representado el estado de ánimo revolucionario. Las imágenes han trazado el arco desde la resistencia durante el levantamiento anti-Mubarak y la alegría por su caída, hasta la oposición al ejército y luego Morsi, y ahora de nuevo la ira hacia las fuerzas armadas y a los remanentes del régimen de Mubarak — o “feloul” — que los revolucionarios creen que están tratando de reescribir la historia para desestimar su levantamiento como un complot avalado por otros países.

Poco vistos antes de 2011, los graffitis ahora sirven como un sustituto de galerías y museos que sólo una minoría de egipcios se molesta en visitar.

El lienzo preferido desde 2011 ha sido un muro de la Universidad Americana en El Cairo, que se extiende unos 100 metros (328 pies) por una calle desde Tahrir.

Usualmente los artistas tapan una pintada vieja para reemplazarla con una nueva. Ahora, dice el artista Alaa Abdel-Hameed, los graffiteros han llegado a un acuerdo informal para extender una obra existente en lugar de borrarla o taparla.

Las imágenes allí hablan de ira hacia los militares. Una muestra a un soldado tipo Drácula a quien le sale sangre de la boca. Bajo él hay cráneos etiquetados “pan, libertad y justicia social”, el eslogan de la revolución de 2011. También hay una imagen de un chimpancé cargando una foto enmarcada de un gorila con gorra militar, una crítica a la adoración hacia los líderes militares.

“Abajo con todo aquel que cometió traición”, declara una pintada.

Abdel-Hameed probó este año otra forma de arte callejero. Hizo 200 esculturas de águilas, el símbolo oficial de Egipto que adorna su bandera nacional, y las pegó al revés en paredes alrededor de la ciudad.

Casi todas han sido demolidas, probablemente por opositores de Morsi que las vieron como una crítica a su destitución, aunque de hecho Abdel-Hameed las colocó antes del golpe.

La otra forma de arte en las calles no se ve, se escucha: la música “Mahraganat” (en árabe, “festivales”) salió de los bajos barrios densamente poblados que rodean El Cairo.

“Es el único movimiento musical genuino en este momento en Egipto … No tiene límites”, dijo Mohammed Gamal, autor de un libro sobre los fieles hinchas del fútbol en Egipto conocidos como los Ultras, unos de los más ávidos seguidores del Mahraganat, y un seguidor de la cultura pop.

Los músicos de Mahraganat, jóvenes adolescentes o veinteañeros, llenan las canciones trepidantes con la jerga callejera y a menudo lasciva sobre la vida de la juventud desempleada que trata de salir adelante, y abordan temas como el amor, las drogas, las fiestas y la política.

“La pobreza se ha arraigado, hemos llegado al nivel del hambre, si hay esperanzas, montaré otra revolución”, dice la letra de una canción popular de Mahraganat.

“En Egipto, están los ricos, los pobres y aquellos que están por debajo de la pobreza”, dijo Ahmed Mustafa, un cantante de Mahraganat más conocido por el nombre artístico de “Ortega”, en una entrevista televisiva reciente. “Yo estoy por debajo de la pobreza, pero voy a hacer lo que me plazca”.

El estilo Mahraganat emergió antes de 2011, pero se ha diseminado rápidamente debido a las restricciones sociales más suaves atribuidas en parte al levantamiento. Ahora se escucha en todos lados, desde bodas hasta los reproductores de los autos de los jóvenes de clase alta.

“El país ha estado en un modo revolucionario, y la gente se interesa en las formas de música underground y en todo lo que no es parte de la corriente establecida”, dijo Salma el-Tarzi, un cineasta que dirigió un documental que sigue el paso de tres cantantes de Mahraganat de la oscuridad a lo convencional.

En un concierto reciente en el distrito pobre de el-Marg en El Cairo, la banda de Mahraganat “el-Dawshagiyah” — o “los Sonajeros” — cantaron una canción que decía: “Oye chica, dame un beso y te daré mi billetera. Dame un beso y dejaré de perseguirte”.

