Sherezade – Naguib Mahfuz

– Hola.
– ¿El señor Mahmud Shukri?
– Sí, señora, ¿de parte de quién?
– Pido disculpas por molestarle sin conocerle.
– Perdone, ¿puedo saber su nombre?
– Mi nombre no importa. Soy una de las miles de mujeres que le exponen sus problemas.
– Estoy a su disposición, señorita.
– Señora, por favor.
– Estoy a su disposición, señora,
– Pero la mía es una historia larga.
– Entonces ¿no sería mejor que me escribiera?
– Pero yo no sé escribir bien.
– ¿Prefiere venir a verme a la revista?
– No tengo valor para ello, al menos por ahora.
La palabra «por ahora» le llamó la atención. Sonrió, complacido por aquella dulce voz; luego preguntó:
– ¿Y entonces?
– Espero que me conceda algunos minutos todos los días o cada vez que su precioso tiempo lo permita.
– Es un procedimiento original. Me recuerda al de Sherezade.
– ¡Sherezade! ¡Qué nombre tan atractivo! Permítame tomarlo prestado durante algún tiempo. Él se rió y dijo:
– He aquí a Shahriyar escuchándote. Ella se rió también y a él le pareció que su risa era tan agradable como su voz. La mujer prosiguió:
– No crea que voy a contarle un determinado problema. Se trata, como le he dicho, de una larga y triste historia.
– Espero poder responder a su confianza.
– Y yo espero que me interrumpa si me paso del tiempo que me quiera dedicar.
– Estoy a su disposición.
– Pero hoy ya le he robado buena parte de su tiempo. Dejémoslo para mañana. Ahora, me limitare a confesarle que son sus escritos, llenos de humanidad, lo que me ha atraído hacia usted.
– Gracias.
– No sólo sus escritos, también su fotografía. Él preguntó con mayor atención:
– ¿Mi fotografía?
– Sí, he leído en sus grandes ojos una mirada inteligente, bondadosa, humana, capaz de consolar a los que sufren.
– Gracias de nuevo… -después, riendo-: Sus palabras son gentiles, como una poesía de amor.
– Son la expresión de una esperanza, si es que la esperanza existe todavía en el mundo.
Él colgó el teléfono, sonrió, reflexionó un momento y sonrió de nuevo.


