El manuscrito de Ibn-Fadlan-Los vikingos

El manuscrito de Ibn-Fadlan representa el relato testimonial más antiguo que se conoce sobre la vida y la sociedad de los vikingos. Se trata de un documento extraordinario que describe con vivido detalle hechos transcurridos hace más de mil años. El manuscrito no nos ha llegado intacto a través de este larguísimo período de tiempo. Sin embargo, su propia historia es tan original y notable como el texto.

Origen del manuscrito

En junio del año 921 de la Era Cristiana, el califa de Bagdad envió a un miembro de su corte, Ahmad Ibn-Fadlan, como embajador ante el rey de los búlgaros. lbn -Fadlan permaneció ausente tres años en su viaje y en realidad nunca llegó a cumplir su misión, porque durante el trayecto se encontró en medio de una comunidad de hombres nórdicos y vivió muchas aventuras junto a ellos.

Cuando por fin volvió a Bagdad, Ibn-Fadlan registró sus experiencias en un informe oficial a la corte. Hace mucho tiempo que desapareció este manuscrito original, y para reconstruirlo debemos basarnos en fragmentos parciales conservados en fuentes posteriores.

El más conocido de éstos es el léxico geográfico en idioma árabe escrito por Yakut Ibn-Abdallah en el siglo XI. Yakut incluye una docena de Pasajes textuales extraídos del relato de Fadlan, relato que tenía, a la sazón, trescientos años. Cabe suponer que Yakut utilizó una copia del original. A pesar de ello, estos pocos pasajes han sido traducidos y vueltos a traducir muchas veces por eruditos de épocas más recientes.

Otro fragmento fue descubierto en Rusia en 1817 y publicado en alemán por la Academia de San Petersburgo en 1823. Este material contiene ciertos pasajes ya Publicados por J. L. Rasmussen en 1914. Rasmussen utilizó un manuscrito que halló en Copenhague y que luego se perdió. Los orígenes de este manuscrito son dudosos. En aquella época hubo asimismo traducciones suecas, francesas e inglesas, pero todas ellas son ostensiblemente inexactas y en apariencia no incluyen material nuevo.

En 1878 se descubrieron dos manuscritos más en la colección privada- de antigüedades de Sir John Emerson, embajador británico en Constantinopla. Sir John era uno de esos coleccionistas ávidos cuyo entusiasmo por las adquisiciones superaba su interés por las piezas adquiridas. Dichos manuscritos se encontraron después de su muerte. Nadie sabe dónde ni cuándo los obtuvo.

Uno es una geografía en árabe escrita por Ahinad Tusi, cuya fecha, relativamente precisa, es 1047 de la Era Cristiana. Esto aproxima cronológicamente el manuscrito de Tusi al original de lbn Fadlan, que, según se presume, fue escrito aproximadamente entre los años 924 y 926 de la Era Cristiana. No obstante, los eruditos consideran el manuscrito de Tusi como la fuente menos fidedigna. El texto está lleno de errores y de incongruencias, y si bien cita extensamente a un tal lbn Fagih que visitó las tierras del norte, muchas autoridades se resisten a aceptar su material.

El segundo manuscrito es el de Amin Razi, cuya fecha aproximada es 1585 a 1595 de la Era Cristiana. Está escrito en latín y según su autor es una traducción directa del texto árabe de Ibn Fadlan. El manuscrito Razi contiene algún material sobre los turcos oguz y varios pasajes inéditos relativos a las batallas con los monstruos de la niebla.

En 1934 se descubrió un texto definitivo en latín medieval en el monasterio de Xymos, cerca de Tesalónica al noreste de Grecia. Este manuscrito se centra mayormente en comentarios sobre las relaciones de Ibn Fadlan con el califa y sobre sus experiencias con los habitantes de las tierras del norte. El autor y fecha del manuscrito de Xymos son igualmente inciertos.

La tarea de colacionar esta serie de versiones y que abarcan más de un milenio,  en árabe, latín, alemán, francés, danés, sueco e inglés, es una empresa de magnas proporciones. Sólo una persona de gran erudición y energía podría haberlo intentado, y en 1951 alguien lo intentó, en efecto. Per Fraus-Dolus, profesor emeritus de literatura comparada de la Universidad de Oslo compiló todas las fuentes conocidas y emprendió la colosal tarea de la traducción, que llevó a cabo hasta su muerte en 1957. Algunos fragmentos de su traducción aparecieron en los Anales del Museo Nacional de Oslo, 1959- 1960, pero no despertaron mucho interés entre los expertos, tal vez a causa de que esa publicación tiene una circulación reducida.

