Jean Lartéguy y Yasmina Khadra – Antagónicos literatos combatientes

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Los momentos más grandes de nuestra vida son aquellos en que por fin tenemos el valor de declarar que el mal que llevamos en nosotros es lo mejor de nosotros mismos.

Nietzsche

A través de la lectura de Yasmina Khadra, he recordado otra crónica de Argel desde la óptica contraria, la de Jean Lartéguy. Son veredas opuestas de la misma realidad, la una independentista, la otra colonialista, y en verdad me pregunto si el pueblo argelino ha salido favorecido con alguna de ellas.

El mismo Yasmina Khadra, (que ha luchado en el bando de los independentistas), nos cuenta en  “El otoño de las quimeras” que los campos siempre estaban sembrados en el período colonial, (a pesar de que el pueblo pasaba necesidades y los sembrados eran ajenos), y que posteriormente, (con el advenimiento de la “revolución”), llegó otro tipo de corrupción, y los traidores de siempre comenzaron a manejar los hilos de la economía, los destinos del país y el hambre del pueblo fue de mal en peor.

¿Cómo no vibrar con el intelectual capitán Philippe Esclavier, el imperturbable capitán Julien Boisfeuras, el duro coronel Pierre Raspeguy, el aristócrata capitán Jacques De Glatigny cuando, defendiendo los que creen son los “valores franceses” llegan a poner orden en los levantamientos de Argel que, posteriormente, devienen en revolución libertadora del yugo francés para constituírse en yugo de su pueblo.

Lartéguy nos plantea, en la figura del oficial argelino Mahmudi al luchador por la independencia de  su país, a aquél que ha luchado por la fusión e integración de la colonia con la metrópoli francesa, con aquella Francia por la que él ha combatido, ha caído prisionero y ha sobrevivido. A cambio de ello, su gente ha sufrido el oprobio, la humillación, segregación, racismo y la opresión de la corrupta administración colonial, por tanto, y en oposición a la misma, optaron por una revolución de “carácter contrario”, la ligada al comunismo de extracción soviética. Mahmudi es un romántico, y el romanticismo ya no tiene cabida en las guerras revolucionarias.

La trilogía de Jean Lartéguy, (Los Centuriones, Los Pretorianos y Los Mercenarios), nos narra los sucesos hasta los “Acuerdos de Evián” de 1962 y el reconocimiento de la Independencia de Argel. Antes de escritor, combatiente y Caballero de la Legión de Honor de Francia.

La cuestión es que, cuando leemos a Yasmina Khadra, combatiente también, pero en las antípodas políticas de Jean Lartéguy, nos encontramos con que las condiciones de vida para el ciudadano común dieron un vuelco de 360º, fue un cambio netamente gatopardista, hicieron realidad aquello de “cambiemos todo para que nada cambie”. y simplemente el opresor pasó de ser un extranjero a ser un coterráneo.

No se puede reprochar a los combatientes que todo lo han dado por servir a su patria, cuyos gobiernos, por lo general, son los que terminan traicionándolos. Ambos autores coinciden en ésto, de hecho, Jean Lartéguy comienza “Los Centuriones” con esta cita, dejando en claro que la traición es tan vieja como el género humano:

Nos habían dicho, al abandonar la tierra madre, que partíamos para defender los derechos sagrados de tantos ciudadanos allá lejos asentados, de tantos años de presencia y de tantos beneficios aportados a pueblos que necesitan nuestra ayuda y nuestra civilización.

Hemos podido comprobar que todo era verdad, y porque lo era no vacilamos en derramar el tributo de nuestra sangre, en sacrificar nuestra juventud y nuestras esperanzas. No nos quejamos, pero, mientras aquí estamos animados por este estado de espíritu, me dicen que en Roma se suceden conjuras y maquinaciones, que florece la traición y que muchos, cansados y conturbados, prestan complacientes oídos a las más bajas tentaciones de abandono, vilipendiando así nuestra acción.

No puedo creer que todo esto sea verdad, y, sin embargo, las guerras recientes han demostrado hasta qué punto puede ser perniciosa tal situación y hasta dónde puede conducir.

Te lo ruego, tranquilízame lo más rápidamente posible y dime que nuestros conciudadanos nos comprenden, nos sostienen y nos protegen como nosotros protegemos la grandeza del Imperio.

