Todas las entradas de: Moro

El libro de arena – Jorge Luis Borges

…thy rope of sands…
George Herbert
(1593-1623)

La línea consta de un número infinito de puntos; el plano, de un número infinito de líneas; el volumen, de un número infinito de planos; el hipervolumen, de un número infinito de volúmenes… No, decididamente no es éste, more geométrico, el mejor modo de iniciar mi relato. Afirmar que es verídico es ahora una convención de todo relato fantástico; el mío, sin embargo, es verídico.

Yo vivo solo, en un cuarto piso de la calle Belgrano. Hará unos meses, al atardecer, oí un golpe en la puerta. Abrí y entró un desconocido. Era un hombre alto, de rasgos desdibujados. Acaso mi miopía los vio así. Todo su aspecto era de pobreza decente. Estaba de gris y traía una valija gris en la mano. En seguida sentí que era extranjero. Al principio lo creí viejo; luego advertí que me había engañado su escaso pelo rubio, casi blanco, a la manera escandinava. En el curso de nuestra conversación, que no duraría una hora, supe que procedía de las Orcadas.

Le señalé una silla. El hombre tardó un rato en hablar. Exhalaba melancolía, como yo ahora.

– Vendo biblias – me dijo.

No sin pedantería le contesté:

– En esta casa hay algunas biblias inglesas, incluso la primera, la de John Wiclif. Tengo asimismo la de Cipriano de Valera, la de Lutero, que literariamente es la peor, y un ejemplar latino de la Vulgata. Como usted ve, no son precisamente biblias lo que me falta.

Al cabo de un silencio me contestó:

– No sólo vendo biblias. Puedo mostrarle un libro sagrado que tal vez le interese. Lo adquirí en los confines de Bikanir.

Abrió la valija y lo dejó sobre la mesa. Era un volumen en octavo, encuadernado en tela. Sin duda había pasado por muchas manos. Lo examiné; su inusitado peso me sorprendió. En el lomo decía Holy Writ y abajo Bombay.

– Será del siglo diecinueve – observé.

– No sé. No lo he sabido nunca – fue la respuesta.

Lo abrí al azar. Los caracteres me eran extraños. Las páginas, que me parecieron gastadas y de pobre tipografía, estaban impresas a dos columnas a la manera de una biblia. El texto era apretado y estaba ordenado en versículos. En el ángulo superior de las páginas había cifras arábigas. Me llamó la atención que la página par llevara el número (digamos) 40.514 y la impar, la siguiente, 999. La volví; el dorso estaba numerado con ocho cifras. Llevaba una pequeña ilustración, como es de uso en los diccionarios: un ancla dibujada a la pluma, como por la torpe mano de un niño.

Fue entonces que el desconocido me dijo:

– Mírela bien. Ya no la verá nunca más.

Había una amenaza en la afirmación, pero no en la voz.

Me fijé en el lugar y cerré el volumen. Inmediatamente lo abrí. En vano busqué la figura del ancla, hoja tras hoja. Para ocultar mi desconcierto, le dije:

– Se trata de una versión de la Escritura en alguna lengua indostánica, ¿no es verdad?

– No – me replicó.

Luego bajó la voz como para confiarme un secreto:

– Lo adquirí en un pueblo de la llanura, a cambio de una rupias y de la Biblia. Su poseedor no sabía leer. Sospecho que en el Libro de los Libros vio un amuleto. Era de la casta más baja; la gente no podía pisar su sombra, sin contaminación. Me dijo que su libro se llamaba el Libro de Arena, porque ni el libro ni la arena tienen ni principio ni fin.

Me pidió que buscara la primera hoja.

Apoyé la mano izquierda sobre la portada y abrí con el dedo pulgar casi pegado al índice. Todo fue inútil: siempre se interponían varias hojas entre la portada y la mano. Era como si brotaran del libro.

– Ahora busque el final.

También fracasé; apenas logré balbucear con una voz que no era la mía:

– Esto no puede ser.

Siempre en voz baja el vendedor de biblias me dijo:

– No puede ser, pero es. El número de páginas de este libro es exactamente infinito. Ninguna es la primera; ninguna la última. No sé por qué están numeradas de ese modo arbitrario. Acaso para dar a entender que los términos de una serie infinita admiten cualquier número.

Después, como si pensara en voz alta:

– Si el espacio es infinito estamos en cualquier punto del espacio. Si el tiempo es infinito estamos en cualquier punto del tiempo.

Sus consideraciones me irritaron. Le pregunté:

– ¿Usted es religioso, sin duda?

– Sí, soy presbiteriano. Mi conciencia está clara. Estoy seguro de no haber estafado al nativo cuando le di la Palabra del Señor a trueque de su libro diabólico.

Le aseguré que nada tenía que reprocharse, y le pregunté si estaba de paso por estas tierras. Me respondió que dentro de unos días pensaba regresar a su patria. Fue entonces cuando supe que era escocés, de las islas Orcadas. Le dije que a Escocia yo la quería personalmente por el amor de Stevenson y de Hume.

– Y de Robbie Burns – corrigió.

Mientras hablábamos yo seguía explorando el libro infinito. Con falsa indiferencia le pregunté:

– ¿Usted se propone ofrecer este curioso espécimen al Museo Británico?

