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Géneros líricos árabes: La qaṣīda

La qaṣīda (pl. qaṣāid) es un género literario árabe de origen pre-islámico. Se presenta como una secuencia de versos dobles monorrimos que dan cuerpo a un poema muy extenso. El inicio del poema se subraya con un primer verso cuyos dos hemistiquios también presentan una rima interna. En su forma original este tipo de
manifestación lírica suele aparecer dividido en tres partes claramente delimitadas entre sí por criterios temáticos: por un lado, la introducción versa siempre sobre el amor y el dolor de la ausencia por la amada perdida; a continuación, aparece siempre una parte intermedia en que se narran las diferentes peripecias del poeta; y finalmente, aparece un autoelogio, una sátira o un panegírico de aquél a quien se dedica el poema, verdaderos objetivos de la qaṣīda. 1

Actualmente, en la literatura de tradición oral árabe este término ha pasado a designar cualquier tipo de poema, canto poético o manifestación literaria de carácter lírico que no pueda encuadrarse en ningún otro género más específico.

Los temas tratados en la qaṣīda yemení actualmente, por una parte, se
enlazan con los del género clásico, es decir, predominan temas como el amor, la guerra, la religión, la loa de personajes importantes, etc.

Aspiró el amor antes que el aire sano y puro,
pasión contra la que, en agonía, combate muy duro.
Como si tuviera en su corazón este amor ya maduro
su casa, antes del propio corazón, dentro de un muro.

Idris ben Al-Yamani

Por otra parte, tratan también temas políticos actuales, como críticas o peticiones al gobierno, denuncia de injusticias y desigualdades por parte de regiones o grupos, y otras problemáticas de gran interés social. A diferencia de otras manifestaciones líricas, generalmente los poemas que integran la qaṣīda no se componen para ser cantados o musicados y sólo una vez escrita puede si acaso, ser entregada a un músico, el mulaḥḥin, para que la cante según la melodía que éste tenga a bien incorporar, si bien se habrá de acompañar siempre por un tambor o un tamborín. 2

Al lanzarse al galope los caballos doblegaban al Sino,
como inclina el tempestuoso viento del espino.
Y se asemejaban las cinturas al halcón que súbito vino.
Hacia la presa. Igual, los jinetes-leones hacia el destino.

Idris ben Al-Yamani

La qaṣīda generalmente se recita o canta en público y se acompaña con el nombre del autor, el cual, a veces, mientras se encuentra en la fase de composición de su obra, se somete voluntariamente a las críticas, y también a las sugerencias, de amigos y de oyentes, críticas y sugerencias que pueden ayudar a modificar su obra, contribuyendo así a dar forma al producto final. En la actualidad las qaṣīda se recitan también en la radio y se graban en diversos soportes audiovisuales. 3

Dedos de una copera nos traen el dorado vino que brinda,
dedos creados, igual que tu amor, de azufaifa y de guinda.
Y oculto gamo, o en un baldaquín gacela tan hermosa y linda,
que del reproche retuece, con su reñir, la brida, por tremenda.
Mientras libro en sus labios la dulzura de la bebida limada,
siento un ardor, y así mezclo la piedad con la tortura honda.

Idris ben Al-Yamani

El público, a su vez, las memoriza y las vuelven a recitar en las diferentes ocasiones sociales, con lo que no se rompe en ningún momento el rasgo de oralidad que caracteriza a estas manifestaciones líricas 4 ni el contexto de su transmisión.

Sólo un beso fue, solo y repentino,
que toda mi sed sació, ¡cuán divino!
En mi corazón posee morada permanente,
el alma no viviera sin su dulce vino.
Me visitó ella, al vestir la noche oscura
jirones de cuero de serpiente, negrino.
Y parecía cada estrella en el firmamento
dirham en mano de un tembloroso mezquino.

