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La llovizna – Huda al-Daghfag

Sana Helwâ Ummi

La llovizna

En la primera página
arrojo el vacío
para tenderme en sus entrañas.
En la página siguiente
me refugio con un temblor
que son mis letras.
Temo que me afecte su vacío tan sugerente
y me envuelva hasta erigirse en azotea que me abruma.
Lloro sobre sus confines.
Su fe se fortalece
y decide abrazar mi rebeldía.
A lo lejos se agranda
y yo me empequeñezco
en el umbral de su amor.
Amo su condición de madre,
amo la escritura
y me amo,
igual que
A
M
O
Todo lo que en mí tiene temblor.

Huda al-Daghfag


©2018-paginasarabes®

Examinando la identidad – Amin Maalouf

Amin Maalouf

Igual que otros hacen examen de conciencia, yo a veces me veo haciendo lo que podríamos llamar “examen de identidad”. No trato con ello -ya se habrá adivinado- de encontrar en mí una pertenencia “esencial” en la que pudiera reconocerme, así que adopto la  actitud contraria: rebusco en mi memoria para que aflore el mayor número posible de componentes de mi identidad, los agrupo y hago la lista, sin renegar de ninguno de ellos.

Vengo de una familia originaria del sur de Arabia que se estableció hace siglos en la montaña libanesa y que se fue dispersando después, en sucesivas migraciones, por varios rincones del planeta, desde Egipto hasta Brasil, desde Cuba hasta Australia. Tiene el orgullo de haber sido siempre, a la vez, árabe y cristiana, probablemente desde el siglo II o III, es decir, mucho antes de que apareciera el islam y antes incluso de que Occidente se convirtiera al cristianismo.

El hecho de ser cristiano y tener por lengua materna el árabe, que es la lengua sagrada del islam, es una de las paradojas fundamentales que han forjado mi identidad. Hablar el árabe teje unos lazos que me unen a todos los que a diario en sus oraciones, a muchas personas que, en su gran mayoría, la conocen peor que yo; si alguien que va por Asia central se encuentra con un viejo erudito a la puerta de una madrasa timurí, le basta con dirigirse a él en árabe para sentirse en una tierra amiga y para que él le hable con el corazón, como no se atrevería jamas a hacerlo en ruso o en inglés.

La lengua árabe nos es común a él, a mí y a más de mil millones de personas. Por otra parte, mi pertenencia al cristianismo -da lo mismo que sea profundamente religiosa o solo sociológica- me une también de manera significativa a todos los cristianos que hay en el mundo, unos dos mil millones. Muchas cosas me separan de cada cristiano, como de cada árabe y de cada musulmán, pero al mismo tiempo tengo con todos ellos un parentesco innegable, en el primer caso religioso e intelectual, en el segundo lingüístico y cultural.

Dicho esto, el hecho de ser a la vez árabe y cristiano es una condición muy específica, muy minoritaria, y no siempre fácil de asumir, marca a la persona de una manera profunda y duradera; en mi caso, no puedo negar que  ha sido determinante en la mayoría de las decisiones que he tenido que tomar a lo largo de mi vida, incluida la de escribir este libro.

Así, al contemplar por separado esos dos elementos de mi identidad, me siento más cercano, por la lengua o por la religión, a más de la mitad de la humanidad; y al tomarlos juntos simultáneamente, me veo enfrentado a mi especificidad.

Lo mismo podría decir de otra de mis pertenencias: el hecho de ser francés lo comparto con unos sesenta millones de personas; el de ser libanés, con entre ocho y diez millones si cuenta la diáspora; pero el hecho de ser ambas cosas, francés y libanés, ¿con cuántos lo comparto? Con unos miles, como mucho.

Cada una de mis pertenencias me vincula con muchas personas; sin embargo, cuanto más numerosas son las pertenencias que tengo en cuenta, tanto más específica se revela mi identidad.

Aunque me extienda un poco más sobre mis orígenes, debería precisar que nací en el seno de la comunidad que se denomina católica griega, o melquita, que reconoce la autoridad del Papa si bien sigue siendo fiel a algunos ritos bizantinos. A primera vista, eso no es más que un detalle, una curiosidad, pero pensándolo mejor resulta que es un aspecto determinante de mi identidad; en un país como Líbano, donde las comunidades más fuertes han luchado durante mucho tiempo por su territorio y por su parcela de poder, los miembros de las comunidades muy minoritarias como la mía raras veces han tomado las armas, y han sido los primeros en exiliarse. Personalmente, yo siempre me negué a implicarme en una guerra que me parecía absurda y suicida; pero esa forma de ver las cosas, esa mirada distante, esa negativa a tomar las armas no deja de tener relación con mi pertenencia a una comunidad marginada.