– No. Se lo ofrezco a usted – me replicó, y fijó una suma elevada.

Le respondí, con toda verdad, que esa suma era inaccesible para mí y me quedé pensando. Al cabo de unos pocos minutos había urdido mi plan.

– Le propongo un canje – le dije -. Usted obtuvo este volumen por unas rupias y por la Escritura Sagrada; yo le ofrezco el monto de mi jubilación, que acabo de cobrar, y la Biblia de Wiclif en letra gótica. La heredé de mis padres.

A black letter Wiclif – murmuró.

Fui a mi dormitorio y le traje el dinero y el libro. Volvió las hojas y estudió la carátula con fervor de bibliófilo.

– Trato hecho – me dijo.

Me asombró que no regateara. Sólo después comprendería que había entrado en mi casa con la decisión de vender el libro. No contó los billetes, y los guardó.

Hablamos de la India, de las Orcadas y de los jarls noruegos que las rigieron. Era de noche cuando el hombre se fue. No he vuelto a verlo ni sé su nombre.

Pensé guardar el Libro de Arena en el hueco que había dejado el Wiclif, pero opté al fin por esconderlo detrás de unos volúmenes descabalados de Las Mil y Una Noches.

Me acosté y no dormí. A las tres o cuatro de la mañana prendí la luz. Busqué el libro imposible, y volví las hojas. En una de ellas vi grabada una máscara. El ángulo llevaba una cifra, ya no sé cual, elevada a la novena potencia.

No mostré a nadie mi tesoro. A la dicha de poseerlo se agregó el temor de que lo robaran, y después el recelo de que no fuera verdaderamente infinito. Esas dos inquietudes agravaron mi ya vieja misantropía. Me quedaban unos amigos; dejé de verlos. Prisionero del Libro, casi no me asomaba a la calle. Examiné con una lupa el gastado lomo y las tapas, y rechacé la posibilidad de algún artificio. Comprobé que las pequeñas ilustraciones distaban dos mil páginas una de otra. Las fui anotando en una libreta alfabética, que no tardé en llenar. Nunca se repitieron. De noche, en los escasos intervalos que me concedía el insomnio, soñaba con el libro.

Declinaba el verano, y comprendí que el libro era monstruoso. De nada me sirvió considerar que no menos monstruoso era yo, que lo percibía con ojos y lo palpaba con diez dedos con uñas. Sentí que era un objeto de pesadilla, una cosa obscena que infamaba y corrompía la realidad.

Pensé en el fuego, pero temí que la combustión de un libro infinito fuera parejamente infinita y sofocara de humo al planeta.

Recordé haber leído que el mejor lugar para ocultar una hoja es un bosque. Antes de jubilarme trabajaba en la Biblioteca Nacional, que guarda novecientos mil libros; sé que a mano derecha del vestíbulo una escalera curva se hunde en el sótano, donde están los periódicos y los mapas. Aproveché un descuido de los empleados para perder el Libro de Arena en uno de los húmedos anaqueles. Traté de no fijarme a qué altura ni a qué distancia de la puerta.

Siento un poco de alivio, pero no quiero ni pasar por la calle México.

FIN

Jorge Luis Borges

©2017-paginasarabes®

El manuscrito de Ibn-Fadlan-Los vikingos

El manuscrito de Ibn-Fadlan representa el relato testimonial más antiguo que se conoce sobre la vida y la sociedad de los vikingos. Se trata de un documento extraordinario que describe con vivido detalle hechos transcurridos hace más de mil años. El manuscrito no nos ha llegado intacto a través de este larguísimo período de tiempo. Sin embargo, su propia historia es tan original y notable como el texto.

Origen del manuscrito

En junio del año 921 de la Era Cristiana, el califa de Bagdad envió a un miembro de su corte, Ahmad Ibn-Fadlan, como embajador ante el rey de los búlgaros. lbn -Fadlan permaneció ausente tres años en su viaje y en realidad nunca llegó a cumplir su misión, porque durante el trayecto se encontró en medio de una comunidad de hombres nórdicos y vivió muchas aventuras junto a ellos.

Cuando por fin volvió a Bagdad, Ibn-Fadlan registró sus experiencias en un informe oficial a la corte. Hace mucho tiempo que desapareció este manuscrito original, y para reconstruirlo debemos basarnos en fragmentos parciales conservados en fuentes posteriores.

El más conocido de éstos es el léxico geográfico en idioma árabe escrito por Yakut Ibn-Abdallah en el siglo XI. Yakut incluye una docena de Pasajes textuales extraídos del relato de Fadlan, relato que tenía, a la sazón, trescientos años. Cabe suponer que Yakut utilizó una copia del original. A pesar de ello, estos pocos pasajes han sido traducidos y vueltos a traducir muchas veces por eruditos de épocas más recientes.

Otro fragmento fue descubierto en Rusia en 1817 y publicado en alemán por la Academia de San Petersburgo en 1823. Este material contiene ciertos pasajes ya Publicados por J. L. Rasmussen en 1914. Rasmussen utilizó un manuscrito que halló en Copenhague y que luego se perdió. Los orígenes de este manuscrito son dudosos. En aquella época hubo asimismo traducciones suecas, francesas e inglesas, pero todas ellas son ostensiblemente inexactas y en apariencia no incluyen material nuevo.

