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Sherezade – Naguib Mahfuz

– Hola.
– ¿El señor Mahmud Shukri?
– Sí, señora, ¿de parte de quién?
– Pido disculpas por molestarle sin conocerle.
– Perdone, ¿puedo saber su nombre?
– Mi nombre no importa. Soy una de las miles de mujeres que le exponen sus problemas.
– Estoy a su disposición, señorita.
– Señora, por favor.
– Estoy a su disposición, señora,
– Pero la mía es una historia larga.
– Entonces ¿no sería mejor que me escribiera?
– Pero yo no sé escribir bien.
– ¿Prefiere venir a verme a la revista?
– No tengo valor para ello, al menos por ahora.
La palabra «por ahora» le llamó la atención. Sonrió, complacido por aquella dulce voz; luego preguntó:
– ¿Y entonces?
– Espero que me conceda algunos minutos todos los días o cada vez que su precioso tiempo lo permita.
– Es un procedimiento original. Me recuerda al de Sherezade.
– ¡Sherezade! ¡Qué nombre tan atractivo! Permítame tomarlo prestado durante algún tiempo. Él se rió y dijo:
– He aquí a Shahriyar escuchándote. Ella se rió también y a él le pareció que su risa era tan agradable como su voz. La mujer prosiguió:
– No crea que voy a contarle un determinado problema. Se trata, como le he dicho, de una larga y triste historia.
– Espero poder responder a su confianza.
– Y yo espero que me interrumpa si me paso del tiempo que me quiera dedicar.
– Estoy a su disposición.
– Pero hoy ya le he robado buena parte de su tiempo. Dejémoslo para mañana. Ahora, me limitare a confesarle que son sus escritos, llenos de humanidad, lo que me ha atraído hacia usted.
– Gracias.
– No sólo sus escritos, también su fotografía. Él preguntó con mayor atención:
– ¿Mi fotografía?
– Sí, he leído en sus grandes ojos una mirada inteligente, bondadosa, humana, capaz de consolar a los que sufren.
– Gracias de nuevo… -después, riendo-: Sus palabras son gentiles, como una poesía de amor.
– Son la expresión de una esperanza, si es que la esperanza existe todavía en el mundo.
Él colgó el teléfono, sonrió, reflexionó un momento y sonrió de nuevo.


