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Cuarenta y Ocho horas en Dubai

Burj Khalifa, Dubai

Arquitectura impactante, coloridos mercados y excursiones al desierto, en una guía para descubrir este rincón de Medio Oriente.

Descomunal, intrigante, intensa, atrapante, seductora, lujosa, arquitectónicamente apabullante. Un oasis de modernidad en medio del desierto. A orillas del golfo Pérsico o Arábigo, Dubai –uno de los siete emiratos que, desde 1971, conforman Emiratos Arabes Unidos– supo colocarse en el horizonte de los viajeros como destino deseable a fuerza de construcciones y emprendimientos llamativamente desmesurados, una línea aérea de servicio impecable y varios galardones en su haber –Emirates Airline– y muchas inversiones de lujo, grandes marcas y exquisitas cadenas hoteleras que atrajeron a ricos & famosos de todo el mundo.

Si hay algo que define a este pequeño territorio que sólo se reconoce en la grandilocuencia, es que aquí, en Dubai, “nada es imposible”. Pasó de pequeña villa de pescadores a vibrante ciudad en crecimiento constante.

La visión y la determinación de los últimos jeques de la dinastía Al Maktoum –Rashid, luego su hijo Maktum y, el actual jeque de Dubai, su otro hijo Mohammed, quien también es vicepresidente y primer ministro de los Emiratos– ha sido decisiva. Sabiendo que el petróleo traería mucho dinero, pero que en algún momento se acabará, decidieron apostar al turismo y las finanzas como fuentes de ingresos.

El puntapié inicial estuvo dado, en gran parte, con la inauguración del Burj Al Arab, ese hotel que parece una vela en donde todos quieren pasar, aunque sea, una noche (tenga en cuenta que la habitación más económica cuesta US$ 2.700).

El resto se impuso como por arte de magia: la torre más alta del mundo –el Burj Khalifa–, uno de los shoppings más grandes, el Dubai Mall –hay 75 centros comerciales–, el mercado de oro más importante, el desembarco de reconocidos chefs –Gordon Ramsay, Marco Pierre White y Heinz Beck que acaba de abrir Social by Heinz Beck en el Waldorf Astoria de Palm Jumeirah– y hasta excentricidades como un centro de esquí dentro de un centro comercial –Mall of the Emirates– y emprendimientos inmobiliarios como Palm Jumeirah –un barrio con forma de palmera que ganó terreno al mar– y The World, similar, pero con islas que imitan formas de diversos países (aunque tuvo varias idas y vueltas).

The Palm, un gran barrio de casas privadas y resorts que, como indica su nombre, tiene forma de palmera (Emirates)

Es curiosa la multiplicidad de orígenes de su población: de los dos millones y medio de habitantes, el 80 por ciento proviene de otros países (India, Pakistán, Sri Lanka, Filipinas, Egipto, Inglaterra, Irán, Jordania, entre muchos otros). Son los “expatriados”. Aprecian la posibilidad de ingresos que les ofrece Dubai, aunque saben que nunca serán ciudadanos. Sus hijos, aunque nazcan en los Emiratos, tampoco. Muchos de ellos, incluso, trabajan aquí pero tienen a su familia en su país de origen.

Dubai ofrece cada vez más atractivos que lo convierten en un destino en sí mismo –playas, compras, un paisaje desértico para explorar, acuarios gigantes, parques acuáticos, discotecas, excelente infraestructura hotelera, muy buenos restaurantes–, pero es también la escala perfecta para quienes viajan desde Buenos Aires rumbo a otros destinos asiáticos. Desde el Creek, el famoso canal o cala natural que divide a la ciudad en dos, hasta los vertiginosos paisajes que regala el Burj Khalifa, la cultura emiratí y la soledad abismal del desierto, sugerimos aquí algunas propuestas para disfrutar este lugar en dos días. Y dejarse asombrar.

PRIMER DÍA

En Dubai la actividad comienza temprano. Es que al mediodía, el sol y el calor arrecian. Aunque la modernidad se impone y hay un estado de construcción constante, Dubai también tiene un pasado de pequeñas casas, pequeñas comunidades de pescadores, de torres de viento –algo así como los antepasados del aire acondicionado–, de buscadores de perlas y comerciantes marítimos.