2

– Hola.
– ¡Sherezade!
– Bienvenida, te estaba esperando.
– Entraré directamente en el tema para no hacerle perder el tiempo.
– Te escucho.
– Me quedé huérfana de madre. Nuestro padre, tengo una hermana dos años menor que yo, se volvió a casar y pasamos nuestra infancia y nuestra adolescencia privados de ternura y cariño, y apenas cursamos estudios. Cuando murió nuestro padre, nos fuimos a vivir con un tío materno, beneficiándonos cada una de una pensión de unas cinco libras.
– Pero ¿no pasó eso hace mucho tiempo?
– Sí, mas es necesario que lo cuente.
– Nosotras no éramos felices en casa de mi tío, el cual nos consideraba una pesada carga. Nos sentíamos extrañas y sufríamos. Renunciamos a nuestra pensión en su favor y nos ocupábamos, sin protestar, de los trabajos de la casa. Tuvimos mala suerte, ni más ni menos.
– Entiendo, y lo siento.
– Luego, un oficial fue a pedir mi mano. Mi tío vendió una vieja casa que habíamos heredado de nuestro padre y la parte que me correspondía le sirvió para prepararme un ajuar aceptable. Mi marido había comprendido desde el primer momento la realidad de nuestra situación, pero no se echó atrás. Habíamos vivido una historia de amor, como se suele decir, que continuó después del matrimonio.
– Puede que haya cosas de la historia de amor que no quiera contar.
– No. La desgracia fue que mi marido era un despilfarrador. Se gastaba todo lo que tenía sin pensar en las consecuencias. Yo no sabía qué hacer para corregir su defecto, lo intenté muchas veces sin resultado.
– A propósito…, quiero decir…, ¿no eres responsable en parte de sus actos?
– No, créame. Yo deseaba una vida de casada normal y la preservaba con toda la fuerza de mi amor pues ya había sufrido anteriormente desgracia, humillación y desesperación.
– Es comprensible.
– Parece que usted no me cree. Recuerdo su opinión sobre la responsabilidad de la mujer en la conducta del esposo, pero ¿qué podía hacer yo? Le supliqué con dulzura, le advertí sobre las consecuencias de su comportamiento, protesté con energía e insistí en que me diera a primeros de mes la cantidad necesaria para los gastos de la casa. Pero no hizo caso: seguía llevando a casa a una panda de amigos con los que permanecía comiendo y bebiendo hasta el amanecer. Nos pasábamos la noche de banquete y amanecíamos sin un céntimo.
– ¿Y qué pasó después?
– Me dijo que recurriera a mi tío, pero eso era imposible, o que le pidiera dinero prestado a mi hermana, pero eso también era imposible porque ella estaba a punto de casarse. Por otra parte, él pedía dinero prestado a su familia continuamente, y nuestra vida se transformó en una horrible pesadilla digna de lástima.
– Comprendo.
– Mi matrimonio fracasó, y terminó en divorcio. Entonces, me vi obligada a trasladarme a casa de mi hermana, pues perdí el derecho a la pensión, y tuve que soportar una vida amarga y humillante.
– Quizá ése sea el problema.
– Paciencia, todavía tengo que hablar del pasado, pero seré breve. Un año después de nuestro divorcio, mi ex marido me pidió una cita. Nos encontramos y me expresó su deseo de reanudar nuestra vida conyugal, asegurándome que la vida le había vuelto más juicioso. Me llevó a la pensión en la que vivía, en la calle Kasr Al Nil, para trazar nuestro futuro. Nada más cerrar la puerta de la habitación, me abrazó repitiendo que no había degustado el placer del amor desde nuestra separación.
– ¿Y le aceptaste?
– No tenía la impresión de que estuviera tratando con un desconocido. La mayor parte del tiempo discutimos sobre las formalidades de nuestro nuevo matrimonio. Al separarnos, él me prometió que al día siguiente iría a ver a mi tío.
– Te ha cambiado la voz, ahora es más débil.
– Sí. Después me enteré de que cuando me invitó a encontrarme con él, ya había firmado el contrato de su segundo matrimonio, que se celebró una semana después de nuestro encuentro. Se trató simplemente de un juego, un capricho que se había concedido antes de iniciar su nueva vida.
– ¡Qué miserable!
– Sí, pero no quiero cansarle más. Adiós.