2

– Hola.
– ¡Sherezade!
– Bienvenida, te estaba esperando.
– Entraré directamente en el tema para no hacerle perder el tiempo.
– Te escucho.
– Me quedé huérfana de madre. Nuestro padre, tengo una hermana dos años menor que yo, se volvió a casar y pasamos nuestra infancia y nuestra adolescencia privados de ternura y cariño, y apenas cursamos estudios. Cuando murió nuestro padre, nos fuimos a vivir con un tío materno, beneficiándonos cada una de una pensión de unas cinco libras.
– Pero ¿no pasó eso hace mucho tiempo?
– Sí, mas es necesario que lo cuente.
– Nosotras no éramos felices en casa de mi tío, el cual nos consideraba una pesada carga. Nos sentíamos extrañas y sufríamos. Renunciamos a nuestra pensión en su favor y nos ocupábamos, sin protestar, de los trabajos de la casa. Tuvimos mala suerte, ni más ni menos.
– Entiendo, y lo siento.
– Luego, un oficial fue a pedir mi mano. Mi tío vendió una vieja casa que habíamos heredado de nuestro padre y la parte que me correspondía le sirvió para prepararme un ajuar aceptable. Mi marido había comprendido desde el primer momento la realidad de nuestra situación, pero no se echó atrás. Habíamos vivido una historia de amor, como se suele decir, que continuó después del matrimonio.
– Puede que haya cosas de la historia de amor que no quiera contar.
– No. La desgracia fue que mi marido era un despilfarrador. Se gastaba todo lo que tenía sin pensar en las consecuencias. Yo no sabía qué hacer para corregir su defecto, lo intenté muchas veces sin resultado.
– A propósito…, quiero decir…, ¿no eres responsable en parte de sus actos?
– No, créame. Yo deseaba una vida de casada normal y la preservaba con toda la fuerza de mi amor pues ya había sufrido anteriormente desgracia, humillación y desesperación.
– Es comprensible.
– Parece que usted no me cree. Recuerdo su opinión sobre la responsabilidad de la mujer en la conducta del esposo, pero ¿qué podía hacer yo? Le supliqué con dulzura, le advertí sobre las consecuencias de su comportamiento, protesté con energía e insistí en que me diera a primeros de mes la cantidad necesaria para los gastos de la casa. Pero no hizo caso: seguía llevando a casa a una panda de amigos con los que permanecía comiendo y bebiendo hasta el amanecer. Nos pasábamos la noche de banquete y amanecíamos sin un céntimo.
– ¿Y qué pasó después?
– Me dijo que recurriera a mi tío, pero eso era imposible, o que le pidiera dinero prestado a mi hermana, pero eso también era imposible porque ella estaba a punto de casarse. Por otra parte, él pedía dinero prestado a su familia continuamente, y nuestra vida se transformó en una horrible pesadilla digna de lástima.
– Comprendo.
– Mi matrimonio fracasó, y terminó en divorcio. Entonces, me vi obligada a trasladarme a casa de mi hermana, pues perdí el derecho a la pensión, y tuve que soportar una vida amarga y humillante.
– Quizá ése sea el problema.
– Paciencia, todavía tengo que hablar del pasado, pero seré breve. Un año después de nuestro divorcio, mi ex marido me pidió una cita. Nos encontramos y me expresó su deseo de reanudar nuestra vida conyugal, asegurándome que la vida le había vuelto más juicioso. Me llevó a la pensión en la que vivía, en la calle Kasr Al Nil, para trazar nuestro futuro. Nada más cerrar la puerta de la habitación, me abrazó repitiendo que no había degustado el placer del amor desde nuestra separación.
– ¿Y le aceptaste?
– No tenía la impresión de que estuviera tratando con un desconocido. La mayor parte del tiempo discutimos sobre las formalidades de nuestro nuevo matrimonio. Al separarnos, él me prometió que al día siguiente iría a ver a mi tío.
– Te ha cambiado la voz, ahora es más débil.
– Sí. Después me enteré de que cuando me invitó a encontrarme con él, ya había firmado el contrato de su segundo matrimonio, que se celebró una semana después de nuestro encuentro. Se trató simplemente de un juego, un capricho que se había concedido antes de iniciar su nueva vida.
– ¡Qué miserable!
– Sí, pero no quiero cansarle más. Adiós.


