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El manuscrito de Ibn-Fadlan-Los vikingos

El manuscrito de Ibn-Fadlan representa el relato testimonial más antiguo que se conoce sobre la vida y la sociedad de los vikingos. Se trata de un documento extraordinario que describe con vivido detalle hechos transcurridos hace más de mil años. El manuscrito no nos ha llegado intacto a través de este larguísimo período de tiempo. Sin embargo, su propia historia es tan original y notable como el texto.

Origen del manuscrito

En junio del año 921 de la Era Cristiana, el califa de Bagdad envió a un miembro de su corte, Ahmad Ibn-Fadlan, como embajador ante el rey de los búlgaros. lbn -Fadlan permaneció ausente tres años en su viaje y en realidad nunca llegó a cumplir su misión, porque durante el trayecto se encontró en medio de una comunidad de hombres nórdicos y vivió muchas aventuras junto a ellos.

Cuando por fin volvió a Bagdad, Ibn-Fadlan registró sus experiencias en un informe oficial a la corte. Hace mucho tiempo que desapareció este manuscrito original, y para reconstruirlo debemos basarnos en fragmentos parciales conservados en fuentes posteriores.

El más conocido de éstos es el léxico geográfico en idioma árabe escrito por Yakut Ibn-Abdallah en el siglo XI. Yakut incluye una docena de Pasajes textuales extraídos del relato de Fadlan, relato que tenía, a la sazón, trescientos años. Cabe suponer que Yakut utilizó una copia del original. A pesar de ello, estos pocos pasajes han sido traducidos y vueltos a traducir muchas veces por eruditos de épocas más recientes.

Otro fragmento fue descubierto en Rusia en 1817 y publicado en alemán por la Academia de San Petersburgo en 1823. Este material contiene ciertos pasajes ya Publicados por J. L. Rasmussen en 1914. Rasmussen utilizó un manuscrito que halló en Copenhague y que luego se perdió. Los orígenes de este manuscrito son dudosos. En aquella época hubo asimismo traducciones suecas, francesas e inglesas, pero todas ellas son ostensiblemente inexactas y en apariencia no incluyen material nuevo.

En 1878 se descubrieron dos manuscritos más en la colección privada- de antigüedades de Sir John Emerson, embajador británico en Constantinopla. Sir John era uno de esos coleccionistas ávidos cuyo entusiasmo por las adquisiciones superaba su interés por las piezas adquiridas. Dichos manuscritos se encontraron después de su muerte. Nadie sabe dónde ni cuándo los obtuvo.

Uno es una geografía en árabe escrita por Ahinad Tusi, cuya fecha, relativamente precisa, es 1047 de la Era Cristiana. Esto aproxima cronológicamente el manuscrito de Tusi al original de lbn Fadlan, que, según se presume, fue escrito aproximadamente entre los años 924 y 926 de la Era Cristiana. No obstante, los eruditos consideran el manuscrito de Tusi como la fuente menos fidedigna. El texto está lleno de errores y de incongruencias, y si bien cita extensamente a un tal lbn Fagih que visitó las tierras del norte, muchas autoridades se resisten a aceptar su material.

El segundo manuscrito es el de Amin Razi, cuya fecha aproximada es 1585 a 1595 de la Era Cristiana. Está escrito en latín y según su autor es una traducción directa del texto árabe de Ibn Fadlan. El manuscrito Razi contiene algún material sobre los turcos oguz y varios pasajes inéditos relativos a las batallas con los monstruos de la niebla.

En 1934 se descubrió un texto definitivo en latín medieval en el monasterio de Xymos, cerca de Tesalónica al noreste de Grecia. Este manuscrito se centra mayormente en comentarios sobre las relaciones de Ibn Fadlan con el califa y sobre sus experiencias con los habitantes de las tierras del norte. El autor y fecha del manuscrito de Xymos son igualmente inciertos.

La tarea de colacionar esta serie de versiones y que abarcan más de un milenio,  en árabe, latín, alemán, francés, danés, sueco e inglés, es una empresa de magnas proporciones. Sólo una persona de gran erudición y energía podría haberlo intentado, y en 1951 alguien lo intentó, en efecto. Per Fraus-Dolus, profesor emeritus de literatura comparada de la Universidad de Oslo compiló todas las fuentes conocidas y emprendió la colosal tarea de la traducción, que llevó a cabo hasta su muerte en 1957. Algunos fragmentos de su traducción aparecieron en los Anales del Museo Nacional de Oslo, 1959- 1960, pero no despertaron mucho interés entre los expertos, tal vez a causa de que esa publicación tiene una circulación reducida.

La traducción de Fraus-Dolus es absolutamente literal. En su Propia introducción a la obra, Fraus-Dolus comenta que «es parte de la naturaleza de los idiomas que una traducción agradable no sea exacta y que una traducción exacta encuentre su propia belleza sin ayuda de nadie».

Los vikingos

El retrato de los vikingos trazado por Ibn-Fadlan difiere bastante de la tradicional visión europea de este pueblo. Las primeras descripciones europeas de los vikingos fueron registradas por el clero, únicos observadores de la época que sabían escribir, quienes veían a estos nórdicos paganos con especial horror. He aquí un pasaje especialmente hiperbólico, citado por D. M. Wilson y perteneciente a un autor irlandés del siglo XII:

En una palabra, aun cuando existieran cien cabezas de acero templadas sobre un cuello, y cien lenguas afiladas, ágiles, frías, brillantes y metálicas en cada cabeza, además de cien voces volubles y estentóreas, no lograrían contar ni narrar, enumerar ni relatar cuánto sufrieron los irlandeses, tanto hombres como mujeres, tanto laicos como clérigos, tanto viejos como jóvenes, tanto nobles como villanos, en cuanto a crueldad, injurias, opresión en cada casa y en manos de esa gente temeraria, iracunda y puramente pagana.