Idris ben Al-Yamani

Por Angela Antonia Piccolo (Universidad Autónoma de Madrid)/
Mahmud Sobh (Universidad Complutense de Madrid)


Notas:

  1. Gabrieli, F., La letteratura araba, Sansoni, Firenze, 1967, págs. 29 y ss.
  2. Caton, S. C., Peaks of Yemen…, op.cit., pág. 42.
  3. Reynolds, D. F., op.cit., pág. 37. Véase también Miller, F., The Moral Resonance of Arab Media: Audiocassette Poetry and Culture in Yemen. Cambridge, Mass, Distributed for the Center for Middle Eastern Studies of Harvard University by Harvard University Press, 2007.
  4. Sobre la qaṣīda yemení como practica cultural en Yemen véase Caton, S. C., Peaks of Yemen…, op.cit., págs. 180–215. Sobre la poesía dialectal yemení, véase Al-Maqalih, ʿA. ʿA., Šiʿr al-ʿammiyya fīl- Yaman, [La poesía dialectal en Yemen], Dār al-ʿaudah, Beyrut, 1986.

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Enfermedades del alma: los vicios propios

Una de las enfermedades del alma consiste en ocuparse de los vicios de los demás y cerrar los ojos ante los propios.

El remedio consiste en constatar la enfermedad del alma, conocer el alma y reconocer sus astucias; y también la constancia continuada de viajes y retiros*, y también mantenerse en compañía de la gente piadosa y aplicar sus preceptos.

Pero si el murid (aspirante, discípulo) no actúa para curar los vicios de su alma, que al menos se calle sobre los vicios de los demás, que los excuse y tape sus vicios esperando que así Dios cure los suyos.

Porque como dijo el Profeta – que Dios le prodigue bendiciones y paz -: “al que tape los defectos de su hermano, Dios le tapara los suyos”. Y también: “Al que busque los defectos de su hermano, Dios le buscará los suyos y lo desenmascarará, incluso en medio de su casa”.

A Muhammad bin Abd Allah bin Shadhah le oí decir que Ibn Zadan al-Mada’ini había dicho: “He visto gentes que tenían vicios y que callaban sobre los vicios de los otros y luego Dios tapaba sus vicios y estos vicios desaparecían. Y he visto gentes que no tenían ningún vicio y, habiéndose puesto a hablar de los vicios de los otros, contraían vicios”.


*Los viajes y los retiros son respectivamente las manifestaciones de la Belleza y del Rigor. Esta complementariedad se encuentra también en los Nombres divinos al-muhyl (el que da la vida), y al-mumit (el que da la muerte). El concepto de alternar continuamente entre un modo y el otro es muy corriente en el sufismo: eso permite al discípulo no aferrarse a uno de los dos aspectos y complacerse en el. Eso le da la posibilidad de llevar su búsqueda mas allá de los viajes y los retiros, sin detenerse en uno de ellos para encontrar la felicidad alli.


Por el Shaykh Al-Sulamí

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El hombre que deseaba oro

Bansir , el fabricante de coches de la ciudad de Babilonia , se sentía muy desanimado. Sentado en el muro que rodeaba su propiedad, contemplaba tristemente su casa de modesta y su más alto, en el que había un carro sin terminar.

Su mujer salía a menudo a la puerta. Lanzaba una mirada furtiva en su dirección, grabando que ya casi no se quedan la comida y que se va a terminar el carro, es decir, clavando, tallando, puliendo y pintando, extendiendo el cuero sobre las ruedas; Preparándolo de este modo para ser entregado y que fuera pagado por el rico cliente.

Sin embargo, su cuerpo grande y musculoso permanecía inmóvil, apoyado en la pared. Su mente lenta daba vueltas a un asunto al que no encontraba solución alguna. El cálido sol tropical, tan típico del valle del Éufrates, caía sobre él sin piedad. Gotas de sudor perlaban su frente y se deslizaban hasta su pecho velludo.

