Mustafá (Elegía a un niño muerto,a una ciudad atacada) – Saadi Yúsuf

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Árbol claro y cielo verde,
una fragancia africana humedece el agua;
con un olor a alheña de mar te conocimos
y te pusimos nombre:
Basora, ciudad nuestra.
A ti vinimos a aprender cómo las setas
nacen diseminadas entre las sombras y las palmeras;
a aprender la llamada a la oración los días de fiesta,
a jugar con peces tranquilos
y sortear serpientes de río.
Aquí, también, aprendimos a sentarnos con las nubes
y con sus ubres de lluvia.
¿Habíamos crecido ya?
¿O eran la lluvia y sus gotas las que lo habían hecho?
Aprendimos a aspirar el olor narcótico de las rosas
y supimos que la corola de una flor es como carne.
Nos sumergimos lejos, en ríos de voces confusas.
¿Quién ha plantado esta vid en el surtidor de la mezquita?
La biblioteca de los manuscritos primigenios,
en el bolsillo de la túnica.
Partí, lejos, hasta la puerta de Salomón.
Mi príncipe, en su palacio fluvial, estaba preso.
Cuando fuimos —los estudiantes de Mahmudiya
a manifestarnos
dijeron que la policía nos perseguiría.
Allí, en los parques desiertos fumamos nuestros
primeros cigarrillos
y lloramos de miedo.

El olor de las plantas acuáticas,
el pez muerto en la canícula,
puentes que nos llevan,
puentes que nos traen y puentes que nos mojan;
los balcones de las princesas de la India quedan lejos,
los jardines quedan lejos,
la puerta de Salomón, lejos.
Y también la casa.
El sol se envolvió de una suave concha
y se echó a dormir.

Pata de cabra,
pata de pala,
pasos de ogros y diablesas en las sombras…
Y en nuestras lágrimas se apaga la brasa
de nuestros primeros cigarrillos.
Dulce niño, Mustafa,
luz de los ojos,
duerme en paz, Mustafa,
niño de ojos zarcos.
Cierra los ojos y verás los caballitos
y a Basora con sus dos orillas.
Duerme, mi niño,
que el Profeta te guarda
y con él todos los santos imames.
Duerme, vida mía, duerme.

2

Una rosa azul,
un cielo rojo
y el agua que se torna húmeda con las fauces
del tiburón.
Da igual, abriré una herida en mi mano
para albergar a las estrellas
y después la rociaré con polvo de corteza de palmera
y diré “hola, estibadores de todos los barcos del mundo,
hola, operarios de trenes que no me han concedido
ni billete ni recuerdo”.
Por la noche recorremos los portones del verano,
abrimos en los muros de su humedad agujeros por los que respirar,
lodos de nuestras cabañas, lluvia de lluvias,
faldas que se adornan de andrajos
y apagan la voz de las estrellas.
Mantos negros que cubren Basora choza a choza,
pancartas y pasquines que tremolan en el cielo rojo,
entre Qurna y Fao:
palmerales y flores de sal,
hola, tú que subes a la palma,
hola, polen al viento,
hola a todas las mujeres que lleven en su ombligo
una estrella polar
que gire en torno a Qurna y Fao,
en torno a nuestra ciudad.
Siete sirenas de río vinieron a nosotros en una noche invernal
para decirnos:
“Bandadas de tiburones
surcan el mar desde occidente”.

Y nos echamos a la mar a su encuentro
pero en barcas de caña y bambú,en barcas de papel,
de quebradiza y frágil concha.
Así nos hicimos a la mar
y así las fauces y las encrespadas aguas segaron nuestras barcas
y el agua se hizo rojo cielo:
sangre a chorros desde Qurna hasta Fao mientras
un tiburón busca una estrella polar que devorar.
Se han abierto las puertas de occidente.
¡Ciudad nuestra!
Qué tambores oímos en la noche postrada,
qué terribles relatos no se evocarían que
hasta las palmeras
se vencen exhaustas sobre sus troncos.
Días de otoño que han de persistir
hasta el fin de los tiempos.

Niño dulce, Mustafa,
regalo de juventud,
ya han llegado las nubes hostiles
a llevarse a un niñito más.
Niño dulce, Mustafa,
acabó lo que tenía que acabar.
Niño dulce, Mustafa,
azufaifo en sus jardines,
ojalá que el sol del alba
se compadezca del que tiene el alma desgarrada
de amor.

3

Un ataúd verde
un cielo blanco,
y el agua que se humedece con un abanico de polen.

En la ribera de allí: mi tío.
En la ribera de acá: estaba mi padre.
En Shatt al-Arab: un bote, solitario, oculto entre los juncos.
De las palmeras ya sólo quedan mustios tocones.
Un cielo blanco, que antes era verde,
extiende las manos hacia un tercer cielo:
“Estoy desnudo,
estoy desnudo,
sus cañones han arrasado los palmerales,
sus fosas han engullido a nuestras gentes.
Desnudo, me han dejado desnudo”.
A Basora la han embutido en sus calles
y han llenado sus aguas de sal.
Se han entrometido en sus libros;
se han adentrado en el alma y, ay, sólo han de salir
cuando el alma…

¡Ciudad nuestra!
¿Quién ha desbaratado los hábitos de las gaviotas?
¿Quién ha traído a los cuervos de los cadáveres primeros?
¿Quién te ha embadurnado con sacos de arena, perla de las riberas?
¿Quién ha mordido tu tierra húmeda con el hedor de los muertos?
Un río abbasí excava su senda,
durante siglos este río abbasí ha surcado su senda;
desde las salinas de los esclavos negros
ha surcado su senda.
Nosotros soñamos un día con poder detener
su curso con nuestras manos.
¡Basora, ciudad nuestra!
Siempre seremos, aunque nos hagamos viejos, tus pequeños.
Siempre llevaremos tu néctar
en los bolsillos de nuestras túnicas
para beberlo en el estertor del agua.
¡Ciudad nuestra!
No te has perdido,
ni nosotros nos hemos perdido;
los enemigos,
ellos han hecho que nos perdamos.

Mustafa, dulce niño,
prenda hermosa de Basora,
duerme en paz y reposa.
Pero, ¡qué angosta es la fosa!

Por Saadi Yúsuf (Abi al-Jasib, Basora, 1934)


Extraído de Al-Quds al-Arabi del 3 de abril de 2003. El poeta dedica el poema a Basora, su ciudad, donde transcurrieron su infancia y juventud, época que aparece retratada en estos versos. El título hace alusión a una conocida nana iraquí. Una vez completada la ocupación de Iraq, se prohibió la entrada en el país a un nutrido grupo de iraquíes opuestos a la invasión. Saadi Yúsuf, comunista díscolo, enemigo acérrimo de Sadam Husein y uno de los más destacados intelectuales iraquíes en el exilio, se encontraba entre ellos.


Con información de Nodo50

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