Los eruditos actuales reconocen que estos relatos escalofriantes sobre las incursiones de los vikingos son sumamente exagerados. No obstante, los autores, europeos tienden todavía a reducir a los escandinavos a la condición de bárbaros sedientos de sangre, extraños a la corriente principal de la cultura y las ideas occidentales. A menudo se ha adoptado tal actitud a expensas de cierta lógica. Por ejemplo, David Talbot Rice escribe:

Entre los siglos VII y XI el papel de los vikingos fue tal vez de una influencia mayor que la de cualquier otro grupo étnico de Europa occidental. Los vikingos eran, en efecto, grandes viajeros que llevaron a cabo sorprendentes hazañas de navegación. Sus ciudades eran grandes centros comerciales. Su arte era original, creativo, y marcó rumbos. Podían enorgullecerse de una bella literatura y de una cultura desarrollada. ¿Fue en realidad una civilización? Debe admitirse, a mi juicio, que no lo fue… Carecía del toque de humanismo que es el sello de la civilización.

La misma actitud se refleja en la opinión de lord Clark:

Cuando consideramos las sedas islándicas, que figuran entre las grandes obras literarias del mundo, debemos admitir que los nórdicos crearon una cultura. ¿Más era una civilización … ? Civilización significa algo más: energía, voluntad y poder creador, algo que los nórdicos no tenían, pero que, en la época en que vivieron, comenzaba a reaparecer en Europa occidental. ¿Cómo puedo definirlo? Pues bien, en pocas palabras, un sentido de permanencia. Los nómadas y los invasores vivían en una continua transitoriedad. No sentían la necesidad de mirar hacia delante más allá del mes siguiente o del próximo viaje o de la próxima batalla. Y por esta razón no se les ocurrió construir casas de piedra ni escribir libros.

Cuanto mayor cuidado ponemos en la lectura de estas opiniones, más ilógicas resultan. La verdad es que cabe preguntarse por qué estos eruditos europeos altamente educados e inteligentes consideran con tanta ligereza a los vikingos, con apenas unas palabras formuladas de paso. ¿Y por qué la preocupación sobre la cuestión semántica de si los vikingos tuvieron una «civilización»? La situación resulta explicable si se reconoce un prejuicio europeo que data de largo tiempo y que surge de puntos de vista tradicionales sobre la prehistoria europea.

Todo niño de Occidente aprende que el Cercano Oriente es la «cuna de la civilización» y que las primeras civilizaciones surgieron en Egipto y en Mesopotamia, nutridas por las cuencas del Nilo, el Tigris y el Éufrates. Desde allí la civilización se propagó a Creta y a Grecia y luego a Roma, para llegar por fin a los bárbaros de Europa septentrional.

Se ignora qué hacían estos bárbaros mientras aguardaban el advenimiento de la civilización. Y la pregunta no suele formularse. El énfasis residía en el proceso de diseminación que el fallecido, Gordon Childe resumió como «la irradiación de la barbarie europea por la civilización oriental». Los expertos actuales han apoyado este punto de vista, como ya hicieron los griegos y los romanos. Geoffrey Bibby afirma: «La historia de Europa septentrional y oriental es contemplada desde el oeste y desde el sur con todo el prejuicio de hombres que se consideraban a sí mismos civilizados y a los otros, bárbaros».

Con este enfoque los escandinavos son sin duda los más alejados de la fuente de la civilización y, como es lógico, los últimos en haberla adquirido. Cabe admitir, pues, que se les considere como los últimos bárbaros, como una espina dolorosa en el costado de otras zonas europeas empeñadas en absorber la sabiduría y la civilización de Oriente.

La dificultad reside en que esta visión tradicional de la prehistoria europea ha sido en gran parte destruida en los últimos quince años. El perfeccionamiento de las técnicas de gran precisión para la fijación de fechas basadas en el uso del carbono ha creado la confusión en la antigua cronología sobre la que se apoyaban las viejas ideas sobre la difusión. Actualmente parece irrefutable que
los europeos levantaban enormes tumbas megalíticas antes de que los egipcios construyesen sus pirámides. Stonehenge es más antigua que la civilización micénica en Grecia. La metalurgia en Europa bien puede haber precedido el desarrollo de las artes del metal en Grecia y Troya.

El significado de estos descubrimientos no ha sido aclarado aún, pero indudablemente hoy resulta imposible considerar a los europeos prehistóricos como salvajes que holgazaneaban a la espera de los beneficios de la civilización oriental. Por el contrario, los europeos parecen haber dominado técnicas suficientemente importantes como para trabajar grandes masas de piedra y tenido asimismo el considerable conocimiento de la astronomía que les permitió construir Stonehenge, el primer observatorio del mundo.

Cabe, por tanto, poner en tela de juicio la predilección europea por la civilización oriental y el concepto mismo de la barbarie europea, el cual exige una revisión. Si tenemos presente el legado de la llamada barbarie, los vikingos adquieren nueva importancia y podemos someter a nuevo examen lo que se conoce de los escandinavos del siglo X.

En primer lugar, debemos reconocer que los vikingos nunca constituyeron un grupo claramente unificado. Lo que vieron los europeos fueron grupos dispersos y aislados de hombres de mar procedentes de una extensa zona geográfica -Escandinavia es mayor que Portugal, España y Francia reunidas- y que zarpaban desde sus estados feudales con fines de comerciar, cometer actos de piratería o ambas cosas. Los vikingos no distinguían mucho entre esas dos actividades. Es necesario comentar aquí que se trata de una tendencia compartida por muchos navegantes, desde los griegos hasta los isabelinos.

De hecho, para tratarse de gente carente de civilización que no «sentía la necesidad de mirar más allá de la próxima batalla», los vikingos revelan una conducta inusitadamente estable y a determinados fines. Como prueba de la extensión de su comercio, la moneda árabe aparece en Escandinavia ya en el año 692 de la Era Cristiana. Durante los cuatrocientos años subsiguientes los mercaderes-piratas vikingos llegaron hacia el oeste hasta Terranova, hacia el sur hasta Sicilia y Grecia (donde dejaron inscripciones talladas sobre los leones de Delos) y hacia el este hasta los Urales en Rusia, donde los mercaderes nórdicos establecieron contacto con las caravanas que llegaban por la ruta de la seda a China. Los vikingos no fueron constructores de imperios y es común afirmar que su influencia en este vasto territorio no fue permanente. No obstante, fue lo bastante para que dejaran sus nombres en numerosas localidades de Inglaterra, mientras en Rusia dieron su nombre a la nación misma (nombre derivado del de una tribu nórdica, la Rus). En cuanto a la influencia más sutil de su vigor pagano, de su energía implacable y de su sistema de valores, el manuscrito de lbn Fadlan muestra cuántas de las actitudes típicas de los nórdicos han perdurado hasta el día de hoy. En verdad hay algo notablemente familiar a la sensibilidad moderna en la forma de vida de los vikingos, a la vez que un elemento de producto atractivo.