En 1878 se descubrieron dos manuscritos más en la colección privada- de antigüedades de Sir John Emerson, embajador británico en Constantinopla. Sir John era uno de esos coleccionistas ávidos cuyo entusiasmo por las adquisiciones superaba su interés por las piezas adquiridas. Dichos manuscritos se encontraron después de su muerte. Nadie sabe dónde ni cuándo los obtuvo.

Uno es una geografía en árabe escrita por Ahinad Tusi, cuya fecha, relativamente precisa, es 1047 de la Era Cristiana. Esto aproxima cronológicamente el manuscrito de Tusi al original de lbn Fadlan, que, según se presume, fue escrito aproximadamente entre los años 924 y 926 de la Era Cristiana. No obstante, los eruditos consideran el manuscrito de Tusi como la fuente menos fidedigna. El texto está lleno de errores y de incongruencias, y si bien cita extensamente a un tal lbn Fagih que visitó las tierras del norte, muchas autoridades se resisten a aceptar su material.

El segundo manuscrito es el de Amin Razi, cuya fecha aproximada es 1585 a 1595 de la Era Cristiana. Está escrito en latín y según su autor es una traducción directa del texto árabe de Ibn Fadlan. El manuscrito Razi contiene algún material sobre los turcos oguz y varios pasajes inéditos relativos a las batallas con los monstruos de la niebla.

En 1934 se descubrió un texto definitivo en latín medieval en el monasterio de Xymos, cerca de Tesalónica al noreste de Grecia. Este manuscrito se centra mayormente en comentarios sobre las relaciones de Ibn Fadlan con el califa y sobre sus experiencias con los habitantes de las tierras del norte. El autor y fecha del manuscrito de Xymos son igualmente inciertos.

La tarea de colacionar esta serie de versiones y que abarcan más de un milenio,  en árabe, latín, alemán, francés, danés, sueco e inglés, es una empresa de magnas proporciones. Sólo una persona de gran erudición y energía podría haberlo intentado, y en 1951 alguien lo intentó, en efecto. Per Fraus-Dolus, profesor emeritus de literatura comparada de la Universidad de Oslo compiló todas las fuentes conocidas y emprendió la colosal tarea de la traducción, que llevó a cabo hasta su muerte en 1957. Algunos fragmentos de su traducción aparecieron en los Anales del Museo Nacional de Oslo, 1959- 1960, pero no despertaron mucho interés entre los expertos, tal vez a causa de que esa publicación tiene una circulación reducida.

La traducción de Fraus-Dolus es absolutamente literal. En su Propia introducción a la obra, Fraus-Dolus comenta que «es parte de la naturaleza de los idiomas que una traducción agradable no sea exacta y que una traducción exacta encuentre su propia belleza sin ayuda de nadie».

Los vikingos

El retrato de los vikingos trazado por Ibn-Fadlan difiere bastante de la tradicional visión europea de este pueblo. Las primeras descripciones europeas de los vikingos fueron registradas por el clero, únicos observadores de la época que sabían escribir, quienes veían a estos nórdicos paganos con especial horror. He aquí un pasaje especialmente hiperbólico, citado por D. M. Wilson y perteneciente a un autor irlandés del siglo XII:

En una palabra, aun cuando existieran cien cabezas de acero templadas sobre un cuello, y cien lenguas afiladas, ágiles, frías, brillantes y metálicas en cada cabeza, además de cien voces volubles y estentóreas, no lograrían contar ni narrar, enumerar ni relatar cuánto sufrieron los irlandeses, tanto hombres como mujeres, tanto laicos como clérigos, tanto viejos como jóvenes, tanto nobles como villanos, en cuanto a crueldad, injurias, opresión en cada casa y en manos de esa gente temeraria, iracunda y puramente pagana.

Los eruditos actuales reconocen que estos relatos escalofriantes sobre las incursiones de los vikingos son sumamente exagerados. No obstante, los autores, europeos tienden todavía a reducir a los escandinavos a la condición de bárbaros sedientos de sangre, extraños a la corriente principal de la cultura y las ideas occidentales. A menudo se ha adoptado tal actitud a expensas de cierta lógica. Por ejemplo, David Talbot Rice escribe:

Entre los siglos VII y XI el papel de los vikingos fue tal vez de una influencia mayor que la de cualquier otro grupo étnico de Europa occidental. Los vikingos eran, en efecto, grandes viajeros que llevaron a cabo sorprendentes hazañas de navegación. Sus ciudades eran grandes centros comerciales. Su arte era original, creativo, y marcó rumbos. Podían enorgullecerse de una bella literatura y de una cultura desarrollada. ¿Fue en realidad una civilización? Debe admitirse, a mi juicio, que no lo fue… Carecía del toque de humanismo que es el sello de la civilización.

La misma actitud se refleja en la opinión de lord Clark:

Cuando consideramos las sedas islándicas, que figuran entre las grandes obras literarias del mundo, debemos admitir que los nórdicos crearon una cultura. ¿Más era una civilización … ? Civilización significa algo más: energía, voluntad y poder creador, algo que los nórdicos no tenían, pero que, en la época en que vivieron, comenzaba a reaparecer en Europa occidental. ¿Cómo puedo definirlo? Pues bien, en pocas palabras, un sentido de permanencia. Los nómadas y los invasores vivían en una continua transitoriedad. No sentían la necesidad de mirar hacia delante más allá del mes siguiente o del próximo viaje o de la próxima batalla. Y por esta razón no se les ocurrió construir casas de piedra ni escribir libros.