Si ha de ser de otro modo, si tenemos que dejar vanamente nuestros huesos calcinados por las sendas del desierto, entonces, ¡cuidado con la ira de las Legiones!

                                  MARCUS FLAVINIUS

Centurión de la 2* Cohorte de la Legión
Augusta, a su primo Tertullus, de Roma.

A estos valerosos combatientes los ha ganado la desazón, y así lo hacen saber a través de sus personajes, (¿reales o ficticios?, ¡qué más da!), que en definitiva, al salir de su pluma, son su propia voz.

Declaraciones como la del capitán Esclavier , en “Los Pretorianos”:

Mi tío se equivocó, señor Donadieu; no es por cansancio por lo que he dejado el Ejército, sino porque este Ejército no podía llegar a ser el que habíamos soñado entre unos cuantos en un campo de prisioneros de Indochina. Hemos llegado muy lejos, hemos pasado incluso el Rubicán, como hubiera dicho el tío Paul. Sólo que, mire usted: el hombre a quien pusimos en el poder no es de los nuestros. Es de otro ejército y de otra historia. Uno de mis amigos, Boisfeuras, ha caído en el combate, otros se han resignado y hasta se han entendido con el poder, los más locos se han comprometido en complots sin esperanza. Yo he preferido marcharme”.

Porque, a diferencia de los magnates del imperialismo, ellos habían comprendido que hacer la gue­rra y conquistar tierra no era suficiente. Para cons­truir un reino, importaba ante todo tener al pueblo de su parte”. Lección que aún no han comprendido los saqueadores Libia y del Oriente Medio, que aún siguen derramando sangre inocente y generando odio en aquellos a los que pretenden llevar su modo de vida “occidental y cristiano”.

Porque en definitiva, así se trate del “amor” o  la política, las palabras del médico Día, (de la trilogía de Lartéguy), aplican perfectamente:

“El amor tiene un olor, el del sudor de la pareja y su deleite. Está hecho de esa lucha del hombre y la mujer, incesante, cruel, porque cada uno quiere imponer al otro su sueño y destruir el que no es el suyo”.

Por eso mismo, en Argelia, el ejército francés, para ganar y para convencer, había llegado a emplear los mismos métodos de tortura que los inquisidores y los comisarios. Pero a causa de sus escrúpulos, no había erigido esta tortura en sistema, y tampoco había mostrado la discreción que debe rodear a este género de prácticas y que al mismo tiempo les confiere un horror casi sagrado.

Lartéguy, en boca del capitán Jacques de Glatigny nos cuenta:

“Quise a una chica jellouze y la obligué a entregar a sus amigos. Me repugna que por causa mía traicionara a sus camaradas para nada. “Cuando voy a Argel, siempre me acerco a ver a Aicha. Ya no la toco: ella me habla de su país,-pues ha seguido siendo nacionalista. Con ella fui a hacer una visita a su hermano, el capitán Mahmudi, que ha sido trasladado desde París. Continúa recluido en la fortaleza de Fort-l’Empereur.

“A veces doy la razón a Aicha y a su hermano. Me digo que es imposible conservar un país contra la voluntad de quienes lo habitan. Ya no soy entonces más que el defensor de un caduco orden colonial. Otras veces, cuando estoy entre los colonos junto a quienes combatí en Italia, les doy la razón por haber des­brozado esta tierra y encuentro inadmisible que se les abandone. Han pagado el doble precio del sudor y de la sangre.

“En otras ocasiones, también sueño con un entendimiento entre las dos comunidades. Aicha me dijo un día: “La única paz po­sible será la de los combatientes. Si se me pidiera que hiciese un cuartel para unir a los hombres del maquis, exhibiría un paracaidista y un jellouze, cada uno con la mano del otro, pero conservando sus metralletas, y como divisa “Juntos haremos la Argelia nueva”. Desde luego, habría que empezar por fusilar a algunos colonos gordos y a unos cuantos bachagas bien cebados.

Y así Lartéguy nos describe la guerra, su guerra, su particular visión de la realidad, (su realidad), desde un punto de vista más marcial. Sin embargo Khadra lo hace más desde el llano en la Trilogía de Argel, tanto en la sencilla y sapiente filosofía pueblerina del comisario/escritor Brahim Llob , como en la fascinante galería de personajes que lo circundan.