El autor Ibn-Fadlan

Convendría decir algo acerca de Ibn-Fadlan, el hombre que nos habla con una voz tan personal, a pesar de haber pasado ésta por el filtro de mil años y por el de transcriptores y traductores provenientes de tantas tradiciones lingüísticas y culturales diferentes.

Sabemos poco o nada de su historia personal. Al parecer, era un hombre culto y, a juzgar por sus hazañas, no pudo haber tenido mucha edad. Manifiesta explícitamente pertenecer a la familia del califa, a quien no admiraba en particular. En este sentimiento le acompañaban muchos, por cuanto el califa Al-Muqtadir fue depuesto dos veces y por último asesinado por uno de sus propios oficiales.

De la sociedad de su tiempo sabemos algo más. En el siglo X Bagdad, la Ciudad de la Paz, era la ciudad más civilizada de la Tierra. Dentro de sus célebres murallas circulares vivían más de un millón de habitantes. Bagdad era el centro de la actividad intelectual y comercial dentro de un marco de extraordinaria belleza, elegancia y esplendor. Había jardines perfumados, glorietas sombreadas y frescas y las riquezas acumuladas por un vasto imperio.

Los árabes de Bagdad eran musulmanes fervorosos. No obstante, estaban expuestos al contacto con pueblos distintos que actuaban de manera diferente y tenían creencias también diferentes. Los árabes eran, en realidad, los individuos menos provincianos de ese tiempo, hecho que los convertía en agudos observadores de las culturas extranjeras.

El mismo Ibn-Fadlan fue sin duda un hombre inteligente y observador. Le interesaban tanto los detalles de la vida cotidiana como las creencias de las gentes. Mucho de lo que vio le resultó vulgar, obsceno y bárbaro, pero no perdió mucho tiempo en manifestar indignación. Una vez expresada su censura, pasa inmediatamente a sus obligaciones imparciales. Sus comentarios traslucen una notable imparcialidad.

Su estilo de describir los hechos puede parecer excéntrico para la modalidad occidental. No relata una historia tal como estamos habituados a oírla.

Tendemos a olvidar que nuestro propio sentido del drama tiene sus orígenes en la tradición oral, la representación viva por parte de un bardo ante un auditorio que a menudo tiene que haberse mostrado inquietante e impaciente, o bien somnoliento después de una comida copiosa. Nuestras historias más antiguas, la Iliada, BeowuIf y la Canción de Roldán, fueron creadas para ser cantadas por juglares cuya función principal y cuya primera obligación era entretener.

Ibn-Fadlan, en cambio, fue un escritor y su fin principal no era entretener. Tampoco tenía que glorificar a algún mecenas que le escuchase, ni reforzar los mitos de la sociedad en que vivía. Por el contrario, fue un embajador que debió entregar un informe. Su tono es el de un auditor de impuestos, no el de un bardo; el de un antropólogo, no el de un dramaturgo. Más aún, a menudo desperdicia los elementos más cautivadores de su narración para evitar que se interpongan en su relato claro y equilibrado.

A veces esta falta de pasión es tan exasperante que no reconocemos la agudeza de Ibn-Fadlan como espectador. Durante siglos después de Ibn Fadlan la tradición entre los viajeros fue escribir crónicas infinitamente especulativas y fantásticas acerca de las maravillas del extranjero, como animales que hablaban, hombres que volaban, encuentros con mariposas gigantes y con unicornios. ‘Hace tan sólo ochocientos años había europeos, en otros aspectos sensatos, que rellenaban cuartillas con disparates sobre babuinos africanos que libraban guerras con granjeros, por ejemplo.

lbn-Fadlan nunca especula. Cada una de sus palabras suena a verdad y cuando informa acerca de algo que sólo conoce de oídas, se cuida de señalarlo. Se muestra de igual modo puntilloso en especificar cuando ha sido testigo presencial. Es por ello que utiliza infinidad de veces la frase «Lo vi con mis propios ojos»..

En definitiva, es esta cualidad de total veracidad lo que hace que su relato sea tan horripilante. Su encuentro con los monstruos de la niebla, los devoradores de cadáveres, es descrito con la misma atención al detalle, el mismo cuidadoso escepticismo que caracteriza el resto del manuscrito.
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Por Michael Crichton, Devoradores de cadáveres.

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Los Gul y los Yinn en la literatura Palestina

Agwal

Entre lo real,lo sobrenatural y lo maravilloso: Los Yinn y los Gul en la Literatura palestina de tradición oral

La Jrefiyye 1

La jrefiyye es un tipo específico de cuento perteneciente a la literatura palestina de tradición oral.

La características principales que lo definen y lo diferencian del resto de los géneros narrativos, son las siguientes:

1º) La narradora por excelencia es la mujer.
2º) Utilización de un lenguaje dialectal y coloquial.
3º) Ausencia de movimientos y gesticulación en su ejecución.
4º)La presencia en la narración de elementos y personajes sobrenaturales y maravillosos.

La jrefiyye constituye todo un mundo donde confluyen una serie de personajes maravillosos y sobrenaturales. Dos tipos son los que aparecen con más frecuencia: el gul (ogro) y el yinn (genio).

El término gul (Pl. Gilan o Agwal) viene de la raíz árabe gala-yagulu que significa: arrebatar, aniquilar, asesinar. El término gul posee una gran variedad de significados: desgracia, accidente, ogro, genio y demonio. Según fuentes antiguas, con la palabra gul se designa tanto a un ser femenino como masculino, aunque los árabes tendían y tienden a verlo como femenino. Como veremos más adelante, muchos consideran a la si’ala como el femenino de gul, sin embargo, el pueblo ha formado el femenino gula que es el más extendido y conocido en todos los cuentos de tradición oral.

En cuanto al término yinn, existen dos teorías sobre la etimología de su raíz. Una que la hace derivar de la raíz árabe yanna-yayunnu que significa: cubrir, envolver, ocultar, volverse loco, ser oscuro, tenebroso, etc. Y otra que asegura que procede del término latino “genius” 2.

