Sayyida al-Hurra (السيدة الحرة) – La Pirata de Granada

“La Pirata de Granada”

Sayyida al-Hurra fue un personaje clave en su época, sin el que no podrían entenderse los acontecimientos que sucedieron en el Estrecho durante aquellos años. Cuando la Edad Media quedaba atrás y un nuevo orden mundial estaba naciendo, ella se negó a seguir los dictados de un hombre y forjó su propia ley. Envió barcos a asesinar, utilizó los medios de que disponía y los que le habían sido negados por ser mujer. Manipuló las alianzas de su país y se construyó un nombre, que habría de ser temido por todo el Mediterráneo.

Sayyida era del Reino de Granada, el último estado gobernado por musulmanes en España al final de la Reconquista (la retomada de siglos de la Península Ibérica de los moros). Su familia huyó a Marruecos tras la caída de Granada en 1492.

Un nuevo contexto histórico

En 1453, Constantinopla cayó en manos de los turcos, por lo que desaparecía el Imperio Romano de Oriente y se constituía el Imperio Otomano, nombrando a esta ciudad su capital. El sultán Mehmed II se convirtió en Cabeza del Islam, y las rutas comerciales de las especias entre Europa y Asia se vieron alteradas de forma absoluta. Algunos intentos de rodear las zonas de control otomano y llegar a China con fines comerciales fueron el viaje por África de Vasco de Gama o la ilusión de Cristóbal Colón de cruzar el mundo entero navegando hacia el Oeste por el Océano Atlántico, lo que llevó al descubrimiento de América.

Por su parte, en 1492, los reyes Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón completaban la Reconquista al ocupar el Reino Nazarí de Granada, por lo que fueron nombrados en 1496 como Reyes Católicos. Su poder se afianzaba y así, junto a la conquista del Nuevo Mundo y la alianza con el Papado, daba comienzo una época de esplendor y hegemonía mundial. Como consecuencia, una enorme población musulmana fue obligada a convertirse al cristianismo o abandonar la Península Ibérica, estableciéndose en la costa de Berbería.

 “La Dama Libre”

Sayyida al-Hurra era descendiente de una de esas veteranas familias andalusíes obligadas a emigrar, y cuyo odio y nostalgia hicieron de ellas poderosos enemigos del Imperio español. Por culpa del hostigamiento llevado a cabo por los cristianos, grandes jefes guerreros se establecieron en la zona de Marruecos, buscando alianzas para continuar su guerra. Dos de tales jefes fueron Alí ibn Rashid (fundador de la ciudad de Chefchauen en 1471) y Sidi al-Mandri (antiguo jefe militar de Granada y luego refundador de Tetuán en 1485-86, tras haber sido arrasada ésta por tropas de Castilla y Portugal, en represalia por su apoyo a la piratería en el Estrecho). Ambos eran amigos y líderes de sendos grupos de emigrados.

Su influencia en el área era importante, relacionándose con el sultán de Marruecos (reino cuya capital entonces era Fez), pero manteniendo un gran nivel de independencia, lo que los convertía, de hecho, en las principales defensas fronterizas del Islam en aquella zona. Y hemos de tener en cuenta, además, que Marruecos era el destino de numerosas caravanas que llevaban a Europa oro, marfil, sedas y esclavos negros, por lo que quien controlara la región tendría en sus manos enormes riquezas.

Alí ibn Rashid tuvo dos hijos: Ibrahim (quien le sucedería como gobernador de Chefchauen y además valido del sultán de Marruecos) y Aysha (según algunos historiadores, éste era su nombre de pila, a quien casó hacia el año 1500 con su viejo amigo, Sidi al-Mandri, garantizando así la estabilidad del poder). La pareja gobernó con sabiduría el área de Tetúan, a pesar de haber entre ellos una diferencia de edad de unos treinta o cuarenta años. Reforzaron su influencia y promovieron la piratería, lo cual les garantizaba unos importantes ingresos.

Con el paso de los años, Sidi al-Mandri fue perdiendo capacidad de decisión, debido al avance de unas heridas de guerra que terminaron por dejarlo ciego. En esa época, en torno al año 1510-12, su esposa Aysha asumió por sí misma las tareas de gobierno, por lo que obtuvo el sobrenombre de Sitt al-Hurra o Sayyida al-Hurra, que significa «La Noble Dama». Su voluntad era de hierro, su mano nunca temblaba al ordenar los ataques de los corsarios contra las flotas portuguesa y española. En un mundo eminentemente masculino, la palabra de Sayyida era ley, y los monarcas cristianos aprendieron a temerla.