3

– Hola.
– Soy Sherezade.
– ¿Qué tal?
– ¿Le molesto?
– Al contrario. Continúa, por favor.
– Me quedé con mi hermana durante un cierto periodo pero, a medida que pasaban los días, vi que mi presencia no era bien aceptada.
– ¿Por qué?
– Era una sensación que se confirmó.
– Pero ¿cómo es posible, tratándose de una hermana que en el pasado había compartido contigo tantas penas?
– Pasó lo que tenía que pasar.
– ¿Su marido?
– Más o menos.
– ¿Estaba incómodo por tu presencia en su casa?
– Eso parece. Lo cierto es que tuve que marcharme para salvar nuestras relaciones familiares.
– Pero si no me hablas con franqueza, estás dando pie a suposiciones. ¿Tu hermana estaba celosa?
– Eran más bien celos creados por su imaginación.
– ¿Y te fuiste a casa de tu tío?
– El ya había muerto, así que alquilé un pequeño apartamento.
– ¿Y cómo te las arreglabas para pagarlo?
– Vendí todo lo que pude de mi dote y empecé a buscar trabajo, cualquier trabajo. Fue una época de búsqueda estéril y de hambre. Créame, he conocido el horror del hambre. Me pasaba los días sin comer o comiendo muy poco. Una vez estuve a punto de aceptar las proposiciones que me hacían en la calle, pero lo pospuse con la esperanza de que la misericordia de Dios me rescatara antes de caer. Me asomaba a la ventana en el silencio de la noche y, mirando al cielo, imploraba para mis adentros:
«Dios mío misericordioso, tengo hambre, me voy a morir de hambre.» Cuando mis fuerzas desfallecían, iba a casa de mi hermana para comer como es debido, pero nadie me preguntaba por mi situación, pues temían cargar con una responsabilidad que era mejor ignorar.
– ¡Qué horror! ¡Es increíble!
– Un día, leí un anuncio en el que se solicitaba una chica para cuidar a un anciano a cambio de un sueldo, manutención, alojamiento y ropa.
– Una ayuda del cielo.
– Me dirigí allí sin dudarlo y subarrendé mi apartamento.
– Es un final feliz, especialmente si el anciano sólo necesitaba asistencia.
– Se trataba de un hombre de avanzada edad, y yo le servía con dedicación completa. Era una auténtica experta en las tareas domésticas: cocinaba, limpiaba, hacía de enfermera…, y hasta le leía los periódicos.
– Muy bien.
– No volví a tener hambre ni miedo, y le pedí a Dios que le concediera una larga vida.
– ¿Y después?
– Un día estaba leyéndole un periódico y vi un anuncio en el que se solicitaba a una persona para cuidar de un anciano…, y se daba nuestra dirección.
– ¡No! -exclamó él con estupor y desaprobación.
– Sí. Me quedé atónita. Le leí el anuncio y él desvió la mirada, pero no lo negó. Le pregunté que por qué quería prescindir de mis servicios y qué era lo que no le gustaba de mí, mas no respondió.
– Es algo muy extraño, pero sin duda tiene que haber un motivo.
– Por mi parte, ninguno en absoluto.
– ¿No había entre vosotros más relación que la laboral?
– Más o menos.
– ¿Qué quieres decir? Háblame con franqueza, por favor.
– A veces me pedía que me pusiera delante de él desnuda.
– ¿Y te negabas?
– No, accedía a su deseo.
– Entonces ¿por qué buscaba a otra?
– ¿Cómo lo voy a saber? Me dijo que deseaba variar. Yo le supliqué que cambiara de idea. Le dije que estaba sola, que era pobre y que no tenía en el mundo a nadie más que a él, pero persistió en su decisión y en su silencio. Entonces me pareció odioso como la muerte y no tuve más remedio que marcharme.