3

– Hola.
– Soy Sherezade.
– ¿Qué tal?
– ¿Le molesto?
– Al contrario. Continúa, por favor.
– Me quedé con mi hermana durante un cierto periodo pero, a medida que pasaban los días, vi que mi presencia no era bien aceptada.
– ¿Por qué?
– Era una sensación que se confirmó.
– Pero ¿cómo es posible, tratándose de una hermana que en el pasado había compartido contigo tantas penas?
– Pasó lo que tenía que pasar.
– ¿Su marido?
– Más o menos.
– ¿Estaba incómodo por tu presencia en su casa?
– Eso parece. Lo cierto es que tuve que marcharme para salvar nuestras relaciones familiares.
– Pero si no me hablas con franqueza, estás dando pie a suposiciones. ¿Tu hermana estaba celosa?
– Eran más bien celos creados por su imaginación.
– ¿Y te fuiste a casa de tu tío?
– El ya había muerto, así que alquilé un pequeño apartamento.
– ¿Y cómo te las arreglabas para pagarlo?
– Vendí todo lo que pude de mi dote y empecé a buscar trabajo, cualquier trabajo. Fue una época de búsqueda estéril y de hambre. Créame, he conocido el horror del hambre. Me pasaba los días sin comer o comiendo muy poco. Una vez estuve a punto de aceptar las proposiciones que me hacían en la calle, pero lo pospuse con la esperanza de que la misericordia de Dios me rescatara antes de caer. Me asomaba a la ventana en el silencio de la noche y, mirando al cielo, imploraba para mis adentros:
«Dios mío misericordioso, tengo hambre, me voy a morir de hambre.» Cuando mis fuerzas desfallecían, iba a casa de mi hermana para comer como es debido, pero nadie me preguntaba por mi situación, pues temían cargar con una responsabilidad que era mejor ignorar.
– ¡Qué horror! ¡Es increíble!
– Un día, leí un anuncio en el que se solicitaba una chica para cuidar a un anciano a cambio de un sueldo, manutención, alojamiento y ropa.
– Una ayuda del cielo.
– Me dirigí allí sin dudarlo y subarrendé mi apartamento.
– Es un final feliz, especialmente si el anciano sólo necesitaba asistencia.
– Se trataba de un hombre de avanzada edad, y yo le servía con dedicación completa. Era una auténtica experta en las tareas domésticas: cocinaba, limpiaba, hacía de enfermera…, y hasta le leía los periódicos.
– Muy bien.
– No volví a tener hambre ni miedo, y le pedí a Dios que le concediera una larga vida.
– ¿Y después?
– Un día estaba leyéndole un periódico y vi un anuncio en el que se solicitaba a una persona para cuidar de un anciano…, y se daba nuestra dirección.
– ¡No! -exclamó él con estupor y desaprobación.
– Sí. Me quedé atónita. Le leí el anuncio y él desvió la mirada, pero no lo negó. Le pregunté que por qué quería prescindir de mis servicios y qué era lo que no le gustaba de mí, mas no respondió.
– Es algo muy extraño, pero sin duda tiene que haber un motivo.
– Por mi parte, ninguno en absoluto.
– ¿No había entre vosotros más relación que la laboral?
– Más o menos.
– ¿Qué quieres decir? Háblame con franqueza, por favor.
– A veces me pedía que me pusiera delante de él desnuda.
– ¿Y te negabas?
– No, accedía a su deseo.
– Entonces ¿por qué buscaba a otra?
– ¿Cómo lo voy a saber? Me dijo que deseaba variar. Yo le supliqué que cambiara de idea. Le dije que estaba sola, que era pobre y que no tenía en el mundo a nadie más que a él, pero persistió en su decisión y en su silencio. Entonces me pareció odioso como la muerte y no tuve más remedio que marcharme.