Aliada del legendario Barbarroja

En esta guerra naval halló un aliado en Baba Aruj, el corsario conocido como Barbarroja, que fue gobernador de Argel y se unió al Imperio Otomano. De esta manera, el sultán de Estambul (entonces Bayezid II y después Selim I) veía garantizada su influencia en el Mediterráneo Occidental mediante las actividades de estos temidos reyes piratas, a cada cual más sanguinario.

Tal vez por el recuerdo de verse obligada a huir de su hogar en la infancia, Sayyida, como muchos otros musulmanes en la zona, recurrió a la piratería contra su enemigo cristiano. Se acercó a Barbarroja de Argel, que controlaba el mar Mediterráneo Oriental mientras controlaba el Oeste, y formó su propia flota. Ella causó estragos en las líneas navieras españolas y portuguesas, y fue el líder indiscutible de los piratas en la región.

Sin embargo, los años pasaban, y Sidi al-Mandri y su esposa Sayyida se ganaban cada vez más enemigos. Una hija de la pareja contrajo matrimonio con el joven Ahmad, hijo de Hasan Hashim, rico aristócrata granadino que había emigrado junto a Sidi al-Mandri y se disputaba con él la posesión de Tetuán. Mediante el enlace de sus hijos, Sayyida pretendía garantizar la estabilidad en la zona, tal y como su padre había hecho con ella. Pronto se vería que no iba a ser tan fácil.

En 1539 murió Ibrahim, hermano de Sayyida, y en 1540 lo hizo Sidi al-Mandri. La reina pirata se quedaba sola. Sus dos principales apoyos habían desaparecido, y ni todo su coraje bastaría para soportar los ataques de los jefecillos locales. El sustituto de Ibrahim en Chefchauen fue su hermanastro Muhammad, quien pronto quiso hacerse también con Tetuán y deponer a Sayyida.

En 1541 la situación cambió por completo: Sayyida contrajo matrimonio con Ahmed al-Watasi, sultán de Marruecos. Nada menos que el rey de toda aquella región, y a quien el resto de jefes debía obediencia. Y, como gran gesto de carácter, la Noble Dama exigió que el enlace se realizara en Tetúan, su ciudad, en lugar de en Fez, la capital del reino. Ésta es la única ocasión en la que un rey de Marruecos se ha casado en cualquier lugar que no fuera la capital, y eso fue una clara muestra al mundo de quién era Sayyida al-Hurra, capaz de gobernar incluso a un rey. Y las actividades de los corsarios prosiguieron, más reforzadas que nunca.

Los enemigos de la Noble Dama no cejaban en combatirla. Tal era su empeño que hicieron cualquier cosa por derribarla. En 1541 el gobernador portugués de Ceuta cerró el puerto al comercio con Tetúan, y un año después Hasan Hashim y su hijo Ahmad lanzaron un ataque demoledor sobre Tetúan y se hicieron con la plaza.

 El precio de ser mujer

Después de tantas vicisitudes y luchas por reafirmar su posición, Sayyida no pudo mantener su hogar ni sus posesiones, y fue desterrada. Se dice que ni el sultán ni sus propias hijas la ayudaron, y al final se encontró totalmente sola. Ahmad gobernó en Tetúan y ella se resguardó en la casa de sus padres, en Chefchauen. Allí vivió hasta su final y allí está su tumba, que hoy recibe multitud de visitas, sobre todo mujeres, que alaban su capacidad, independencia y valor en un mundo masculino. Ahora su cuerpo ocupa una pequeña tumba, en un rincón discreto de la zawiyya raysuniy . Hay una reducidísima ventana que da al exterior y, por fuera, muchas mujeres de Chefchauen depositan flores en el alféizar.

No supo continuar siendo una mujer extraordinaria apoyada en un hombre, en una sociedad de hombres, y quiso ser ella misma el hombre con un comportamiento de tal y con desafio; lo cual, en aquella época, era imposible de imponer y de mantener. El hecho de que nadie se opusiera abiertamente a su caída, lo prueba.

Sayyida al-Hurra nunca ha dejado de ser una Noble Dama y continúa siendo un símbolo de libertad para muchos, y de esperanza.

Rodolfo Gil Grimau

Con información de Amazing Women in History

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