Cuanto mayor cuidado ponemos en la lectura de estas opiniones, más ilógicas resultan. La verdad es que cabe preguntarse por qué estos eruditos europeos altamente educados e inteligentes consideran con tanta ligereza a los vikingos, con apenas unas palabras formuladas de paso. ¿Y por qué la preocupación sobre la cuestión semántica de si los vikingos tuvieron una «civilización»? La situación resulta explicable si se reconoce un prejuicio europeo que data de largo tiempo y que surge de puntos de vista tradicionales sobre la prehistoria europea.

Todo niño de Occidente aprende que el Cercano Oriente es la «cuna de la civilización» y que las primeras civilizaciones surgieron en Egipto y en Mesopotamia, nutridas por las cuencas del Nilo, el Tigris y el Éufrates. Desde allí la civilización se propagó a Creta y a Grecia y luego a Roma, para llegar por fin a los bárbaros de Europa septentrional.

Se ignora qué hacían estos bárbaros mientras aguardaban el advenimiento de la civilización. Y la pregunta no suele formularse. El énfasis residía en el proceso de diseminación que el fallecido, Gordon Childe resumió como «la irradiación de la barbarie europea por la civilización oriental». Los expertos actuales han apoyado este punto de vista, como ya hicieron los griegos y los romanos. Geoffrey Bibby afirma: «La historia de Europa septentrional y oriental es contemplada desde el oeste y desde el sur con todo el prejuicio de hombres que se consideraban a sí mismos civilizados y a los otros, bárbaros».

Con este enfoque los escandinavos son sin duda los más alejados de la fuente de la civilización y, como es lógico, los últimos en haberla adquirido. Cabe admitir, pues, que se les considere como los últimos bárbaros, como una espina dolorosa en el costado de otras zonas europeas empeñadas en absorber la sabiduría y la civilización de Oriente.

La dificultad reside en que esta visión tradicional de la prehistoria europea ha sido en gran parte destruida en los últimos quince años. El perfeccionamiento de las técnicas de gran precisión para la fijación de fechas basadas en el uso del carbono ha creado la confusión en la antigua cronología sobre la que se apoyaban las viejas ideas sobre la difusión. Actualmente parece irrefutable que
los europeos levantaban enormes tumbas megalíticas antes de que los egipcios construyesen sus pirámides. Stonehenge es más antigua que la civilización micénica en Grecia. La metalurgia en Europa bien puede haber precedido el desarrollo de las artes del metal en Grecia y Troya.

El significado de estos descubrimientos no ha sido aclarado aún, pero indudablemente hoy resulta imposible considerar a los europeos prehistóricos como salvajes que holgazaneaban a la espera de los beneficios de la civilización oriental. Por el contrario, los europeos parecen haber dominado técnicas suficientemente importantes como para trabajar grandes masas de piedra y tenido asimismo el considerable conocimiento de la astronomía que les permitió construir Stonehenge, el primer observatorio del mundo.

Cabe, por tanto, poner en tela de juicio la predilección europea por la civilización oriental y el concepto mismo de la barbarie europea, el cual exige una revisión. Si tenemos presente el legado de la llamada barbarie, los vikingos adquieren nueva importancia y podemos someter a nuevo examen lo que se conoce de los escandinavos del siglo X.

En primer lugar, debemos reconocer que los vikingos nunca constituyeron un grupo claramente unificado. Lo que vieron los europeos fueron grupos dispersos y aislados de hombres de mar procedentes de una extensa zona geográfica -Escandinavia es mayor que Portugal, España y Francia reunidas- y que zarpaban desde sus estados feudales con fines de comerciar, cometer actos de piratería o ambas cosas. Los vikingos no distinguían mucho entre esas dos actividades. Es necesario comentar aquí que se trata de una tendencia compartida por muchos navegantes, desde los griegos hasta los isabelinos.

De hecho, para tratarse de gente carente de civilización que no «sentía la necesidad de mirar más allá de la próxima batalla», los vikingos revelan una conducta inusitadamente estable y a determinados fines. Como prueba de la extensión de su comercio, la moneda árabe aparece en Escandinavia ya en el año 692 de la Era Cristiana. Durante los cuatrocientos años subsiguientes los mercaderes-piratas vikingos llegaron hacia el oeste hasta Terranova, hacia el sur hasta Sicilia y Grecia (donde dejaron inscripciones talladas sobre los leones de Delos) y hacia el este hasta los Urales en Rusia, donde los mercaderes nórdicos establecieron contacto con las caravanas que llegaban por la ruta de la seda a China. Los vikingos no fueron constructores de imperios y es común afirmar que su influencia en este vasto territorio no fue permanente. No obstante, fue lo bastante para que dejaran sus nombres en numerosas localidades de Inglaterra, mientras en Rusia dieron su nombre a la nación misma (nombre derivado del de una tribu nórdica, la Rus). En cuanto a la influencia más sutil de su vigor pagano, de su energía implacable y de su sistema de valores, el manuscrito de lbn Fadlan muestra cuántas de las actitudes típicas de los nórdicos han perdurado hasta el día de hoy. En verdad hay algo notablemente familiar a la sensibilidad moderna en la forma de vida de los vikingos, a la vez que un elemento de producto atractivo.