4

– Hola.
– Sherezade le saluda, señor.
– Bienvenida, Sherezade. No dejo de pensar en tu historia.
– Gracias, señor. Creo que el corazón no me engañó cuando me condujo hacia usted. Y ahora continuemos con nuestra historia: regresé a mi casa y le dije al inquilino, un modesto funcionario de unos cuarenta años-, que necesitaba el apartamento. Él se negó a marcharse y, cuando le expuse la gravedad de mi situación, me propuso sencillamente que compartiera el apartamento con él. No dudé en aceptar porque tenía la voluntad destrozada y me daba todo igual.
– ¿En qué consistía exactamente la proposición?
– Me dejaba libre una de las dos habitaciones de las que se componía el apartamento. Después, todo quedó claro.
– ¿La primera vez?
– Sí. La verdad es que era un hombre gentil y cariñoso.
– ¡Estupendo!
– Paciencia. Justo por esas cualidades le perdí.
– Tu historia es extraordinaria.
– Un día, me dijo: «Estamos muy unidos, pero debemos separarnos.»
– ¿Separarnos?
– Sí, «separarnos». Yo esperaba que dijera «casarnos», pero él dijo «separarnos».
– ¡Es increíble!
– Le pedí explicaciones y me respondió con tono cortante: «Existen impedimentos para que me case, y tenemos que separarnos.» Yo le respondí humildemente: «Yo no te pido que nos casemos, simplemente que continuemos viviendo juntos.» Él me respondió: «No, es una situación irregular, y un día te encontrarás sola, anciana, sin recursos y sin derechos. Por eso, la separación es inevitable.»
– Un hombre extraño, aparentemente bueno pero en realidad egoísta y falso.
– Lo que cuenta es que se marchó y me quedé de nuevo sola, amenazada por el hambre.
– ¡Qué pena!
– Tuve amargas experiencias. Se las puede imaginar. Luego me enteré de que había una nueva ley que autorizaba a una mujer repudiada por primera vez a recuperar su pensión. Y se podía aplicar a mi caso.
– ¡Alabado sea Dios!
– Sin duda, la pensión era modesta pero me acostumbré a una vida austera y aprendí corte y confección, lo cual me proporcionó otros ingresos que, unidos a la pensión, me impidieron morir de hambre o degradarme por las calles.
– ¡Por fin hemos llegado al territorio de la paz!
– Gracias a Dios, pero también al verdadero problema.
– ¿El verdadero problema?
– Se puede resumir en una sola palabra: soledad.
– ¿Soledad?
– Sin marido, hijos, amigo ni amante. Día y noche recluida en un pequeño apartamento, privada de todo tipo de diversiones, sin poder hablar con nadie durante un mes entero. Siempre triste, nerviosa, tensa…, temiendo volverme loca o intentar suicidarme…
– No, no. Has soportado con valor cosas peores y Dios te concederá algún día a un hombre bueno.
– No me hable de hombres buenos. Un viudo, padre de dos hijos, me pidió en matrimonio y yo le rechacé sin dudar porque no me fiaba de nadie, y un segundo repudio significaba perder definitivamente la pensión, mi único y verdadero capital.
– Pero un hombre, padre de dos hijos, y que necesitaba una esposa, sin duda cuidaría de ella.
– Yo detesto la idea de matrimonio porque en mi mente se asocia a la traición y al hambre.
– Reconsidéralo.
– Imposible, cualquier cosa excepto el matrimonio. No tengo valor para repetir la experiencia.
– ¿Y entonces cómo te vas a librar de la soledad?
– Ése es el problema.
– Pero rechazas una solución adecuada.
– Cualquier cosa menos el matrimonio.
Tras pensarlo un poco, el hombre le preguntó:
– ¿Quieres que nos veamos?
– Sería para mí un gran honor.
El hombre sonrió y dejó volar su imaginación. Ella parecía querer sólo amistad y, al mismo tiempo, le aseguraba que no se quería casar. El no era imbécil y también buscaba una nueva aventura amorosa. ¿Por qué no? Lo importante es que fuera bella, como su voz. Pero ¿era una historia auténtica? Tal vez, nada es imposible. Aunque también podía ser falsa, al menos en parte. El cine había desarrollado la fantasía de las mujeres. ¡Qué más daba! Lo importante era que fuese bella, como su voz, y él le brindaría una nueva experiencia para añadir a las anteriores que, sin carecer de dulzura, terminase en amargura, como todo lo que existe en el mundo.
El hombre sonrió, tamborileando en la mesa con los dedos.
Sherezade llegó.
El hombre la observó con una mirada penetrante al saludarla, luego la invitó a sentarse.
Era una mujer de unos treinta años, con un aspecto bastante agradable, aunque envuelta en un halo de amargura. Incluso su mirada sonriente manifestaba tristeza y desencanto, pero, en conjunto, resultaba atractiva. No era improbable que su historia fuese verdadera, quizá no mentía más que cuando expresaba su opinión negativa sobre el matrimonio. Seguro que fingía que odiaba el matrimonio para que surgiera entre ellos una amistad que deseaba vivamente.
Mas ¿qué tenía que ver él con todo eso? Ella no era la mujer que le convenía. La pobre no tenía ni idea de todas las ocasiones que se le presentaban. Debía disimular su decepción y tratarla con cortesía.
– Bienvenida. La verdad es que tu historia me ha impresionado profundamente.
– Se lo agradezco, señor.
– Sin embargo, ahora tienes que enfrentarte a la vida con tu coraje habitual.
– Pero…
El la interrumpió, asaltado por un repentino deseo de poner fin a aquel encuentro lo antes posible:
– Escúchame. Eres una gran señora: las penas tienen el mérito, a veces, de volvernos grandes. Eres una gran señora, y lo has sido incluso en los tropezones pasajeros. Eres grande en tu soledad y manifestarás tu grandeza cuando logres superarla a fuerza de coraje. Sherezade, nuestra vida no tiene valor ni sentido. Y sería vana si no tuviéramos fe en la gente, a pesar de los golpes que recibamos, y fe en Dios, el Altísimo, alabado sea, una fe inquebrantable, cualesquiera que sean las manifestaciones de Su voluntad.
La miró a los ojos y vio en ellos una profunda desilusión. También era inteligente, incluso más de lo que había imaginado.
La mujer sonrió levemente, haciéndole sentir cierto rubor, luego susurró:
– Yo creo en Dios, señor.
Él movió la mano con fuerza y dijo:
– Todo carece de valor menos el Altísimo, alabado sea.


Por Naguib Mahfuz

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