“Cantamos sobre las realidades en Egipto, los jóvenes desempleados y la revolución”, dijo Ahmed Shaaban, uno de los miembros de la banda. “Las clases más altas solían no sentir más que desdén hacia nosotros, ahora buscan nuestra música”.

Por Hamza Hendawi
Con información de AP

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2014: fin de la era yankie en Oriente Medio?

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Con el fin de 2013 llega el fin de la era norteamericana en Oriente Medio. Denominar a los últimos cuarenta años Pax Americana probablemente sería una exageración porque, como estamos hablando del Medio Oriente, ha habido un montón de violencia (las guerras árabe-israelíes, la guerra irano-iraquí, la liberación de Kuwait por los norteamericanos, la invasión de Irak por éstos o los numerosísimos y sangrientos atentados que han tenido lugar desde el Mediterráneo Oriental hasta el Golfo Pérsico). Pero nadie dudaba de que Norteamérica estaba al mando, y, en la región, todos podían hacer sus apuestas conforme a ello, con una razonable noción de lo que podía aguardarles. Si uno era un líder de Oriente Medio aliado de Washington, tenía ayuda económica, armas y una foto con el presidente. Esto último era, tal vez, lo más importante de todo, porque lo que contaba más aún que los aviones y tanques estadounidenses y que los paquetes de ayuda por valor de miles de millones de dólares era la idea de que algún día, cuando las cosas se pusieran difíciles, tu colega de la Casa Blanca, que además resultaba ser el hombre más poderoso del mundo, podría hacer caer su poderoso martillo por ti y aplastar a tus enemigos. Después de todo, eso es lo que le pasó a Saddam Hussein… dos veces. Y, quién sabe, puede que lo mismo les hubiera ocurrido a Bashar al Asad y a la República Islámica de Irán; en los últimos diez años (en el caso de Irán, desde 1979, con el derrocamiento del Sha y la Crisis de los Rehenes) ambos han hecho casi todo lo que ha estado en su mano por establecerse como los principales enemigos de Norteamérica en la región. Pero, como demuestran estos dos ejemplos, los tiempos han cambiado.

Éste ha sido el año en el que Norteamérica cambió la maza por el escalpelo y tendió una mano amiga a sus enemigos, lo que dejó a sus amigos preguntándose qué vendría a continuación. Para los actores que no comprendieron que la era del heroico compromiso estadounidense en Oriente Medio ha terminado (desde la promoción de la democracia y los costosos paquetes de ayuda al dominio rápido y los cambios de régimen producidos gracias a los cientos de miles de efectivos norteamericanos), 2013 ha sido un año especialmente malo. De todos ellos, los grandes perdedores han sido Muyahaidín e Jalq (MEJ), los rebeldes sirios e Israel. El MEJ es el movimiento de resistencia contra el régimen iraní que la Administración Clinton incluyó como organización terrorista internacional en 1997 para ganarse el favor de Mohamed Jatamí, el modelo de presidente iraní moderado de los 90. Tras la invasión estadounidense de Irak en 2003, el MEJ cumplió la exigencia norteamericana de que se desarmara, a cambio de lo cual el Pentágono le concedió el estatus de gente protegida. Sin embargo, desde 2009 ha sufrido repetidos ataques por parte de aliados de Irán, entre ellos fuerzas de seguridad vinculadas al primer ministro iraquí Nuri al Maliki. Representantes estadounidenses coinciden en que Irán también fue responsable del último ataque contra el campamento Ashraf, el 1 de septiembre, en el que murieron cincuenta miembros del MEJ y otros siete fueron tomados como rehenes.

La moraleja es que cuando Estados Unidos te dice que depongas las armas y no te ocupes de las cosas por tu cuenta, no le escuches.