Así que soy melquita. Sin embargo, si alguien se entretuviera un día en buscar mi nombre en el registro civil -que en Líbano, como cabe imaginar, está organizado en función de las confesiones religiosas-, no me encontraría entre los melquitas, sino en la sección de los protestantes. ¿Por qué? Sería demasiado largo de explicar. Me limitaré a contar aquí que en nuestra familia había dos tradiciones religiosas enfrentadas, y que durante toda mi infancia fui testigo de esa rivalidad; testigo y, en ocasiones objeto de ella: si me matricularon en la escuela francesa, la de los jesuitas, fue porque mi madre, decididamente católica, quería sustraerme a la influencia protestante que dominaba entonces la familia de mi padre, en la que era tradicional enviar a los hijos a los colegios americanos o ingleses; y es por ese conflicto por lo que soy francófono, y es por ello también por lo que, durante la guerra de Líbano, me fui a vivir a París y no a Nueva York, a Vancouver o a Londres y por lo que comencé a escribir en francés.

¿Más detalles todavía de mi identidad? Podría hablar de mi abuela turca, de su esposo, maronita de Egipto, y de mi otro abuelo, muerto mucho antes de que yo naciera, del que me han contado que fue poeta, librepensador, masón tal vez, y en cualquier caso violentamente anticlerical. Podría remontarme hasta un tío tatarabuelo mío que fue el primero que tradujo a Moliére al árabe y que lo llevó, en 1848, a las tablas de un teatro otomano.

Pero no lo haré, pues basta con esto, y pasaré a una pregunta: ¿cuántos de mis semejantes comparten conmigo esos elementos dispares que han configurado mi identidad y esbozado, en líneas generales, mi itinerario personal? Muy pocos. A lo mejor ninguno.

Y es en esto en lo que quiere insistir: gracias a cada una de mis pertenencias, tomadas por separado, estoy unido por un cierto parentesco a muchos de mis semejantes; gracias a esos mismos criterios, pero tomados todos juntos, tengo mi identidad propia, que no se confunde con ninguna otra.

Extrapolando un poco, diré que con cada ser humano tengo en común algunas pertenencias, pero que no hay en el mundo nadie que las comparta todas, ni siquiera que comparta muchas de ellas;  de las decenas de criterios que podría enumerar, bastaría con unos cuantos para establecer con claridad mi identidad específica, que es distinta de la de cualquier otra persona, incluso de la de mi propio hijo o la de mi padre.

Dudé mucho antes de ponerme a escribir las páginas precedentes. ¿Debía extenderme así, desde el principio del libro, sobre mi caso personal? Por un lado, y sirviéndome del ejemplo que mejor conozco, quería decir de qué manera una persona puede afirmar a un tiempo, en función de algunos criterios de pertenencia, los lazos que la unen a sus semejantes y lo que la hace singular. Por otro, no ignoraba que cuanto más nos adentremos en el análisis de un caso particular, más riesgo corremos de que se nos replique que se trata precisamente de eso, de un caso particular.

Al final me tiré al ruedo, convencido de que todo el que trate con buena fe de hacer también su “examen de identidad” no tardará en descubrir que su caso es tan particular como el mío.

La humanidad entera se compone sólo de casos particulares, pues la vida crea diferencias, y si hay “reproducción” nunca es con resultados idénticos. Todos los seres humanos, sin excepción alguna, poseemos una identidad compuesta; basta con que nos hagamos algunas preguntas para que afloren olvidadas fracturas e insospechadas ramificaciones, y para descubrirnos como seres complejos, únicos, irreemplazables.