4

– Hola.
– Sherezade le saluda, señor.
– Bienvenida, Sherezade. No dejo de pensar en tu historia.
– Gracias, señor. Creo que el corazón no me engañó cuando me condujo hacia usted. Y ahora continuemos con nuestra historia: regresé a mi casa y le dije al inquilino, un modesto funcionario de unos cuarenta años-, que necesitaba el apartamento. Él se negó a marcharse y, cuando le expuse la gravedad de mi situación, me propuso sencillamente que compartiera el apartamento con él. No dudé en aceptar porque tenía la voluntad destrozada y me daba todo igual.
– ¿En qué consistía exactamente la proposición?
– Me dejaba libre una de las dos habitaciones de las que se componía el apartamento. Después, todo quedó claro.
– ¿La primera vez?
– Sí. La verdad es que era un hombre gentil y cariñoso.
– ¡Estupendo!
– Paciencia. Justo por esas cualidades le perdí.
– Tu historia es extraordinaria.
– Un día, me dijo: «Estamos muy unidos, pero debemos separarnos.»
– ¿Separarnos?
– Sí, «separarnos». Yo esperaba que dijera «casarnos», pero él dijo «separarnos».
– ¡Es increíble!
– Le pedí explicaciones y me respondió con tono cortante: «Existen impedimentos para que me case, y tenemos que separarnos.» Yo le respondí humildemente: «Yo no te pido que nos casemos, simplemente que continuemos viviendo juntos.» Él me respondió: «No, es una situación irregular, y un día te encontrarás sola, anciana, sin recursos y sin derechos. Por eso, la separación es inevitable.»
– Un hombre extraño, aparentemente bueno pero en realidad egoísta y falso.
– Lo que cuenta es que se marchó y me quedé de nuevo sola, amenazada por el hambre.
– ¡Qué pena!
– Tuve amargas experiencias. Se las puede imaginar. Luego me enteré de que había una nueva ley que autorizaba a una mujer repudiada por primera vez a recuperar su pensión. Y se podía aplicar a mi caso.
– ¡Alabado sea Dios!
– Sin duda, la pensión era modesta pero me acostumbré a una vida austera y aprendí corte y confección, lo cual me proporcionó otros ingresos que, unidos a la pensión, me impidieron morir de hambre o degradarme por las calles.
– ¡Por fin hemos llegado al territorio de la paz!
– Gracias a Dios, pero también al verdadero problema.
– ¿El verdadero problema?
– Se puede resumir en una sola palabra: soledad.
– ¿Soledad?
– Sin marido, hijos, amigo ni amante. Día y noche recluida en un pequeño apartamento, privada de todo tipo de diversiones, sin poder hablar con nadie durante un mes entero. Siempre triste, nerviosa, tensa…, temiendo volverme loca o intentar suicidarme…
– No, no. Has soportado con valor cosas peores y Dios te concederá algún día a un hombre bueno.
– No me hable de hombres buenos. Un viudo, padre de dos hijos, me pidió en matrimonio y yo le rechacé sin dudar porque no me fiaba de nadie, y un segundo repudio significaba perder definitivamente la pensión, mi único y verdadero capital.
– Pero un hombre, padre de dos hijos, y que necesitaba una esposa, sin duda cuidaría de ella.
– Yo detesto la idea de matrimonio porque en mi mente se asocia a la traición y al hambre.
– Reconsidéralo.
– Imposible, cualquier cosa excepto el matrimonio. No tengo valor para repetir la experiencia.
– ¿Y entonces cómo te vas a librar de la soledad?
– Ése es el problema.
– Pero rechazas una solución adecuada.
– Cualquier cosa menos el matrimonio.
Tras pensarlo un poco, el hombre le preguntó:
– ¿Quieres que nos veamos?
– Sería para mí un gran honor.
El hombre sonrió y dejó volar su imaginación. Ella parecía querer sólo amistad y, al mismo tiempo, le aseguraba que no se quería casar. El no era imbécil y también buscaba una nueva aventura amorosa. ¿Por qué no? Lo importante es que fuera bella, como su voz. Pero ¿era una historia auténtica? Tal vez, nada es imposible. Aunque también podía ser falsa, al menos en parte. El cine había desarrollado la fantasía de las mujeres. ¡Qué más daba! Lo importante era que fuese bella, como su voz, y él le brindaría una nueva experiencia para añadir a las anteriores que, sin carecer de dulzura, terminase en amargura, como todo lo que existe en el mundo.
El hombre sonrió, tamborileando en la mesa con los dedos.
Sherezade llegó.
El hombre la observó con una mirada penetrante al saludarla, luego la invitó a sentarse.
Era una mujer de unos treinta años, con un aspecto bastante agradable, aunque envuelta en un halo de amargura. Incluso su mirada sonriente manifestaba tristeza y desencanto, pero, en conjunto, resultaba atractiva. No era improbable que su historia fuese verdadera, quizá no mentía más que cuando expresaba su opinión negativa sobre el matrimonio. Seguro que fingía que odiaba el matrimonio para que surgiera entre ellos una amistad que deseaba vivamente.
Mas ¿qué tenía que ver él con todo eso? Ella no era la mujer que le convenía. La pobre no tenía ni idea de todas las ocasiones que se le presentaban. Debía disimular su decepción y tratarla con cortesía.
– Bienvenida. La verdad es que tu historia me ha impresionado profundamente.
– Se lo agradezco, señor.
– Sin embargo, ahora tienes que enfrentarte a la vida con tu coraje habitual.
– Pero…
El la interrumpió, asaltado por un repentino deseo de poner fin a aquel encuentro lo antes posible:
– Escúchame. Eres una gran señora: las penas tienen el mérito, a veces, de volvernos grandes. Eres una gran señora, y lo has sido incluso en los tropezones pasajeros. Eres grande en tu soledad y manifestarás tu grandeza cuando logres superarla a fuerza de coraje. Sherezade, nuestra vida no tiene valor ni sentido. Y sería vana si no tuviéramos fe en la gente, a pesar de los golpes que recibamos, y fe en Dios, el Altísimo, alabado sea, una fe inquebrantable, cualesquiera que sean las manifestaciones de Su voluntad.
La miró a los ojos y vio en ellos una profunda desilusión. También era inteligente, incluso más de lo que había imaginado.
La mujer sonrió levemente, haciéndole sentir cierto rubor, luego susurró:
– Yo creo en Dios, señor.
Él movió la mano con fuerza y dijo:
– Todo carece de valor menos el Altísimo, alabado sea.