Los rebeldes sirios creyeron que, pese a todos los reveses y bajas sufridos durante el último año, al menos cabía la posibilidad de que la Casa Blanca cumpliera con su política declarada de buscar la marcha de Bashar al Assad (si no por medios militares, al menos con presión diplomática y política). Después de todo, ¿cómo iba a mantener Washington su posición en Oriente Medio si sus enemigos y sus aliados pensaban que los estadounidenses eran unos faroleros? De lo que no se dio cuenta la oposición siria fue de que a Norteamérica ya no le preocupaba su prestigio en la región; lo que ha interesado durante este último año a los políticos norteamericanos es salir de Oriente Medio.

En primer lugar, la Casa Blanca no cumplió con la entrega de armas prometida en junio. En septiembre se volvió atrás en el plan de atacar a Assad después de que éste empleara armas químicas y cruzara la famosa línea roja del presidente Obama. En vez de castigar a Assad, lo que hizo fue cerrar vías de apoyo para los rebeldes procedentes de Turquía, Kuwait, Qatar y Arabia Saudí. Entonces la Administración indicó que ahora todo el mundo tendría que aguantarse con el hecho de que Assad siguiera por aquí, porque es un buen socio para contener a Al Qaeda.

¿Moraleja? Cuando Estados Unidos dice que no está fanfarroneando, no lo escuchen.

Al parecer, adjuntos de la Casa Blanca se dirigieron en otoño de 2012 al primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, en medio de la campaña presidencial estadounidense, y le pidieron que no se ocupara de las cosas por su cuenta y bombardeara Irán. Resulta que, como informó la semana pasada Associated Press, en julio de 2012 Jake Sullivan, asistente de Obama, ya estaba en plenas conversaciones secretas con Teherán, las cuales condujeron finalmente al acuerdo provisional anunciado el 24 de noviembre, que, a todos los efectos, blinda el programa nuclear iraní frente a cualquier futuro ataque israelí.

Aquí la moraleja es que cuando Estados Unidos te dice que te guarda las espaldas, no lo escuches.

No ser capaz de aprender de las lecciones que la Casa Blanca ha impartido este año en la región supone que, en el mejor de los casos, uno se convierte en un perdedor perenne, como los palestinos, incapaz de forjar su propio destino y dependiente de la generosidad de una comunidad internacional que se distrae con facilidad.

Si bien reducir Israel a impotente subordinado a la relación estratégica de Norteamérica con Irán no era, seguramente, lo que Bibi Netanyahu tenía pensado para 2013, las cosas también pueden ir a peor. Como ocurre con el MEJ y los rebeldes sirios, confiar en Washington también puede suponer que te masacren tus enemigos después de que hayas renunciado a la libertad de responder del mismo modo.

El hecho de que todos los grandes perdedores de este año (el MEJ, los rebeldes sirios e Israel) estuvieran en el lado equivocado en los dos principales logros de la Casa Blanca en 2013 nos dice algo respecto a lo que ahora valora Washington. La iniciativa para librarse del arsenal químico de Assad y las negociaciones secretas entre la Administración e Irán que condujeron al acuerdo provisional de Ginebra son consecuencia de una creencia más amplia en lo que estrategas del Partido Demócrata como Joseph Nye y políticos como Hillary Clinton denominan poder inteligente, un término acuñado tras la invasión de Irak por el Gobierno Bush en 2003. Lo que significa ese poder inteligente es que los políticos norteamericanos deberían confiar en las instituciones internacionales, la diplomacia, los sistemas de alianzas y el profundo conocimiento de otras culturas, en vez de en burdos instrumentos bélicos: Norteamérica debería usar un escalpelo en vez de una maza. Es decir, el poder inteligente no es más que otra forma de decir que la guerra de Bush en Irak fue una tontería.

