Natividad de Jesús de Nazaret (arameo: ܝܫܘܥ, Išo) Evangelios Apócrifos

Evangelios  apócrifos de la infancia de Jesús

Nombre dado a escritos surgidos en los primeros siglos del cristianismo en torno a la figura de Jesús de Nazaret.

Se les dio el nombre de evangelio por su aspecto similar a los cuatro evangelios admitidos en el canon del Nuevo Testamento. Sin embargo, muchos de ellos no tienen un estilo evangélico, ya que no son utilizados para anunciar una Buena Noticia (esto es lo que significa etimológicamente Evangelio).

Algunos de estos escritos surgieron en comunidades gnósticas, con la intención de contener palabras ocultas (en griego, apokryphos). Estos mensajes ocultos entre los discursos atribuidos a Jesús estaban reservados a los iniciados en esas comunidades. Aunque inicialmente se denominó “Evangelio apócrifo” únicamente a este tipo de escritos, se amplió posteriormente a todos los que no se incluyeron en el canon del Nuevo testamento, independientemente de su finalidad, oculta o no.

Los evangelios apócrifos o extracanónicos, son los textos que no fueron incluídos en la Santa Biblia tras considerarse poco creíbles. Los estudiosos consideraron que no continuaban una línea teológica. Además de contener muchas contradicciones. Fueron escritos luego de la llegada de Jesús de Nazareth,  relatando las historias de Jesús en momentos que la Santa Biblia lo deja ausente.

Estos textos no sólo fueron rechazados por el canon de la iglesia católica, sino también, por muchas otras religiones. Se debe tener en cuenta que dichos textos fueron escritos luego de la época de los profetas, que fue antes de la llegada de Jesucristo.

La narración apócrifa más antigua en torno al nacimiento de Jesús y de una de las que más influencia ha ejercido en la posteridad es el Protoevangelio de Santiago.  El título de Protoevangelio no es original (data del siglo XVI), pero así sigue llamándose a este apócrifo en casi todas las ediciones para distinguirlo de otras composiciones de contenido parecido.

Escrito originariamente en griego, en una época no anterior al siglo II y no posterior al IV, es conocido en toda la tradición manuscrita como Historia o Libro de Santiago. En su redacción actual consta de 25 capítulos, en que se narra el nacimiento y vida de María hasta los dieciséis años (c.1-16), nacimiento de Jesús (c.17-21) y matanza de los Inocentes con el martirio de Zacarías (c.22-24). Se termina con un epílogo (c.25) en que se presenta Santiago (sin duda el apóstol Santiago el Menor) como presunto autor del libro.

El núcleo original del apócrifo hay que datarlo por lo menos en la segunda mitad del siglo II, ya que escritores como Orígenes y Clemente de Alejandría, que vivieron entre finales del siglo II y principios del III, atestiguan su existencia. Los relatos del Protoevangelio presuponen las narraciones de los evangelios canónicos en torno al nacimiento de Jesús, pero añaden una larga serie de detalles nuevos, tan asimilados mientras tanto por la tradición, que en muchos casos resulta difícil descubrir su origen apócrifo. Así, por ejemplo, los nombres de los padres de María, Joaquín y Ana, la fiesta litúrgica de la Presentación, Jesús nace en una cueva y es reclinado en un pesebre, José es viudo y viejo, etc.

Sería, sin embargo, superficial detenerse en estos detalles y no fijarse en el objetivo fundamental que persigue el autor y que da sentido a todo el escrito- éste no es otro que la exaltación de la figura de María, madre virginal de Jesús

No se sabe con certeza si la patria del Protoevangelio fue Siria o más bien Egipto. Lo que no admite duda alguna es la extraordinaria aceptación de que ha gozado este escrito en las iglesias orientales, particularmente en el ámbito greco-bizantino. Su texto llegó a ser lectura obligada en las celebraciones litúrgicas, y de ahí el gran número de manuscritos griegos en que ha sido transmitido a partir del siglo X.

Escrito Apócrifo del siglo II

Llegaron a la mitad del camino, y María le dijo:

José, bájame del asno porque lo que hay en mí, me da prisas para nacer.

Allí mismo la bajó y le dijo:

—¿Dónde te podré llevar para proteger tu pudor? Porque este lugar es un desierto.