Su casa estaba dominada, en la parte trasera, por los muros que rodeaban las terrazas del palacio real. Muy cerca de allí, la torre pintada del Templo de Bel se recortaba contra el azul del cielo. A la sombra de una majestad tal se dibujaba su modesta casa, y muchas otras también, mucho menos limpias y cuidadas que la suya.

Así era Babilonia: una mezcla de suntuosidad y simplicidad, de cegadora riqueza y de terrible pobreza sin orden alguno en el interior de las murallas de la ciudad.

Si se hubiera molestado en darse la vuelta, Bansir habría visto cómo los ruidosos carros de los ricos empujaban y hacían tambalearse tanto a los comerciantes que llevaban sandalias como a los mendigos descalzos. Incluso los ricos estaban obligados a meter los pies en los desagües para dejar paso a las largas filas de esclavos y de portadores de agua al servicio del rey. Cada esclavo llevaba una pesada piel de cabra llena de agua que vertía en los jardines colgantes.

Bansir estaba demasiado absorto en su propio problema para oír o prestar atención al ajetreo confuso de la rica ciudad. Fue el sonido familiar de una lira lo que le sacó de su ensoñación. Se dio la vuelta y vio el rostro expresivo y sonriente de su mejor amigo, Kobi el músico.

-Que los dioses te bendigan con gran generosidad, mi buen amigo -dijo Kobi a modo de saludo-. Pero me parece que son tan generosos que ya no tienes ninguna necesidad de trabajar. Me alegro de que tengas esa suerte. Es más, me gustaría compartirla contigo. Te ruego que me hagas el favor de sacar dos shekeles de tu bolsa, que debe estar bien llena, puesto que no estás trabajando en tu taller, y me los prestes hasta después del festín de los nobles de esta noche. No los perderás, te serán devueltos.

-Si tuviera dos shekeles -respondió tristemente Bansir-, no podría prestárselos a nadie, ni a ti, mi mejor amigo, porque serían toda mi fortuna. Nadie presta toda su fortuna ni a su mejor amigo.

-¿Qué? -exclamó Kobi sorprendido- ¿No tienes ni un shekel en tu bolsa y permaneces sentado en el muro como una estatua? ¿Por qué no acabas ese carro? ¿Cómo sacias tu hambre? No te reconozco, amigo mío. ¿Dónde está tu energía desbordante? ¿Te aflige alguna cosa? ¿Te han causado los dioses algún problema?

-Debe de ser un suplicio que me han enviado los dioses -comentó Bansir-. Comenzó con un sueño, un sueño que no tenía sentido, en el que yo creía que era un hombre afortunado. De mi cintura colgaba una bolsa repleta de pesadas monedas. Tenía shekeles que tiraba despreocupadamente a los mendigos, monedas de oro con las que compraba útiles para mi mujer y todo lo que deseaba para mí; incluso tenía monedas de oro que me permitían mirar confiadamente el futuro y gastar con libertad. Me invadía un maravilloso sentimiento de satisfacción. Si me hubieras visto no habrías conocido en mí al esforzado trabajador, ni en mi esposa a la mujer arrugada, habrías encontrado en su lugar una mujer con el rostro pletórico de felicidad que sonreía como al comienzo de nuestro matrimonio.

-Un bello sueño en efecto -comentó Kobi-, pero ¿por qué sentimientos tan placenteros te habían de convertir en una estatua colocada sobre el muro?

-¿Por qué? Porque en el momento que me he despertado y he recordado hasta qué punto mi bolsa se encontraba vacía, me ha invadido un sentimiento de rebeldía. -Hablemos de ello. Como dicen los marinos, los dos remamos en la misma barca. De jóvenes fuimos a visitar a los sacerdotes para aprender su sabiduría. Cuando nos hicimos hombres, compartimos los mismos placeres. En la edad adulta, siempre hemos sido buenos amigos. Estábamos satisfechos de nuestra suerte. Éramos felices de trabajar largas horas y de gastar libremente nuestro salario.