En la adolescencia, la lectura de la trilogía de Jean Lartéguy mostróme el universo particular de los paracaidistas franceses, de sus códigos de honor, espíritu de cuerpo, de esa Stirps Virilis, (Lema de la gloriosa Agrupación de Comandos Anfibios (APCA), la Fuerza de Operaciones Especiales de la Infantería de Marina Argentina, de destacada actuación en la Guerra de Malvinas en 1982). Una trilogía que comienza en Corea, sigue por Indochina y termina en Argel. La historia de siempre, de gobiernos que exigen a sus grupos de élite el máximo sacrificio para luego, abandonarlos a las manos de Dios y las garras de una justicia vengativa y desmemoriada que olvida que sus sueños fueron velados por esos mismos hombres que hoy condena.

Más que gracia, genera bronca ver al pueblo francés declamar por los derechos humanos, rasgarse las vestiduras por la historia reciente del Tercer Mundo, las redes exhibiendo pancartas con el “Je suis”, sin el menor asomo de autocrítica, ni del gobierno, ni del pueblo. La ocupación francesa de Argel ha hecho escuela en el Tercer Mundo, las prácticas de tortura se han exportado en los setentas, han viajado para enseñarlas. Y no hace falta ser agricultor para saber que, “si siembras vientos… recogerás tempestades”. En aquellos años, USA y Francia se repartían la enseñanza, unos apadrinaban una fuerza y otros otra. Fue famoso en aquellos años cierto librito de métodos para “recabar información” recopilado por la CIA que competía en “efectividad” con la experiencia argelina de Francia. No debemos olvidar tampoco que, ambas naciones venían de guerras en el sudeste asiático, en las cuales, su bagaje de métodos “disuasivos” se había incrementado enormemente al incorporar los brutales empleados por el enemigo.

¿Qué les acontece a los gobiernos, los imperios, las revoluciones, que terminan traicionando a los hombres que les ayudaron a ascender y mantenerse en el poder? ¿Qué los lleva a abandonar a aquellos que confiaron ciegamente en ellos? ¿Qué ocurre con las promesas dadas al pueblo que puso su cuerpo, sus sueños e ideales en sus manos que, al final de cuentas, volverán a estar vacías? ¿Qué valor tienen las revoluciones que forjan millonarios mandatarios de pueblos hambreados y empobrecidos? ¿Con qué derecho se arrogan la potestad de matar el sueño de los justos, el futuro de los niños, el bienestar de los ancianos?

Quizás sea como nos dice Khadra en boca del viejo Da Achur:

“Es un proceso biológico. El mundo está padeciendo el metabolismo de su senilidad. Entramos en una era extática, el milenio de los gurús. Las civilizaciones van a ser barridas a lo bestia y vamos a volver a los principios. Las fronteras se van a hacer añicos, igual que las razas y los valores fundamentales. Ya no habrá patrias, ni himnos nacionales, sino cofradías y encantamientos. Las sectas tentaculares gangrenarán la tierra, que estará infectada de fakires y de profetas colgados, y hasta los rellanos de las casas se convertirán en tierra de nadie. Se acabaron sus majestades, se acabaron sus señorías, se acabaron los escrutinios y las leyes electorales: la gente elegirá, entre aprendices de morabitos, a sus propias divinidades y practicarán rituales estúpidos y exaltaciones suicidas. El integrismo ya ha convertido la fe en un culto a la charlatanería. Las religiones del mundo no podrán resistir mucho tiempo al vértigo de las demonizaciones. Las iglesias serán sustituídas por templos heréticos. Las mezquitas ya no se atreverán a alzar sus minaretes frente al palco de los mutantes… El tercer milenio será fundamentalmente místico, Llob. El Apocalipsis será percibido como el orgasmo de los encantamientos…”

Si Lartéguy representa al brazo ejecutor del colonialismo francés, Khadra es la otra cara de la moneda, es el representante de la resistencia argelina que puso fin al mandato francés a costa de su propia sangre. Es el mismo que nos cuenta como se degradó la revolución. Que nos cuenta como la revolución perpetrada por muchos fue para beneficio de unos pocos. (Como fue en el pasado y seguramente repetirá el futuro). Las revoluciones las pergeñan los del medio, cuyo fin es llegar arriba, valiéndose de los de abajo. En la revolución francesa, la burguesía azuzó al pueblo para derrocar a la aristocracia y quedarse con sus negocios. En Libia ocurrió lo mismo, en busca del petróleo. En definitiva, el fin siempre es el mismo, (así lo hagan por “derechas” o por “izquierdas”), enriquecerse, obtener y ostentar mayor poder y dominación.