Es exactamente eso lo que caracteriza la identidad de cada cual, compleja, única, irremplazable, imposible de confundirse con ninguna otra. Lo que me hace insistir en este punto es ese hábito mental, tan extendido hoy y a mi juicio sumamente pernicioso, según el cual para que una persona exprese su identidad le basta con decir “soy árabe”, “soy francés”, “soy negro”, “soy serbio”, “soy musulmán” o “soy judío”; a quien, como yo acabo de hacer, enumera sus múltiples pertenencias se lo acusa al instante de querer “disolver” su identidad en un batiburrillo informe en el que todos los colores quedarían difuminados. Sin embargo, lo que trato de decir es lo contrario. No que todos los hombres sean parecidos, sino que cada uno es distinto a los demás. Un serbio es sin duda distinto de los demás serbios, y cada croata distinto de todos los demás croatas. Y si un cristiano libanés es diferente de un musulmán libanés, no conozco tampoco a dos cristianos libaneses que sean idénticos, ni a dos musulmanes, del mismo modo que no hay en el mundo dos franceses, dos africanos, dos árabes o dos judíos idénticos. Las personas no son intercambiables, y es frecuente observar, en el seno de la misma familia ruandesa, irlandesa, libanesa, argelina o bosnia, y entre dos hermanos que han vivido en el mismo entorno, unas diferencias en apariencia mínimas que sin embargo les harán reaccionar, en materia de política, de religión o en su vida cotidiana, de dos maneras totalmente opuestas, y que incluso pueden determinar que uno de ellos mate y otro prefiera el diálogo y la reconciliación.

A pocos se les ocurriría discutir explícitamente todo lo que acabo de decir. Pero nos comportamos como si no fuera así. Por comodidad, englobamos bajo el mismo término a las gentes más distintas, y por comodidad también les atribuimos crímenes, acciones colectivas, opiniones colectivas: “los serbios han hecho una matanza…”, “los ingleses han saqueado…”, “los árabes se niegan…”. Sin mayores problemas formulamos juicios como que tal o cual pueblo es “trabajador”, “hábil” o “vago”, “desconfiado” o “hipócrita”, “orgulloso” o “terco”, y a veces terminan convirtiéndose en convicciones profundas.

Sé que no es realista esperar que todos nuestros contemporáneos modifiquen de la noche a la mañana sus expresiones habituales. Pero me parece importante que todos cobremos conciencia de que esas frases no son inocentes, y de que contribuyen a perpetuar unos prejuicios que han demostrado, a lo largo de toda la historia, su capacidad de perversión y muerte.

Pues es nuestra mirada la que muchas veces encierra a los demás en sus pertenencias más limitadas, y es también nuestra mirada la que puede liberarlos.

Por Amin Maalouf (Les identités meurtriéres)
Versión española de Fernando Villaverde

©2017-paginasarabes®

 

Medellín: dos ciudades y un solo nombre

©elcolombiano
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Cuando en Medellín de Badajoz, la villa española de la que Medellín de Antioquia toma su nombre, muere una persona de 90 años, les parece que falleció relativamente joven.

Con más de 2.000 años, como es de suponerse, los distintos grupos humanos que la han habitado –romanos, visigodos, musulmanes y cristianos–, pertenecientes a épocas disímiles de la historia –Edad Antigua, Edad Media, Renacimiento, Edad Moderna, Edad Contemporánea– han dejado en ella su impronta.

Esas señales del pasado quedan representadas en un puente, el de los Austria; un castillo, el Medellín; unas iglesias –tal vez demasiadas para sus 2.306 habitantes, según datos del año pasado–, Santa Cecilia, Santiago, San Martín; un teatro romano; fragmentos de murallas y de una puerta de entrada, elementos, estos últimos, la muralla y la puerta, para recordar que en tiempos idos los poblados europeos vivían en zozobra, temblando ante posibles ataques.

El puente, cuenta Darío Pérez, un bodeguero extremeño de un pueblo de Cáceres, se ganó el premio a la mejor obra extremeña en 2002. “Pese a la destrucción de parte de su patrimonio mantiene un gran legado arquitectónico y romano. La plaza de la ciudad, dedicada a Hernán Cortés, y que se reordenó a finales del siglo XIX, destruyéndose 23 casas, entre ellas la de Hernán Cortés”.

Ese territorio atravesado como el nuestro por un río, el Guadiana, aunque allá de este a oeste y el de aquí de sur a norte, se diferencia de nuestra Medellín en que es más bien plana y con unos cuantos cerros que se levantan en el paisaje, mientras la nuestra es una geografía quebrada, con un valle más bien estrecho.

“Es espectacular –sigue Darío– divisar desde la montaña del castillo, las vegas del Guadiana a sus 360 grados alrededor. Por doquier encuentras restos romanos, y se vienen descubriendo muchas villas romanas que estaban soterradas”.

