Nuestra Señora de Líbano, corazón del país de los cedros

 

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«Tierra de contraste y tierra de contacto, tierra de Oriente, tan próximo a Jerusalén que reverbera con su luz; Tierra de Asia, conquistadora y conquistada, hollada por las grandes migraciones humanas; tierra de Occidente, también, enfrentada de un cabo al otro con el Mediterráneo; Tierra que recuerda haber sido madre de Cartago, antes de ser griega, romana o bizantina»; Tierra que dio a luz los primeros elementos de la cultura humana y donde las obras y los edictos de los grandes jurisconsultos de Beritu –Beirut de hoy- hicieron el derecho romano; Tierra excelente, del lado allá del Jordán, que Moisés pidió a Dios le dejase ver para contemplar las hermosas montañas del Hermón; Tierra cuyas bellezas contaron los poetas del Antiguo Testamento; Tierra santificada al recibir a Cristo en unas de sus más antiguas ciudades, Tiro y Sidón; Tierra por último donde las diversas confesiones religiosas gozan de una convivencia armoniosa y forman un «mosaico», único en el mundo. Ahora bien, esta tierra tan evocadora y tan venerada, es tierra de María. María, siguiendo los pasos de su Hijo, quiso fundar en ella su reino, de amor y de bondad, como Cristo, pisando esta misma tierra, quiso revelarse a los gentiles que vinieron a formar el principal elemento de su reino.

El Líbano, es Tierra y Reino de María por un derecho sagrado y divino que nadie podrá negar. Así el Espíritu Santo llama a su esposa: « ¡Ven conmigo del Líbano, esposa mía, ven desde el Líbano! Desciende desde la cumbre de Amaná desde las cimas del Sanir y del Hermón, desde la guarida de los leopardos» (Cant. 4,8). Y Ella misma clama por la boca del Eclesiástico, diciendo: « «Crecí como un cedro en el Líbano y como un ciprés en el monte del Hermón» (Eco. 24,13). En esas figuras como en muchas otras los santos Padres atribuyen a María las expresiones que los autores sagrados han querido ver en la Madre del Rey, la Reina del Líbano, la tierra más hermosa que conocían.

Viene la Iglesia continuando la palabra del Espíritu Santo, y se complace en atribuir a María las bellezas del Líbano. Así, el Libro de la Liturgia de las Horas, en la Iglesia latina dice, celebrando una de sus fiestas: «El olor de su vestido es el olor del Líbano». La Iglesia maronita la invoca añadiendo a sus letanías: «Cedro del Líbano ruega por nosotros». Y no faltan textos en todas las liturgias, occidentales como orientales, que abundan en alabanzas similares, repitiendo con las generaciones, la gloria de María.

Ese derecho sagrado de María a reinar sobre la tierra del Líbano, lo reconocieron los siglos, y fue aceptado oficialmente y con gozo por el pueblo libanés, con sus diversas confesiones religiosas, por sus jefes espirituales y civiles, confiriendo, así, a la Reina celestial, el pleno dominio sobre una tierra amparada por su protección y tutela.

No cabe duda, el Líbano pertenece a María. Ella, en efecto, conquistó esa tierra, «quebrantando los altares de los ídolos, derribando los templos de los gentiles y secando las corrientes de sangre de los mártires», convirtiendo así un pueblo pagano del reino de Astarté, en un ejército de cristianos que luchan bajo el estandarte de Cristo. Y como en toda conversión, María era la Mediadora; gracias a Ella queda en Oriente, tierra de la divinidad, «un resto cuyas rodillas no se han arrodillado ante Baal y cuyos labios no le han besado».