Hoy, (como en las décadas anteriores en Latinoamérica y el Tercer Mundo), vemos a líderes enriquecidos, (millonariamente enriquecidos), dirigiendo masas juveniles fanatizadas, (que en el caso del yihadismo occidental y pro-sionista de Daesh), esperan acceder a un paraíso al que jamás van a acceder. Es hora de que la juventud deje de ser rebaño de estos depredadores y entienda que, (como dice el teniente Lino): “la manera más razonable de servir a una causa no consiste en morir por ella, sino en sobrevivirle”.

Como bien dice Yasmina Khadra: “Una vez arriba, ya nada hay que envidiar a los dioses. Al carácter más horrible se le califica de singular, y los antecedentes infamantes se presentan como hazañas bélicas. Cuando se tiene el dinero en una mano y el poder en la otra, el cielo importa un bledo”.

Justamente por ello, elijo cerrar con las palabras del comisario Brahim Llob:

“La auténtica carrera de un hombre, Lino, es su familia. Tiene éxito en la vida quien tiene éxito en su casa. La única ambición justa y positiva es la de sentirse orgulloso en el propio hogar. Lo demás, todo lo demás, (promoción, consagración, vanagloria), no es sino pura fachada, huída hacia adelante, engañifa… “

Por Moro
Para Páginas Árabes

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El secreto de las islas Comoras

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Las llamaron las Islas de la Luna o Islas del Perfume y son uno de esos lugares aun perdidos en el mundo a los que el viajero no va, sino con los que el viajero se topa. Las Comoras tienen alma y tierra volcánica y están pobladas desde el siglo VIII.

Su archipiélago está formado por cuatro grandes islas, Gran Comora, Anjouan, Mohéli y Mayotte, (las tres primeras constituyen la Unión de las Comoras y la última pertenece a Francia), además de otros islotes menores, y se sitúan en el océano Índico, entre el norte de Madagascar y el norte de Mozambique.

Las islas Comoras son uno de los lugares más remotos del mundo y, por serlo, unos de los más puros. Es el paraíso que todos los viajeros se imaginan (incluyendo su soledad) y los clichés se quedan cortos ante la belleza de las islas. Por sus caminos, la esencia de la flor de cananga se mezcla con las palmeras y los plataneros de la zona. Las playas de arena blanca y el océano azul turquesa, ya un clásico de las vacaciones ideales, bajan del paraíso a la tierra en este lugar también lleno de junglas salvajes.

Su población es rica en cultura swahili y musulmana, y sus antepasados son una mezcla de mercaderes árabes, sultanes persas, esclavos africanos y piratas portugueses. La arquitectura de las islas es una buena excusa para iniciarse en el paseo de sus ciudades, en los que los edificios rebosan soportales, balaustradas, contraventanas y puertas con celosías cuidadosamente talladas en madera.

En Gran Comora se encuentra el volcán en activo más grande del mundo, el Monte Karthala, que entró en erupción por última vez en 2005, dotando al paisaje montañoso de un aire desértico espectacular. Moroni, capital de las islas y ciudad pesquera de Gran Comora, destila un aroma a puerto mediterráneo y está rodeada de playas tranquilas con casitas para alquilar y disfrutar de unas vacaciones en la costa.

Mohéli es la pequeña Comora, la más salvaje y llena de sorpresas, y su geografía rodea la selva tropical interior con apacibles playas de arena fina. Anjouan es la isla más poblada, y en ellas se mezclan aceites de jazmín y flor de naranja con laberintos de calles, cascadas (como la de Dziancoundré), antiguos palacios de sultanes de los siglos XVI y XVIII, destilerías de flor de cananga y, en sus costas, arrecifes de coral.