Más detalles

Del mismo modo que la historia nuestra no comienza con la fundación hecha por los españoles, sino que el territorio estuvo habitado por los pueblos aburráes desde el siglo V antes de nuestra era, Medellín de Badajoz no comenzó su vida civil con la fundación de los romanos, en el año 79, antes de Cristo.

Antes de eso fue habitada por los conios, un pueblo prerromano cuyo poblado fue destruido por los lusitanos, quienes serían sometidos, ellos sí, por los romanos, entre el 61 y el 60 antes del año cero.

Dieciocho años después fue fundada por el político tartamudo Quinto Metelo Pío (también escrito Quintus Caecilius Metellus Pius).

Dice la historia que del apellido de ese gobernador deriva su nombre. Por su parte, el escritor colombiano Enrique Serrano López (¿Por qué fracasa Colombia?) señala que Medellín es un nombre de origen árabe, plural de Madina’ in, que quiere decir dos ciudades. Con ese nombre se referían a que era una ciudad doble, que crecía a lado y lado de un río.

La presencia del Imperio era fuerte en esta región. Varias obras de infraestructura fueron construidas. Entre ellas, un puente sobre el mencionado río, un teatro, un castillo.

En la página web Viajar por Extremadura explican que fue un punto estratégico y que “la riqueza agrícola de sus tierras, clave para romanos, visigodos, árabes y cristianos, que fueron dejando a lo largo del tiempo su impronta en la ciudad y sus alrededores”.

Si en ese municipio están orgullosos porque fue cuna de Hernán Cortés en 1495, el conquistador de México, y de unos 280 metelinenses que abandonaron su tierra para embarcarse en la empresa americana, también lo están porque, al parecer, fue en una escena sucedida allí que Pedro Calderón de la Barca se inspiró para parte de la trama de La vida es sueño.

Era el siglo XV y la señora Beatriz de Pacheco, titular del entonces condado de Medellín, encerró por años a su hijo en unas mazmorras, por ser partidario de negociar con el bando de la reina Isabel la Católica.

La Medellín nuestra, fundada por españoles en 1616 –comenta el historiador Germán Suárez Escudero– vino a incluir este nombre en 1675, cuando fue bautizada Villa de Nuestra Señora de La Candelaria de Medellín por el gobernador de la provincia de Antioquia Miguel de Aguinaga y Mendigoitia, en honor a un protector suyo, don Pedro de Portocarrero y Luna, conde de Medellín –en Extremadura– y comendador de Indias, “quien apoyó siempre la creación de la villa”.

Medellín –otra vez la nuestra– fue renombrada como Medellín, en 1813, cuando fue elevada a la categoría de ciudad.

“Resulta curioso –menciona el historiador Suárez Escudero–, que en más de 2000 años la Medellín española no haya crecido”. Sigue siendo una pequeña villa, dedicada a la agricultura. Darío precisa que “es una ciudad rica por su agricultura avanzada y tecnificada, gracias a la abundancia de agua y la actividad turística”.

Lleva Medellín de Badajoz una vida tan apacible. El periodista Alberto Velásquez Martínez cuenta que no es raro ver a los viejos en la plaza, cerca de la casa donde afirman que nació Hernán Cortés, jugando dominó.

El cotilleo es común. Cuando él visitó esta localidad había un enfrentamiento entre el cura y el alcalde y esta era la materia de las conversaciones de todos. En episodios como este –dice Velásquez– debió inspirarse el escritor italiano Giovannino Guareschi para escribir Don Camilo.

El abogado Felipe Velásquez, de su visita a Medellín recuerda más la estatua de Hernán Cortés pisando la careta de un indígena, la cual ofende a los mexicanos. Y la temperatura, que no se enmarca en los datos que se leen en las páginas de internet, de una mínima de 8° C y una máxima de 23° C. Fue en verano y el calor superaba los 30°. El suelo era más bien árido.

Una visita

El Medellín de España es un pueblo pequeño. En la plaza no hay iglesia, como en cualquier pueblo antioqueño, aunque sí está el ayuntamiento, que es lo mismo que decir alcaldía. En la mitad está la estatua mencionada de Cortés, con un Méjico en letras mayúsculas.

María Paula Botero Márquez, quien vive en Madrid, pero es del Medellín colombiano, estuvo hace dos semanas. Iba para Cádiz, Andalucía, y cuando vieron el nombre de Medellín, se emocionaron y entraron. “Es un pueblito muy pequeño, atravesado por un río y la arquitectura es muy romana”.