Las traducciones que encontramos para el término yinn son numerosas y ambiguas, pues significa tanto genio, como trasgo, gnomo, elfo, demonio, duende y espíritu. La razón de estas traducciones tan poco precisas, es que no existen diferencias muy claras entre los numerosos seres maravillosos y sobrenaturales que existen en la imaginación popular. Tampoco son muy precisas las clasificaciones que hacen muchos sabios y filósofos árabo-musulmanes, pues, según el autor del que se trate, nos encontraremos con divisiones muy diferentes. Esto nos lleva a pensar que la única forma de definir a estos seres, es directamente a través de nuestros cuentos, en donde sí vamos a encontrar características y actitudes bien definidas, o por lo menos más clarificantes.

Tanto los gul como los yinn son personajes muy populares, conocidisimos, no sólo en Palestina, lugar de donde proceden los cuentos que servirán de base para este trabajo 3, sino en todo el mundo arabo-musulmán. Estos seres, presentes en el mundo irreal de los cuentos, forman parte de la experiencia diaria de la gente y de sus más firmes creencias.

La creencia en el gul y yinn proviene de tiempos muy antiguos. Su origen se remonta a los primeros temores del hombre ante la propia naturaleza y lo desconocido.

A pesar de tratarse de personajes tan conocidos y populares, no existe una definición clara y precisa de los mismos, y mucho menos una diferenciación entre lo que es un gul y lo que es un yinn, siendo muy común que sean confundidos entre sí, tanto entre las gentes del pueblo, los filósofos e historiadores más eruditos, como en el cuento mismo.

Según la mayoría de los autores, al gul se le considera una especie perteneciente a la familia de los yinn. Es por esa razón, que en el breve recorrido que se hará desde la época preislámica hasta nuestros días, el término yinn se mencionara la mayoría de las veces, aunque en él quede incluido el gul. En este escueto análisis, se observará cómo la creencia en los genios y ogros ha ido evolucionando, y nos encontraremos con muchas y diferentes opiniones sobre ellos.

Sin embargo, lo que más nos interesa es estudiar a estos seres en nuestro género de cuento, la jrefiyye : cómo son, cómo viven, piensan y sienten, cuál es su función dentro del cuento, cuál es su relación con los héroes y heroínas, etc. Todo ello con el fin de aclarar, situar y diferenciar a estos conocidos y, a la vez oscuros personajes.

La creencia en los Yinn desde la época pre-islámica hasta nuestros días

Época preislámica

Se sabe que la creencia en los diferentes seres sobrenaturales (yinn, shaytan, gul, ‘ifrit, etc.) comunes en la tradición árabo-musulmana, se remonta a las civilizaciones más antiguas. Según Sawqi ‘Abd al-Hakim 4, la creencia en los yinn se remonta al 4000 a.C., particularmente de unos habitantes al sur de Arabia, en el Yemen, conocidos como los Qahtaníes. Al parecer, la situación estratégica del Yemen, a caballo entre el Mar Rojo y el océano Índico, le permitió a este pueblo entrar en contacto con civilizaciones como las de la India y Persia, de las que importó todas estas creencias, que después se propagarían al resto del mundo árabe y más tarde a Europa.

Nos presenta ‘Abd al-Hakim las ideas de otros autores 5 que defienden que la creencia en los genios les llegó a los árabes de sus vecinos los iranios. Sin embargo, los descubrimientos sumerio-iraquíes, mucho más antiguos que los arios, pues se remontan a los principios del 4000 a.C., aportaron nuevas ideas sobre el origen de estas creencias. Ya entre este pueblo se creía en una shaytana 6 (diablesa) que habitaba lugares abandonados y derruidos. De esta primera idea, puede derivar la creencia, todavía presente en la actualidad, de que toda clase yinn y demonios viven en construcciones en ruinas, deshabitadas, en desiertos y sitios poco transitados.

Las tradiciones de los sumerios fueron heredadas por los acadios, pueblo semita, y babilonios, entre los que siguió desarrollándose la creencia en esta shaytana y extendiéndose a todos los pueblos posteriores hasta llegar a los árabes.

Los árabes preislámicos creían en la existencia de los yinn, que representaban las fuerzas hostiles e indómitas de la naturaleza. Se les relacionaba con los animales salvajes, y se pensaba que aparecían bajo diferentes formas animales 7. Era tal el temor y miedo que estos seres les inspiraban a los beduinos que empezaron a ofrecerles sacrificios e implorar su ayuda y protección. Sin duda, los yinn llegaron a alcanzar la condición de semidioses, y debieron existir pocas diferencias entre ellos y los primitivos dioses semíticos, salvo que éstos tenían adoradores y los yinn no. Es más, según un pasaje del Corán (VI,100) los árabes paganos asociaban a los genios como hijos o hijas, e incluso como compañeros de Dios 8.

En cuanto a los parajes por los que suelen pulular estos seres, se cuenta que los árabes preislámicos creían que después de que Dios destruyera los pueblos de Wabar, Tasm, ‘Ad, Zamud y Yadis, los genios ocuparon sus ciudades, casas, baños (hammam), ríos, pozos, etc. 9

Sin embargo, la imaginación y el miedo de los árabes preislámicos debieron ser los verdaderos condicionantes a la hora de precisar los lugares en donde habitaban los yinn: desiertos, descampados, los fondos de los ríos, los pozos, cuevas, ruinas; todos, lugares que les infundían temor, sobre todo con la caída de la tarde 10.

Los viajeros o despistados que se adentrasen en territorio de los yinn podían encontrar la muerte o sufrir incontables burlas y jugarretas por parte de genios, demonios, ogresas y ogros. Por eso, se adoptó la costumbre de invocarlos y pedir su protección al aproximarse a lugares desiertos y solitarios, diciendo: “¡Oh, dueño de este valle! Te pido protección frente a la plebe que te obedece” 11. Con ello se pensaba que obtenía el favor de los genios del lugar, para poder pasar o acampar sin peligro.