El autor Ibn-Fadlan

Convendría decir algo acerca de Ibn-Fadlan, el hombre que nos habla con una voz tan personal, a pesar de haber pasado ésta por el filtro de mil años y por el de transcriptores y traductores provenientes de tantas tradiciones lingüísticas y culturales diferentes.

Sabemos poco o nada de su historia personal. Al parecer, era un hombre culto y, a juzgar por sus hazañas, no pudo haber tenido mucha edad. Manifiesta explícitamente pertenecer a la familia del califa, a quien no admiraba en particular. En este sentimiento le acompañaban muchos, por cuanto el califa Al-Muqtadir fue depuesto dos veces y por último asesinado por uno de sus propios oficiales.

De la sociedad de su tiempo sabemos algo más. En el siglo X Bagdad, la Ciudad de la Paz, era la ciudad más civilizada de la Tierra. Dentro de sus célebres murallas circulares vivían más de un millón de habitantes. Bagdad era el centro de la actividad intelectual y comercial dentro de un marco de extraordinaria belleza, elegancia y esplendor. Había jardines perfumados, glorietas sombreadas y frescas y las riquezas acumuladas por un vasto imperio.

Los árabes de Bagdad eran musulmanes fervorosos. No obstante, estaban expuestos al contacto con pueblos distintos que actuaban de manera diferente y tenían creencias también diferentes. Los árabes eran, en realidad, los individuos menos provincianos de ese tiempo, hecho que los convertía en agudos observadores de las culturas extranjeras.

El mismo Ibn-Fadlan fue sin duda un hombre inteligente y observador. Le interesaban tanto los detalles de la vida cotidiana como las creencias de las gentes. Mucho de lo que vio le resultó vulgar, obsceno y bárbaro, pero no perdió mucho tiempo en manifestar indignación. Una vez expresada su censura, pasa inmediatamente a sus obligaciones imparciales. Sus comentarios traslucen una notable imparcialidad.

Su estilo de describir los hechos puede parecer excéntrico para la modalidad occidental. No relata una historia tal como estamos habituados a oírla.

Tendemos a olvidar que nuestro propio sentido del drama tiene sus orígenes en la tradición oral, la representación viva por parte de un bardo ante un auditorio que a menudo tiene que haberse mostrado inquietante e impaciente, o bien somnoliento después de una comida copiosa. Nuestras historias más antiguas, la Iliada, BeowuIf y la Canción de Roldán, fueron creadas para ser cantadas por juglares cuya función principal y cuya primera obligación era entretener.

Ibn-Fadlan, en cambio, fue un escritor y su fin principal no era entretener. Tampoco tenía que glorificar a algún mecenas que le escuchase, ni reforzar los mitos de la sociedad en que vivía. Por el contrario, fue un embajador que debió entregar un informe. Su tono es el de un auditor de impuestos, no el de un bardo; el de un antropólogo, no el de un dramaturgo. Más aún, a menudo desperdicia los elementos más cautivadores de su narración para evitar que se interpongan en su relato claro y equilibrado.

A veces esta falta de pasión es tan exasperante que no reconocemos la agudeza de Ibn-Fadlan como espectador. Durante siglos después de Ibn Fadlan la tradición entre los viajeros fue escribir crónicas infinitamente especulativas y fantásticas acerca de las maravillas del extranjero, como animales que hablaban, hombres que volaban, encuentros con mariposas gigantes y con unicornios. ‘Hace tan sólo ochocientos años había europeos, en otros aspectos sensatos, que rellenaban cuartillas con disparates sobre babuinos africanos que libraban guerras con granjeros, por ejemplo.

lbn-Fadlan nunca especula. Cada una de sus palabras suena a verdad y cuando informa acerca de algo que sólo conoce de oídas, se cuida de señalarlo. Se muestra de igual modo puntilloso en especificar cuando ha sido testigo presencial. Es por ello que utiliza infinidad de veces la frase «Lo vi con mis propios ojos»..

En definitiva, es esta cualidad de total veracidad lo que hace que su relato sea tan horripilante. Su encuentro con los monstruos de la niebla, los devoradores de cadáveres, es descrito con la misma atención al detalle, el mismo cuidadoso escepticismo que caracteriza el resto del manuscrito.
.
Por Michael Crichton, Devoradores de cadáveres.

©2017-paginasarabes®

Los Gul y los Yinn en la literatura Palestina

Agwal

Entre lo real,lo sobrenatural y lo maravilloso: Los Yinn y los Gul en la Literatura palestina de tradición oral

La Jrefiyye 1

La jrefiyye es un tipo específico de cuento perteneciente a la literatura palestina de tradición oral.

La características principales que lo definen y lo diferencian del resto de los géneros narrativos, son las siguientes:

1º) La narradora por excelencia es la mujer.
2º) Utilización de un lenguaje dialectal y coloquial.
3º) Ausencia de movimientos y gesticulación en su ejecución.
4º)La presencia en la narración de elementos y personajes sobrenaturales y maravillosos.