Ganamos mucho dinero durante los años pasados, pero los goces de la riqueza sólo los hemos podido experimentar en sueños. ¿Somos acaso estúpidos borregos? Vivimos en la ciudad más rica del mundo. Los viajeros dicen que ninguna otra ciudad la iguala. Ante nosotros se extiende esta riqueza, pero no poseemos nada de ella. Tras haber pasado la mitad de tu vida trabajando arduamente, tú, mi mejor amigo, tienes la bolsa vacía y me preguntas: ¿Me puedes prestar una suma tan insignificante como dos shekeles hasta después del festín de los nobles de esta noche? ¿Y qué es lo que yo te respondo? ¿Digo que aquí tienes mi bolsa, y que comparto contigo su contenido? No, admito que mi bolsa está tan vacía como la tuya. ¿Qué es lo que no funciona? ¿Por qué no podemos conseguir más plata y más oro, más de lo necesario para poder comer y vestirse?

Consideremos a nuestros hijos. ¿No están siguiendo el mismo camino de sus padres? ¿También ellos con sus familias, y sus hijos con las suyas, tendrán que vivir entre los acaparadores de oro y se tendrán que contentar con beber la consabida leche de cabra y alimentarse de caldo claro?

-Durante todos estos años que hemos sido amigos, nunca habías hablado así, -replicó Kobi intrigado.

-Durante todos estos años, jamás había pensado así. Desde el alba hasta que me hacía parar la oscuridad he trabajado haciendo los más bellos carros que pueda fabricar un hombre, sin casi atreverme apenas a esperar que un día los dioses reconocerían mis buenas obras y me darían una gran prosperidad, lo que jamás han hecho. Al fin me doy cuenta de que nunca lo harán. Por eso estoy triste. Deseo ser rico. Quiero poseer tierras y ganado, lucir bellas ropas y llenar mi bolsa de dinero. Estoy dispuesto a trabajar para ello con todas mis fuerzas, con toda la habilidad de mis manos, con toda la destreza de mi cabeza, pero deseo que mis esfuerzos sean recompensados. ¿Qué nos ocurre?
Te lo vuelvo a preguntar. ¿Por qué no tenemos una parte justa de todas las cosas buenas, tan abundantes, que pueden conseguir los que poseen el oro?

-¡Ay si conociera la respuesta! -respondió Kobi-. Yo no estoy más satisfecho que tú. Todo el dinero que gano .con mi lira se gasta rápidamente. A menudo he de planificar y calcular para que mi familia no pase hambre. Yo también tengo en mi fuero interno el deseo de tener una lira suficientemente grande para hacer resonar la grandiosa música que me viene a la mente. Con un instrumento así podría producir una música tan suave que ni el mismo rey habría oído nunca nada parecido.

-Tú deberías tener una lira así. Nadie en la ciudad de Babilonia podría hacerla sonar mejor que tú, hacerla cantar tan melodiosamente que, no sólo el rey, sino los mismos dioses quedarían maravillados. Pero, ¿como podrías conseguirla si tú y yo somos tan pobres como los esclavos del rey?

¡Escucha la campana! ¡Ya vienen! -señaló una larga columna de hombres medio desnudos, los portadores de agua que venían del río, sudando y sufriendo por una estrecha calle. Caminaban en columna de a cinco encorvados bajo la pesada piel de cabra llena de agua.

-El hombre que los guía es hermoso –Kobi indicó al hombre que tocaba la campana y andaba al frente de todos,- sin carga-. En su país es fácil encontrar a hombres hermosos.

-Hay varios rostros bellos en la fila -dijo Bansir-, tanto como los nuestros. Hombres altos y rubios del norte, hombres negros y risueños del sur y pequeños y morenos de los países vecinos. Todos caminan juntos del río a los jardines y de los jardines al río, cada día de cada año. No pueden esperar ninguna felicidad. Duermen sobre lechos de paja y comen gachas. ¡Me dan pena esos pobres animales, Kobi!