Renunciar a la fuerza militar en favor de otras alternativas, de cualquier otra alternativa, sería para esta gente una forma más inteligente de actuar. De acuerdo. Pero, en ese caso, quizás no deberían examinarse los resultados de la guerra iraquí, que fueron variados (en el mejor de los casos), sino que habría que centrarse en cómo ha funcionado este año el uso de ese poder inteligente: instituciones internacionales, diplomacia, medios sociales como Twitter y aliados tradicionales de Norteamérica. En su precipitación por llegar a un acuerdo con Irán, la Casa Blanca ignoró las resoluciones de Naciones Unidas en las que se exigía a Teherán que detuviera toda actividad relacionada con el enriquecimiento de uranio, y garantizó implícitamente al régimen iraní el derecho a enriquecer, pisoteando así ese consenso internacional que, por lo visto, es tan crucial para que el poder inteligente estadounidense funcione.

En un país tras otro, los aliados de Estados Unidos, tanto viejos como nuevos, fueron derribados rápidamente por regímenes que no temían una represalia norteamericana. Aliados como Arabia Saudí e Israel descubrieron que ser amigo de Norteamérica suponía que a uno lo mantienen a oscuras, le mienten y le espían… y le impiden defender sus propios intereses nacionales. Si los aliados estadounidenses echan en falta la sombra cobertora del gran hermano para mantener alejados a sus enemigos, el hecho es que el escalpelo de Obama (ataques con drones, misiones de los SEAL, envío de armas de pequeño calibre y ayuda humanitaria, y acuerdos diplomáticos improvisados) es mucho menos descuidado y peligroso que blandir una maza. El primer problema que presenta a los políticos norteamericanos es que a veces necesitas una maza, especialmente si tu casa está ardiendo. El segundo problema es que Washington aún tiene que demostrar que es experto en cirugía cerebral. El poder inteligente, lo mismo que las operaciones clandestinas, la guerra cibernética y el régimen de sanciones que, supuestamente, iban a poner de rodillas a Teherán, no ha detenido el programa armamentístico nuclear iraní, y parece muy probable que el acuerdo provisional tampoco llegue siquiera a convertirse en uno permanente, sino en el desarrollo de una bomba atómica iraní bajo la protección de un paraguas norteamericano.

Así pues, o el poder inteligente no funciona demasiado bien en Oriente Medio, o esta Casa Blanca no sabe usarlo. O puede que no sea ninguna de esas cosas y que la realidad sea, como he sostenido con anterioridad, que Obama cree que todo el juego ha cambiado. Tal vez crea que la independencia energética nos ha comprado por fin la libertad respecto a una parte del mundo que derrocha violencia. Puede que considere que un arma atómica haga que el régimen iraní sea, finalmente, menos volátil y más responsable y abierto al resto del mundo, una vez no tenga que preocuparse de ser derribado por enemigos domésticos, por Israel o por Estados Unidos. Quizá Obama tenga razón, y puede que la historia le juzgue un líder visionario que supo entender la geopolítica emergente de un Oriente Medio multipolar mejor que generaciones de estrategas norteamericanos de la Guerra Fría, hombres del petróleo y excepcionalistas culturales.

En cualquier caso, si los aliados de Norteamérica en la región no aprenden rápidamente las lecciones de 2013, 2014 será, para muchos de ellos, un año que se salde con un coste aún mayor.

Por L. Smith 
Con información de Informe21

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Dubai: donde la palabra imposible no existe

Dubai: donde la palabra imposible no existe
Dubai: donde la palabra imposible no existe

Cuentan que cuando el hotel Burj al Arab de Dubai, aquel ícono cuyo inconfundible perfil se asemeja a una vela henchida al viento, estuvo terminado, en 1999, el Sheik Mohammed Bin Rashid Al Maktoum se llevó una enorme decepción. Más bien, lo que no aprobó fue la decoración minimalista y blanca de la estructura. “Esto no está terminado”, parece que se quejó la máxima autoridad del emirato. Hubo que echar mano a toneladas de mármol de Carrara, terciopelo, alfombras tejidas a mano y oro. Sobre todo oro.

Porque así es Dubai. Una demostración permanente de lujo superlativo y grandeza, donde casi todo lo que brilla es, en efecto, oro. Será para contrarrestar un entorno exasperantemente monótono, dominado durante siglos por un desierto abrasador.