En signo de reconocimiento, los cristianos del Líbano han inmortalizado el nombre de María, construyendo templos dedicados a Ella y consagrando sus vidas para servirla. Más de la mitad de los templos del Líbano son puestos bajo su protección, y existen hoy en el Líbano cerca de mil trescientas iglesias con más de tres mil altares que llevan todos el nombre de Nuestra Señora. Y es muy típico del libanés atribuir a la Virgen nombres que responden a una ansia de los cristianos deseando que María reine sobre toda la tierra de su país y acuda a todas a las necesidades de su existencia. Así, se complace en invocarla con toda sencillez: «Nuestra Señora de la Luz, del Mar, del Viento, del Monte, del Valle, del Campo, de la Selva, del Manantial, de la Roca, de la Sequedad, del Puente, de la Plaza del Barrio, de la Caverna, de las Mamas, de la Siembra, de la Liberación del Ermitaño, de los Desamparados…» Todos esos nombres gustan a María, porque ella quiere atender a todas las necesidades de su pueblo. Además, los libaneses, llenos de confianza en su Reina, y debiendo luchar con todo género de males, han guardado hacia Ella, una devoción intensa y profunda. No hay casi ningún cristiano que no pertenezca a alguna cofradía o a una asociación mariana o que no lleve su escapulario o una de las medallas de la Virgen. Y todos, en todos los detalles de su vida, aún los más pequeños, acudan al santuario de «Mariam», y cada uno según su rito y las costumbres de su región, le implora para remediar sus necesidades: El débil que necesita protección, el desgraciado que pide justicia, el enfermo que desea la salud, el perseguido que busca un refugio, el pastor que pierde una cabra, el obrero que lleva su pesada carga, la madre que ve su hijo en peligro, el padre de familia que teme la pérdida de su cosecha, el pecador que se aproxima su hora, todos claman: “Ya Mariam el Azra” (Oh Virgen María). Y Nuestra Señora aparece en su santuario investida de poder ilimitado…” Todo se hace con Ella y nada sin Ella. Se podría decir una monarquía absoluta que tiene en mano las necesidades de una región…»

Pero los cristianos no acuden a la Virgen solo en sus necesidades temporales, sino que la invocan especialmente cuando su fe está en peligro. De hecho, la persistencia en la fe católica pura, procedente directamente de los Apóstoles, que la mayoría de los cristianos libaneses conservaron, a pesar de las persecuciones atroces que sufrieron, no se explica, atendiendo a la historia, sin la intervención directa y palpable de María. Renan, el célebre escritor y poeta francés que visitó el Líbano a finales del siglo XIX, nos trae un sublime testimonio de esta verdad patente, diciendo: «El culto de la Virgen es muy profundo en la raza del Líbano y forma el mayor obstáculo contra los esfuerzos de los misioneros protestantes en su país. Ellos pueden ceder en todos los puntos, pero cuando se trata de renunciar a la Virgen, algo más fuerte que ellos, los detiene».

La jerarquía eclesiástica en el Líbano, continuando la cadena apostólica de los Patriarcas de Antioquía, primera sede de San Pedro, y conservando así, con toda fidelidad, la fe tradicional de los primeros santos Padres, reconoce, también, con el ejemplo de su vida y con sus exhortaciones a los fieles, a María como Reina del país de los cedros, que acoge en sus entrañas a varios patriarcas, católicos y separados, que pusieron, todos, sus sedes bajo la protección de María. El célebre valle Qannubin, donde los patriarcas maronitas encontraron en sus grutas un refugio seguro contra las persecuciones, es llamado el valle santo «Qadisha», sitio acogedor a los pies de los históricos cedros del norte del Líbano, que evoca toda una historia de heroicos santos, que pasma al espectador, en medio de un trágico e imponente silencio, repitiendo a sus oídos la voz de Dios a Moisés: «Descálzate las sandalias de tus pies, porque el lugar donde estás es tierra santa». Pues allí en esta tierra santa que recibió en sus cavernas y grietas a los jefes de la nación maronita, escapando a la violencia y al filo de la espada, allí donde la providencia y el poder de María aparecieron con todo su esplendor, amparando en los difíciles tiempos de la persecución a patriarcas y obispos que según la expresión del escritor: mencionado Renan «No tenían sino cayados y pectorales de madera pero eran obispos de oro, que ponían la Madre de Dios sobre su sello y se apropiaban los textos bíblicos sobre María y el Líbano, que se consideraban como los representantes de la Virgen en su Montaña y tenían una singular devoción al santuario de Qannubin».

Son famosos, también, los santuarios marianos de Ntra. Sra. De Ain – Terez, de Bzummar, de Charfe, donde tienen su residencia los respectivos Patriarcas católicos de los Melquitas, de los Armenios y de los Siríacos, compañeros de los Maronitas en la lucha para defender su fe y su libertad, bajo la mirada misericordiosa y providencial de María, «Gloria y Reina de nuestra nación, senda de los patriarcas, cedro de nuestra fe y manto para nuestros infortunios», según decía uno de estos patriarcas. No faltó tampoco, la voz de los papas y sus delegados para proclamar a María como Reina del Líbano: No es muy lejano el testimonio de Pío IX, otorgando 150 días de indulgencia a quien rinde homenaje a Ntra. Sra. de la Liberación en Bikfaya, invocándola, «Reina del Líbano, ruega por nosotros». Y todavía permanece viva la memoria de Mons. Duval, el mencionado Delegado apostólico en el Líbano quien decía después de la decisión de construir el santuario Ntra. Sra. Del Líbano en Harissa, centro de peregrinación de todo el Oriente: «Ella aparece de lejos como Reina y protectora del Líbano».