Por Naguib Mahfuz

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Antiguos Oficios: El último albardonero

José Núñez Ocón ©Carlos Luengo

José Núñez es el último representante en la Comarca de Alhama de un oficio secular, imprescindible en todas las comunidades rurales hasta hace unas décadas.

Durante muchos siglos la albardonería constituyó una de las profesiones de mayor relevancia en el mundo campesino. Los albardoneros de oficio eran personas importantes y valoradas en la comunidad: recibían el título de maestros, es decir, eran considerados artesanos de primera; incluso fueron calificados por algunos como “los sastres de las caballerías”. Llevaban a cabo una labor respetada y segura no sólo por su utilidad, sino también porque nunca les faltaba faena, y contaban además con la ventaja de trabajar bajo techo y no sufrir el desgaste físico de los trabajadores del campo. Este era, por tradición, un oficio vinculado al hombre, en el que raramente las mujeres tomaban parte -salvo pocas excepciones-, condición quizá heredada de la costumbre árabe, de la que nuestra albardonería tomó asimismo el gusto por los colores brillantes, los diseños ornamentales geométricos y las formas de hacer de aquella cultura. Ese legado se aprecia hasta en los nombres relacionados con el oficio, transmitido de padres a hijos a lo largo de muchas generaciones de estos artesanos.

Mulos enjaezados con el aparejo completo característico ©Carlos Luengo

Pero la modernización y el progreso llegaron, poco a poco, a todas partes. Con los nuevos medios de transporte y la introducción de maquinaria en la agricultura, quedaron atrás aquellos tiempos en que la vida y el trabajo de las gentes que habitaban en el campo dependían por completo de las bestias de carga -mulos, burros y caballos, principalmente-. Hasta entonces los arrieros, los labradores y en general la población rural trabajaba a diario, codo con codo, con las caballerías, que en muchos casos eran tratadas como auténticos miembros de la familia; tanto era así que se podía ver a hombres que salían adelante mal alimentados y mal vestidos, pero no así sus bestias, a las que no les faltaba ni su ración diaria de buena comida ni sus arreos y atalajes en perfectas condiciones. Mulos, burros y caballos eran generalmente cuidados con esmero por toda la familia, porque las economías domésticas -y tal vez mucho más- giraban en torno a tan nobles animales.

Parte del trabajo -en miniatura- que José tiene en exposición: mandiles, ataharres, tameros, cojinetes, comodines, bastas, alforjas, bozales, jalmas y sobrejalmas ©Carlos Luengo

Fueron aquellos, desde luego, buenos tiempos para la albardonería. Entonces cada población, por pequeña que fuese, contaba con uno o varios maestros albardoneros entre sus vecinos. En la Almijara malagueña, por demás, se trataba de una profesión muy popular, pues gran número de locales se ganaba la vida mediante la arriería -comerciaban con todo tipo de productos, que transportaban desde la costa hasta los pueblos del interior-, y los servicios de estos artesanos se encontraban muy solicitados. Muchas eran, por lo tanto, las familias que durante generaciones se habían dedicado a la albardonería; una de ellas fue la de José Núñez Ocón. Hoy, con 74 años cumplidos, este vecino de Jayena es el último de los albardoneros que quedan en la Comarca de Alhama.