La relaciones entre los humanos y los yinn eran bastante hostiles, de ahí el miedo que los árabes sentían hacia ellos, y todas las precauciones que tomaban antes de pasar por un territorio, supuestamente poblado por los genios, procurando en todo momento no ofenderlos ni levantar su temida ira. Sin embargo, la relación que los genios tenían con poetas, magos, sacerdotes y adivinadores solía ser bastante buena. Se creía que los poetas recibían de éstos la inspiración, que al igual que magos, sacerdotes y adivinadores, tenían un vínculo muy especial con estos seres, a los que con frecuencia invocaban y hacían ofrendas.

Otro tipo de relación en la que se creía era la amorosa, y existen varias leyendas que narran amores y matrimonios entre humanos y genios. Una de las leyendas más conocidas es la que cuenta que Balquis, la reina de Saba, era hija de un humano y una yinna 12.

La llegada del Islam

La llegada del Islam supuso, por un lado, la afirmación y supervivencia de muchas creencias y prácticas pre-islámicas, y por otro, la prohibición de muchas otras. La creencia en los yinn fue una de las que lograron sobrevivir y reforzarse, sin embargo se prohibió la costumbre de ofrecerles sacrificios.

Según la concepción musulmana, se definieron como seres corpóreos creados antes que Adán (XV,27) de un fuego purísimo 13 (LV, 15/14), dotados de inteligencia, imperceptibles a nuestros sentidos y capaces de adoptar cualquier forma.

Los yinn aparecen citados en numerosos pasajes del Corán, e incluso existe una sura(LXXII) dedicada a ellos, con el nombre de “al-yinn”. En el libro sagrado se les acepta como una raza en la Tierra que vive entre los humanos y que, al igual que éstos, dan testimonio de su fe (LXXII,2) y aceptan el Islam, exhortando a los ateos para que acepten la verdadera religión y sigan el camino recto (XLVI,29,30,31).

Las relaciones que se establecen en el Corán entre los genios e Iblis (el demonio), no son nada claras. Pues en aleyas como la XVIII, 48, Iblis es considerado un yinn por haberse negado a postrarse ante Adán como los demás ángeles, mientras que en la aleya II,32, es considerado un ángel. Todo ésto ha generado una gran confusión a la hora de diferenciar a los genios de los demonios (Sayatin) y un interminable número de historias, leyendas, hipótesis e interpretaciones acerca de este tema.

A diferencia del yinn, el gul no aparece citado en el Corán. El Profeta era consciente de la creencia popular en los ogros, y aunque en un hadiz niega su existencia, los comentaristas afirman que se refiere solo a la capacidad de transformarse, puesto que existe otro hadiz en el que el Profeta Muhammad recomienda pronunciar el nombre de Dios para escapar de sus maleficios y librarse de ellos 14.

Muchos sabios y eruditos musulmanes, que creían en la existencia de estos seres, han intentado definir y determinar qué son los yinn, con el fin de aclarar la confusión existente en torno a ellos y otros personajes como demonios, ogros, duendes, etc. Sin embargo, nos encontraremos con numerosas definiciones y clasificaciones, cada una diferente de la otra, con lo que la aclaración sobre qué son los genios deja un poco que desear.

Al-Qazwini (1203-1283) los define como animales etéreos, de cuerpo transparente que pueden tomar formas diferentes. Muy parecida es la definición de ad-Damiri (1349-1405) que los considera cuerpos etéreos con posibilidad de adoptar formas diferentes, dotados de inteligencia y capaces de realizar los trabajos más duros.

Donde existen más diferencias es a la hora de la clasificación, según as-Sibli (m.1367) cuando se habla del verdadero genio se le llama yinni. Si es de los que viven con la gente, se le llama ‘amir (habitante), cuyo plural es ‘ummar. A los genios que se le aparecen a los niños se les denomina ‘arwah (espíritus). Si es malo, recibe el nombre de shaytan (demonio), cuando es un poco más malo que éste, se le llama marid (genio, demonio), pero si es peor que los anteriores y tiene mucho poder, se le dice ‘ifrit (diablo, duende).

Para Wahab Ibn Munabbih (655-729) los auténticos yinn son espíritus (‘arwah) que no comen ni beben ni duermen ni procrean. No opina igual ad-Damiri, pues para él existen algunas especies de yinn que comen, beben y se casan, como los ogros (gilan), ogresas (si’ali)demonios (qatarib) y lo mismo ocurre con los hijos de todos ellos.

Ibn al-Kazir (m.1372) dice que los genios fueron creados del fuego y son igual a los humanos, pues comen, beben y se reproducen.

Según algunos hadices atribuidos al Profeta, hay varios tipos de genios: los que son como el viento y vuelan en el aire con sus alas; los que son animales como las serpientes, los escorpiones e insectos; por último los que se comportan y actúan como humanos y tienen descendencia.

Para al-Qazwini el gul (ogro) y la si’ala (ogresa) son los demonios más conocidos, son animales muy feos, poco agraciados por la naturaleza, al vivir aislados en los desiertos se convirtieron en salvajes, así que son mitad bestias mitad humanos. Se aparecen al que viaja solo por la noche y adoptan forma humana para desviar al viajero de su camino.

Al-Yahid (m.869) considera que el gul es el nombre que se le da a los yinn que se aparecen al viajero bajo las formas y ropas más diversas, la mayoría de las veces con apariencia femenina y entonces se la denomina si’ala.

Según ad-Damiri el ogro es una clase de yinn y de šhaytan que tiene poderes mágicos y se aparece a los humanos por la noche. Y considera a la si’ala (ogresa) como la más perversa de entre los ogros que, a diferencia del gul, aparece por el día 15.

Otros sabios medievales como Ibn Sina (Avicena), Ibn Jaldún y el movimiento de la Mu’atazila 16 negaron la existencia de estos seres.