Encontró allí una cueva; la llevó dentro, la dejó en compañía de sus hijos [según este relato cuando José tomó a María era viudo, y había tenido otros hijos en su primer matrimonio] y se fue a buscar una comadrona hebrea en la región de Belén.

Yo, José, caminaba y no caminaba. Miré a la bóveda del cielo y vi que estaba inmóvil. Miré al aire y lo vi atónito, y a los pájaros del cielo, quietos. Miré a la tierra y vi una vasija. Y los que estaban masticando no masticaban, y los que tomaban algo no lo alzaban y los que llevaban algo a sus bocas no lo llevaban. Sin embargo, los rostros de todos estaban mirando hacia arriba.

Y vi que unas ovejas eran conducidas, y las ovejas estaban inmóviles. Y el pastor levantaba la mano para golpearlas, y su mano estaba alzada pero inmóvil. Y miré a la corriente del río y vi los hocicos de unos cabritillos que estaban sobre el agua y no bebían. Todo, en un instante, volvió a recuperar su curso.

Y vi que una mujer bajaba de la montaña y me dijo:

—Hombre, ¿a dónde vas?

Y le dije:

—Busco una comadrona hebrea.

Ella me respondió:

—¿Eres de Israel?

Le dije:

—Sí.

Ella dijo:

—¿Y quién es la que está dando a luz en la cueva?

Yo dije:

—Mi desposada.

Me dijo:

—¿No es tu mujer?

Le dije:

—Es María, la que se crió en el Templo del Señor. Me tocó en suerte como mujer pero no es mi Mujer, sino que su concepción es obra del Espíritu Santo.

La comadrona le dijo:

—¿De verdad?

José le dijo:

—Ven y mira.

Partió con él y se detuvieron en el lugar de la cueva. Y una nube muy oscura cubría la cueva. Dijo la comadrona:

—Hoy mi alma ha sido engrandecida, porque mis ojos han visto hoy prodigios, pues ha nacido la salvación para Israel.

De repente la nube se retiró de la cueva, y apareció una gran luz en la cueva de tal modo que los ojos no la soportaban. Al poco, aquella luz se retiró hasta que apareció un niño. Vino y tomó del pecho de María su madre. La comadrona gritó y dijo:

—¡Qué grande es el día de hoy para mí, porque he visto este asombroso prodigio!

La comadrona salió de la cueva, y Salomé se encontró con ella. Le dijo:

Salomé, Salomé, tengo que explicarte un prodigio asombroso. Una virgen ha dado a luz, cosa que no le permite su naturaleza.

Dijo Salomé:

—Vive el Señor, mi Dios, que si no meto mi dedo y examino su naturaleza, no creeré en modo alguno que la virgen ha dado a luz.

La comadrona entró y dijo:

María, disponte, porque ha surgido una disputa no pequeña en torno a ti.

María la escuchó y se dispuso. Salomé metió el dedo en su naturaleza. Salomé gritó y dijo:

—¡Ay de mi iniquidad e incredulidad, porque tenté al Dios vivo, y he aquí que mi mano se desprende de mí por el fuego!

Salomé se puso de rodillas ante el Señor diciendo:

—Dios de mis padres, acuérdate de mí, porque soy descendencia de Abraham, Isaac y Jacob. No me conviertas en escarmiento para los hijos de Israel, sino restitúyeme a los pobres, pues tu sabes, Señor, que yo realizaba mis acciones en tu nombre y recibía  mi recompensa de ti.

Y he aquí que un ángel del Señor se presentó diciendo:

Salomé, Salomé, el Señor del universo escuchó tu súplica. Acerca tu mano al niño, sosténlo y tendrás salvación y alegría.

Con alegría Salomé se acercó y lo sostuvo diciendo:

—Lo adoraré porque ha nacido como gran rey para Israel.

Y he aquí que Salomé quedó inmediatamente curada, y salió justificada de la cueva. Y he aquí que una voz decía:

Salomé, Salomé, no anuncies las maravillas que has visto hasta que el niño vaya a Jerusalén.

Palabras pronunciadas por Jesús en la cuna

Hemos encontrado estas palabras en el libro de Josefo, el Gran Sacerdote que existía en tiempo del Cristo, y que algunos han dicho que era Caifás.

El cual afirma que Jesús habló, estando en la cuna, y que dijo a su madre:

Yo soy el Verbo, hijo de Dios, que tú has parido, como te lo había anunciado el ángel Gabriel, y mi Padre me ha enviado para salvar al mundo.