La traducción de Fraus-Dolus es absolutamente literal. En su Propia introducción a la obra, Fraus-Dolus comenta que «es parte de la naturaleza de los idiomas que una traducción agradable no sea exacta y que una traducción exacta encuentre su propia belleza sin ayuda de nadie».

Los vikingos

El retrato de los vikingos trazado por Ibn-Fadlan difiere bastante de la tradicional visión europea de este pueblo. Las primeras descripciones europeas de los vikingos fueron registradas por el clero, únicos observadores de la época que sabían escribir, quienes veían a estos nórdicos paganos con especial horror. He aquí un pasaje especialmente hiperbólico, citado por D. M. Wilson y perteneciente a un autor irlandés del siglo XII:

En una palabra, aun cuando existieran cien cabezas de acero templadas sobre un cuello, y cien lenguas afiladas, ágiles, frías, brillantes y metálicas en cada cabeza, además de cien voces volubles y estentóreas, no lograrían contar ni narrar, enumerar ni relatar cuánto sufrieron los irlandeses, tanto hombres como mujeres, tanto laicos como clérigos, tanto viejos como jóvenes, tanto nobles como villanos, en cuanto a crueldad, injurias, opresión en cada casa y en manos de esa gente temeraria, iracunda y puramente pagana.

Los eruditos actuales reconocen que estos relatos escalofriantes sobre las incursiones de los vikingos son sumamente exagerados. No obstante, los autores, europeos tienden todavía a reducir a los escandinavos a la condición de bárbaros sedientos de sangre, extraños a la corriente principal de la cultura y las ideas occidentales. A menudo se ha adoptado tal actitud a expensas de cierta lógica. Por ejemplo, David Talbot Rice escribe:

Entre los siglos VII y XI el papel de los vikingos fue tal vez de una influencia mayor que la de cualquier otro grupo étnico de Europa occidental. Los vikingos eran, en efecto, grandes viajeros que llevaron a cabo sorprendentes hazañas de navegación. Sus ciudades eran grandes centros comerciales. Su arte era original, creativo, y marcó rumbos. Podían enorgullecerse de una bella literatura y de una cultura desarrollada. ¿Fue en realidad una civilización? Debe admitirse, a mi juicio, que no lo fue… Carecía del toque de humanismo que es el sello de la civilización.

La misma actitud se refleja en la opinión de lord Clark:

Cuando consideramos las sedas islándicas, que figuran entre las grandes obras literarias del mundo, debemos admitir que los nórdicos crearon una cultura. ¿Más era una civilización … ? Civilización significa algo más: energía, voluntad y poder creador, algo que los nórdicos no tenían, pero que, en la época en que vivieron, comenzaba a reaparecer en Europa occidental. ¿Cómo puedo definirlo? Pues bien, en pocas palabras, un sentido de permanencia. Los nómadas y los invasores vivían en una continua transitoriedad. No sentían la necesidad de mirar hacia delante más allá del mes siguiente o del próximo viaje o de la próxima batalla. Y por esta razón no se les ocurrió construir casas de piedra ni escribir libros.

Cuanto mayor cuidado ponemos en la lectura de estas opiniones, más ilógicas resultan. La verdad es que cabe preguntarse por qué estos eruditos europeos altamente educados e inteligentes consideran con tanta ligereza a los vikingos, con apenas unas palabras formuladas de paso. ¿Y por qué la preocupación sobre la cuestión semántica de si los vikingos tuvieron una «civilización»? La situación resulta explicable si se reconoce un prejuicio europeo que data de largo tiempo y que surge de puntos de vista tradicionales sobre la prehistoria europea.

Todo niño de Occidente aprende que el Cercano Oriente es la «cuna de la civilización» y que las primeras civilizaciones surgieron en Egipto y en Mesopotamia, nutridas por las cuencas del Nilo, el Tigris y el Éufrates. Desde allí la civilización se propagó a Creta y a Grecia y luego a Roma, para llegar por fin a los bárbaros de Europa septentrional.