En Al Bastakiya, zona restaurada, se pueden ver y recorrer calles estrechas y casas antiguas con patios en donde hoy funcionan galerías, museos, cafés y restaurantes. Hay unas 50 casas originales. También está la mezquita de Bastakiya –no está abierta a las visitas– y hasta se puede ver una parte de la antigua muralla de Dubai, que data de 1822.

Más cerca de la boca del canal, Shindagha también propone un recorrido por la historia ya que es el punto de inicio y posterior crecimiento de Dubai. Allí puede visitarse la casa del Sheikh Saeed Al Maktoum, de 1896 y con una interesante colección de fotos.

9.30 Museo de Dubai

​Construido en 1787, el fuerte Al Fahidi alberga el Dubai Museum (Museo de Dubai) desde 1971. Es una interesante muestra de la vida cotidiana en estas tierras antes del descubrimiento del petróleo. Hay antiguas barcas, objetos en exhibición con explicaciones en árabe e inglés y se destacan la recreaciones de escenas del Creek, casas árabes tradicionales, mezquitas, mercados, la vida en el desierto y la vida de los buscadores de perlas.

Las exposiciones dan cuenta de la evolución de Dubai en los últimos años: en 1912 se creó la primera escuela; en 1951, el primer hospital, en 1960, el aeropuerto, en 1966 se descubrió el petróleo, en 1997 se estableció el turismo como fuente de ingreso. También tienen su lugar los proyectos futuros. La entrada cuesta 3 dirhams (casi un dólar) y funciona de 8.30 a 20.30 (los viernes, a partir de las 14.30).

11.30 En los mercados

Busque una estación de cruce, súbase a un abra –barcazas con capacidad para hasta 20 personas– y atraviese el canal. También puede hacer un paseo a bordo, previo arreglo con el conductor, pero por ahora, cruce. Sólo hay que seguir el bullicio y los aromas para dar con al Mercado de las Especias, básicamente controlado por los iraníes (de allí provienen muchos productos).

Los grandes bolsones coloridos sobre la calle y los pasillos muestran canela, anís, pimienta negra, lima, sal, azufre, pimienta blanca, azafrán, chile, cúrcuma, ajo seco. En la tienda de Abdul Jalil me dejan probar unos pedacitos de chocolate de colores. Asegura que tiene el mejor puesto y que aquí se consiguen, además de las especias que están a la vista, otros productos como viagra natural, un aceite de Argán para el cuidado del pelo y de la piel y también un aceite de hormiga para depilarse. Y un montón de objetos ideales para turistas que no compran especias, pero sí souvenires. Como en todo mercado hay que regatear (podrá obtener hasta un 20 o 30 por ciento de descuento sobre la tarifa inicial).

Junto al puesto de Abdul hay un local que prepara jugos naturales. Si tiene sed, este es el momento (5 dirhams los pequeños, 10 los más grandes).

Mercado de Especias, Dubai

Tras detenerse a revisar pashminas, zapatitos en punta como los de los cuentos de Aladino, alfombras y promesas de “los mejores productos de Dubai”, desembocará en el gran Zoco del Oro, una suerte de galería semicubierta, con aire acondicionado, que concentra más de 300 tiendas –en todo Dubai hay cerca de 700 joyerías– que venden anillos, pulseras, colgantes y hasta lingotes de oro.

Mercado del Oro en Dubai ©AP Photo/Kamran Jebreili

Aunque no tenga pensado comprar joyas, tiene que conocer este lugar. Me detengo en una vidriera y un hombre, desde adentro, levanta un cartel que tienta con un 70 por ciento de descuento. En otro negocio, la gente se agolpa para tomar fotos del Najmat Taiba, el anillo de oro más pesado del mundo que tiene 5,71 kilos de piedras preciosas engarzadas. Un récord Guinness. En algunos pasillos laterales hay tiendas que ofrecen productos de plata.

Al salir, dése una vuelta por los negocios que venden perfumes. El fuerte son las fragancias árabes, bien potentes, pero también tienen las marcas famosas presentes en todo Duty Free Shop.

