Bagdad, te saludo – Adonis

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I

Deja el café y bebe otra cosa
mientras escuchas a los invasores:
“Con la gracia del cielo
hacemos una guerra preventiva;
desde el Hudson y el Támesis
traeremos el agua de la vida
para hacerla fluir en el Éufrates y el Tigris”.
Una guerra contra el agua y los árboles,
contra los pájaros y los rostros de los niños.
De entre sus manos surgen lenguas de fuego
en forma de clavos de cabeza oval,
y en sus hombros resuenan
las palmaditas de los dioses.
El aire gime y llora
a lomos de un junco llamado tierra;
la arena se hace roja y negra
entre los tanques y las bombas,
entre ballenas que son misiles volantes,
en un tiempo improvisado por la metralla,
en volcanes espaciales que expulsan su líquida lava.
Oscila, Bagdad, sobre tu cintura transida de agujeros.
Los invasores nacieron en un viento que anda a cuatro patas
por gentileza de su cielo particular,
ese cielo que está preparando al mundo
para que lo engulla la ballena de su lengua sagrada.
En verdad, como dicen los invasores:
parece que este cielo-madre
sólo sabe alimentarse de sus propios hijos

¿Pero también hemos de creer, invasores,
que los misiles tienen sello de profecía,
que la civilización se hace a golpe de residuo radiactivo?
Una nueva ceniza vieja bajo nuestros pies.
Pero decidme, pies que andáis sin rumbo,
¿sabéis a qué abismo habéis llegado?
Nuestra muerte está al filo de las agujas del reloj;
nuestro pesar se dispone a clavar sus uñas
en la carne de las estrellas.
Guay de esta nación de la que somos:
una tierra que nada crepitante en incendios
donde los hombres arden cual leña seca.
Cuán hermosa eres, piedra sumeria,
tu corazón sigue latiendo con un Gilgamesh
que se dispone, de nuevo, a echar pie a tierra
para volver a buscar la eternidad de la vida;
pero, esta vez, su guía no será sino
un haz de polvo radiactivo.
Hemos cerrado las ventanas
tras limpiar los cristales con periódicos
que cifran la historia de la invasión.
Luego, hemos arrojado a las tumbas
nuestros vestigios de rosas.
¿Adónde vamos?
Ni siquiera el camino se cree ya nuestros pasos.

II

Una nación entera está a pique de olvidar su nombre.
¿Y todo por qué?
¿Una flor roja me enseñó a dormir
en el seno de mi ciudad de letargo?
El asesino ha devorado la canción;
no preguntes pues, poeta:
a esta tierra sólo puede despertarla
el fuego de la rebelión.

Ali Ahmad Saíd – ‘Adonis
(Qassabin, Siria, 1930)

Publicado en Al-Quds al-Arabi el 1 de abril de 2003

Con información de Nodo50

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