Viaje de María y de José a Bethlehem

El año 309 de Alejandro, ordenó Augusto que cada individuo fuese empadronado en su país. Y José se aprestó a ello, y, llevando consigo a María, su esposa, partió para Bethlehem, su aldea natal.

Y, mientras caminaban, José advirtió que el semblante de su esposa se ensombrecía por momentos, y que por momentos se iluminaba.

E, intrigado, tomó la palabra, y preguntó: ¿Qué tienes, María? Y ella respondió: Veo, oh José, alternar dos espectáculos sorprendentes. Veo al pueblo de Israel, que llora y se lamenta, y que, estando en la luz, semeja a un ciego, que no percibe el sol. Y veo al pueblo de los incircuncisos, que habitan en las tinieblas, y que una nueva claridad se levanta para ellos y sobre ellos, y que ellos se regocijan llenos de alegría, como el ciego cuyos ojos se abren para ver la luz.

Y José llegó a Bethlehem para instalarse en su aldea natal, con toda su familia. Y, cuando llegaron a una gruta próxima a Bethlehem, María dijo a José: He aquí que el tiempo de mi alumbramiento ha llegado, y que me es imposible ir hasta la aldea. Entremos, pues, en esta gruta. Y, en aquel momento, el sol se ponía. Y José partió de allí presuroso para traer a María una mujer que la asistiese. Y halló por acaso a una anciana de raza hebraica y originaria de Jerusalén, a quien dijo: Ven aquí, bendita mujer, y entra en esta gruta, donde hay una joven que está a punto de parir.

La partera de Jerusalén

Y la anciana, acompañada de José, llegó a la caverna, cuando el sol se había puesto ya. Y penetraron en la caverna, y vieron que todo faltaba allí, pero que el recinto estaba alumbrado por luces más bellas que las de todos los candelabros y las de todas las lámparas, y más intensas que la claridad del sol. Y el niño, a quien María había envuelto en pañales, mamaba la leche de su madre. Y, cuando ésta acabó de darle el pecho, lo depositó en el pesebre que en la caverna había.

Y la anciana dijo a Santa María: ¿Eres la madre de este recién nacido? Y Santa María dijo: Sí. Y la anciana dijo: No te pareces a (las demás) hijas de Eva. Y Santa María dijo: Como mi hijo es incomparable entre los niños, así su madre es incomparable entre las mujeres… Y la anciana respondió en estos términos: Oh, señora, yo vine sin segunda intención, para obtener una recompensa. Nuestra Señora Santa María le dijo: Pon tu mano sobre el niño. Y ella la puso, y al punto quedó curada. Y salió diciendo: Seré la esclava y la sierva de este niño durante todos los días de mi vida.

Adoración de los pastores

Y, en aquel momento, llegaron unos pastores, y encendieron una gran hoguera, y se entregaron a ruidosas manifestaciones de alegría. Y aparecieron unas legiones angélicas, que empezaron a alabar a Dios. Y los pastores también lo glorificaron.

Y, en aquel momento, la gruta parecía un templo sublime, porque las voces celestes y terrestres a coro celebraban y magnificaban el nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo. Cuanto a la anciana israelita, al ver tamaños milagros, dio gracias a Dios, diciendo: Yo te agradezco, oh Dios de Israel, que mis ojos hayan visto el nacimiento del Salvador del mundo.

Circuncisión

Y, cuando fueron cumplidos los días de la circuncisión, es decir, al octavo día, la ley obligaba circuncidar al niño. Se lo circuncidó en la caverna, y la anciana israelita tomó el trozo de piel (otros dicen que tomó el cordón umbilical), y lo puso en una redomita de aceite de nardo viejo. Y tenía un hijo perfumista, a quien se la entregó, diciéndole: Guárdate de vender esta redomita de nardo perfumado, aunque te ofrecieran trescientos denarios por ella. Y aquella redomita fue la que María la pecadora compró y con cuyo nardo espique ungió la cabeza de Nuestro Señor Jesucristo y sus pies, que enjugó en seguida con los cabellos de su propia cabeza.

Y, habiendo transcurrido diez días, llevaron al niño a Jerusalén. Y, cuarenta días después de su nacimiento, un sábado, lo condujeron al templo a presencia del Señor, y ofrecieron, para rescatarlo, los sacrificios previstos por la ley de Moisés, a quien Dios dijo: Todo primogénito varón me será consagrado.