14.00 Almuerzo frente al mar

No es una buena hora para exponerse al sol, pero si se acerca a la playa Jumeirah Beach verá mucha gente disfrutando del mar. Claro, aquí es otoño y las temperaturas son más agradables como para permitirse estar en la playa. En verano, el calor es abrumador. La propuesta es darse una vuelta y almorzar en The Walk o The Beach, complejos de negocios, bares, heladerías y restaurantes a orillas del mar. Hay de todo, desde hamburgueserías y heladerías, hasta restaurantes especializados en comida étnica.​

16.00 Del té de lujo al esquí

Si almorzó recién y de manera abundante, quizá aún no esté listo para esta propuesta… pero es una de las posibilidades para conocer el hotel Burj Al Arab. El hotel 5 estrellas tiene el ingreso restringido: sólo pueden entrar los huéspedes o quienes tengan reserva para comer o tomar el té. Por US$ 170 (más US$ 30 si quiere una mesa junto a la ventana) se puede tomar el té en el Sky View Bar, en el piso 27. Las infusiones o el café se sirven acompañados de canapés de caviar, salmón, palta, tarteletas, frutos rojos con crema y tortas. Y se paga de manera anticipada para confirmar la reserva.​

Burj Al Arab Hotel en Dubai

El hotel es excéntrico y lujoso, pero si quiere ver con sus propios ojos algo más increíble aún, acérquese al Mall of the Emirates. Sí, es un centro comercial; no, no lo estoy mandando de compras. La sugerencia viene a cuento de que allí, dentro del shopping, hay un complejo de esquí: una ladera cubierta de nieve, aerosillas, gente envuelta en abrigadas camperas que calza esquís y tablas de snowboard y gomones para hacer culipatín. En el medio del desierto, esquiar sobre nieve ¡también es posible!

19.30 Cena en el Creek

Para terminar un día apasionante, una buena alternativa es recorrer el Creek a bordo de uno de los tantos barcos (dhows) con cena a bordo (no todos tienen el mismo horario). Los precios varían, esencialmente, en función de la comida que ofrecen. Pero todos regalan bonitas vistas nocturnas de la ciudad. Incluso los mismos barcos tienen luminarias que recorren su perímetro. Así, el canal también atrae con estas embarcaciones que, suavemente, vienen y van, coloreando la noche.​

SEGUNDO DÍA​

10.00 En la mezquita​

Quienes están interesados en acercarse a la cultura emiratí e islámica, la mezquita Jumeirah ofrece una visita guiada todos los días a las 10 de la mañana, excepto los viernes. Hay que llegar unos minutos antes para registrarse y abonar la visita (US$ 5,50). Se trata de una charla de 75 minutos sobre los pilares de esta religión, los rezos, la indumentaria, las creencias… incluyendo un espacio en el que se contestan inquietudes. Para ingresar, se requiere que las mujeres cubran su cabeza (si no tiene un pañuelo a mano, le ofrecerán uno) y los hombres no pueden entrar con bermudas o shorts, así que también podrán utilizar kanduras (vestimenta tradicional) que tienen a disposición y cubren todo el cuerpo. El calzado debe quedar afuera. La charla es en inglés.​

Mezquita Jumeirah en Dubai

Si este no es plan para su mañana, un paseo en lancha (no por el Creek sino por mar abierto) para ver la ciudad desde el agua es una alternativa divertida. Parten desde Dubai Marina. Un paseo de 75 minutos cuesta US$ 56; de 90 minutos, US$ 79. Los precios y los recorridos varían según la empresa. Si contrata el paseo en una lancha descubierta, no olvide llevar gorro y abundante protector solar.

12.00 Desde las alturas

Como una aguja que busca alcanzar el cielo, el Burj Khalifa, con sus 828 metros, el edificio más alto del mundo, es una visita ineludible, a menos que sufra de vértigo. Parte del complejo del Dubai Mall, el Burj Khalifa ofrece vistas panorámicas de la ciudad y la experiencia de estar en una leyenda arquitectónica. Hay distintas opciones para la observación: el piso 124, por un lado, y la experiencia premium que combina observaciones desde el piso 125 (456 metros) y el 148 (555 metros), recientemente inaugurado. Los tickets suelen agotarse rápidamente. Se recomienda comprarlos con anticipación. La hora más solicitada es la del atardecer.​

Ya con los pies en la tierra, es tiempo de ver de cerca la Fuente de Dubai y de recorrer el Dubai Mall, interesante por su tamaño, por las tiendas, por el Aquarium y Underwater Zoo y por The Waterfall, caída de agua circular, que atraviesa varios pisos y tiene esculturas de hombres tirándose de cabeza.