Por Montserrat Rabadán Carrascosa


Notas:

1 Este trabajo está basado en un apartado de la tesis doctoral: La jrefiyye palestina: literatura, mujer y maravilla, la cual presentado en la Universidad Autónoma de Madrid. ** Montserrat Rabadán Carrascosa, El Colegio de México, C.E.E.A., Camino al Ajusco, nº 20, México D.F. 01000.
2 El Corán, Trad. Juan Vernet, Barcelona, Planeta, 1986. p.139, n.100. Véase también: Encyclopédie de l’Islam, s.v. djin, p.560.
3 Tawaddud`Abd al-Hadi, Jararif sa`abiyya [Cuentos Populares], Bayrut, Dar Ibn Rusd, 1980.
4 Sawqi Abd-l-Hakim, Al-fulklur wa-l-‘asatir al-`arabiyya [El folclor y las leyendas árabes], Bayrut, Dar Ibn Jald_n, 1978, p. 129-146.
5 Sawqi Abd-l-Hakim, op.cit. pp.129-130
6Ibid., pp.132-133.
7 Véase: Duncan Black Macdonald, The Religious Attitude and Life in Islam, London, Darf, 1985, pp. 130-156.
8 Duncan Black Macdonald, op. cit. pp.133-134
9 Mahmud Salim al Hut, Fi-l-tariq al-mizuluyia `inda-l-`arab. Bahz mushab fi-l-mu`ataqadat wa-l-asatir al-`arabiyya qabla-lislam.[En el camino de la mitología de los árabes. Un estudio minucioso de las creencias y leyendas árabes antes del Islam], Bayrut, Dar an-Nahar li-n-nasr, 1979, p. 212.
10 Ibid., p.211.
11 El Corán, op.cit., p.636, n.6.
12 Jairat Al-Saleh, Jairat, Ciudades fabulosas, príncipes y yinn de la mitología árabe, Madrid, Anaya, 1986, pp. 50-57.
13 El Corán, op.cit., p. 139, n.100.
14 Encyclopédie de l’Islam, s.v. ghul, pp.1104-1105.
15 Sobre las definiciones de los diferentes autores, véase: Mahm_d S_lim al-H_t, op. cit., pp.208-236.
16 “Los separados”, este movimiento se dio entre los siglos VII-XI, y fueron el grupo que no tomó partido en el conflicto entre los partidarios de ‘Ali y los Mu’awiya. Defienden el libre albedrío, la unidad de Dios y la Justicia Divina. Para más información véase: Miguel Cruz Hernández; Historia del pensamiento en el mundo islámico, 2 vols., Madrid, Alianza Universidad, 1981. vol.1, pp. 89-127.


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Sherezade – Naguib Mahfuz

– Hola.
– ¿El señor Mahmud Shukri?
– Sí, señora, ¿de parte de quién?
– Pido disculpas por molestarle sin conocerle.
– Perdone, ¿puedo saber su nombre?
– Mi nombre no importa. Soy una de las miles de mujeres que le exponen sus problemas.
– Estoy a su disposición, señorita.
– Señora, por favor.
– Estoy a su disposición, señora,
– Pero la mía es una historia larga.
– Entonces ¿no sería mejor que me escribiera?
– Pero yo no sé escribir bien.
– ¿Prefiere venir a verme a la revista?
– No tengo valor para ello, al menos por ahora.
La palabra «por ahora» le llamó la atención. Sonrió, complacido por aquella dulce voz; luego preguntó:
– ¿Y entonces?
– Espero que me conceda algunos minutos todos los días o cada vez que su precioso tiempo lo permita.
– Es un procedimiento original. Me recuerda al de Sherezade.
– ¡Sherezade! ¡Qué nombre tan atractivo! Permítame tomarlo prestado durante algún tiempo. Él se rió y dijo:
– He aquí a Shahriyar escuchándote. Ella se rió también y a él le pareció que su risa era tan agradable como su voz. La mujer prosiguió:
– No crea que voy a contarle un determinado problema. Se trata, como le he dicho, de una larga y triste historia.
– Espero poder responder a su confianza.
– Y yo espero que me interrumpa si me paso del tiempo que me quiera dedicar.
– Estoy a su disposición.
– Pero hoy ya le he robado buena parte de su tiempo. Dejémoslo para mañana. Ahora, me limitare a confesarle que son sus escritos, llenos de humanidad, lo que me ha atraído hacia usted.
– Gracias.
– No sólo sus escritos, también su fotografía. Él preguntó con mayor atención:
– ¿Mi fotografía?
– Sí, he leído en sus grandes ojos una mirada inteligente, bondadosa, humana, capaz de consolar a los que sufren.
– Gracias de nuevo… -después, riendo-: Sus palabras son gentiles, como una poesía de amor.
– Son la expresión de una esperanza, si es que la esperanza existe todavía en el mundo.
Él colgó el teléfono, sonrió, reflexionó un momento y sonrió de nuevo.