Otra muestra de los trabajos expuestos: frentadas, bozales, mandiles y ataharres de lujo ©Carlos Luengo

José Núñez forma parte de una antigua estirpe -hijo, nieto, bisnieto y tataranieto- de maestros albardoneros. Natural de Torrox, en la costa malagueña, recaló en la localidad de Jayena hace ya mucho tiempo, cuando era un niño de tan sólo cuatro años. Sus padres se habían trasladado a la Comarca de Alhama precisamente porque que en esa zona hacían falta buenos albardoneros. Allí creció José y allí conoció a Elisa, su mujer; lleva tantos años residiendo en esa villa que se considera un jayenero más. Ya jubilado, José lleva una vida familiar, retirada y tranquila; le gusta pasear por el monte a diario y, sobre todo, coger de vez en cuando su aguja para dar unas puntadas con vistosas lanas de colores a alguna pieza en miniatura de las que sigue realizando, por el puro placer de hacerlo. Porque José se resiste a abandonar del todo esa actividad: sabe que cuando lo haga, será ya para siempre. Ama ese oficio, que aprendió de su padre y de su abuelo, y que comenzó a ejercer profesionalmente a los dieciocho años; un trabajo al que están ligados sus mejores recuerdos de juventud.

Detalle del preciosismo que caracteriza los bordados de José ©Carlos Luengo

En la misma casa en la que se enamoró de Elisa -pues eran vecinos desde niños- y en la que lleva viviendo más de cincuenta años, José conserva una habitación aparte, pequeña y especial, donde expone una muestra de sus trabajos. Pasea cada día por el mismo patio en el que jugaba de niño, hoy lleno de macetas y limpio como una patena; es el lugar en el que también, años después, se sentaría a trabajar junto a su padre y su hermano mayor. Ese querido rincón de su casa -sempiterno testigo de su vida- se llenaba hasta arriba con montones de serones y aparejos “por gobernar”, gracias a los cuales no les faltaba el jornal durante todo el año.

Los arrieros y labradores de toda la comarca solicitaban continuamente sus servicios, tanto para reparaciones como para hacerles encargos nuevos. Cuenta José que había épocas en las que no daban abasto, especialmente justo antes del verano, tiempo en el que comenzaban las tareas de recolección en el campo, y que los aparejos que arreglaban para la zona de la costa eran más lujosos que los que les llevaba la clientela de los pueblos cercanos, porque la vistosidad de los arreos –¡había que causar buena impresión!– era muy importante para los arrieros, que vendían su mercancía de cara al público.

Almaraz (aguja) y palmete, en posición de trabajo ©Carlos Luengo

Los arrieros, por la cuenta que les traía, eran bastante cuidadosos con sus caros aparejos: siempre los cepillaban tras el uso, además de procurar cubrirlos con una lona de goma cuando llovía, para que no se mojasen. En cambio, los trabajadores del campo reservaban el aparejo de lujo exclusivamente para ocasiones especiales como romerías, celebraciones y para visitar a las novias; el resto del tiempo utilizaban arreos muy sencillos, que requerían menos cuidados y reparaciones menos costosas. A la familia Núñez acudían clientes de todos los rincones de la comarca: de Jayena y Fornes, por supuesto, pero también de Arenas del Rey, Játar, Cacín, Albuñuelas, Los Bermejales y Alhama de Granada.

El suyo era un trabajo razonablemente bien pagado; el precio se cobraba en función del tiempo que llevaba la confección de cada pieza. Ser albardonero también exigía poseer algunas cualidades específicas: habilidad, paciencia, buena vista, buen gusto para combinar diseños y colores y hasta buen humor -para no enfadarse cada vez que se daban mal las puntadas y había que deshacer lo hecho-. No era un trabajo duro, pero sí muy minucioso, pues además de dar las puntadas exquisitamente iguales había que saber medir, hacer patrones, cortar, coser, bordar, encordonar, embadanar, rellenar, zurcir y remendar. Se necesitaban varios días para elaborar las piezas, más aún si se trataba de las más adornadas y lujosas -que luego se vendían en la guarnicionería de Juan Moral, en la calle Mesones de Granada-; por ello con frecuencia, para sacar adelante todos los pedidos, trabajaba en ellos toda la familia.

José rememora con detalle aquellos días, largos y tranquilos, en que se sentaban todos en su patio rodeados por un cerro de aparejos pendientes de arreglar y se pasaban horas y horas remendando, rellenando y bordando piezas, entre conversaciones y chascarrillos. A ello contribuían sobre todo algunos ancianos de Jayena -como Antonio Triguito, Antonio el costurero, Antonio el Floro y Fernandico– que, sobrados de tiempo libre, se acercaban hasta allí para departir amigablemente unos con otros, recordando anécdotas de sus buenos tiempos hasta tal punto graciosas y ocurrentes que José aún recuerda algunas.