-A mí también me dan pena. Pero me hacen recordar que nosotros no estamos mucho mejor que ellos, aunque nos llamemos libres. –

-Es cierto, Kobi, pero no me gusta pensar en eso. No queremos seguir viviendo como esclavos año tras año. Trabajar, trabajar, trabajar…¡Y no llegar a nada!

-¿No deberíamos intentar averiguar cómo los otros consiguieron su oro y hacer como ellos? preguntó Kobi.

-Tal vez haya un secreto que podemos aprender simplemente si encontramos a los que lo conocen, – respondió Bansir pensativo.

-Hoy mismo -añadió Kobi– me he cruzado con nuestro viejo amigo Arkad, que se paseaba en su carro dorado. Te diré que ni me ha mirado; una cosa que algunos de los de su clase creen tener derecho a hacer. En vez de eso ha hecho una señal con la mano para que los espectadores pudieran verle saludar y conceder el favor de una sonrisa amable a Kobi el músico.

-Sí, dicen que es el hombre más rico de toda Babilonia -dijo Bansir.

-Tan rico, dicen, que el rey recurre a su oro para asuntos del tesoro -contestó Kobi.

-Tan rico -comentó Bansir– que si me lo encontrara de noche estaría tentado de vaciarle la bolsa.

-¡Eso es absurdo! -replicó Kobi-. La fortuna de un hombre no está en la bolsa que lleva consigo. Una bolsa bien repleta se vacía con rapidez si no hay una fuente de oro para alimentarla. Arkad tiene unos ingresos que mantienen su bolsa llena, gaste como gaste su dinero.

-¡Los ingresos, eso es lo importante! -dijo Bansir-. Deseo una renta que continúe alimentando mi bolsa, tanto si me quedo sentado en el muro de mi casa como si viajo a lejanos países. Arkad debe de saber cómo un hombre puede asegurarse una renta. ¿Crees que será capaz de explicárselo a alguien con una mente tan torpe cómo la mía?

-Creo que enseñó su saber a su hijo Nomasir -respondió Kobi-. Este fue a Nínive y, según dicen en la posada, se convirtió, sin la ayuda de su padre, en uno de los hombres más ricos de la ciudad.

Kobi, lo que acabas de decir ha hecho nacer en mí una luminosa idea -un nuevo brillo apareció en los ojo de Bansir-. Nada cuesta pedir un sabio consejo a un buen amigo, y Arkad siempre ha sido un amigo. No importa que nuestras bolsas estén tan vacías como el nido de halcón del año anterior. No nos detengamos por eso. No nos inquietemos por no poseer oro en medio de la abundancia. Deseamos ser ricos. ¡Ven! Vayamos a ver a Arkad y preguntémosle cómo podríamos conseguir ganancias por nosotros mismos.

-Hablas poseído por una auténtica inspiración, Bansir. Traes a mi mente una nueva visión de las cosas. Me haces tomar conciencia de la razón por la que nunca hemos tenido nuestra parte de riqueza. Nunca la hemos buscado activamente. Tú has trabajado con paciencia para construir los carros más sólidos de Babilonia. Has concentrado en ello todos tus esfuerzos y lo has conseguido. Yo me he esforzado en convertirme en un hábil músico, y lo he logrado. En lo que nos hemos propuesto triunfar, hemos triunfado. Los dioses estaban contentos de dejarnos continuar así. Ahora, por fin vemos una luz tan brillante como el amanecer. Nos ordena que aprendamos más para hacernos más prósperos. Encontraremos, con un nuevo entendimiento, maneras honorables de cumplir nuestros deseos.

-Vayamos hoy a ver a Arkad dijo Bansir . Pidamos a los amigos de nuestra infancia que tampoco han triunfado que se unan a nosotros y que comparten con nosotros esa sabiduría.

-Eres en verdad un amigo considerado, Bansir . Por eso tienes tantas amistades. Haremos como dices. Vayamos hoy a buscarlos y llevémoslos con nosotros.

GS Clason

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