Bagdad, un único rostro – Ibrahim Nasr Allah

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Hay mil motivos de tristeza,
cólera y tragedia;
pero no hay uno sólo para que te amemos,
Estados Unidos.

El auto se acercaba al puesto de control
de los estadounidenses
(ahora, ellos también tienen sus puestos de control)
y, por el aparato de radio,
el oficial de marines le gritó
al conductor del tanque:
¡Deja de jugar y dispara!
A saber con qué estaría jugando el tanquista:
¿con la calavera de un niño iraquí?
¿con los brazos desgarrados de una anciana?
Enseguida dejó sus juegos a un lado
y cumplió su deber con la fidelidad sabida.
Un solo proyectil basta para confirmar
la profesionalidad de un operario
en su torre de acero y metal.
“Por no hacer un disparo de advertencia
has matado a una familia entera”.
Se lo dijo el jefe del destacamento.
(Ese día cálido y polvoriento,
en el centro de Iraq,
la bruma de la guerra invadió un auto
con quince personas dentro.
Diez murieron al momento
y una mujer muerta se abrazó a los cadáveres
de dos hijos carbonizados).
Ah, una observación: el destacamento en cuestión
se llamaba Bravo.

Mil motivos tenemos para la pena, la ira o la desgracia.
Pero ninguno para amarte,
Estados Unidos.

Seguimos sin saber: ¿habrá vuelto el tanquista a sus juegos?
¿Habrá salido a hacer más acopio de despojos de niños
con los que urdir nuevas distracciones?
¿Habrá bajado a pintar, con piel carbonizada de niños,
un lema rutilante en la tierra de los dos ríos:
“Por aquí hemos pasado”?
Una vez más han dado en el blanco.
Un nuevo portento de precisión cow-boy.
¡Bravo!

Tenemos muchas razones para llorar, bramar o penar.
Pero ninguna para amarte,
Estados Unidos.

El niño Alí se asomaba con su rostro lacerado
por debajo de la tienda que (la liberación)
había erigido sobre su carne quemada.
Se asomaba por entre sus manos cercenadas,
hablando de un dolor que ni un mundo entero
podría soportar.
Pero él sí tiene que soportarlo.
¿Qué habrá musitado cuando se fueron
las cámaras de televisión?
“Gracias a Dios que mi madre murió antes de verme así;
gracias a Dios que mi padre, mi hermana y mi hermano murieron
antes de verme así;
Gracias a Dios que…”
¿Habrá visto a Ali ese que disparó sus
bombas inteligentes y precisas?
¿Habrá gritado por entre las nubes “le di, le di”?
¿Habrán respondido los tripulantes del avión o del destructor
“oh, sí, bravo, bravo, bravo”?
¿Habrán vuelto todos ellos a seguir jugando a lo mismo?

Ay, cuántas razones para penar, cuántas para llorar,
cuántas para odiar.
Pero ninguna para amarte,
Estados Unidos.

Un intelectual iraquí (en el exterior)
escribe que, al ver caída la estatua de Sadam,
echó a bailar ante la mirada atónita de sus hijos
(nunca antes lo vieran).
“Creo que bailaremos toda la eternidad”.
Estupendo, baila, nadie te lo impide, pero,
te lo ruego,
que no sea toda la eternidad,
porque la fiesta ha terminado
y el Iraq real, el verdadero,
no bailó en las calles de ciudades y pueblos
ni siquiera cuando había fiesta.
El Iraq verdadero se revuelve.
Ay, nada tenemos contra el baile,
pero antes Alí tiene que hallar sus pies,
y las manos que no jalearon con el ardor esperado
a los ejércitos de liberación.
Antes, una madre tiene que hallar, en su propio seno,
la lozanía de dos niños muertos,
no en dos despojos de carbón que,
según los estadounidenses,
fueron sus hijos.
Aquí sólo se oye ritmo de llanto y grito.
No, no nos oponemos a que bailes;
pero nos cuesta creer que te guste tanto la danza:
has dejado que otros, los invasores,
te precedan a la pista de baile.

Mil razones para estar triste,
otras mil para sentirse desgraciado
o lleno de ira.
Pero ninguna para amarte,
Estados Unidos.

El nuevo líder iraquí baja del Apache con un sombrero de cow-boy.
¿Qué habrá bajo el sombrero sino el cerebro de George Bush?
Su cuerpo es el de Rumsfeld, su dicha, la dicha de Tommy Franks.
Cruza el nuevo líder, egregio, la pista del aeropuerto,
como si sólo él hubiera ido a la guerra,
como si sólo él hubiera resistido en la trinchera
mientras los demás huían.
Otro líder.
Hola.
No nos gustan los líderes que Estados Unidos nombra en secreto.
¿Cómo nos van a gustar los que designa ante las cámaras de televisión?
Otro líder, único y primigenio.
Uno nuevo.
Reluciente como el fulgor de la madre de todas las bombas
en el cielo oscuro de Bagdad.
Un nuevo líder que ha de dirigir las vanguardias libertadoras
de esta gran nación árabe extendida entre dos mares
y varios desiertos.
Has llegado antes que todos.
Bravo.
Pero te lo han enseñado todo menos una cosa básica:
no hay lápidas para las tumbas de los tiranos.
Imagínate pues si las habrá para los que lo parecen sin serlo.

Mil razones para la tristeza,
el enfado y el dolor desgraciado.
Pero ninguna para amarte,
Estados Unidos.

Iraq no fue nunca una patria transitoria
ni as-Sayyab un poeta ocasional
ni Nabucodonosor un rey fugaz
ni tampoco Hamurabi.
Gilgamesh no buscó la planta de la vida
para dársela a las víboras de hoy.
Bagdad tiene tres rostros, sí:
el del pueblo de Iraq,
el de los tiranos que han sido y serán
y el de esa pequeña fiera atolondrada,
un nuevo Frankenstein,
una fiera que destruye una ciudad para al día siguiente
permanecer suplicante ante sus puertas.
Tres rostros tiene Bagdad…
No, sólo tiene uno: el suyo propio.

Hay mil razones para estar triste,
para enfadarse,
para sentir la tragedia.
Pero no hay una sola razón para que amemos a
Estados Unidos.

Por   Ibrahim Nasr Allah (Amán, 1954)
Con información de Nodo50


Publicado en Al-Quds al-Arabi el 17 de abril de 2003. Nasr Allah, poeta y novelista palestino criado en un campamento de refugiados en Amán, escribió este poema tras la caída de Bagdad. Esta especie de salmo trágico hace alusión a uno de los múltiples accidentes registrados en los puestos de control del ejército estadounidense.


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