“Pues cuando yo estaba en la mili”, contaba uno, “había tantos piojos que una vez se me llevaron la manta arrastrando hasta la otra punta del cuartel”. “¡Eso no es nada!”, apostillaba otro, “Porque cuando estuve yo, había tantos piojos y chinches que una vez fui a echar mano a la navaja que llevaba en el bolsillo, y me encontré con que se habían comido hasta las cachas de madera, sólo el hierro habían dejado”. “¡Pues menudas dentaduras tenían aquellos bichos!”, soltaba otro, y todos reían tanto que José recuerda tener que levantarse del sitio para poder seguir trabajando.

La albardonería era un oficio que contaba con un vocabulario muy particular, de nombres tan enrevesados -muchos de ellos de origen árabe- como los diseños que se realizaban, tales como jáquima, cincha, sudadera, tarabita, tamero, jalma, sobrejalma, basta, albardón, bozal, borla, rocón, frentada, mandil, carona, comodín, alforja, cojinete, ataharre, badana, etcétera. Las herramientas del albardonero consistían principalmente en la almaraz o aguja de gran tamaño, que usaban de distintos calibres; el palmete, que es un protector de cuero con una pieza de hierro en el centro para apoyar la aguja -el de José perteneció a su bisabuelo y tiene más de ciento cincuenta años de antigüedad- y la baquetilla o hierro para rellenar de paja jalmas y albardones; además utilizaban punzones de distintos tamaños y tijeras, entre otras cosas.

Se empleaban materiales como las lonas de algodón, lanas e hilos de todos los colores -menos el gris: era un color que no se usaba en albardonería por no combinar bien con otros-, telas de estambre, hilo guarnicionero y cuero para remates, aparte de la paja de centeno y el tamo para rellenar los distintos aparejos. Éstos, dependiendo del animal al que estaban destinados, se clasificaban como asnal, mular, entremular -para animales de tamaño intermedio- y caballar. Cada albardonero procuraba dejar su “sello” en sus trabajos para que fuesen después reconocibles; ello redundaba directamente en su prestigio como artesano.

Cuenta José que a partir de los años setenta del siglo XX empezó a escasear el trabajo y a decaer rápidamente la demanda de aparejos. El progreso alcanzó también al campo y los animales fueron sustituidos, lógicamente, por la eficiencia de las máquinas. Entonces nuestro amigo no tuvo más remedio que ir compaginando su profesión de albardonero con otros trabajos estacionales, hasta que finalmente se jubiló. A pesar de ello, todavía dedica parte de su tiempo libre a realizar pequeños trabajos de albardonería, unos para vender -si alguien está dispuesto a comprar- y otros para exponer en su pequeña salita, habilitada para ello. Algunos días, cuando hace buen tiempo, se sienta en su patio recoleto, lleno de macetas y de sol, y empuña sus herramientas como antaño para elaborar preciosas miniaturas, tan detalladamente y con la misma dedicación como si se tratase de encargos de verdad.

Nuestro amigo José es el último maestro albardonero de la Comarca de Alhama y lo seguirá siendo hasta el final de sus días; por su trabajo se han interesado incluso, en varias ocasiones, algunas publicaciones y programas de la televisión autonómica y local. Es el último eslabón de una cadena de seis generaciones de artesanos de la albardonería, una actividad histórica hoy en inevitable extinción. José es consciente de que con él terminará ese modo de vida, pues ninguno de sus hijos ha decidido continuar -lógicamente- con el oficio.

Afortunadamente, contamos con relatos como el suyo y con la oportunidad de verlo trabajar de igual forma que antes se hacía. Así no se olvidarán aquellos tiempos en los que ser maestro albardonero era ser alguien importante; aquellos tiempos -no tan lejanos- en los que hombres y animales trabajaban juntos, como uno solo.

Por Mariló V.  Oyonarte, Fotografías: Carlos Luengo
Con información de Alhama

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De las tres transformaciones – Friedrich Nietzsche

Los discursos de Zaratustra

Tres transformaciones del espíritu os menciono: cómo el espíritu se convierte en camello, y el camello en león, y el león, por fin, en niño.

