Los persas que ideaban autómatas en el siglo IX

Tres sabios musulmanes, que además eran hermanos y vivieron en Bagdad en el siglo IX, no sólo fueron los autores de una veintena de obras que incluían importantes tratados de geometría, astronomía y matemática, sino que también idearon montones de ingenios mecánicos, unos de aplicación práctica y otros lúdica, que dejaron descritos en otro de sus libros y constituyen algunos de los antecedentes conocidos más antiguos del concepto de robot.

Robot es un término derivado de la obra R.U.R. (Rossumovi univerzální roboti) escrita en 1920 por el dramaturgo checo Karel Čapek. Antes de eso, para designar seres mecánicos artificiales se utilizaba la palabra autómata, generalmente aplicada a las figurillas antropomorfas y zoomorfas que se movían mediante engranajes de cuerda, especialmente en relojes. Aunque los hubo ya en la Antigüedad griega, la falta de documentación general dificulta establecer en qué condiciones y, así, su desarrollo propiamente dicho tuvo lugar en el Medioevo.

Concretamente se suele apuntar a la Baja Edad Media con los trabajos de Alberto Magno y el árabe Al Jazari, pero ambos vivieron en el siglo XIII, por lo que los diseños de los hermanos citados al principio se les adelantaron cuatrocientos años. Se apellidaban Banu Musa (algo así como Hijos de Musa, o sea, Moisés) y se llamaban, de mayor a menor, Abu Ya’far Muhammad, Abu al-Qasim Ahmad y Al-Hasan. Su padre era Musa Ibn Shakir, un astrónomo y astrólogo que trabajó para el califa abbasí Al Mamún, que fue quien adoptó a sus vástagos cuando murió.

Al Mamún, les proporcionó una esmerada educación en la prestigiosa Casa de la Sabiduría de Bagdad, un centro cultural de la ciudad donde se hacían traducciones de textos árabes y clásicos, que contaba con la biblioteca más grande del momento más un observatorio y se admitía a estudiantes de todo el mundo para aprender todo tipo de disciplinas científicas, desde medicina a filosofía, pasando por zoología, cartografía, química, alquimia, etc.

Con el tiempo, los tres hermanos asumieron la dirección de la Casa, fichando a sabios de renombre como Hunayn Ibn Ishaq o Thabit Ibn Qurrá, a los que pagaban importantes sueldos. Así fue cómo se copiaron muchas obras griegas que, de lo contrario, habríamos perdido para siempre. Esa intensa labor cultural continuó con los siguientes califas que sucedieron a Al Munsa a su fallecimiento, Al Wathiq y Al Mutawakkil, aunque no faltaron las rivalidades internas entre los miembros de la institución por apoyar a uno o a otro.

Representación de la Casa de la Sabiduría

A su servicio, bien en conjunto bien por separado, participaron en múltiples proyectos de obras civiles, como un gran canal para la ciudad de Al-Jafariyya. Muhammad, el primogénito, fue el más activo en esa vertiente que podríamos llamar política, apoyando a Al Mutawakkil. Cuando murió el califa y el hermano de éste puso sitio a Bagdad para hacerse con el poder frente al otro candidato, Al Mutas’in, Muhammad fue enviado a valorar a su ejército y, posteriormente, negociar su rendición. Es decir, el mayor de los tres sabios había alcanzado una considerable posición social y política.

Sin embargo, lo que nos interesa aquí de esa familia es su labor científica, que plasmaron en una veintena de textos, la mayoría de los cuales se han perdido. Uno de los tratados de geometría más importantes de su época, referencia para todos los matemáticos de entonces, fue escrito por ellos: Kitab Marifat Masakhat Al-Ashka(Libro de la medición de figuras planas y esféricas), que traducía, revisaba y ampliaba los conocimientos de las fuentes griegas. También dejaron una docena de publicaciones sobre observaciones de los cuerpos celestes y mediciones geodésicas realizadas mediante trabajo de campo, estableciendo la duración del año terrestre en trescientos sesenta y cinco días y seis horas.

Una de las fuentes diseñadas

No obstante, la más famosa de sus obras se titulaba Kitab al-hiyal (Libro de mecanismos ingeniosos). La escribió básicamente Ahmad, el segundo de la saga, y describía aproximadamente un centenar de autómatas e inventos, algunos tan insólitos como una lámpara que se apagaba sola o un instrumento musical que tocaba también por sí mismo. Parte de esos diseños se basaban en originales griegos de Herón de Alejandría y Filón de Bizancio, más otros procedentes de China y Persia; pero los demás eran propios y mucho más avanzados desde el punto de vista tecnológico.

Unos funcionaban por la presión del agua y se aplicaban fundamentalmente a fuentes, para las que también idearon una válvula de hélice. Otros recurrían a sistemas de equilibrio de pesos. Había máscaras antigás, válvulas que se auto abrían y cerraban en caso de incendio, juguetes móviles e incluso un autómata-odalisca que servía el té, en lo que quizá fue el primer robot de la Historia. No está nada mal para el siglo IX.

Bosquejo de la lámpara autoapagable

Por Jorge Álvarez
Con información de La brújula Verde

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