Se ignora qué hacían estos bárbaros mientras aguardaban el advenimiento de la civilización. Y la pregunta no suele formularse. El énfasis residía en el proceso de diseminación que el fallecido, Gordon Childe resumió como «la irradiación de la barbarie europea por la civilización oriental». Los expertos actuales han apoyado este punto de vista, como ya hicieron los griegos y los romanos. Geoffrey Bibby afirma: «La historia de Europa septentrional y oriental es contemplada desde el oeste y desde el sur con todo el prejuicio de hombres que se consideraban a sí mismos civilizados y a los otros, bárbaros».

Con este enfoque los escandinavos son sin duda los más alejados de la fuente de la civilización y, como es lógico, los últimos en haberla adquirido. Cabe admitir, pues, que se les considere como los últimos bárbaros, como una espina dolorosa en el costado de otras zonas europeas empeñadas en absorber la sabiduría y la civilización de Oriente.

La dificultad reside en que esta visión tradicional de la prehistoria europea ha sido en gran parte destruida en los últimos quince años. El perfeccionamiento de las técnicas de gran precisión para la fijación de fechas basadas en el uso del carbono ha creado la confusión en la antigua cronología sobre la que se apoyaban las viejas ideas sobre la difusión. Actualmente parece irrefutable que
los europeos levantaban enormes tumbas megalíticas antes de que los egipcios construyesen sus pirámides. Stonehenge es más antigua que la civilización micénica en Grecia. La metalurgia en Europa bien puede haber precedido el desarrollo de las artes del metal en Grecia y Troya.

El significado de estos descubrimientos no ha sido aclarado aún, pero indudablemente hoy resulta imposible considerar a los europeos prehistóricos como salvajes que holgazaneaban a la espera de los beneficios de la civilización oriental. Por el contrario, los europeos parecen haber dominado técnicas suficientemente importantes como para trabajar grandes masas de piedra y tenido asimismo el considerable conocimiento de la astronomía que les permitió construir Stonehenge, el primer observatorio del mundo.

Cabe, por tanto, poner en tela de juicio la predilección europea por la civilización oriental y el concepto mismo de la barbarie europea, el cual exige una revisión. Si tenemos presente el legado de la llamada barbarie, los vikingos adquieren nueva importancia y podemos someter a nuevo examen lo que se conoce de los escandinavos del siglo X.

En primer lugar, debemos reconocer que los vikingos nunca constituyeron un grupo claramente unificado. Lo que vieron los europeos fueron grupos dispersos y aislados de hombres de mar procedentes de una extensa zona geográfica -Escandinavia es mayor que Portugal, España y Francia reunidas- y que zarpaban desde sus estados feudales con fines de comerciar, cometer actos de piratería o ambas cosas. Los vikingos no distinguían mucho entre esas dos actividades. Es necesario comentar aquí que se trata de una tendencia compartida por muchos navegantes, desde los griegos hasta los isabelinos.

De hecho, para tratarse de gente carente de civilización que no «sentía la necesidad de mirar más allá de la próxima batalla», los vikingos revelan una conducta inusitadamente estable y a determinados fines. Como prueba de la extensión de su comercio, la moneda árabe aparece en Escandinavia ya en el año 692 de la Era Cristiana. Durante los cuatrocientos años subsiguientes los mercaderes-piratas vikingos llegaron hacia el oeste hasta Terranova, hacia el sur hasta Sicilia y Grecia (donde dejaron inscripciones talladas sobre los leones de Delos) y hacia el este hasta los Urales en Rusia, donde los mercaderes nórdicos establecieron contacto con las caravanas que llegaban por la ruta de la seda a China. Los vikingos no fueron constructores de imperios y es común afirmar que su influencia en este vasto territorio no fue permanente. No obstante, fue lo bastante para que dejaran sus nombres en numerosas localidades de Inglaterra, mientras en Rusia dieron su nombre a la nación misma (nombre derivado del de una tribu nórdica, la Rus). En cuanto a la influencia más sutil de su vigor pagano, de su energía implacable y de su sistema de valores, el manuscrito de lbn Fadlan muestra cuántas de las actitudes típicas de los nórdicos han perdurado hasta el día de hoy. En verdad hay algo notablemente familiar a la sensibilidad moderna en la forma de vida de los vikingos, a la vez que un elemento de producto atractivo.