Hay muchas cosas pesadas para el espíritu, para el espíritu fuerte, de carga, en el que habita la veneración: su fortaleza demanda cosas pesadas, e incluso las más pesadas de todas.

¿Qué es pesado?, así pregunta el espíritu de carga, y se arrodilla, igual que el camello, y quiere que lo carguen bien.

¿Qué es lo más pesado, héroes?, así pregunta el espíritu de carga, para que yo cargue con ello y mi fortaleza se regocije.

¿Acaso no es: humillarse para hacer daño a la propia soberbia? ¿Hacer brillar la propia tontería para burlarse de la propia sabiduría?

¿O acaso es: apartarnos de nuestra causa cuando ella celebra su victoria? ¿Subir a altas montañas para tentar al tentador?.

¿O acaso es: alimentarse de las bellotas y de la hierba del conocimiento y sufrir hambre en el alma por amor a la verdad?

¿O acaso es: estar enfermo y enviar a paseo a los consoladores, y hacer amistad con sordos, que nunca oyen lo que tú quieres?

¿O acaso es: sumergirse en agua sucia cuando ella es el agua de la verdad, y no apartar de sí las frías ranas y los calientes sapos?

¿O acaso es: amar a quienes nos desprecian y tender la mano al fantasma cuando quiere causarnos miedo?

Con todas estas cosas, las más pesadas de todas, carga el espíritu de carga: semejante al camello que corre al desierto con su carga, así corre él a su desierto.

Pero en lo más solitario del desierto tiene lugar la segunda transformación: en león se transforma aquí el espíritu, quiere conquistar su libertad como se conquista una presa y ser señor en su propio desierto.

Aquí busca a su último señor: quiere convertirse en enemigo de él y de su último dios, con el gran dragón quiere pelear para conseguir la victoria.

¿Quién es el gran dragón, al que el espíritu no quiere seguir llamando señor ni dios?

«Tú debes» se llama el gran dragón. Pero el espíritu del león dice «yo quiero».

«Tú debes» le cierra el paso, brilla como el oro, es un animal escamoso, y en cada una de sus escamas brilla áureamente «¡Tú debes!».

Valores milenarios brillan en esas escamas, y el más poderoso de todos los dragones habla así: «todos los valores de las cosas – brillan en mí».

«Todos los valores han sido ya creados, y yo soy – todos los valores creados. ¡En verdad, no debe seguir habiendo ningún “Yo quiero!”»

Así habla el dragón.

Hermanos míos, ¿para qué se precisa que haya el león en el espíritu?

¿Por qué no basta la bestia de carga, que renuncia a todo y es respetuosa?

Crear valores nuevos – tampoco el león es aún capaz de hacerlo: mas crearse libertad para un nuevo crear – eso sí es capaz de hacerlo el poder del león.

Crearse libertad y un no santo incluso frente al deber: para ello, hermanos míos, es preciso el león.

Tomarse el derecho de nuevos valores – ése es el tomar más horrible para un espíritu de carga y respetuoso. En verdad, eso es para él robar, y cosa propia de un animal de rapiña.

En otro tiempo el espíritu amó el «Tú debes» como su cosa más santa: ahora tiene que encontrar ilusión y capricho incluso en lo más santo, de modo que robe el quedar libre de su amor: para ese robo se precisa el león.

Pero decidme, hermanos míos, ¿qué es capaz de hacer el niño que ni siquiera el león ha podido hacer? ¿Por qué el león rapaz tiene que convertirse todavía en niño?

Inocencia es el niño, y olvido, un nuevo comienzo, un juego, una rueda que se mueve por sí misma, un primer movimiento, un santo decir sí.

Sí, hermanos míos, para el juego del crear se precisa un santo decir sí: el espíritu quiere ahora su voluntad, el retirado del mundo conquista ahora su mundo.

Tres transformaciones del espíritu os he mencionado: cómo el espíritu se convirtió en camello, y el camello en león, y el león, por fin, en niño.

Así habló Zaratustra.

Por Friedrich Nietzsche

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