Lo cierto es que todos -es decir, el grupo de periodistas internacionales invitados hasta aquí por Dubai Tourism- queremos ver con nuestros propios ojos la ostentación de la que tanto se habla. Queremos palpar la esquizofrenia arquitectónica que ha hecho de esta ciudad la de mayor crecimiento del mundo, la de los proyectos faraónicos, la de los récords, la de los titulares constantes. El último de ellos: Dubai acaba de ser elegida como sede de la Expo Universal 2020, algo que ningún país de Medio Oriente había logrado en los más de 160 años de historia de la muestra.

Pero nuestro recorrido empieza por el sector más tradicional de la ciudad, Bastakiya. Es una suerte de aldea-museo que recrea los orígenes de la ciudad, un puñado de construcciones de barro y piedra de coral que solían pertenecer a los ricos mercaderes persas. Lo suficientemente ricos, al menos, como para poder refrescar sus casas con captores de viento, algo así como los antecesores del aire acondicionado. Cuesta imaginarse cualquier forma de vida bajo los 50°C que alcanza el termómetro en verano, sin una gota de sombra a la vista.

Tal vez por eso la mayoría de los antiguos habitantes de esta parte de la península Arábiga eran nómades y beduinos que vivían en tiendas de pelo de cabra, que se movían de oasis en oasis y que desarrollaron un negocio relativamente lucrativo con el comercio de perlas (hasta la década del 40, cuando se descubrió que era más fácil cultivarlas que bucearlas bajo el agua). Recién en 1966 se supo que debajo de ese inhóspito arenal yacía la tercera reserva de petróleo del mundo.

Además de sus casas perfectamente restauradas, de sus restaurantes y galerías de arte, Bastakiya cuenta con un centro cultural, el Sheikh Mohammed Centre for Cultural Understanding, que pretende acercar a los turistas hasta el mundo emiratí y, al mismo tiempo, derribar algunos prejuicios sobre el país y el Islam. Por eso nos acompaña Nassif, que en un inglés histriónico se esfuerza por explicarnos por qué los hombres se visten de blanco, por qué las mujeres de negro (“Ellas nos torturan dentro de la casa, nosotros fuera”, bromea). Por qué cubrirse de pies a cabeza ayuda a resistir el calor del desierto, a protegerse de las tormentas de arena, incluso a evitar las picaduras de mosquitos. Que las mujeres usan las abayas (las inconfundibles túnicas negras) esencialmente por elección y respeto a la tradición, que nadie las obliga a hacerlo.

Algunos escuchan con indisimulado descreimiento, aunque sí es cierto que Dubai es una de las sociedades más abiertas y tolerantes del mundo árabe. En las playas (sí, éste también es un destino playero) conviven las occidentales de tanga con las emiratíes de burkini (acrónimo de burka y bikini), un traje de baño que sólo deja al descubierto cara, pies y manos. Y si bien es sabido que debajo de sus vestidos las mujeres usan ropa de diseño de altísima gama, también las abayas empiezan a lucir bordados de oro, decoraciones con lentejuelas y hasta incrustaciones de cristales de Swarovsky.

Pero a no engañarse: Dubai sigue siendo una sociedad musulmana, con reglas musulmanas. En un shopping, por ejemplo, un cartel muestra a una pareja de la mano cruzada por un círculo rojo: No besarse ni dar muestras abiertas de afecto en el centro comercial, reza. Una revista local advierte que “publicaciones internacionales y diarios vendidos en Dubai están abiertos a censura”, y se sabe que las escenas eróticas son cortadas en todas las películas exhibidas en la ciudad.