La jrefiyye constituye todo un mundo donde confluyen una serie de personajes maravillosos y sobrenaturales. Dos tipos son los que aparecen con más frecuencia: el gul (ogro) y el yinn (genio).

El término gul (Pl. Gilan o Agwal) viene de la raíz árabe gala-yagulu que significa: arrebatar, aniquilar, asesinar. El término gul posee una gran variedad de significados: desgracia, accidente, ogro, genio y demonio. Según fuentes antiguas, con la palabra gul se designa tanto a un ser femenino como masculino, aunque los árabes tendían y tienden a verlo como femenino. Como veremos más adelante, muchos consideran a la si’ala como el femenino de gul, sin embargo, el pueblo ha formado el femenino gula que es el más extendido y conocido en todos los cuentos de tradición oral.

En cuanto al término yinn, existen dos teorías sobre la etimología de su raíz. Una que la hace derivar de la raíz árabe yanna-yayunnu que significa: cubrir, envolver, ocultar, volverse loco, ser oscuro, tenebroso, etc. Y otra que asegura que procede del término latino “genius” 2.

Las traducciones que encontramos para el término yinn son numerosas y ambiguas, pues significa tanto genio, como trasgo, gnomo, elfo, demonio, duende y espíritu. La razón de estas traducciones tan poco precisas, es que no existen diferencias muy claras entre los numerosos seres maravillosos y sobrenaturales que existen en la imaginación popular. Tampoco son muy precisas las clasificaciones que hacen muchos sabios y filósofos árabo-musulmanes, pues, según el autor del que se trate, nos encontraremos con divisiones muy diferentes. Esto nos lleva a pensar que la única forma de definir a estos seres, es directamente a través de nuestros cuentos, en donde sí vamos a encontrar características y actitudes bien definidas, o por lo menos más clarificantes.

Tanto los gul como los yinn son personajes muy populares, conocidisimos, no sólo en Palestina, lugar de donde proceden los cuentos que servirán de base para este trabajo 3, sino en todo el mundo arabo-musulmán. Estos seres, presentes en el mundo irreal de los cuentos, forman parte de la experiencia diaria de la gente y de sus más firmes creencias.

La creencia en el gul y yinn proviene de tiempos muy antiguos. Su origen se remonta a los primeros temores del hombre ante la propia naturaleza y lo desconocido.

A pesar de tratarse de personajes tan conocidos y populares, no existe una definición clara y precisa de los mismos, y mucho menos una diferenciación entre lo que es un gul y lo que es un yinn, siendo muy común que sean confundidos entre sí, tanto entre las gentes del pueblo, los filósofos e historiadores más eruditos, como en el cuento mismo.

Según la mayoría de los autores, al gul se le considera una especie perteneciente a la familia de los yinn. Es por esa razón, que en el breve recorrido que se hará desde la época preislámica hasta nuestros días, el término yinn se mencionara la mayoría de las veces, aunque en él quede incluido el gul. En este escueto análisis, se observará cómo la creencia en los genios y ogros ha ido evolucionando, y nos encontraremos con muchas y diferentes opiniones sobre ellos.

Sin embargo, lo que más nos interesa es estudiar a estos seres en nuestro género de cuento, la jrefiyye : cómo son, cómo viven, piensan y sienten, cuál es su función dentro del cuento, cuál es su relación con los héroes y heroínas, etc. Todo ello con el fin de aclarar, situar y diferenciar a estos conocidos y, a la vez oscuros personajes.

La creencia en los Yinn desde la época pre-islámica hasta nuestros días

Época preislámica

Se sabe que la creencia en los diferentes seres sobrenaturales (yinn, shaytan, gul, ‘ifrit, etc.) comunes en la tradición árabo-musulmana, se remonta a las civilizaciones más antiguas. Según Sawqi ‘Abd al-Hakim 4, la creencia en los yinn se remonta al 4000 a.C., particularmente de unos habitantes al sur de Arabia, en el Yemen, conocidos como los Qahtaníes. Al parecer, la situación estratégica del Yemen, a caballo entre el Mar Rojo y el océano Índico, le permitió a este pueblo entrar en contacto con civilizaciones como las de la India y Persia, de las que importó todas estas creencias, que después se propagarían al resto del mundo árabe y más tarde a Europa.

Nos presenta ‘Abd al-Hakim las ideas de otros autores 5 que defienden que la creencia en los genios les llegó a los árabes de sus vecinos los iranios. Sin embargo, los descubrimientos sumerio-iraquíes, mucho más antiguos que los arios, pues se remontan a los principios del 4000 a.C., aportaron nuevas ideas sobre el origen de estas creencias. Ya entre este pueblo se creía en una shaytana 6 (diablesa) que habitaba lugares abandonados y derruidos. De esta primera idea, puede derivar la creencia, todavía presente en la actualidad, de que toda clase yinn y demonios viven en construcciones en ruinas, deshabitadas, en desiertos y sitios poco transitados.

Las tradiciones de los sumerios fueron heredadas por los acadios, pueblo semita, y babilonios, entre los que siguió desarrollándose la creencia en esta shaytana y extendiéndose a todos los pueblos posteriores hasta llegar a los árabes.

