La última de las ciudades sagradas – Kamal Sabti

La última de las ciudades sagradas
(Fragmento)

 

Entonces, es Asbah
Aquello es un perro; y eso, cuatro puertas y cien torres.
¿Cómo acudiste a nosotros? Felices, escondidos detrás de las colinas. Una mujer desflorada excavó su pozo. Un fuego se enciende al principio de la noche… jóvenes inmortales… Una flauta por un dolor oculto detrás de las comarcas. Un recelo: descienden unos extraños de un collado para preguntar a un anciano acerca del que trae el año. Se vuelve hacia las manos de un agricultor a quien interrogan sobre una casa detrás de sus ojos. Señala con sus manos a un erudito que había emigrado en tiempo de lluvia. Un recelo… y varios países. En la nube norteña hay leña del sur. Dice quien estaba en el ejército del faraón: ha sido olvidada una palabra. Sale otro de un montón de madera para pronunciarla. No articulaban. Era un tiempo que daba licencia a la locura de las colinas, y quien no conocía la palabra la balbuceó sobre una roca. Otro despertó con ella a un vagabundo.

Atabales y ataúdes se precipitan hacia unos puertos pétreos. Construyen los enviados unas casas sobre un río, cuyos dedos se aferran a lo  alto del mar. El polvo borra las huellas de los emigrantes. Las mujeres desplegarán su peste en la encrucijada de dos caminos. Se ve a un hombre que reúne guijarros habitualmente al comienzo de la mañana. Se refugia a la sombra de un templo. Llámalo cuando los atabales enumeren los azotes de una espalda: mil y una columnas…

Varios ríos, cuatro mares y un collado…

Marineros, pescadores y monjes norteños…

Festejan las palabras su enigma; festejan los puertos el grito de unos hechiceros, un verano inerme y arañas. Festeja la palabra la salida de las colinas: los amuletos de los locos, historias de ahogados, poetas, un país…

Rescata una mano a un ahogado,

labios para un beso sobre la frente…

Aclaman los albañiles: nuestra herencia, salvación de las colinas. No permaneció quien no escuchó al collado. Caballos en forma de viento se recuestan en extraños mapas, Nawbahar. No cierres tus ojos todavía; no cuelga todavía un gato degollado del techo; no ha encontrado el joyero el anillo. Se decía que había una puerta de piedra que conducía al cementerio. A sus afueras se sentó un sabio para escuchar lo que parecía el canto. Pasó una noche y otra, y el sabio dio la espalda a una luna sumergida en un espejo y articuló una letra que parecía la dal, y desapareció la luna… Se quebró el espejo. Abrió la puerta una mujer y entró con el sabio en una caverna negra. Los guardianes de este cementerio preguntarán al sabio de la cueva: ¿qué país es un país? Dirá quien quebró el espejo: el país feliz, collados. Será sepultado en la caverna, y los guardianes colgarán otra luna sobre la puerta. Quizá pase otro tiempo semejante a la dal.

Sangre de la pata de un chacal junto al horno de un leñador que perdió una letra del nombre de un visitante invernal.

Un árbol sombrea un templo de monjes en Tikrit; después de una marcha de un día, en una hora hacia el oeste, llámalo cuando se oculte el dicho: Suaaba, o llámalo el Mausoleo de los Cuarenta. Esperamos a los mensajeros que nos traían lo que se nos ocultaba. Dijeron que se había desplomado la casa de un enviado rumí sobre el río. Decía todas las mañanas: esperad lo que va a venir de un país al que nunca oísteis mencionar. Moría solo. Clamaron los transeúntes: murió el extranjero, acarreamos su cadáver en la noche, arrojamos al río las velas de nuestro único loco y nos ausentamos en nuestras casas a la espera de que los mensajeros nos trajeran lo que se nos había ocultado cada vez.

Una nube viuda se desmiga sobre una ciudad egipcia; espera el griego la cosecha de algodón. Ése es un templo que espera ser adornado con un alminar. Llámalo cuando un transeúnte olvide saludar al río, la Mezquita de los Perfumistas. Las gradas de los sabios no daban cabida a todos… dijo el historiador. Unos transeúntes aclaman a unos mapas. Una mano rescata a un ahogado. Olvida el griego la cosecha de algodón, y su báculo señala la costumbre de los emigrantes de insultar a todas las ciudades. Se alejan los mapas, se aleja aquella nube con nosotros. Se apoya ese ciego en el tronco de un árbol para preguntarle a un leñador por un prolongado invierno. Espera el leñador a que duerma el ciego para ver las ruinas de una nube que cae como una ciudad. Dice el ciego: conozco esa ciudad. Braza. No me lavé en el antiguo zoco. Me delataron los cocineros ante el jefe del ejército. Me ocultaron los mozos de carga y los conductores de carro en tus barrios. Dijeron los mensajeros: perdimos un viaje en una hora hacia el oeste. Olvida el historiador la perplejidad del leñador; descuida una letra en el camino al invierno de unos enviados…

Rescata una mano a un ahogado,

labios para un beso sobre la frente…

Una letra parecida a dal fue grabada en el tronco de un árbol. Dijo un kufí: lo veré, esto no es magia, y cerró la puerta. El aire es verde, el agua amarilla; y el tapiz es un vapor de un muro que se colorea cada poco tiempo con sangre de la pata de un chacal. Los extraños que a él acudieron durmieron cerca de su casa una única noche. Por la mañana, el kufí contó lo que había visto. Una mujer de entre ellos le regañó: eso no es propio de la sabiduría que conocemos. Sangre es esta nube, oh enviado rumí, sangre que dijiste de un país, sangre de este jueves y ejércitos de varias cabilas. El ciego oye un grito: esta negrura es el jardín de Quraysh. Atabales para los reyes de las comarcas. El viento acarrea nuestros funerales sin lluvia, y un invierno nos despide hacia los campamentos del desierto. El collado nos hace oír el llanto de un rebaño que ha perdido a todos los ríos. Nos rodearon unos negros que se asemejaban a nuestros aldeanos. Conocí al jefe del ejército y a los cocineros del rey. Dijo un predicador deletreando nuestras palabras: baalun baala … Se equivocaron, no era un nombre. Braza. No me lavé en un antiguo zoco. Los mensajeros llevaron el manto de una anciana al collado para que una mitad muerta clamara: ésta es la paz de Atenas.

Un castillo como dote para una reina que perdió a su sabio en una caverna y un viento que acarrea funerales. ¿Qué país es un país, sabio? Un leñador perdió una letra que fue grabada en el tronco de un árbol, perdió un cadáver tendido de un árbol. No lo llamó un predicador de un pueblo que se nos parecía. Dijo: baalun baala. No era un nombre. Giramos hacia un visitante invernal que escuchaba la llegada de un humo. No había llegado todavía a su tumba, y él aún estaba caído sobre el pavimento cercano al café. Tendió una mano a lo alto del balcón que se asomaba a los astrólogos del oro del regreso. Articuló una letra semejante a la dal. Lo oyó un viejo ciego que guiaba con su muleta a una anciana que había visto en su himno el recuerdo de un cadáver colgado de un árbol. Dirá el historiador después de nosotros: es una sabiduría que se le ocultó al pretendiente al poder. Diremos en el himno: es un país que no sale de noche ni de día.

Kamal Sabti
(Irak 1954-2006)

Traducido por Milagros Nuin.

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