En Comoras reina la paciencia, la resistencia, la humildad y, sobre todo, la tranquilidad. Todo se mueve despacito (mora mora) y parece vivir en otra época, más pausada. Su gastronomía mezcla las cocinas india, árabe, francesa y africana, incluyendo arroz, carne especiada, pescado y marisco (el pulpo es muy popular).

Con información de Expreso

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¿Es Alonso de Luna, (morisco granadino), el autor del Quijote?

Cide Hamete Benengeli
Cide Hamete Benengeli

El primigenio escritor de la novela al que Miguel de Cervantes imputa la autoría de su texto tuvo nombre y apellido, además de ser originario de Granada.

Cide Hamete Benengeli existió en carne y hueso. El primigenio escritor de Don Quijote de la Mancha al que Cervantes imputa la autoría de su texto tuvo nombre y apellidos. Miguel de Cervantes no inventó al personaje, no es ficticio salido sólo de su mente, sino el resultado de una trasmutación de nombres. Tal como hizo con casi todas las situaciones y personajes de su libro: todo y todos existieron en realidad, pero el autor cervantino jugó cambiándolos de lugar y de nombre para encajarlos en la gran farsa, crítica e irónica suma de historias que es la parodia alegórica del Quijote.

Cide Hamete Benegeli es Miguel de Luna. Éste y su mundo, contemporáneos de Miguel de Cervantes, tienen fiel reflejo en el Quijote. Aportar indicios para demostrar que Luna y sus maquinaciones inspiraron, y mucho, a Cervantes es el objetivo de este artículo.

Miguel de Luna (Granada, 1549-1615) fue morisco procedente de la nobleza nazarita. Licenciado en Medicina y romanceador de oficio. Junto con su suegro, Alonso del Castillo, protagonizaron las falsificaciones del Pergamino de la Torre Turpiana y los Libros Plúmbeos del Sacromonte, entre 1588 y 1599. Perseguían prestigiar la cultura y lengua árabes con el fin de evitar su pérdida ante la corte filipina que se empeñaba en erradicarlas. A partir de 1583, Luna frecuentó el Alcázar real de Madrid y la biblioteca de El Escorial, a la sombra de su suegro, recién nombrado traductor de la Corte. En la etapa final de Felipe II, el morisco granadino consiguió heredar el empleo de su suegro y en él permaneció hasta 1610. Por orden de Felipe II elaboró un informe sobre la bondad de los baños públicos para la salud y tradujo un tratado árabe sobre la gota.

Referente literario

En 1592, Miguel de Luna publicó la primera parte de su libro Verdadera historia del rey don Rodrigo. El resultado fue todo un éxito editorial: entre 1592 y 1600 se repitieron las ediciones. En vista de ello, Miguel de Luna decidió escribir una segunda parte que se publicó en 1600, también en Granada en la imprenta de Sebastián de Mena. Y siguieron más y más ediciones: en 1603 lo imprimía Ángel Tauanno en Zaragoza; en 1606 salía otra en Valencia en la imprenta de Patricio Mey… y siguieron ediciones y más ediciones -algunas piratas-, también varias traducciones a otros idiomas durante todo el siglo XVII. Los moriscos, ya repartidos por el Mediterráneo tras su expulsión de 1609, lo extendieron por muchos países.

Miguel de Cervantes debió sumar el nombre de Miguel de Luna a la lista de sus enemigos literarios, a quienes envidiaba por sus éxitos. Todos triunfaban, mientras él iba de fracaso en fracaso; escribía mucho y no publicaba, solamente La Galatea(1584). Ya no sólo odiaba a Lope de Vega y Jerónimo de Pasamonte (quien finalmente parece hallarse tras el pseudónimo de Avellaneda). El ilustrado morisco Miguel de Luna era por entonces un hombre relacionado con los ambientes librescos de Madrid por su estancia en la Corte como traductor, pero también lo era con ambientes de Toledo, especialmente cripto-musulmanes, como bien demuestran documentos de la Inquisición y de la Catedral fechados en 1601, 1603 y 1607.