2

– Hola.
– ¡Sherezade!
– Bienvenida, te estaba esperando.
– Entraré directamente en el tema para no hacerle perder el tiempo.
– Te escucho.
– Me quedé huérfana de madre. Nuestro padre, tengo una hermana dos años menor que yo, se volvió a casar y pasamos nuestra infancia y nuestra adolescencia privados de ternura y cariño, y apenas cursamos estudios. Cuando murió nuestro padre, nos fuimos a vivir con un tío materno, beneficiándonos cada una de una pensión de unas cinco libras.
– Pero ¿no pasó eso hace mucho tiempo?
– Sí, mas es necesario que lo cuente.
– Nosotras no éramos felices en casa de mi tío, el cual nos consideraba una pesada carga. Nos sentíamos extrañas y sufríamos. Renunciamos a nuestra pensión en su favor y nos ocupábamos, sin protestar, de los trabajos de la casa. Tuvimos mala suerte, ni más ni menos.
– Entiendo, y lo siento.
– Luego, un oficial fue a pedir mi mano. Mi tío vendió una vieja casa que habíamos heredado de nuestro padre y la parte que me correspondía le sirvió para prepararme un ajuar aceptable. Mi marido había comprendido desde el primer momento la realidad de nuestra situación, pero no se echó atrás. Habíamos vivido una historia de amor, como se suele decir, que continuó después del matrimonio.
– Puede que haya cosas de la historia de amor que no quiera contar.
– No. La desgracia fue que mi marido era un despilfarrador. Se gastaba todo lo que tenía sin pensar en las consecuencias. Yo no sabía qué hacer para corregir su defecto, lo intenté muchas veces sin resultado.
– A propósito…, quiero decir…, ¿no eres responsable en parte de sus actos?
– No, créame. Yo deseaba una vida de casada normal y la preservaba con toda la fuerza de mi amor pues ya había sufrido anteriormente desgracia, humillación y desesperación.
– Es comprensible.
– Parece que usted no me cree. Recuerdo su opinión sobre la responsabilidad de la mujer en la conducta del esposo, pero ¿qué podía hacer yo? Le supliqué con dulzura, le advertí sobre las consecuencias de su comportamiento, protesté con energía e insistí en que me diera a primeros de mes la cantidad necesaria para los gastos de la casa. Pero no hizo caso: seguía llevando a casa a una panda de amigos con los que permanecía comiendo y bebiendo hasta el amanecer. Nos pasábamos la noche de banquete y amanecíamos sin un céntimo.
– ¿Y qué pasó después?
– Me dijo que recurriera a mi tío, pero eso era imposible, o que le pidiera dinero prestado a mi hermana, pero eso también era imposible porque ella estaba a punto de casarse. Por otra parte, él pedía dinero prestado a su familia continuamente, y nuestra vida se transformó en una horrible pesadilla digna de lástima.
– Comprendo.
– Mi matrimonio fracasó, y terminó en divorcio. Entonces, me vi obligada a trasladarme a casa de mi hermana, pues perdí el derecho a la pensión, y tuve que soportar una vida amarga y humillante.
– Quizá ése sea el problema.
– Paciencia, todavía tengo que hablar del pasado, pero seré breve. Un año después de nuestro divorcio, mi ex marido me pidió una cita. Nos encontramos y me expresó su deseo de reanudar nuestra vida conyugal, asegurándome que la vida le había vuelto más juicioso. Me llevó a la pensión en la que vivía, en la calle Kasr Al Nil, para trazar nuestro futuro. Nada más cerrar la puerta de la habitación, me abrazó repitiendo que no había degustado el placer del amor desde nuestra separación.
– ¿Y le aceptaste?
– No tenía la impresión de que estuviera tratando con un desconocido. La mayor parte del tiempo discutimos sobre las formalidades de nuestro nuevo matrimonio. Al separarnos, él me prometió que al día siguiente iría a ver a mi tío.
– Te ha cambiado la voz, ahora es más débil.
– Sí. Después me enteré de que cuando me invitó a encontrarme con él, ya había firmado el contrato de su segundo matrimonio, que se celebró una semana después de nuestro encuentro. Se trató simplemente de un juego, un capricho que se había concedido antes de iniciar su nueva vida.
– ¡Qué miserable!
– Sí, pero no quiero cansarle más. Adiós.


3

– Hola.
– Soy Sherezade.
– ¿Qué tal?
– ¿Le molesto?
– Al contrario. Continúa, por favor.
– Me quedé con mi hermana durante un cierto periodo pero, a medida que pasaban los días, vi que mi presencia no era bien aceptada.
– ¿Por qué?
– Era una sensación que se confirmó.
– Pero ¿cómo es posible, tratándose de una hermana que en el pasado había compartido contigo tantas penas?
– Pasó lo que tenía que pasar.
– ¿Su marido?
– Más o menos.
– ¿Estaba incómodo por tu presencia en su casa?
– Eso parece. Lo cierto es que tuve que marcharme para salvar nuestras relaciones familiares.
– Pero si no me hablas con franqueza, estás dando pie a suposiciones. ¿Tu hermana estaba celosa?
– Eran más bien celos creados por su imaginación.
– ¿Y te fuiste a casa de tu tío?
– El ya había muerto, así que alquilé un pequeño apartamento.
– ¿Y cómo te las arreglabas para pagarlo?
– Vendí todo lo que pude de mi dote y empecé a buscar trabajo, cualquier trabajo. Fue una época de búsqueda estéril y de hambre. Créame, he conocido el horror del hambre. Me pasaba los días sin comer o comiendo muy poco. Una vez estuve a punto de aceptar las proposiciones que me hacían en la calle, pero lo pospuse con la esperanza de que la misericordia de Dios me rescatara antes de caer. Me asomaba a la ventana en el silencio de la noche y, mirando al cielo, imploraba para mis adentros:
«Dios mío misericordioso, tengo hambre, me voy a morir de hambre.» Cuando mis fuerzas desfallecían, iba a casa de mi hermana para comer como es debido, pero nadie me preguntaba por mi situación, pues temían cargar con una responsabilidad que era mejor ignorar.
– ¡Qué horror! ¡Es increíble!
– Un día, leí un anuncio en el que se solicitaba una chica para cuidar a un anciano a cambio de un sueldo, manutención, alojamiento y ropa.
– Una ayuda del cielo.
– Me dirigí allí sin dudarlo y subarrendé mi apartamento.
– Es un final feliz, especialmente si el anciano sólo necesitaba asistencia.
– Se trataba de un hombre de avanzada edad, y yo le servía con dedicación completa. Era una auténtica experta en las tareas domésticas: cocinaba, limpiaba, hacía de enfermera…, y hasta le leía los periódicos.
– Muy bien.
– No volví a tener hambre ni miedo, y le pedí a Dios que le concediera una larga vida.
– ¿Y después?
– Un día estaba leyéndole un periódico y vi un anuncio en el que se solicitaba a una persona para cuidar de un anciano…, y se daba nuestra dirección.
– ¡No! -exclamó él con estupor y desaprobación.
– Sí. Me quedé atónita. Le leí el anuncio y él desvió la mirada, pero no lo negó. Le pregunté que por qué quería prescindir de mis servicios y qué era lo que no le gustaba de mí, mas no respondió.
– Es algo muy extraño, pero sin duda tiene que haber un motivo.
– Por mi parte, ninguno en absoluto.
– ¿No había entre vosotros más relación que la laboral?
– Más o menos.
– ¿Qué quieres decir? Háblame con franqueza, por favor.
– A veces me pedía que me pusiera delante de él desnuda.
– ¿Y te negabas?
– No, accedía a su deseo.
– Entonces ¿por qué buscaba a otra?
– ¿Cómo lo voy a saber? Me dijo que deseaba variar. Yo le supliqué que cambiara de idea. Le dije que estaba sola, que era pobre y que no tenía en el mundo a nadie más que a él, pero persistió en su decisión y en su silencio. Entonces me pareció odioso como la muerte y no tuve más remedio que marcharme.