El Burj Khalifa, Dubai

15.30 Rumbo al desierto

El desierto, las dunas, los orix, las gacelas. A fin de cuentas, el desierto es el paisaje natural de esta región y no conocerlo, no sentir la inmensidad del terreno, sería minimizarlo. Varias empresas ofrecen safaris en una zona cercana al centro de la ciudad. La compañía Arabian Adventures trabaja con zonas exclusivas, en este caso con la Dubai Desert Conservation Reserve, más alejada. Allí se llega en vehículos 4×4. La primera propuesta es disfrutar de un espectáculo en el que muestran cómo los halcones –ave de rol preponderante en la cultura de Medio Oriente– ayudaban a los beduinos con la caza.

Al Maha Resort & Spa de Dubai, un hotel de lujo en medio del desierto.

Luego, la diversión comienza: las camionetas, con menos presión en las gomas, surcan las dunas –siempre por rutas preestablecidas, se trata de una reserva– a modo de montaña rusa. La parada es para ver la puesta del sol, imperdible, en un horizonte de arena. Luego se puede cenar en una suerte de campamento beduino con todas las comodidades. Dátiles y café para la recepción, comida buffet que se disfruta en mesas bajas y almohadones, tatuajes de henna a disposición, breves paseos en camello, shisha (arguile) para fumar tabaco, un puesto de Al nassma, que vende chocolates hechos a base de leche de camello y, para el final, los seductores movimientos de una odalisca.

Paseos en camello por el desierto (Emiratos)

Con la noche, la oscuridad en el desierto es total. La 4×4 desanda la ruta. Allí, a lo lejos, nos esperan las luces de Dubai, ese oasis urbano, de vanguardia, que desafía al desierto y sorprende constantemente a los visitantes.​

Por Grisel Isaac
Con información de Clarín

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Israel: la soberbia de un estado

“Como judío, puedo decir que la virtud, la esencia de nuestra historia desde los tiempos de Abraham y de los mandamientos de Moisés, ha sido una oposición sin compromisos a cualquier forma de ocupación, de dominación o de discriminación. Para nosotros, Israel no es sólo una patria territorial, sino también un compromiso permanente y moral”.[1]

El presente año se conmemoran dos hechos de gran significación vinculados con Israel. Y con Palestina, esa nación con pueblo, cultura, tradición y sin territorio de libre a disposición y circulación. El primero, de hace 70 años: la Resolución 181(II) de las Naciones Unidas del 29 de noviembre de 1947 que partió Palestina en dos: un sector para el “Estado judío” y otro para el “Estado árabe”. Se establecía para Jerusalén un régimen separado, administrado por la ONU y sin injerencia ni de árabes ni de judíos.

El segundo hecho que se conmemora es trágico: el inicio por parte de Israel de la “Guerra de los seis días”, hace 50 años, lanzada el 5 de junio de 1967. Desde entonces, salvo por la devolución del Sinaí a Egipto, se mantuvieron bajo el dominio militar de Israel, Cisjordania, la franja costera de Gaza, Jerusalén Este y las Alturas del Golán (Siria). Pese a los Acuerdos de Oslo y a los que les siguieron y al accionar sin resultados de un heterogéneo “Cuarteto para la paz en Medio Oriente” (EEUU, Unión Europea, ONU y Rusia). No obstante lo trágico de una guerra, Israel se apresta a celebrar, sí, celebrar, “la reunificación de Jerusalén”, a pesar de que la parte Este de la ciudad santa fue una “conquista” militar (1967) y a que es uno de los puntos sometidos a consideración en todos los acuerdos o intentos de acuerdo en el conflicto palestino-israelí. Y pese a que la ONU (su Consejo de Seguridad) dictara la Resolución 478 el 20 de agosto de 1980 condenando la anexión de Jerusalén Este como capital del estado israelí.

50 años de conquista bélica y colonización de Palestina

Resolución 242 del Consejo de Seguridad (CS) de la ONU del 22 de noviembre de 1967: Exigía a Israel “el retiro militar de los territorios árabes ocupados a Palestina incluyendo Jerusalén Este, las alturas del Golán de Siria y el Sinaí de Egipto. Exigía a Israel, además, fijar sus fronteras internacionales”.