El autor Ibn-Fadlan

Convendría decir algo acerca de Ibn-Fadlan, el hombre que nos habla con una voz tan personal, a pesar de haber pasado ésta por el filtro de mil años y por el de transcriptores y traductores provenientes de tantas tradiciones lingüísticas y culturales diferentes.

Sabemos poco o nada de su historia personal. Al parecer, era un hombre culto y, a juzgar por sus hazañas, no pudo haber tenido mucha edad. Manifiesta explícitamente pertenecer a la familia del califa, a quien no admiraba en particular. En este sentimiento le acompañaban muchos, por cuanto el califa Al-Muqtadir fue depuesto dos veces y por último asesinado por uno de sus propios oficiales.

De la sociedad de su tiempo sabemos algo más. En el siglo X Bagdad, la Ciudad de la Paz, era la ciudad más civilizada de la Tierra. Dentro de sus célebres murallas circulares vivían más de un millón de habitantes. Bagdad era el centro de la actividad intelectual y comercial dentro de un marco de extraordinaria belleza, elegancia y esplendor. Había jardines perfumados, glorietas sombreadas y frescas y las riquezas acumuladas por un vasto imperio.

Los árabes de Bagdad eran musulmanes fervorosos. No obstante, estaban expuestos al contacto con pueblos distintos que actuaban de manera diferente y tenían creencias también diferentes. Los árabes eran, en realidad, los individuos menos provincianos de ese tiempo, hecho que los convertía en agudos observadores de las culturas extranjeras.

El mismo Ibn-Fadlan fue sin duda un hombre inteligente y observador. Le interesaban tanto los detalles de la vida cotidiana como las creencias de las gentes. Mucho de lo que vio le resultó vulgar, obsceno y bárbaro, pero no perdió mucho tiempo en manifestar indignación. Una vez expresada su censura, pasa inmediatamente a sus obligaciones imparciales. Sus comentarios traslucen una notable imparcialidad.

Su estilo de describir los hechos puede parecer excéntrico para la modalidad occidental. No relata una historia tal como estamos habituados a oírla.

Tendemos a olvidar que nuestro propio sentido del drama tiene sus orígenes en la tradición oral, la representación viva por parte de un bardo ante un auditorio que a menudo tiene que haberse mostrado inquietante e impaciente, o bien somnoliento después de una comida copiosa. Nuestras historias más antiguas, la Iliada, BeowuIf y la Canción de Roldán, fueron creadas para ser cantadas por juglares cuya función principal y cuya primera obligación era entretener.

Ibn-Fadlan, en cambio, fue un escritor y su fin principal no era entretener. Tampoco tenía que glorificar a algún mecenas que le escuchase, ni reforzar los mitos de la sociedad en que vivía. Por el contrario, fue un embajador que debió entregar un informe. Su tono es el de un auditor de impuestos, no el de un bardo; el de un antropólogo, no el de un dramaturgo. Más aún, a menudo desperdicia los elementos más cautivadores de su narración para evitar que se interpongan en su relato claro y equilibrado.

A veces esta falta de pasión es tan exasperante que no reconocemos la agudeza de Ibn-Fadlan como espectador. Durante siglos después de Ibn Fadlan la tradición entre los viajeros fue escribir crónicas infinitamente especulativas y fantásticas acerca de las maravillas del extranjero, como animales que hablaban, hombres que volaban, encuentros con mariposas gigantes y con unicornios. ‘Hace tan sólo ochocientos años había europeos, en otros aspectos sensatos, que rellenaban cuartillas con disparates sobre babuinos africanos que libraban guerras con granjeros, por ejemplo.

lbn-Fadlan nunca especula. Cada una de sus palabras suena a verdad y cuando informa acerca de algo que sólo conoce de oídas, se cuida de señalarlo. Se muestra de igual modo puntilloso en especificar cuando ha sido testigo presencial. Es por ello que utiliza infinidad de veces la frase «Lo vi con mis propios ojos»..

En definitiva, es esta cualidad de total veracidad lo que hace que su relato sea tan horripilante. Su encuentro con los monstruos de la niebla, los devoradores de cadáveres, es descrito con la misma atención al detalle, el mismo cuidadoso escepticismo que caracteriza el resto del manuscrito.
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Por Michael Crichton, Devoradores de cadáveres.

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