No se le pareció a su Medellín. En nada, pese a lo del río que las atraviesa. El Guadiana, que en fotos se ve azul, limpio, y en color no se acerca al café que corre paralelo al metro.

A María Paula le causó gracia que a la orilla del río la gente se asolea, como si fuera la playa. Lo más cercano a asolearse por el río de estas tierras llegó hace poco, con Parques del Río. Bañarse en él, imposible por ahora.

El pueblo del otro lado del océano se recorre caminando, y hay algunas calles de piedra, aunque también de pavimento, cuenta la joven.

“Solo se nos pareció en el nombre –sigue ella–, pero nada más. La gente sabe que existe Medellín, Colombia, y te dicen, ah, pero este es Medellín, España. Lo reconocen”.

Nada de bandeja paisa. María Paula cree que por estar cerca al sur se comen muchos mariscos y pescados. Ni un chicharrón o unos frijoles cercanos a estas tierras.

Del clima, para ella hizo calor, porque en España por estos días están en verano. Dice que, también por estar al sur, el verano es fuerte y el invierno es suave.

“Nos explicaron que viven del cultivo de Tabaco, y que su economía, en general, funciona por lo agrario. Hay muchos cultivos de trigo y de olivo”.

Medellín está situado en el centro de la comunidad autónoma (lo que son departamentos para nosotros) de Extremadura.

Darío lo explica así: “La comunidad autónoma comprende dos provincias, Cáceres y Badajoz. En esta última está Medellín. En verano, en su teatro romano, se festejan los festivales sobre obras y tragedias clásicas griegas y romanas, así como festivales y conciertos. Está ubicada a 88 kilómetros de Cáceres, ciudad digna de visitar por su casco antiguo renacentista y de mucha historia y cultura de la América Hispana. Medellín está además a 325 kilómetros de Madrid y a unos 1.000 de Barcelona. De Sevilla, impresionable ciudad, está a 231 kilómetros”.

Medellín de Medellín está a más de diez horas de avión y algunas en carro y, es más, no son las únicas medellines del mundo. Contamos tres más: Medellín, localidad del departamento Atamisqui de la Provincia de Santiago del Estero, en Argentina; Medellín, municipio de la provincia de Cebú, en Filipinas, y Medellín, una localidad del estado de Veracruz de Ignacio de la Llave, en México.

Un solo nombre, para distintas medellines.


©elcolombiano
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DETALLES DE MEDELLÍN, ESPAÑA

· Provincia de Badajoz

Comunidad Autónoma de Extremadura.

· País: España.

Fundación: romana, año 79 antes de nuestra era.

Altura: 264 msnm.

Distancia de Madrid: 325 km.

Superficie: 65 km2

Población: 2.306 habitantes (en 2015)

Gentilicio: metelinense.

Clima: mediterráneo subtropical. Temperatura promedio al año: 15,8° C. Invierno 8,2° C y verano 23,6° C

Economía: agraria: cultivos de trigo, cebada, uva y olivo.

· Nombre de Medellín: Se nombra Metellinum, en honor a su fundador, el cónsul Quintus Caecilius Metellus Pius.

Topografía: plana. Solo algunos cerros: Sierra de Enfrente, 370 m; Remondo, 362 m, y Sierra de Yelbes, 392 m.

Río que lo atraviesa: Guadiana, de este a oeste.


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DETALLES DE MEDELLÍN, COLOMBIA

· Departamento y país: Antioquia, Colombia

· Fundación: colonial, 2 de marzo de 1616.

Superficie: 382 km2 (1.152 km2, Valle de Aburrá)

· Altura media: 1.495 msnm.

· Distancia de Bogotá: 414 km.

· Clima templado. Temperatura promedio: 22° C. No estaciones.

· Población: 2’464.322 habitantes (cálculo 2016)

· Gentilicio: medellinense

Primer nombre con palabra Medellín: Villa de Nuestra Señora de la Candelaria de Medellín, 1670. Nombre Medellín: 21 de agosto de 1813.

· Capital de Antioquia desde 1826.

· Río que lo atraviesa: Medellín, de sur a norte

· Topografía: un valle que presenta ondulaciones y las laderas que lo conforman están pobladas de humanos.

· Cerros que se destacan: Nutibara, El Volador, Picacho y Pan de Azúcar.

· Economía: industria, servicios y comercio.


Por Mónica Quintero Restrepo y John Saldarriaga
Con información de El Colombiano

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