Esta resolución nunca fue cumplida por Israel. Un argumento que no resiste análisis honesto y a simple vista. Manifiesta el gobierno israelí que la resolución no dice “de todos los territorios”. ¿Dejaría a merced del ejército vencedor y conquistador que dijera hasta dónde quiere conquistar? Las dos Corea, ¿podrían haberse distinguido una de otra sin el paralelo 38?

En los seis años siguientes hasta la guerra de Yom Kippur (1973) lanzada por países árabes, el CS de la ONU tenía tiempo para “corregir el error” de la Resolución 242. La Resolución 338, del 23 de octubre de 1973 referida a la guerra de ese año lo habría corregido. No lo hizo y sin embargo exhortaba a Israel al “cumplimiento de la resolución 242” tal y como se había dictado seis años antes. Clarísimo. Y reiteraba la “exigencia a su retiro militar de los territorios árabes ocupados, incluyendo Jerusalén Este”.

Israel fue aceptado como miembro pleno de Naciones Unidas atendiendo a una petición (por segunda vez) en 1949. Se comprometía a cumplir con todo lo que contiene la Carta de la ONU y sus resoluciones. Demasiado parecido a los discursos de campaña política donde tanto y tan falsamente se promete. Israel incumplió, impunemente, decenas de resoluciones de Naciones Unidas. La soberbia de un estado, de los gobiernos de ese estado.

Netanyahu, gobierno de la soberbia

Cada vez que los preparativos de las “conferencias”, “encuentros”, y cualquier otro emprendimiento para tratar la cuestión Israel-Palestina asomaban, también asomaban las decisiones del gobierno de ultra derecha de la coalición liderada por el primer ministro Netanyahu. Y estas decisiones eran un cachetazo en pleno rostro de los participantes de esas reuniones preparatorias: se decretaban normas que autorizaban construcciones por miles en los territorios ocupados a más de levantar muros ignominiosos que tanto dañan la vida, la circulación y la economía de los palestinos. Parias en su propia tierra. Y desde mucho antes el sufrimiento, tan bien plasmado en el libro de Ilan Pappé [2] con más de 800 mil palestinos desplazados de sus tierras.

Los “dos estados”

Casi una utopía. Con Netanyahu en su segundo mandato de la ultra derecha y con el advenimiento del increíble Donald Trump.

Abrimos esta columna con un premio Nobel de la Paz israelí (1994). Otro Nobel de la paz israelí (1978) Menachem Begin, compartido con el presidente egipcio Anwar al-Sadat, por los acuerdos de paz de ese año entre Israel y Egipto, incluye en un libro de su autoría un texto comprometido de una alocución radial que difundiera el 15 de mayo de 1948. Está en las antípodas del texto de Peres citado:

“La patria es histórica y geográficamente una entidad. Quienes no reconozcan nuestro derecho a toda la patria no reconoce nuestro derecho a ninguno de sus territorios. Nunca renunciaremos a nuestro derecho natural y eterno. Mantendremos la imagen de la liberación total. Mantendremos la imagen de la redención definitiva y la haremos realidad. Cuando llegue el día la materializaremos. Existe una norma histórica: si una línea pasa o ha sido trazada por alguien como separación entre un Estado nacional y un país del pueblo, esta línea artificial tiene que desaparecer. Así ocurrió entre el 5 y el 11 de junio de 1967. A partir de entonces, es nuestro deber, tanto de los padres como de los hijos, hacer todo lo posible para que la desaparecida línea artificial no se restablezca jamás. No podemos renunciar a nuestro derecho natural y eterno”. [3]

Por Carlos Duguech – Periodista argentino.
Con información de El Nuevo Herald


[1] Del discurso de Shimon Peres, (Premio Nobel de la paz 1994) en la ONU en 1993, incluido en su libro ORIENTE MEDIO, AÑO CERO, 1993 editado por Grijalbo, Barcelona).

[2] Ilan Pappé “LA LIMPIEZA ETNICA DE PALESTINA”- Editado por MEMORIA CRITICA (2009) Barcelona. Historiador y conferencias de la Universidad de Haifa. Director académico del Instituto de investigación para la paz en Givar Haviva.

[3] Del proemio del autor del libro LA REBELION- Historia del IRGUN, de Menachem Begin, primera edición (1978) PLAZA&JANES (España).


