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Tres muros para la sala de tortura – Muin Basisu

Tres muros para la sala de tortura

 

Al alba
Yo resistiré…
Mientras haya en el muro una página en blanco
y no se derritan los dedos de mi mano.
Aquí, alguien pulsa
un mensaje a través del muro.
Nuestros hilos se han convertido en nuestras venas,
las venas de estos muros.
Toda nuestra sangre se derrama
en las venas de estos muros…
Un mensaje a través del muro:
Ellos han cerrado una celda,
han matado a un prisionero,
han abierto otra celda
y han llevado a un prisionero…

A mediodía
Ellos me han puesto delante el papel,
me han puesto delante el lápiz,
me han puesto en la mano la llave de mi casa.
El papel que han querido manchar
ha dicho: ¡Resiste!
El lápiz cuya frente han querido mancillar en el barro
ha dicho: ¡Resiste!
La llave de la casa ha dicho:
En nombre de cada piedra
de tu humilde casa ¡Resiste!
Un golpe en el muro
es el mensaje de una mano rota
que dice: ¡Resiste!
Y la lluvia cae
golpeando el techo de la sala de tortura.
Cada gota grita: ¡Resiste!

Al ponerse el sol
Nadie está conmigo,
nadie oye la voz de este hombre,
nadie lo ve.
Cada noche, cuando los muros
y las puertas se cierran…
él sale de mis heridas sangrantes
y camina por mi celda.
Soy yo.
Es como yo.
Le veo de niño
y con veinte años.
Es mi único consuelo,
mi único amor.
Es la carta que escribo cada noche
y el sello para el amplio mundo
y el pequeño país.
Esta noche lo he visto
saliendo de mis heridas
sombrío, torturado, triste,
caminando en silencio, sin decir
nada, como si dijera:
No me volverás a ver si confiesas,
si escribes…

Muin Basisu

Con información de Poesía Árabe
Traducción del árabe: María Luisa Prieto

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El Burak – Jorge Luis Borges

El primer versículo del capítulo XVII del Alcorán consta de estas palabras: «Alabado sea Él que hizo viajar; durante la noche, a su siervo desde el templo sagrado hasta el templo que está más lejos, cuyo recinto hemos bendecido, para hacerle ver nuestros signos». Los comentadores declaran que el alabado es Dios, que el siervo es Muhammad, que el templo sagrado es el de la Meca, que el templo distante es el de Jerusalén y que, desde Jerusalén, el Profeta fue transportado al séptimo cielo. En las versiones más antiguas de la leyenda, Muhammad es guiado por un hombre o un ángel; en las de fecha posterior, se recurre a una cabalgadura celeste, mayor que un asno y menor que una mula. Esta cabalgadura es Burak, cuyo nombre quiere decir resplandeciente. Según Burton, los musulmanes de la India suelen representarlo con cara de hombre, orejas de asno, cuerpo de caballo y alas y cola de pavo real.

Una de las tradiciones islámicas refiere que Burak, al dejar la tierra, volcó una jarra llena de agua. El Profeta fue arrebatado hasta el séptimo cielo y conversó en cada uno con los patriarcas y ángeles que lo habitan y atravesó la Unidad y sintió un frío que le heló el corazón cuando la mano del Señor le dio una palmada en el hombro. El tiempo de los hombres no es conmensurable con el de Dios; a su regreso, el Profeta levantó la jarra de la que aún no se había derramado una sola gota.

Miguel Asín Palacios habla de un místico murciano del siglo XIII, que en una alegoría que se titula Libro del Nocturno Viaje hacia la Majestad del más Generoso ha simbolizado en Burak el amor divino. En otro texto se refiere al «Burak de la pureza de la intención».

Por  Jorge Luis Borges y Margarita Guerrero.

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El mercado – Yalal ad-Din Muhammad Rumi

EL MERCADO

Shamsuddin se convirtió a partir de entonces en un discípulo más devoto, y aceptó que era cierto lo que había dicho Maulana: que como el tenía la impulsividad propia del Buscador espiritual, buscaba constantemente la compañía de todos los maestros posibles; pero lo que le había dicho Maulana le había abierto los ojos a la realidad de un maestro verdadero. Aquel día, Maulana recitó unos versos y mandó a todos sus discípulos que se los aprendieran de memoria.
Decían así:

En este mercado
de los vendedores de medicinas de lo Oculto,
no corras de un lado a otro,
pasando por todas las tiendas.
¡Siéntate, más bien, en la tienda
del que te puede dar el verdadero remedio!

Yalal ad-Din Muhammad Rumi

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