Hacia la conquista del cielo

Bastakiya y el resto de la ciudad vieja -o lo que queda de ella- está recostada sobre el Creek, un brazo angosto del Golfo Pérsico que separa Deira y Bur Dubai, las dos zonas principales de la ciudad. Unos viejos lanchones de madera hacen el trayecto entre una costa y la otra al irrisorio precio de 1 dirham (20 centavos de dólar). En ambos lados abundan las mezquitas, los mercados (de especies, del oro, de la seda), el ritual del regateo y los llamados a rezar. Pero son apenas resabios del villorio que alguna vez fue Dubai, y uno se queda con sabor a poco si lo que busca es auténtica cultura árabe. Mejor es admirar los prodigios arquitectónicos de una ciudad que cuenta con 600 rascacielos (imposible calcular con exactitud porque siempre hay alguno de estreno). Quien haya visitado ciudades como Shanghai o Hong Kong tal vez no se deslumbre con el dato, pero si se tiene en cuenta que antes de 2000 había en Dubai un solo rascacielo de más de 300 metros (el Burj al Arab), entonces cambia la cosa.

De todos los rascacielos, la torre Burj Khalifa le saca al menos medio cuerpo al resto. Hay que torcer mucho el cuello para poder ver el extremo de esta aguja que perfora el cielo y que ha dejado pequeños a todos los edificios del planeta. La torre más alta del mundo alcanza los 828 metros, aunque sólo se puede subir hasta el piso 124, a 442 metros del suelo. Más que eso, y estaríamos mirando nubes en lugar de edificios a medio terminar, el océano envuelto por una luz brumosa y, allí donde se levanta la última estructura de vidrio y acero, el desierto. Kilómetros y kilómetros de arena y calor.

Al igual que en el Empire State o la CN Tower de Toronto, los turistas se pegan al vidrio para sacarse la foto en la que aparecen casi suspendidos sobre la ciudad. Aunque también la pueden comprar, porque todos son retratados en la entrada del edificio que escaló Tom Cruise en Misión Imposible 4. O, si prefieren, en el infaltable gift shop pueden gastar sus dihrams en llaveros, chocolates o hasta legos con el diseño de Burj Khalifa.

Pocos prestan atención a los datos que ilustran las paredes: que la base de la torre está inspirada en las formas del hymenocallis, una flor del desierto, que los 52 ascensores suben 10 pisos por segundo, que en la construcción de la megaestructura participaron 12 mil trabajadores de 80 nacionalidades, que el cemento que se usó equivale al peso de 100 mil elefantes, que la fachada ocupa la superficie de 17 canchas de fútbol, y otros números tan impactantes como imposibles de comprobar.

Lo que vendrá

Probablemente no haya lugar en el mundo donde se construya tanto y tan rápido, ya sea en altura como hacia dentro del mar. Como en The Palm Jumeirah, hogar de expatriados y famosos como Diego Maradona. En realidad, existen dos islas con forma de palmera y está proyectada una tercera, pero la más conocida es Jumeirah Palm, que en su extremo luce el opulento hotel Atlantis The Palm, con habitaciones bajo el mar y paredes-peceras surcadas por tiburones.

También está en construcción The World, otro conjunto de islas artificiales que tienen la forma de países y representan el mundo entero. Aunque no existe, evidentemente, la isla de Israel. Y en el otro extremo de la ciudad está Dubai Marina, un distrito -otro más- de rascacielos y villas de lujo junto a un puerto deportivo, alrededor del cual hay montones de bares y restaurantes con terrazas (muchos de los cuales sirven alcohol a turistas).

Sería un desafío tratar de nombrar todos los complejos, parques de diversiones, malls, hoteles de superlujo y hasta microciudades que planean inaugurarse en el futuro inmediato en Dubai. Entre los más espectaculares seguramente estén Mohammed bin Rashid City, que tendrá el centro comercial más grande del mundo (desplazando del Guinness al Dubai Mall), el lago artificial más grande del mundo (no bastaba con un solo récord), canchas de golf y un parque público más grande que el londinense Hyde Park. Y está en construcción otro proyecto que, como muchos de los que surgen aquí, parece diseñado por un niño: Dubailand. De hecho será un complejo de entretenimiento dos veces mayor que Disneylandia. Que tendrá, entre otras cosas, una copia de Venecia, de la torre Eiffel y de las pirámides de Egipto…, incluso de mayor tamaño que los originales.

