La súbita desaparición de Sumeria


El sistema sexagesimal que hoy tenemos -mediante el cual se rigen nuestros relojes y se miden los meridianos terrestres y la circunferencia- proviene de los sumerios, pueblo de la remota antigüedad del que los historiadores desconocen su origen y creen que fue, unos 3.500 años a.C., la primera civilización del planeta. Sin embargo estos historiadores no se ponen de acuerdo en qué pudo haber sucedido para que la civilización sumeria desapareciera de la noche a la mañana, pocos lustros antes del año 2000 a.C. Donde estaba Sumeria, entre los ríos Tigris y Eufrates, hasta la desembocadura de ambos en el Golfo Pérsico, se instalaron los babilonios, que no se sabe de dónde salieron.

Los historiadores aseguran tímidamente que los amorreos destruyeron la ciudad de Ur y que éstos y otros invasores hicieron lo mismo con las demás ciudades. Importantes ciudades sumerias fueron, entre otras: Uruk, Ur, Eridú, Kish, Umma, Lagash, Girsu y Nipur. Las crónicas sumerias, escritas en tablillas cuneiformes o en forma de cuña, dicen que la realeza bajó del cielo a la ciudad de Eridú; pero que después del Diluvio bajó de nuevo del cielo y se instaló en la ciudad de Kish.

Los libros de historia no aclaran cómo desapareció súbitamente la civilización sumeria. Presuponen los historiadores que los sumerios fueron víctimas de una invasión a gran escala. Sin embargo las tablillas sumerias nada relatan sobre una guerra de invasión extranjera. Hablan en su lugar de un extraño fenómeno que causó de pronto una mortandad sin precedentes en todas las ciudades al mismo tiempo. Los estudiosos descartan que se tratara de una pandemia.

Es curioso cómo las tablillas sumerias describen que los dioses bajaron del cielo y que libraron cruentas batallas entre ellos mismos, con terribles armas desconocidas para un pueblo que utilizaba espadas. Los historiadores aseguran que todos estos relatos no son más que mitología o leyendas de tipo religioso. Sin embargo, estas dadas en llamar leyendas pudieran aclarar cómo y por qué desapareció repentinamente la civilización sumeria. De otra manera no se encuentra explicación aceptable.

Los escritos sumerios conocidos como ‘lamentaciones’ -en tablillas descubiertas en las excavaciones de Uruk, Ur, Eridú y Nipur- describen lo siguiente, según la traducción del eminente profesor Samuel Kramer, a quien se considera el mayor experto en temas sumerios:

‘En la tierra cayó una calamidad desconocida para el hombre; una que nunca se había visto antes; una que no podría ser soportada. Una gran tormenta del cielo… Una tormenta aniquiladora de la tierra… Un viento maligno, como un torrente… Una tormenta arrasadora unida por un calor abrasador… De día se privó a la tierra del brillante sol; por la noche las estrellas no brillaban… La gente, aterrorizada, casi no podía respirar; el viento maligno los agarró, no les concedió otro día… Las bocas estaban empapadas de sangre; las cabezas se revolvían en sangre… El rostro se tornó pálido por el viento maligno. Esto causó que las ciudades fueran desoladas, las casas se volvieron desoladas, los establos se volvieron desolados… Hizo que los ríos de Sumer fluyeran con agua amarga; sus campos de cultivo crecieron con malas hierbas, en sus pastos crecían plantas marchitas…’

Este que en el relato se concibe como terrible viento maligno, extremadamente calorífico y mortal, ni siquiera podía ser soportado por los llamados ‘dioses’. Así, en la tablilla conocida como ‘El lamento de Uruk’ se lee: ‘Todos los dioses evacuaron Uruk, se mantuvieron alejados de ella, se escondieron en las montañas, escaparon a las distantes llanuras’.  Asimismo el texto conocido como ‘El lamento de Eridú’ relata: ‘Ninki, su gran dama, volando como un pájaro, dejó su ciudad… El padre Enki se quedó fuera de la ciudad… Por el destino de su perjudicada ciudad lloró con amargas lágrimas’.  Enki y Ninki eran tenidos por dioses.

Todas las tablillas estudiadas sugieren que la devastación acaeció simultáneamente en todas las ciudades. No se encuentra texto alguno en las tablillas que diga que las ciudades fueran saqueadas al unísono por multitud de enemigos. No se habla de guerra. Tampoco se habla de destrucción; solamente de ‘desolación’. Lo que describen las tablillas de Sumeria acerca de que el agua se hacía amarga, las personas vomitaban sangre y hasta los animales morían, aparte de que los llamados dioses huían de las ciudades ante lo que veían venir, no obedece a ningún tipo de enfermedad; más bien se trata de un horrible escenario semejante al que hoy día causaría la explosión de un potente artefacto nuclear. En Hiroshima y en Nagasaki se dieron precisamente estas horribles consecuencias y otras más.

Que en la remota antigüedad haya existido algún tipo de civilización tecnológica, no puede descartarse. Por doquier encontramos construcciones y ruinas de construcciones varias veces milenarias de las que no se sabe quiénes fueron sus autores ni cómo las realizaron sin la ayuda de máquinas. La misma Biblia, así como innumerables textos sumerios e hindúes, por ejemplo, refieren que bajaron de las alturas unos seres con apariencia humana, conocidos como ángeles en la Biblia y como dioses en otros escritos. Los Upanishads hinduistas, que son más de 200 libros, hablan de guerras que libraban entre sí los dioses con armas cuya descripción coincide punto por punto con las nucleares de la actualidad, y aún más sofisticadas. Bíblicamente habría que entender que esta hipotética civilización avanzada fue destruída en tiempos del Diluvio.

Lo sucedido en tierras de Sumeria alcanzó también a la península del Sinaí y a otras zonas, como la del Mar Muerto y probablemente a la tierra que ahora forma el desierto de Gobi e incluso al vergel que hoy es el desierto del Sahara. Lo cierto es que en diferentes lugares de estos desiertos se han encontrado arenas radiactivas.

En la península del Sinaí se detectan lechos de ríos secos, así como una enorme mancha blanca y brillante de más de cien kilómetros de diámetro, semejante a la que dejan las explosiones nucleares. También se observan en la península millones de piedras ennegrecidas y esparcidas por decenas de kilómetros. Estas piedras no son volcánicas, ya que no existen volcanes en la zona. Tampoco pueden proceder de un meteorito, ya que la capa ennegrecida es superficial. Sea lo que sea lo que ocurriera en Sumeria y en aquellas zonas hoy desérticas del Sinaí, la evidencia desconcierta a los historiadores, que se niegan a creer que en la antigüedad pudiera haber existido una tecnología aún más avanzada que la actual.

Por Jesús Antonio San Martín
Con información de:Andalucía

©2017-paginasarabes®