Acero de Damasco, forjador de Héroes

La descripción más antigua de las espadas de Damasco data del año 540 de nuestra era, pero pueden haber estado en uso mucho antes, incluso en la época de Alejandro Magno (323 A. C.). El propio acero estaba hecho en la India,  donde se denominaba wootz. Las mejores espadas se forjaban en Persia bajo el nombre de “poulad Janherder”, a partir del wootz Indio que se usaba también para escudos y armaduras. Estos aceros se conocieron en la Edad Media en Rusia, donde se denominaban aceros “bulat”.

El acero de Damasco, el material de las leyendas

El término “acero de Damasco” puede referirse a dos tipos diferentes de materiales ferrosos (que contienen hierro) caracterizados por el patrón acuoso producido a partir de la mezcla controlada y la manipulación física del hierro y el acero. Es el resultado de combinar por lo menos dos tipos diferentes de acero endurecidos y templados en la misma gama para conseguir un diseño ondulado, resultante del proceso de laminado. Las espadas de Damasco trascendieron las fronteras y los siglos.  Los europeos occidentales introdujeron por primera vez  este material  desde el centro comercial histórico de Damasco, en la actual Siria, cuando las Cruzadas llegaron al Medio Oriente a principios del siglo XI. Descubrieron que las espadas hechas de este metal podían cortar una pluma en el aire, y todavía mantener su filo a través de las muchas batallas libradas con los Sarracenos. Las espadas eran fácilmente reconocidas por su diseño ondulado o “damasquino” en sus hojas. Aunque hay ejemplos de este material que se produce en Damasco mismo, sus orígenes técnicos y físicos son de la India y el Medio Oriente. El acero de Damasco no debe confundirse con el damasceno, que es un proceso de incrustación de hoja de oro sobre la superficie de acero con el fin de decoración.

En casi todas las culturas de hierro, este material fue venerado y dotado de cualidades mágicas. Un astuto viejo forjador, hizo que los elementos se unieran en una oscura y misteriosa herrería, fusionando sólidos y diferentes metales para crear un arma que pudiera matar al más poderoso dragón y nunca fallar a su amo. Fue el pináculo del arte de los forjadores de metal.  Creadores de  la hoja perfecta con acero que es maleable y resistente entrelazado con acero duro con capacidad de corte perfecto.

Las mil y una noches

En uno de los cuentos de Las Mil y Una Noches, se hace referencia al Gran Rey Salahadin y su maravillosa espada Damasquina.

Y cuando vino la décima noche

Sherezade dijo: cuentan que en el trono de los califas Omniadas, en Damasco, se sentó un rey —¡Sólo Allâh es rey!—, que se llamaba Abdalmalek ben-Merwan. A este rey le gustaba departir a menudo con los sabios de su reino acerca de nuestro señor Saladino —¡con él la plegaria y la paz!— de sus virtudes, de su influencia y de su poder ilimitado sobre las tierras de las soledades, de los efrits que pueblan el aire y de los genios marítimos y subterráneos.

Fueron estos sabios quienes narraron al rey Abdalmalek ben-Merwan que, cuando Ricardo Corazón de León se encontró en las cruzadas con el gran, el inmenso Saladino. El rey cristiano creyó necesario ensalzar las virtudes de su espada. Para demostrar la fuerza de su pesadísimo mandoble, cortó una barra de hierro. En respuesta, Saladino tomó un cojín de seda y lo partió en dos con su cimitarra sin la sombra de un esfuerzo, al grado de que el cojín pareció abrirse por sí mismo.

Los cruzados no podían creer a sus ojos y sospecharon que se trataba de un truco. Saladino entonces lanzó un velo al aire y con su arma lo desgarró. Era ésta una lámina curva y delgada que brillaba no como las espadas de los francos sino con un color azulado marcado por una miríada de líneas curvas distribuidas al azar. Los europeos comprobaron entonces que éstas eran, precisamente, las características, ¡oh gran señor!, de todas las láminas usadas en el Islam en tiempos de Saladino.

Las hojas eran —insistían los sabios alrededor del rey Abdalmalek ben-Merwan— excepcionalmente fuertes si se las doblaba, también eran lo suficientemente duras como para conservar el filo, es decir, que podían absorber los golpes en el combate sin romperse. Sus virtudes mecánicas, así como sus preciosas marcas onduladas en la superficie, se debían al material con que estaban hechas: el acero de Damasco.

La espada de Ricardo Corazón de León era tosca, pesada, recta y brillante. La de Saladino, por el contrario, era esbelta, ligera y de un azul opaco que, visto más de cerca, era producido por una textura compuesta de millones de curvas oscuras en un fondo blanco que caracterizan a los aceros de Damasco. Era tan dura que se podría afilar como navaja de afeitar y a la vez era sumamente tenaz, de manera que podía absorber los golpes del combate sin romperse. Era difícil para los europeos aceptar que la dureza y la tenacidad se podían conjugar de una manera tan extraordinaria. Todavía más difícil de aceptar resultó el entender y dominar la técnica de fabricación de los aceros de Damasco en las herrerías de Occidente. Tomó siglos poder comprender y entender este concepto.

Proceso de elaboración

El mineral de hierro se calienta hasta 1.200ºC para reducirlo obteniéndose un hierro esponjado que por medio de martilleo se libera de impurezas. El resultado es hierro dulce con bajo contenido de carbono. Después en un crisol se le agrega carbón para someter nuevamente la mezcla a una temperatura de 1200 ºC en atmósfera inerte. Durante el enfriamiento posterior la austenita se transforma en cementita (Fe3C) y perlita (capas alternas de ferrita y cementita).

Los herreros mejoraban la resistencia y elasticidad de las espadas mediante el temple. En las fraguas las calentaban al rojo vivo, para posteriormente enfriarlas súbitamente por inmersión en un fluido y, de este modo, producir una importante transformación en la estructura cristalina (“martensita”)

El forjado es la etapa esencial del proceso de fabricación de una verdadera espada de Damasco. La hoja se somete a un calentamiento hasta una temperatura entre 650ºC y 850ºC, temperaturas a las que podía ser conformado mediante martillo y yunque. Así, se rompe la red cristalina de la cementita, transformándola en simples granos aislados que proporcionan alta resistencia y disminución de la fragilidad.

Con información de CAU

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