La boda de los hijos del viento – Rituales Beduinos

Al día siguiente comenzó el ritual previo al matrimonio a la usanza beduina.

El primer paso consistía que el padre del novio o alguien relacionado con el mismo fuera a solicitarle al padre de la novia la mano de ésta para su hijo. Como era necesario que se tratase de una persona mayor el padre de Faisal, el novio, un joven militar beduino, accedió a interpretar ese rol. Acompañado por el mismo Faisal se presentaron en la tienda de Abdullah , el jeque árabe, jefe de la tribu, padre de la novia, quien los esperaba con el tradicional café preparado. Tal como era la norma Karim, el padre de Faisal, se abstuvo de beber la infusión hasta el instante en que el jeque accedió a conceder la mano de su hija. En ese momento se unieron las mujeres de la familia con cantos y risas para festejar la decisión de llevar a cabo el matrimonio. A continuación se pasó a discutir la dote que el padre del novio y su familia debían entregar a Abdullah para formar la base de la fortuna personal de Farrah, la hermosa novia beduina, y ponerla a cubierto de los vaivenes de la vida.

Karim, que era uno de miembros más influyentes del clan, accedió a entregar un número de cabras y joyas que le había dado su mujer. Alain,un expedicionario francés, huésped del clan, entregó en el mismo acto un par de escopetas de caza de su propiedad, ya que poca cosa más llevaba consigo. Por otro lado, Nadiyah, la esposa de Karim y madre de Faisal regaló a Farrah un vestido de novia que ella misma no había utilizado en su propia boda por haber usado otro. La hermana de Faisal acompañó ese regalo con unos perfumes de su propiedad. De esta forma quedaron cumplidos los pasos previos para el casamiento con la dignidad que la hija de un jeque requería. Abdullah, una de cuyas funciones era perpetuar las tradiciones, se declaró satisfecho con el desarrollo del ritual y autorizó seguir adelante. Bajo la presión de los acontecimientos externos que en breves días ocuparían toda su atención, la boda fue fijada para dos días después, aunque no habría luna llena, considerada augurio de buena suerte.

El día de la boda todo el campamento estaba alineado en la explanada usada para todos los fines festivos. Mujeres y hombres lucían sus túnicas, turbantes y chadors predominantemente blancos, recién lavados y planchados. Cantaban y batían palmas a la espera de que apareciera la novia, mientras el novio esperaba de pie vestido con una túnica prestada, acompañado de Karim que oficiaría de padrino de bodas.

Luego de hacerse esperar apareció Farrah acompañada de Fadilah, Leilah y otras mujeres de su séquito. Como prescribía el ritual, la joven venía montada en un camello llevado por una de sus acompañantes. Farrah lucía resplandeciente con su hermoso vestido de seda blanca y azul, con sus manos, muñecas, tobillos y pies pintados con henna, un pigmento natural rojizo acompañado de otros tintes azules, con los cuales una artesana había pintado sobre la piel delicados arabescos abstractos, como si se tratara de un tatuaje pero superficial. Sus ojos, de por sí grandes, se hallaban aumentados por un resaltador de origen vegetal. Faisal la ayudó a bajar de su montura mientras las mujeres del clan emitían el clásico zaghareet, un sonido gutural hecho con sus lenguas para festejar los hechos auspiciosos.

Cuando la novia llegó a la tienda que iba a ser su hogar de casada y que Abdullah había provisto, los festejos comenzaron.

Las comidas consistieron en distintos tipos de carnes, arroz con una salsa especial y diversidad de frutos.

Los comensales comieron y festejaron durante toda la noche deseándole dicha y prosperidad a la nueva pareja.

La larga caravana se puso en movimiento. Abboud Al-Kader, uno de los jefes más importantes del clan, encabezaba el contingente inicial con sus jinetes, todos con vestimentas negras y montados en caballos del mismo color. Los lugartenientes enarbolaban estandartes también negros con inscripciones en árabe de color blanco. A continuación marchaban a caballo o en camello, beduinos de diversas procedencias, entre los que había Tuaregs con sus velos azules. Una interminable fila de nativos africanos a pie cerraba la marcha. Abboud estaba exultante. Ninguno de los jeques a quienes había citado había faltado, a pesar de las largas marchas desde puntos muy distantes. En el caso de los Tuaregs habían viajado por semanas, lo que mostraba la organización que Abboud había montado con gran anticipación.

El jeque sonrió satisfecho, su proyecto comenzaba con buen augurio, lo que era esencial para su espíritu supersticioso, una característica que no lograba superar a pesar de su gran lucidez mental. Sabía que lo que guiaba a los jefes convocados no era solo el respeto que sentían por él sino también la perspectiva de participar en el saqueo, de una magnitud que no se veía en generaciones.

No tenía prisa en llegar al lugar de destino y a la lucha que sobrevendría, quería gozar de este prolongado desfile por la dilatada sabana. Lástima que era  sólo presenciado por un puñado de pastores nativos miserables pero ya vendrían días de gloria frente a multitudes en las ciudades de la costa. El aduar, (campamento beduino), de Abbdullah Al-Shamoun era solo el paso inicial de la larga travesía. Abboud soñaba con implantar un califato en el sud de África.

Por Oscar Ruiz Rigiroli – (“La esposa Beduina”)

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