Breve cuestionamiento sobre los Evangelios Apócrifos

Si he de ser sincero, tuve que recurrir al Diccionario de la Real Academia para conocer exactamente el significado de «apócrifo».

Había oído hablar de los Evangelios apócrifos. Pero no terminaba de entender por qué, precisamente, se les llamaba así.

He aquí lo que apunta el Diccionario Ideológico de la Lengua Española.

«Apócrifo: dícese de los libros de la Biblia que, aunque atribuidos a autor sagrado, no están declarados como canónicos.»

El problema empezaba a esclarecerse. Sin embargo, al leer lo de «canónicos» me entraron nuevas dudas. ¿Y qué es exactamente «canónico»? ¿Por qué unos libros están declarados como tales y otros no? ¿Qué criterio o valoración se había seguido para ello?.

La cosa era sencilla. «Canon» es «el catálogo de libros sagrados admitidos por la Iglesia Católica».

En realidad, la cuestión quedaba reducida a un único punto: ¿y qué criterio seguía la Iglesia Católica para decidir si un libro tenía carácter apócrifo o canónico?.

El asunto, según he podido comprobar, recibe una «larga cambiada» por parte de los teólogos y estudiosos de la Biblia con un planteamiento pleno de fe, pero disminuido en su carácter racional y científico.

«La Biblia, y por tanto los libros canónicos —dicen los expertos— está inspirada por Dios.»

Esto significa que todo cuanto hubiera podido ser escrito sobre Cristo —incluso en vida del Maestro—, pero que no fuera reconocido por los hombres que forman la Iglesia como «inspirado», no tiene el menor valor canónico.

El tema, cuando menos, se presta a discusión.

Y no es que yo dude del referido carácter divino de esos libros. Creo en Dios y considero que, efectivamente, puede ser. Pero si la propia Iglesia Católica reconoce que buena parte de esos Evangelios apócrifos fueron confeccionados por autores sagrados, ¿por qué no son incluidos en el «lote» bíblico? Y lo que es peor: ¿por qué durante siglos han sido perseguidos y condenados?.

Según la propia Biblioteca de Autores Cristianos —declarada de interés nacional—, «apócrifo», en el sentido etimológico de la palabra, significa «cosa escondida, oculta». Este término servía en la antigüedad para designar los libros que se destinaban exclusivamente al uso privado de los adeptos a una secta o iniciados en algún misterio. Después, esta palabra vino a significar libro de origen dudoso, cuya autenticidad se impugnaba.

Entre los cristianos —prosigue la BAC— se designó con este nombre a ciertos escritos cuyo autor era desconocido y que desarrollaban temas ambiguos, si bien se presentaban con el carácter de sagrados.

Por esta razón, el término «apócrifo» vino con el tiempo a significar escrito sospechoso de herejía o, en general, poco recomendable.

En algo tiene razón la Iglesia. No todo el «monte es orégano». Quiero decir que, con el paso del tiempo, han surgido tantas historias de la vida y milagros de Jesús que resulta laborioso separar el grano de la paja.

Sin embargo, y a pesar de todo ello, la propia Iglesia Católica reconoce hoy el valor de algunos de estos textos —llamados, como digo, Evangelios apócrifos—, en los que se amplían o dan a conocer por primera vez algunos pasajes de la natividad, infancia y predicación del Señor.

El mismo san Lucas asegura que, ya desde el principio, muchos emprendieron el trabajo de coordinar la narración de las cosas que tuvieron lugar en tiempo de Jesús.

Esto resulta lógico y del todo humano. En realidad se venía haciendo desde hacía siglos con los grandes personajes griegos, romanos, sumerios, egipcios, etc. ¿Por qué no hacerlo con Jesús de Nazaret, hacedor de milagros, Hijo del Dios vivo, revolucionario para muchos y enfrentado a los Sumos Sacerdotes de Israel?.

Resulta igualmente verosímil que alguien tuviera la feliz iniciativa de relatar y dejar por escrito cuanto había hecho y dicho el Maestro. Esa idea —estoy seguro, como periodista que soy— debió florecer muy poco tiempo después de la muerte y resurrección del Cristo.

Parece claro que esa tarea de «reconstruir» la vida de Jesús fuera emprendida no sólo por los cuatro evangelistas oficialmente aceptados, sino por otros apóstoles, discípulos y «voluntarios» en definitiva.

Y ahí están los Evangelios apócrifos de Santiago, de Mateo, el Libro sobre la Natividad de María, el Evangelio de Pedro y el Armenio y Árabe de la Infancia de Jesús, entre otros, para ratificarlo.

Estos textos apócrifos son hoy reconocidos por la Iglesia Católica como parte de la Tradición. Y aunque, en efecto, hay pasajes en los mismos que resultan dudosos, otros, en cambio, coinciden entre sí y —a su vez— con los de los cuatro evangelistas… «titulados».

Esta situación, salvando distancias, me recuerda un poco la planteada en nuestros días.

En mis 20 años como profesional del periodismo he conocido a decenas de hombres y mujeres que, a pesar de no haber estudiado en la Facultad de las Ciencias de la Información y de no poseer, lógicamente, título alguno que les acreditase como periodistas, han demostrado y siguen demostrando que, a la hora de «hacer periodismo» son tan buenos o mejores que los «canónicos», si se me permite la licencia…

¿Qué quiero decir con todo esto?

Algo muy simple.

Estoy seguro que hubo otros cronistas —incluso apóstoles y discípulos de Cristo— que llevaron al papel un excelente trabajo sobre la vida y milagros del Maestro. Relatos, incluso, que pudieron servir de base en determinados momentos a los cuatro evangelistas «oficiales».

Hoy, esos textos —aparecidos en su mayor parte en los siglos II y IV— son considerados como «apócrifos».

En realidad, lo que les distancia y diferencia de los cuatro Evangelios canónicos no es otra cosa que lo ya apuntado anteriormente: el hecho de que «no han sido inspirados por Dios».

Y yo sigo preguntándome: ¿dónde está la prueba científica y palpable de esa «inspiración divina»? ¿Es que Dios ha vuelto a descender sobre el Sinaí para entregar el «catálogo» de los libros «canónicos», como si se tratara de un vendedor de libros a domicilio?

¿Hasta qué punto no se ha manipulado —por parte de los hombres que han formado la Iglesia— esa circunstancia de la «inspiración divina»?

¿Hasta qué punto no se han distorsionado las propias palabras de Jesús, con el fin de «arrimar el ascua a la sardina» de esa institución llamada Iglesia?…

Por J.J.Benítez

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