Coincidencia espacial

La presencia de Luna en ambientes culturales de Toledo fue conocida por Lope de Vega y por Cervantes. Lope tomó la Verdadera historia como inspiración de El último godo (1600). Está demostrado que Miguel de Luna frecuentaba Toledo por los años en que Cervantes también lo hacía (1603-4); era primo del morisco Francisco Enríquez, ropavejero del Alcaná de Toledo, en cuya casa se alojó varias veces. ¿No coincidirían en ese entorno? ¿No será la trapería de Enríquez donde Cervantes compró el cartapacio que dice estar en el origen de su Quijote? La esposa de Cervantes tenía una casucha en la plaza de la Retama de Toledo. ¿No sería en esta casa donde tradujo el cartapacio el tal Cide Hamete Benengeli durante un mes y medio? Y, como buen morisco, cobró en pasas en vez de en vino.

Algunos años antes es más que probable que Cervantes y Miguel de Luna se conocieran físicamente en Granada. Cervantes permaneció en esta ciudad durante algo más de un mes (mediados de septiembre-primeros de noviembre de 1594) en calidad de recaudador de tributos; también parece que regreso a rematar su trabajo durante 1595. La publicación de la Verdadera historia estaba recientísima (1592), era el libro más sobresaliente de la ciudad por entonces. Seguro que sus librerías estarían llenas de ejemplares.

El modelo narrativo calcado. El Quijote es una continua mofa de autores y libros caballerescos precedentes. Por eso va a seguir exactamente la misma técnica narrativa que Miguel de Luna en su Verdadera Historia. Se inventa el hallazgo casual de un libro escrito en árabe y un narrador. Luna y Cervantes se declaran los no autores de sus obras, sino simples editores de lo hallado. Luna encuentra su manuscrito en un lugar noble (biblioteca de El Escorial), narrado por Abulcácim Tarif, nada menos que el conquistador de Hispania en 711. Cervantes va a hacer lo mismo con Cide Hamete Benengeli, pero en este caso ridiculiza tanto el lugar del hallazgo (un ropavejero) y un cartapacio de papel usado que sólo sirve para envolver. Con su falsa historia, Luna pretende cambiar la Historia de España, haciendo pasar su libro como historia verdadera; Cervantes lo tuvo fácil: sólo pretendió ridiculizar a aquellos autores de falsos cronicones que se empeñaban en hacerlos pasar por historia auténtica. Y el mayor exponente del momento era Miguel de Luna.

De ahí que Cervantes haga hincapié en su Quijote, ¡nada menos que diez veces!, en repetir la expresión de verdadera historia a lo largo de su obra. Precisamente lo hace siempre que desea referirse a la falsedad de un libro de caballería ¿Casualidad? No lo creo, por cuanto la expresión “historia verdadera” sólo la utiliza dos veces en todo el Quijote y precisamente cuando quiere expresar admiración por un libro (el del Gran Capitán, por ejemplo).

Para cuando Cervantes escribió el Quijote, las obras falsarias de Miguel de Luna ya estaban cuestionadas por la intelectualidad hispánica. Arias Montano y Luis del Mármol fueron los primeros en denunciarlo. Después le seguirían el Padre Mariana, Ignacio de las Casas, Pedro de Valencia… ¿Por qué no también Cervantes pretendía denunciar en su Quijote la falsedad de los escritos de Luna?

Los falsos de Granada

Miguel de Luna (con su suegro) ideó el Pergamino y los Libros Plúmbeos, un conjunto de nuevos evangelios que venían a revolucionar el cristianismo de dieciséis siglos. Los intelectuales sospechaban, pero callaban. ¡Cualquiera se atrevía a contradecir a la Iglesia española, respaldada por el crédulo Felipe II! Nos preguntamos cómo es posible que este asunto falsario, que era lo más comentado soto voce y polémico de aquellos años, no aparezca recogido en un libro como el Quijote, que es una crónica de las décadas anteriores.

La respuesta es bien sencilla: no se podía escribir, ni incluso hablar en público, de los polémicos Pergamino y Libros Plúmbeos de Granada. El papa Clemente VIII lo había prohibido en 1596, en tanto sus teólogos no calificasen los hallazgos (Paulo V mantuvo la prohibición a partir de 1605). A Cervantes le resultaría imposible pasar la censura si osaba escribir de este tema.