 Presentación de Jesús en el templo

Y, cuando María franqueó la puerta del atrio del templo, el viejo Simeón vio, con ojos del Espíritu Santo, que aquella mujer parecía una columna de luz, y que llevaba en brazos un niño prodigioso. Y, semejantes a la guardia de honor que rodea a un rey, los ángeles rodearon en círculo al niño, y lo glorificaron. Y Simeón se dirigió, presuroso, hacia Santa María, y, extendiendo los brazos hacia ella, le dijo: Dame el niño. Y tomándolo en sus brazos, exclamó: Ahora, Señor, despide a tu siervo en paz, conforme a tu palabra. Porque mis ojos han visto la obra de tu clemencia, que has preparado para la salvación de todas las razas, para servir de luz a todas las naciones, y para la gloria de tu pueblo, Israel.  Y Ana la profetisa fue testigo de este espectáculo, y se acercó para dar gracias a Dios, y para proclamar bienaventurada a Santa María.

Llegada de los magos

Y la noche misma en que el Señor Jesús nació en Bethlehem de Judea, en la época del rey Herodes, un ángel guardián fue enviado a Persia. Y apareció a las gentes del país bajo la forma de una estrella muy brillante, que iluminaba toda la tierra de los persas. Y, como el 25 del primer kanun (fiesta de la Natividad del Cristo) había gran fiesta entre todos los persas, adoradores del fuego y de las estrellas, todos los magos, en pomposo aparato, celebraban magníficamente su solemnidad, cuando de súbito una luz vivísima brilló sobre sus cabezas. Y, dejando sus reyes, sus festines, todas sus diversiones y abandonando sus moradas, salieron a gozar del espectáculo insólito. Y vieron que una estrella ardiente se había levantado sobre Persia, y que, por su claridad, se parecía a un gran sol. Y los reyes dijeron a los sacerdotes en su lengua: ¿Qué es este signo que observamos? Y, como por adivinación, contestaron, sin quererlo: Ha nacido el rey de los reyes, el dios de los dioses, la luz emanada de la luz. Y he aquí que uno de los dioses ha venido a anunciarnos su nacimiento, para que vayamos a ofrecerle presentes, y a adorarlo. Ante cuya revelación, todos, jefes, magistrados, capitanes, se levantaron, y preguntaron a sus sacerdotes:

¿Qué presentes conviene que le llevemos?

Y los sacerdotes contestaron: Oro, incienso y mirra. Entonces tres reyes, hijos de los reyes de Persia, tomaron, como por una disposición misteriosa, uno tres libras de oro, otras tres libras de incienso y el tercero tres libras de mirra. Y se revistieron de sus ornamentos preciosos, poniéndose la tiara en la cabeza, y portando su tesoro en las manos. Y, al primer canto del gallo, abandonaron su país, con nueve hombres que los acompañaban, y se pusieron en marcha, guiados por la estrella que les había aparecido. Y el ángel que había arrebatado de Jerusalén al profeta Habacuc, y que había suministrado alimento a Daniel, recluido en la cueva de los leones, en Babilonia, aquel mismo ángel, por la virtud del Espíritu Santo, condujo a los reyes de Persia a Jerusalén, según que Zoroastro lo había predicho. Partidos de Persia al primer canto del gallo, llegaron a Jerusalén al rayar el día, e interrogaron a las gentes de la ciudad, diciendo: ¿Dónde ha nacido el rey que venimos a visitar? Y, a esta pregunta, los habitantes de Jerusalén se agitaron, temerosos, y respondieron que el rey de Judea era Herodes.

Sabedor del caso, Herodes mandó a buscar a los reyes de Persia, y, habiéndolos hecho comparecer ante él, les preguntó: ¿Quiénes sois? ¿De dónde venís? ¿Qué buscáis? Y ellos respondieron: Somos hijos de los reyes de Persia, venimos de nuestra nación, y buscamos al rey que ha nacido en Judea, en el país de Jerusalén. Uno de los dioses nos ha informado del nacimiento de ese rey, para que acudiésemos a presentarle nuestras ofrendas y nuestra adoración. Y se apoderó el miedo de Herodes y de su corte, al ver a aquellos hijos de los reyes de Persia, con la tiara en la cabeza y con su tesoro en las manos, en busca del rey nacido en Judea. Muy particularmente se alarmó Herodes, porque los persas no reconocían su autoridad. Y se dijo: El que, al nacer, ha sometido a los persas a la ley del tributo, con mayor razón nos someterá a nosotros. Y, dirigiéndose a los reyes, expuso: Grande es, sin duda, el poder del rey que os ha obligado a llegar hasta aquí a rendirle homenaje. En verdad, es un rey, el rey de los reyes. Id, enteraos de dónde se halla, y, cuando lo hayáis encontrado, venid a hacérmelo saber, para que yo también vaya a adorarlo. Pero Herodes, habiendo formado en su corazón el perverso designio de matar al niño, todavía de poca edad, y a los reyes con él, se dijo: Después de eso, me quedará sometida toda la creación.

