Cristianismo: novedad y perennidad

El cristianismo comparte con las demás tradiciones un cierto número de mitos, símbolos e imágenes:  el mito de la edad de oro (o Paraíso) común a las religiones bíblicas y al hinduismo, y cuyo eco se encuentra también en Hesíodo y Virgilio., el título simbólico de Pontifex (literalmente el “Constructor de Puentes”) reservado tanto a los emperadores romanos como a los papas cristianos.

Guenon recuerda que “simbólicamente, el Pontifex es aquel que realiza la función de mediador, estableciendo la comunicación entre este mundo y los mundos superiores. A este respecto, el arco iris, el “puente celeste”, es un símbolo natural del “pontificado”; y todas las tradiciones le dan significados perfectamente concordantes:  así, entre los hebreos, es el símbolo de la alianza de Dios con su pueblo; en China es el símbolo de la unión del Cielo y de la Tierra; en Grecia, representa el Iris, el “mensajero de los dioses”; un poco por todas partes, entre los escandinavos y también entre los persas y árabes, en África Central y hasta en algunos pueblos de América del Norte, es el punto que relaciona el mundo sensible a los “suprasensible”.

Añadamos que el Tirhamkara hindú (literalmente “aquel que construye un vado o un puente”) es el estricto equivalente del Pontifex latino. El puente en cuestión no es otro que el camino de la Liberación. Los Tirhamkaras son veinticuatro, como los ancianos del Apocalipsis.

Podríamos multiplicar semejantes ejemplos. En un libro escrito poco tiempo después de la muerte de Guenon,  que constituye una excelente introducción al pensamiento de Guenon, Paul Serant no deja de citar otros muchos. Constata, por ejemplo, la analogía existente entre el Cristo, en la persona en quien se unen las dos naturalezas, divina y humana, y el JEN (el “Hombre”) que juega, en la Gran Triada taoísta, el papel de mediador entre el “Cielo” (Tien) y la “Tierra” (Ti). Guenon relaciona esto con el sentido superior de la frase evangélica: “El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán”. Y Guenon comenta: “El Verbo en sí mismo, y en consecuencia el “Hombre Universal” que le es idéntico, está más allá de la distinción del “Cielo” y de la “Tierra”; permanece eternamente tal como es, en su plenitud de ser, mientras que toda manifestación y cualquier diferenciación (es decir todo orden de existencias contingentes) se han desvanecido en la “transformación total”.

La integración del simbolismo cristiano en el gran conjunto esotérico inter tradicional no implica solamente la percepción de la Concordancia de los significados. Cada símbolo, cada imagen, cada mito es el soporte de una idea conviniendo igualmente reconducir esta idea al Corpus temático que funda la visión tradicional del mundo, una y universal por encima de las diversas religiones que la concretizan en el tiempo y en el espacio. La superación del exoterismo cristiano y el descubrimiento de la dimensión esotérica del cristianismo, el tránsito de la Shariyah a la Haqiqah, por emplear una terminología islámica, postula, aparte de resaltar la concordancia de los significados, el establecimiento de la Convergencia de los Significados. Así, por ejemplo, no basta constatar la perennidad del mito edénico. es preciso aún unir esto a la metafísica tradicional de la histórica, a esta visión cíclica a la vez pesimista y activa que comparten todas las tradiciones, a esa concepción involutiva y sin embargo portadora de esperanza que alía la sombra constante de la decadencia con la perspectiva de redención en un nuevo ciclo.

El símbolo del caminar sobre las aguas es un caso típico del símbolo llamado no solamente a aproximar significados, sino también a la comparación de los significados y a su integración final en la Weltanschaung tradicional. Guenon refiere que Visnhu es llamado Narayana, “aquel que camina sobre las aguas”, y que “una aproximación con el Evangelio se impone allí donde se ve precisamente a Cristo caminar sobre las aguas”. Y añade que, en la tradición hindú, la conquista de la “Gran Paz”, la unión con la “Tranquilidad”, la posesión del “Sí en su plenitud”, es decir, a fin de cuentas, la realización interior, “es frecuentemente representada bajo la figura de una navegación”. Piénsese, de manera casi inevitable, en los Argonautas y en la barca que, en el simbolismo cristiano, representa a la Iglesia, aunque además, el descubrimiento del centro espiritual interior sea frecuentemente asimilado a una empresa heroica que no se produce necesariamente sobre el mar (Queste del Graal, doctrina islámica de la “gran guerra santa”, Bhagavad Gita). En todas las tradiciones donde aparece, la acción de “caminar sobre aguas” en medio del “mar de las pasiones”, es como el permanecer inmutable de una isla en medio de la agitación incesante de las olas. En la imaginería evangélica, al igual que en los demás simbolismos tradicionales, nos remite a la doctrina universal que sitúa la realización del Ser en la tensión metafísica permanente hacia la unidad interior más allá de la diversidad de los instintos materiales, de las pulsiones afectivas y de todas las manifestaciones informes del Bios.

Estamos ahora muy por encima del confusionismo místico sentimental y del dualismo rígido que el joven Evola reprocha al cristianismo de los orígenes. La distinción ternaria Cuerpo-Alma-Espíritu, fundamento de la visión tradicional del hombre, está presente en el cristianismo, y especialmente en los primeros textos, las Epístolas de San pablo a los Tesalonicenses y a los Corintios. El precepto de “glorificar a Dios en su cuerpo” está en las antípodas de este ataque visceral que el cristianismo habría dirigido contra la parte carnal del ser humano.

San Pablo dice que el hombre es a la vez cuerpo, alma y espíritu y que el cuerpo humano es la epifanía del alma y el templo del Espíritu Santo. Transición entre el espíritu y el cuerpo, el alma es el soporte de la tensión metafísica que el primero implica en el segundo. No es sólo el receptáculo de impulsos confusos, a través de los cuales reconocemos el lazo que nos une con la esfera biológico-material del ser. Es también la palanca de la tensión espiritual. Lleva como improntas de esta búsqueda existencial del supra-mundo, rasgos que transcienden, por su naturaleza misma, los impulsos de la simple emotividad y cuya organización en un estilo coherente de comportamiento y de acción constituye la base de lo que Evola llama la “raza del espíritu”, la “raza del alma” en el sentido superior, Noopsiquico del término, y no en la acepción inferior y Biopsiquica del alma concebida como fuente de dispersión afectiva.

Por D. Cologne

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