Pero Cervantes no se conformó y, con su fina ironía, logró burlar la censura eclesiástica y sí incluyó este asunto en el Quijote. Lo hizo de modo sibilino en los últimos párrafos de la primera parte, cuando aprovecha el epitafio de Alonso Quijano. Esta idea la extrajo de los Libros Plúmbeos: el pergamino quijotesco, hallado en una caja de plomo (lo dice por dos veces), en el derribo de una ermita, insinúa la participación de un anciano médico (¿Alonso del Castillo?) Los términos y la historia están calcados concepto a concepto de las falsificaciones granadinas ideadas por Luna y su suegro.

Además, de cara a pasar la censura existía entonces un truco muy usado por los autores. No era otro que simular que se trataba de una traducción o re-adaptación de un viejo libro escrito en griego, latín o árabe. El autor en este caso simulaba que no era tal, sino un mero editor de lo hallado “casualmente”. Luna y Cervantes utilizaron exactamente el mismo método.

Sobre el nombre Benengeli. Nada menos que 39 veces mienta Cervantes a Cide Hamete Benengeli, el nombre del supuesto verdadero autor morisco de su Quijote. Más otra que abiertamente lo castellaniza como Berenjena. En los últimos cuatro siglos se han elaborado decenas de teorías acerca de este nombre, unas con más lógica que otras. Hay tesis de anagramas, cálculos matemáticos, derivaciones del árabe que significarían “hijo del ciervo” (cervant), que si se refería a El Greco, hasta las conjeturas relacionadas con las berenjenas.

Ésta última es la que me parece más acertada, tanto más por lo abundante y natural que era en ambientes moriscos de Granada y Toledo. Los expatriados a La Mancha en 1570, tras la guerra de las Alpujarras, fueron llamados Berenjenos en la ciudad del Tajo. Francisco Enríquez, el tendero del Alcaná, era un Berenjeno más. Entre los moriscos de Granada abundaron los apodos de Berenjeno, Habichuela, Tomate, Pimiento, Garbanzo, Lentejas… Así lo demuestran protocolos notariales del siglo XVI; existen muchas referencias a estos apodos en la Granada de siglos posteriores. Es más, en la actualidad hay sagas familiares de los barrios Albayzín, Barrichuelo y Albaida donde persisten reminiscencias de estos motes. No pasemos por alto que estas callejuelas populares albergaron a descendientes moriscos que consiguieron esquivar la expulsión de 1610 (aproximadamente la mitad se quedaron o regresaron).

La sorpresa la encontramos precisamente en escrituras notariales y archivos históricos del XVI donde aparece el apodo Berengelí y Benengelí (con acento) residiendo en el Reino de Granada. ¿Por qué el morisco Miguel de Luna no pudo pertenecer a esa familia Benengelí y Cervantes conocer su apodo?

Es muy probable que si Cervantes hubiese escrito el Quijote en tiempos de la movida madrileña, en lenguaje cheli, hubiese llamado a su metanarrador como Don Mojamé el Berenjeno.

El lunar plagiado

Hay muchos rastros de la Verdadera historia en el Quijote, sobre todo referidos a moriscos. Pero sin duda existe uno que Cervantes no podría negar si viviera hoy; una señal irrevocable de que la utilizó. La idea del lunar peludo como señal de hombre fuerte fue un plagio en toda regla de Cervantes sobre la obra del médico/traductor/falsario Miguel de luna. Segurísimo que Cervantes siguió a Luna en el asunto del lunar ya que no hay ninguna otra referencia en la literatura anterior.

La historia del lunar es como sigue: El supuesto autor moro de la Verdadera Historia, un tal Abulcácim Tarif, hallándose en Tarifa con el Conde Don Julián, narra cómo prendieron a una mujer española y la llevaron a su presencia, la cual dijo llamarse La Cabezuda. De chica oyó a su padre leer un pronóstico o jofor por el cual se anunciaba la pérdida de España por los godos y su conquista por los musulmanes. El capitán que la ganara debería ser valeroso y fuerte. Y por señal llevaría el tal capitán un lunar peloso tan grande como un garbanzo, ubicado sobre el hombro derecho. Desnudaron el hombro de Tarif y vieron que él tenía un lunar como el del pronóstico. Así que Tarif estaba llamado a conquistar España para los musulmanes.

Por Gabriel Pozo Felguera Granada
Con información de Granada Hoy

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