Y los magos abandonaron la audiencia de Herodes, y vieron la estrella, que iba delante de ellos, y que se detuvo por encima de la caverna en que naciera el niño Jesús.

En seguida cambiando de forma, la estrella se tornó semejante a una columna de fuego y de luz, que iba de la tierra al cielo. Y penetraron en la caverna, donde encontraron a María, a José y al niño envuelto en pañales y recostado en el pesebre. Y, ofreciéndole sus presentes, lo adoraron. Luego saludaron a sus padres, los cuales estaban estupefactos, contemplando a aquellos tres hijos de reyes, con la tiara en la cabeza y arrodillados en adoración ante el recién nacido, sin plantear ninguna cuestión a su respecto. Y María y José les preguntaron: ¿De dónde sois? Y ellos les contestaron: Somos de Persia. Y María y José insistieron: ¿Cuándo habéis salido de allí? Y ellos dijeron:

Ayer tarde había fiesta en nuestra nación. Y, después del festín, uno de nuestros dioses nos advirtió: Levantaos, e id a presentar vuestras ofrendas al rey que ha nacido en Judea. Y, partidos de Persia al primer canto del gallo, hemos llegado hoy a vosotros, a la hora tercera del día.

Y María, agarrando uno de los pañales de Jesús, se lo dio a manera de elogio. Y  ellos lo recibieron de sus manos de muy buen grado, aceptándolo, con fe, como un presente valiosísimo. Y, cuando llegó la noche del quinto día de la semana posterior a la natividad, el ángel que les había servido antes de guía, se les presenté de nuevo bajo forma de estrella. Y lo siguieron, conducidos por su luz, hasta su llegada a su país.

Vuelta de los magos a su tierra

Los magos llegaron a su país a la hora de comer. Y Persia entera se regocijó, y se maravilló de su vuelta.

Y, al crepúsculo matutino del día siguiente, los reyes y los jefes se reunieron alrededor de los magos, y les dijeron: ¿Cómo os ha ido en vuestro viaje y en vuestro retorno? ¿Qué habéis visto, qué habéis hecho, qué nuevas nos traéis? ¿Y a quién habéis rendido homenaje? Y ellos les mostraron el pañal que les había dado María. A cuyo propósito celebraron una fiesta, al uso de los magos, encendiendo un gran fuego, y adorándolo. Y arrojaron a él el pañal, que se tomó en apariencia fuego. Pero, cuando éste se hubo extinguido, sacaron de él el pañal, y vieron que se conservaba intacto, blanco como la nieve y más sólido que antes, como si el fuego no lo hubiera tocado.

Y, tomándolo, lo miraron bien, lo besaron, y dijeron: He aquí un gran prodigio, sin duda alguna. Este pañal es el vestido del dios de los dioses, puesto que el fuego de los dioses no ha podido consumirlo, ni deteriorarlo siquiera. Y lo guardaron preciosamente consigo, con fe ardiente y con veneración profunda.

Cólera de Herodes. La huida a Egipto

Cuando Herodes vio que había sido burlado por los magos, y que éstos no volvían, convocó a los sacerdotes y a los sabios, y les preguntó : ¿Dónde nacerá el Mesías? Ellos le respondieron: En Bethlehem de Judá. Y él se puso a pensar en el medio de matar a Nuestro Señor Jesucristo. Entonces el ángel de Dios apareció en sueños a José, y le dijo: Levántate, toma al niño y a su madre, y parte para la tierra de Egipto. Se levantó, pues, al canto del gallo, y se puso en camino.

Fuente: Los Evangelios Apócrifos, por Edmundo González Blanco

Con información de Infocatolica

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