4

– Hola.
– Sherezade le saluda, señor.
– Bienvenida, Sherezade. No dejo de pensar en tu historia.
– Gracias, señor. Creo que el corazón no me engañó cuando me condujo hacia usted. Y ahora continuemos con nuestra historia: regresé a mi casa y le dije al inquilino, un modesto funcionario de unos cuarenta años-, que necesitaba el apartamento. Él se negó a marcharse y, cuando le expuse la gravedad de mi situación, me propuso sencillamente que compartiera el apartamento con él. No dudé en aceptar porque tenía la voluntad destrozada y me daba todo igual.
– ¿En qué consistía exactamente la proposición?
– Me dejaba libre una de las dos habitaciones de las que se componía el apartamento. Después, todo quedó claro.
– ¿La primera vez?
– Sí. La verdad es que era un hombre gentil y cariñoso.
– ¡Estupendo!
– Paciencia. Justo por esas cualidades le perdí.
– Tu historia es extraordinaria.
– Un día, me dijo: «Estamos muy unidos, pero debemos separarnos.»
– ¿Separarnos?
– Sí, «separarnos». Yo esperaba que dijera «casarnos», pero él dijo «separarnos».
– ¡Es increíble!
– Le pedí explicaciones y me respondió con tono cortante: «Existen impedimentos para que me case, y tenemos que separarnos.» Yo le respondí humildemente: «Yo no te pido que nos casemos, simplemente que continuemos viviendo juntos.» Él me respondió: «No, es una situación irregular, y un día te encontrarás sola, anciana, sin recursos y sin derechos. Por eso, la separación es inevitable.»
– Un hombre extraño, aparentemente bueno pero en realidad egoísta y falso.
– Lo que cuenta es que se marchó y me quedé de nuevo sola, amenazada por el hambre.
– ¡Qué pena!
– Tuve amargas experiencias. Se las puede imaginar. Luego me enteré de que había una nueva ley que autorizaba a una mujer repudiada por primera vez a recuperar su pensión. Y se podía aplicar a mi caso.
– ¡Alabado sea Dios!
– Sin duda, la pensión era modesta pero me acostumbré a una vida austera y aprendí corte y confección, lo cual me proporcionó otros ingresos que, unidos a la pensión, me impidieron morir de hambre o degradarme por las calles.
– ¡Por fin hemos llegado al territorio de la paz!
– Gracias a Dios, pero también al verdadero problema.
– ¿El verdadero problema?
– Se puede resumir en una sola palabra: soledad.
– ¿Soledad?
– Sin marido, hijos, amigo ni amante. Día y noche recluida en un pequeño apartamento, privada de todo tipo de diversiones, sin poder hablar con nadie durante un mes entero. Siempre triste, nerviosa, tensa…, temiendo volverme loca o intentar suicidarme…
– No, no. Has soportado con valor cosas peores y Dios te concederá algún día a un hombre bueno.
– No me hable de hombres buenos. Un viudo, padre de dos hijos, me pidió en matrimonio y yo le rechacé sin dudar porque no me fiaba de nadie, y un segundo repudio significaba perder definitivamente la pensión, mi único y verdadero capital.
– Pero un hombre, padre de dos hijos, y que necesitaba una esposa, sin duda cuidaría de ella.
– Yo detesto la idea de matrimonio porque en mi mente se asocia a la traición y al hambre.
– Reconsidéralo.
– Imposible, cualquier cosa excepto el matrimonio. No tengo valor para repetir la experiencia.
– ¿Y entonces cómo te vas a librar de la soledad?
– Ése es el problema.
– Pero rechazas una solución adecuada.
– Cualquier cosa menos el matrimonio.
Tras pensarlo un poco, el hombre le preguntó:
– ¿Quieres que nos veamos?
– Sería para mí un gran honor.
El hombre sonrió y dejó volar su imaginación. Ella parecía querer sólo amistad y, al mismo tiempo, le aseguraba que no se quería casar. El no era imbécil y también buscaba una nueva aventura amorosa. ¿Por qué no? Lo importante es que fuera bella, como su voz. Pero ¿era una historia auténtica? Tal vez, nada es imposible. Aunque también podía ser falsa, al menos en parte. El cine había desarrollado la fantasía de las mujeres. ¡Qué más daba! Lo importante era que fuese bella, como su voz, y él le brindaría una nueva experiencia para añadir a las anteriores que, sin carecer de dulzura, terminase en amargura, como todo lo que existe en el mundo.
El hombre sonrió, tamborileando en la mesa con los dedos.
Sherezade llegó.
El hombre la observó con una mirada penetrante al saludarla, luego la invitó a sentarse.
Era una mujer de unos treinta años, con un aspecto bastante agradable, aunque envuelta en un halo de amargura. Incluso su mirada sonriente manifestaba tristeza y desencanto, pero, en conjunto, resultaba atractiva. No era improbable que su historia fuese verdadera, quizá no mentía más que cuando expresaba su opinión negativa sobre el matrimonio. Seguro que fingía que odiaba el matrimonio para que surgiera entre ellos una amistad que deseaba vivamente.
Mas ¿qué tenía que ver él con todo eso? Ella no era la mujer que le convenía. La pobre no tenía ni idea de todas las ocasiones que se le presentaban. Debía disimular su decepción y tratarla con cortesía.
– Bienvenida. La verdad es que tu historia me ha impresionado profundamente.
– Se lo agradezco, señor.
– Sin embargo, ahora tienes que enfrentarte a la vida con tu coraje habitual.
– Pero…
El la interrumpió, asaltado por un repentino deseo de poner fin a aquel encuentro lo antes posible:
– Escúchame. Eres una gran señora: las penas tienen el mérito, a veces, de volvernos grandes. Eres una gran señora, y lo has sido incluso en los tropezones pasajeros. Eres grande en tu soledad y manifestarás tu grandeza cuando logres superarla a fuerza de coraje. Sherezade, nuestra vida no tiene valor ni sentido. Y sería vana si no tuviéramos fe en la gente, a pesar de los golpes que recibamos, y fe en Dios, el Altísimo, alabado sea, una fe inquebrantable, cualesquiera que sean las manifestaciones de Su voluntad.
La miró a los ojos y vio en ellos una profunda desilusión. También era inteligente, incluso más de lo que había imaginado.
La mujer sonrió levemente, haciéndole sentir cierto rubor, luego susurró:
– Yo creo en Dios, señor.
Él movió la mano con fuerza y dijo:
– Todo carece de valor menos el Altísimo, alabado sea.


Por Naguib Mahfuz

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