Los árabes preislámicos creían en la existencia de los yinn, que representaban las fuerzas hostiles e indómitas de la naturaleza. Se les relacionaba con los animales salvajes, y se pensaba que aparecían bajo diferentes formas animales 7. Era tal el temor y miedo que estos seres les inspiraban a los beduinos que empezaron a ofrecerles sacrificios e implorar su ayuda y protección. Sin duda, los yinn llegaron a alcanzar la condición de semidioses, y debieron existir pocas diferencias entre ellos y los primitivos dioses semíticos, salvo que éstos tenían adoradores y los yinn no. Es más, según un pasaje del Corán (VI,100) los árabes paganos asociaban a los genios como hijos o hijas, e incluso como compañeros de Dios 8.

En cuanto a los parajes por los que suelen pulular estos seres, se cuenta que los árabes preislámicos creían que después de que Dios destruyera los pueblos de Wabar, Tasm, ‘Ad, Zamud y Yadis, los genios ocuparon sus ciudades, casas, baños (hammam), ríos, pozos, etc. 9

Sin embargo, la imaginación y el miedo de los árabes preislámicos debieron ser los verdaderos condicionantes a la hora de precisar los lugares en donde habitaban los yinn: desiertos, descampados, los fondos de los ríos, los pozos, cuevas, ruinas; todos, lugares que les infundían temor, sobre todo con la caída de la tarde 10.

Los viajeros o despistados que se adentrasen en territorio de los yinn podían encontrar la muerte o sufrir incontables burlas y jugarretas por parte de genios, demonios, ogresas y ogros. Por eso, se adoptó la costumbre de invocarlos y pedir su protección al aproximarse a lugares desiertos y solitarios, diciendo: “¡Oh, dueño de este valle! Te pido protección frente a la plebe que te obedece” 11. Con ello se pensaba que obtenía el favor de los genios del lugar, para poder pasar o acampar sin peligro.

La relaciones entre los humanos y los yinn eran bastante hostiles, de ahí el miedo que los árabes sentían hacia ellos, y todas las precauciones que tomaban antes de pasar por un territorio, supuestamente poblado por los genios, procurando en todo momento no ofenderlos ni levantar su temida ira. Sin embargo, la relación que los genios tenían con poetas, magos, sacerdotes y adivinadores solía ser bastante buena. Se creía que los poetas recibían de éstos la inspiración, que al igual que magos, sacerdotes y adivinadores, tenían un vínculo muy especial con estos seres, a los que con frecuencia invocaban y hacían ofrendas.

Otro tipo de relación en la que se creía era la amorosa, y existen varias leyendas que narran amores y matrimonios entre humanos y genios. Una de las leyendas más conocidas es la que cuenta que Balquis, la reina de Saba, era hija de un humano y una yinna 12.

La llegada del Islam

La llegada del Islam supuso, por un lado, la afirmación y supervivencia de muchas creencias y prácticas pre-islámicas, y por otro, la prohibición de muchas otras. La creencia en los yinn fue una de las que lograron sobrevivir y reforzarse, sin embargo se prohibió la costumbre de ofrecerles sacrificios.

Según la concepción musulmana, se definieron como seres corpóreos creados antes que Adán (XV,27) de un fuego purísimo 13 (LV, 15/14), dotados de inteligencia, imperceptibles a nuestros sentidos y capaces de adoptar cualquier forma.

Los yinn aparecen citados en numerosos pasajes del Corán, e incluso existe una sura(LXXII) dedicada a ellos, con el nombre de “al-yinn”. En el libro sagrado se les acepta como una raza en la Tierra que vive entre los humanos y que, al igual que éstos, dan testimonio de su fe (LXXII,2) y aceptan el Islam, exhortando a los ateos para que acepten la verdadera religión y sigan el camino recto (XLVI,29,30,31).

Las relaciones que se establecen en el Corán entre los genios e Iblis (el demonio), no son nada claras. Pues en aleyas como la XVIII, 48, Iblis es considerado un yinn por haberse negado a postrarse ante Adán como los demás ángeles, mientras que en la aleya II,32, es considerado un ángel. Todo ésto ha generado una gran confusión a la hora de diferenciar a los genios de los demonios (Sayatin) y un interminable número de historias, leyendas, hipótesis e interpretaciones acerca de este tema.

A diferencia del yinn, el gul no aparece citado en el Corán. El Profeta era consciente de la creencia popular en los ogros, y aunque en un hadiz niega su existencia, los comentaristas afirman que se refiere solo a la capacidad de transformarse, puesto que existe otro hadiz en el que el Profeta Muhammad recomienda pronunciar el nombre de Dios para escapar de sus maleficios y librarse de ellos 14.

Muchos sabios y eruditos musulmanes, que creían en la existencia de estos seres, han intentado definir y determinar qué son los yinn, con el fin de aclarar la confusión existente en torno a ellos y otros personajes como demonios, ogros, duendes, etc. Sin embargo, nos encontraremos con numerosas definiciones y clasificaciones, cada una diferente de la otra, con lo que la aclaración sobre qué son los genios deja un poco que desear.