Y si faltaban inauguraciones, el ultramoderno aeropuerto de Dubai quedará como un segundón cuando termine de levantarse, en 2027, la terminal más grande -¡cómo no!- del mundo, en la que ahora mismo trabajan sin descanso más de 12.000 operarios para finalizarlo.

Vemos la maqueta del proyecto en el Air Show Dubai, una feria de la industria aérea comercial y militar en la que en un fin de semana se hicieron negocios por 200 mil millones de dólares, con récords de pedidos de aviones. Más allá de cazabombarderos, jets privados o el futurista Boeing 777X, una de las mayores atracciones fue la irrupción del sheikh y su séquito de jeques y guardaespaldas. Mohammaed Bin Rashid Al Maktoum tiene dos esposas, 21 hijos y dos pasiones: los caballos y la poesía (su libro, Poems fron the Desert, cuenta con una introducción de Paulo Coelho). También un lema que lo explica todo: La palabra imposible no está en el diccionario de los líderes.

Lejos de los récords, los aviones, las cordilleras de edificios y los proyectos más insólitos, nos despedimos de Dubai con un paseo bien turístico: una travesía en camioneta por las dunas anaranjadas del desierto, la vuelta en camello y una posterior cena -odalisca incluida- en un campamento con alfombras tendidas sobre la arena y menú autóctono. Las luces se apagan por unos segundos para apreciar la noche en el desierto.

Los Emiratos Árabes Unidos

Dubai es uno de los siete emiratos que integran los Emiratos Árabes Unidos (EAU) desde 1971, luego de haber formado parte del imperio británico. Si bien Abu Dhabi fue proclamada capital de la nueva federación, los emires de cada estado mantienen el mando absoluto, sin elecciones ni partidos políticos a la vista. Como contrapartida, la extraordinaria renta petrolera moderniza el territorio sin que nadie tenga que pagar nada. Pero a diferencia de sus vecinos, Dubai tiene apenas el 4% de las reservas de petróleo. Que se agotarían dentro de unos 10 ó 20 años, según las fuentes. Preparándose para ese futuro no tan lejano, la ciudad más grande de los EAU diversificó sus negocios y apostó al comercio global: estableció un beneficioso régimen de impuestos (son casi inexistentes), se convirtió en la meca de las inversiones internacionales y multiplicó su población por diez. Hoy roza los 2 millones de habitantes, 80% de los cuales son extranjeros. De éstos, una mínima parte exhibe pasaportes de Primer Mundo. El resto son indios, paquistaníes, bengalíes, malayos o filipinos que trabajan por salarios mínimos (aunque mayores que en sus países de origen) y en condiciones laborales que han levantado quejas de varios grupos de derechos humanos.

Sin mano de obra importada, Dubai no podría seguir creciendo a ritmo de infarto (la crisis inmobiliaria de 2008 quedó definitvamente atrás), persiguiendo su otro gran objetivo: instalarse como uno de los destinos turísticos más importantes del mundo. Ello explica no sólo el despliegue de hoteles, torres, shoppings o centros de entretenimiento, sino también la creación de una aerolínea como Emirates, que trae y lleva gente de todos los rincones del planeta (y hoy es una las mejores). Los números acompañan lo que en principio parecía un sueño ambicioso. Ya en 2010 Dubai era el séptimo destino más visitado del mundo, y en 2012 alcanzó los 10 millones de visitantes (un 100% más que en 1993; en tanto, los turistas sudamericanos crecieron un 18% en 2013 respecto a 2012). Para 2015 espera llegar a los 15 millones de turistas y para 2020, a los 20 millones. Ya se sabe que, para el sheikh, la palabra imposible simplemente no existe.

Con información de La Nación

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