El canto de los Camelleros

Las más antiguas manifestaciones del genio árabe son, literariamente hablando, los cantos de los camelleros. Mientras realizaban sus largos y monótonos viajes a través de los desiertos, componían estrofas al compás del paso de sus cabalgaduras.

Entonaban sus cantos a las princesas de oscuros ojos y al transparente arroyuelo del ansiado oasis; componían vigorosas rimas guerreras que hacían alusión a la dramática lucha por la posesión de los escasos y codiciados pozos de agua. La medida de los versos se ajustaba al paso de los camellos, y éstos parecían marchar mejor al compás de la voz de sus guías. Animados por las canciones, los camellos erguían la cabeza, alargaban el paso y aceleraban la marcha. Y así fue como la literatura árabe nació en el desierto, al crujido de la abrasadora arena y bajo el cálido cielo, creada por hombres mecidos por el vaivén de la marcha de esos animales.

Un camellero solitario, alguien que vendría quien sabe de dónde con un par de camellos tras él. Una cuerda estrecha era su única separación. Y él raras veces miraba atrás. Tan sólo avanzaba… Su túnica color azul destacaba en la grandiosidad anaranjada de un desierto al que le golpeaban severamente los rayos del sol.

Aunque en la actualidad el camello ha perdido gran parte de la importancia que tuvo en épocas pasadas, su área de dispersión coincide, aproximadamente, con la del mundo árabe, así que seguramente se seguirá utilizando.

Volviendo al valor del camello en las amplias zonas desérticas, debemos recordar que su adaptación a este medio se debe, principalmente, a que puede vivir cierto tiempo sin beber, y a que sus pies se hallan provistos de unas amplias carnosidades blandas, las cuales se ensanchan cada vez que echa el paso, haciendo de este modo que pise con firmeza en la arena.

Con información de Escolar

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