Al-Qazwini (1203-1283) los define como animales etéreos, de cuerpo transparente que pueden tomar formas diferentes. Muy parecida es la definición de ad-Damiri (1349-1405) que los considera cuerpos etéreos con posibilidad de adoptar formas diferentes, dotados de inteligencia y capaces de realizar los trabajos más duros.

Donde existen más diferencias es a la hora de la clasificación, según as-Sibli (m.1367) cuando se habla del verdadero genio se le llama yinni. Si es de los que viven con la gente, se le llama ‘amir (habitante), cuyo plural es ‘ummar. A los genios que se le aparecen a los niños se les denomina ‘arwah (espíritus). Si es malo, recibe el nombre de shaytan (demonio), cuando es un poco más malo que éste, se le llama marid (genio, demonio), pero si es peor que los anteriores y tiene mucho poder, se le dice ‘ifrit (diablo, duende).

Para Wahab Ibn Munabbih (655-729) los auténticos yinn son espíritus (‘arwah) que no comen ni beben ni duermen ni procrean. No opina igual ad-Damiri, pues para él existen algunas especies de yinn que comen, beben y se casan, como los ogros (gilan), ogresas (si’ali)demonios (qatarib) y lo mismo ocurre con los hijos de todos ellos.

Ibn al-Kazir (m.1372) dice que los genios fueron creados del fuego y son igual a los humanos, pues comen, beben y se reproducen.

Según algunos hadices atribuidos al Profeta, hay varios tipos de genios: los que son como el viento y vuelan en el aire con sus alas; los que son animales como las serpientes, los escorpiones e insectos; por último los que se comportan y actúan como humanos y tienen descendencia.

Para al-Qazwini el gul (ogro) y la si’ala (ogresa) son los demonios más conocidos, son animales muy feos, poco agraciados por la naturaleza, al vivir aislados en los desiertos se convirtieron en salvajes, así que son mitad bestias mitad humanos. Se aparecen al que viaja solo por la noche y adoptan forma humana para desviar al viajero de su camino.

Al-Yahid (m.869) considera que el gul es el nombre que se le da a los yinn que se aparecen al viajero bajo las formas y ropas más diversas, la mayoría de las veces con apariencia femenina y entonces se la denomina si’ala.

Según ad-Damiri el ogro es una clase de yinn y de šhaytan que tiene poderes mágicos y se aparece a los humanos por la noche. Y considera a la si’ala (ogresa) como la más perversa de entre los ogros que, a diferencia del gul, aparece por el día 15.

Otros sabios medievales como Ibn Sina (Avicena), Ibn Jaldún y el movimiento de la Mu’atazila 16 negaron la existencia de estos seres.

Por Montserrat Rabadán Carrascosa


Notas:

1 Este trabajo está basado en un apartado de la tesis doctoral: La jrefiyye palestina: literatura, mujer y maravilla, la cual presentado en la Universidad Autónoma de Madrid. ** Montserrat Rabadán Carrascosa, El Colegio de México, C.E.E.A., Camino al Ajusco, nº 20, México D.F. 01000.
2 El Corán, Trad. Juan Vernet, Barcelona, Planeta, 1986. p.139, n.100. Véase también: Encyclopédie de l’Islam, s.v. djin, p.560.
3 Tawaddud`Abd al-Hadi, Jararif sa`abiyya [Cuentos Populares], Bayrut, Dar Ibn Rusd, 1980.
4 Sawqi Abd-l-Hakim, Al-fulklur wa-l-‘asatir al-`arabiyya [El folclor y las leyendas árabes], Bayrut, Dar Ibn Jald_n, 1978, p. 129-146.
5 Sawqi Abd-l-Hakim, op.cit. pp.129-130
6Ibid., pp.132-133.
7 Véase: Duncan Black Macdonald, The Religious Attitude and Life in Islam, London, Darf, 1985, pp. 130-156.
8 Duncan Black Macdonald, op. cit. pp.133-134
9 Mahmud Salim al Hut, Fi-l-tariq al-mizuluyia `inda-l-`arab. Bahz mushab fi-l-mu`ataqadat wa-l-asatir al-`arabiyya qabla-lislam.[En el camino de la mitología de los árabes. Un estudio minucioso de las creencias y leyendas árabes antes del Islam], Bayrut, Dar an-Nahar li-n-nasr, 1979, p. 212.
10 Ibid., p.211.
11 El Corán, op.cit., p.636, n.6.
12 Jairat Al-Saleh, Jairat, Ciudades fabulosas, príncipes y yinn de la mitología árabe, Madrid, Anaya, 1986, pp. 50-57.
13 El Corán, op.cit., p. 139, n.100.
14 Encyclopédie de l’Islam, s.v. ghul, pp.1104-1105.
15 Sobre las definiciones de los diferentes autores, véase: Mahm_d S_lim al-H_t, op. cit., pp.208-236.
16 “Los separados”, este movimiento se dio entre los siglos VII-XI, y fueron el grupo que no tomó partido en el conflicto entre los partidarios de ‘Ali y los Mu’awiya. Defienden el libre albedrío, la unidad de Dios y la Justicia Divina. Para más información véase: Miguel Cruz Hernández; Historia del pensamiento en el mundo islámico, 2 vols., Madrid, Alianza Universidad, 1981. vol.1, pp. 89-127.


©2017-paginasarabes®