No quedando satisfecho de todas estas manifestaciones de amor y gratitud hacia la Virgen, el Líbano quiso reconocer oficialmente a María como Reina suya. Y en al año 1954 todo el país se conmovió de alegría, cuando el Presidente de la República del Líbano, el Dr. Camille Nemer Chamoun, en presencia del representante de su santidad el Papa Pio XII, el entonces Cardenal Roncalli, futuro Papa y actual Beato Juan XXIII, coronó, en nombre de toda la Nación libanesa, y del modo más solemne, a Ntra. Sra. Del Líbano a Harissa, reconociendo oficialmente un derecho que Dios y la historia de un pueblo habían consagrado.

Esta solemne coronación era un acto extraordinario, en un país donde la mitad de la población no es cristiana. Pero María, Madre de todo el género humano, toma bajo su protección a todos los que acuden a ella; y en un país como el Líbano, donde la diversidad de confesiones religiosas llega hacia el extremo de 18 comunidades de fe, era necesario tener una reina que sea madre.

En realidad, María, Madre tiernísima no ha confundido a nadie que se aproximó de Ella, pidiendo su ayuda. Testimonio de ello, es el Santuario de Harissa, llamado con razón, Lourdes de Oriente, donde sobre el monte, la Reina del Cielo como un cedro del Líbano lució como la estrella de la mañana, enviando sus resplandores a toda la tierra del Oriente, llamando a Ella gentes de toda confesión y de todo país. Allí vemos, entre otros, a las grandes autoridades del país y jefes espirituales de la religión, muchas de las personalidades distinguidas, musulmanes y cristianos, todos vienen para rezar a los pies de su Madre y Reina y vuelven llenos de esperanza y de satisfacción.

Así vemos que el Líbano entero, por sus valles y sus montes, su pueblo y sus jefes, particular y oficialmente, reconoce a María como Reina y Madre suya a la vez. Esa es la característica del Reino de María, que no es a base de fuerzas y de hierro, sino con la misericordia y la ternura de una madre.

María, Reina del Líbano, es la única reina poderosa que pudo defender su independencia. A pesar de las innumerables invasiones de los diversos pueblos, el Monte Líbano, patria de los primeros Maronitas que dieron existencia y valor al Líbano, haciendo de sus rocas una tierra fértil, conservaba siempre una relativa independencia que los invasores intentaban en vano abolirla. Llegaba el peligro, un grito a María era suficiente. Los soldados iban a la lucha, llevando su escapulario, recitando sus letanías y rezando en voz alta el rosario. Ahora, gozando el Líbano de su actual independencia, la Virgen sigue siendo la protectora de sus derechos, frente a los enemigos. Cuando la insurrección del año 1958, el país parecía en peligro, el pueblo, fiel a sus costumbres, acudió a María antes que el Estado acudiese a la sexta flota americana, y gracias a Ella el Líbano aseguró la victoria. Y cuando la última guerra civil, que azotó trágicamente al Líbano durante 17 años de sangrientas luchas fratricidas, amenazaba acabar con la existencia del Líbano, la mano mágica y bondadosa de María, la Reina Madre, puso fin al derramamiento de sangre y actualmente, el pueblo libanés busca firmar su plena independencia con habilidad y sabiduría que la Virgen inspira a sus hijos y les ayuda a conservar el Líbano como un oasis de paz y de concordia en medio de una región convulsionada por el odio y la discordia. Tenemos la absoluta confianza que finalmente María encontrará el camino más justo y más conveniente de pacificar la tierra de la región que ella amó con su Hijo.

Así, el Líbano nunca olvidará los favores de María porque a Ella debe su existencia y su fama. La gloria más alta de este país, no es su historia milenaria, con las ciudades de sus riberas, ni los templos de Biblos o de Heliópolis, ni el descubrimiento de la púrpura, o la invención del alfabeto, y del “papirus” (Papel), sino que toda su gloria está en estas palabras de Isaías: «Le será dada la gloria del Líbano» (Is 35 02)

El Líbano, Tierra y Reino de María, lo es y seguirá siendo siempre, y si, por desgracia, Dios permitiera que esa tierra de María cayera en manos de algún enemigo, María seguirá siendo Reina de los libaneses, porque Ella reina en los corazones de sus hijos. Y los libaneses, estén en su patria, o fuera de ella, son siempre los heraldos de María en el mundo; y donde haya un libanés, allí ondea la bandera del Líbano.

Mons. Charbel Georges Merhi

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