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La revuelta del Arrabal

La revuelta del Arrabal

Los supervivientes, en número no inferior a 20.000 familias, fueron desterrados.

«Año 805. En el arrabal cordobés de la Secunda, un barrio marginal poblado por muladíes y mozárabes, el descontento sigue creciendo. Como escarmiento, las autoridades musulmanas ejecutan a setenta y dos vecinos entre los que se encuentran algunos alfaquíes. Es el comienzo de un proceso que, años más tarde, culminaría con la “revuelta del Arrabal”, una rebelión reprimida por la guardia personal del emir con extremo rigor. La brutalidad fue tal que, después de varios días de matanza, el arrabal quedó completamente destruido. Los supervivientes, en un número no inferior a 20.000 familias, fueron desterrados. Unos se asentaron en Fez, en el barrio conocido, desde entonces, como Madinat al- Andalusiyyin o Ciudad de los Andaluces. Otros llegaron hasta Creta y allí permanecerían, independientes de Bizancio, hasta finales del siglo X».

Había que acabar con el «adopcionismo». Con aquel peligroso intento de acercar la Iglesia mozárabe a la cultura árabe. Su rápida propagación, más allá de los Pirineos, incluso, provoca que Carlomagno, rey de los francos y príncipe de una cristiandad renovada, convoque un sínodo en Francfort al que asisten más de 300 obispos. Su conclusión supuso el triunfo del papado sobre Toledo y cuantos rechazaban la Trinidad romana.

Se acababa, así, con el debate iniciado en el último cuarto del siglo VIII entre Roma e Hispania cuando Elipando, la más alta jerarquía eclesiástica visigoda, plantó cara al todopoderoso Carlomagno que pretendía someter a la Iglesia hispana. Era el final de un proceso que había empezado cuando los cristianos del sur peninsular se vieron obligados a entenderse con los invasores africanos. Inicialmente, la relación entre musulmanes e hispanos fue armónica. La mozarabía mantenía sus costumbres pero, con el tiempo, a medida que los nuevos dueños agotaban sus posibilidades de expansión, la convivencia empeoró. La intolerancia fue aumentado y los enfrentamientos, cada vez más frecuentes, culminaron en el año ochocientos catorce con la «revuelta del Arrabal».

Sucedió que artesanos y comerciantes cordobeses llevaban tiempo protestando por los excesivos tributos que debían satisfacer y un día se hartaron. Cruzaron el puente decididos a sacudirse la presión islámica de una vez por todas y se dirigieron al Alcázar. Allí les esperaba la guardia personal del emir compuesta por mercenarios cristianos y fuertemente pertrechada. La represión fue brutal. Después de tres días de matanza, el arrabal de la Secunda, al otro lado del Guadalquivir, quedó arrasado. La reconstrucción del barrio fue prohibida y los supervivientes expulsados de la ciudad.

La cuarta parte de la población cordobesa se vio forzada al exilio. Fue tal la dureza de la represión que al emir al-Hakam I le valió el nombre de al- Rabadí, «el del arrabal», para vergüenza de quien fuera responsable de tan desproporcionada actuación y para que su nombre quedara vinculado por siempre a tamaña barbarie. Aún hoy los cordobeses hablan con temor de la masacre.

A partir de este suceso la comunidad mozárabe se divide entre partidarios de colaborar con la autoridad muslímica y los que defendían posiciones más estrictas e intransigentes. Comienzan, entonces, las migraciones masivas hacia los reinos cristianos. En su mayoría, eran monjes. La convivencia entre quienes huyeron y sus hermanos norteños no debió ser fácil. Después de años bajo influencia musulmana, llegaban totalmente impermeabilizados a los renovadores aires romanos y su forma de vida estaba arabizada. Tanto, como la liturgia de sus celebraciones, sin embargo, supieron mantenerla y, a pesar de las dificultades, el rito visigótico sobrevivió.

Solo, mucho más tarde, las reformas que llegaban del norte, siguiendo los dictados benedictinos de Cluny, conseguirían acabar con el rito mozárabe. De nada valdría que contara con el favor de teólogos hispanos de reconocido prestigio como Isidoro de Sevilla. De nada, la resistencia de los toledanos ante la poderosa abadía.

Por Eduardo Ríos 
Con información de La Opinión de Zamora

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