La tahona y el pan

tahona

El pan, nuestro alimento básico

El pan es parte importante de las tradiciones mexicanas … Aunque ahora se le discrimina mucho por ser causa de obesidad, de todas maneras el pan forma parte de nuestra vida cotidiana.

Pocos olores tan agradables hay como el del pan recién hecho. Al percibirlo, se nos “hace agua la boca” pensando en una exquisita pieza de pan acompañada con un cafecito caliente o con una taza de humeante chocolate.

¿Cuál pieza prefiere usted? ¿Una concha? ¿Un beso? ¿Una monja? ¿O una chilindrina? Tal vez usted prefiera unas orejas, un cochinito o un ojo de buey. Si pide una revolcada, asegúrese de que le entienden que se trata de una pieza de pan, no vayan a pensar que es usted masoquista y que está pidiendo que lo maltraten físicamente.

Yo en lo personal tengo una especial debilidad por las semitas de piloncillo y nuez, especialmente las que se fabrican en Bustamante y Villaldama, dos pintorescos pueblos del norte de mi querido estado de Nuevo León.

Cuando vamos a Saltillo, invariablemente llegamos a comprar unas piezas del esponjoso pan de pulque, que en realidad nunca he sabido si en su elaboración utilizan el neutle, es decir, el pulque como ingrediente. Lo único que sé es que es riquísimo.

Se dice que cuando llegó Hernán Cortés a tierras tenochcas, entre sus soldados traían algo de trigo, y como acá lo que mandaba era el maíz, ellos, los soldados españoles sembraron su trigo y empezaron a hacer pan al estilo que ellos conocían.

Así empezó a darse en Las Américas el oficio del que elabora el pan, al que generalmente llamamos panadero, pero no. El panadero es el que vende el pan, pero el que lo fabrica es tahonero.

La tahona es el lugar donde se fabrica el pan. Tahona es un vocablo árabe que se refiere al molino en el que se hacía la harina a partir de trigo, molino que era movido originalmente por un equino, mula, caballo o burro.

Muchas familias, migrantes procedentes de España, instalaron aquí ese tipo de negocios que constituyeron su modo de vida y que perduraron y en algunos casos aún existen, como lo han sido a través de varias generaciones.

Esta tradición se une a lo picaresco de nuestra cultura popular y se refleja en los bizcochos, los ojos de Pancha, los bigotes, los calzones y las campechanas, así como las rejas, los cocoles, las marías y los huesos, entre muchos otros, resultado del clásico ingenio del mexicano que todo lo hace chiste.

Por Juan Recaredo
Con información de El Siglo de Torreón

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Margarita, baronesa de Alcahalí desembarca en Tetuán

Margarita Ruiz de Lihory, baronesa de Alcahalí.
Margarita Ruiz de Lihory, baronesa de Alcahalí.


Tetuán olía a tierra y moscas, a bullicio, sudor y sol, a gentío que hormigueaba.

Margarita desembarcó en Ceuta cargada con tres enormes baúles, dos maletas, varias sombrereras y un bolso de viaje. Era un cálido mes de junio de 1922 y soplaba una leve brisa. Las banderas españolas ondeaban en uno de los pocos muelles construidos. Tras mirar con satisfacción a su alrededor, sintió que la vida empezaba de nuevo. Sonrió. Su rostro se iluminó y notó cómo el corazón se le agitaba. Por fin. Estaba en África. Tras conseguir que un mozo se hiciese cargo de las maletas y las cargara en un simón, se acercó al edificio del Alto Comisariado donde, ante uno de los funcionarios, anunció su presencia en Marruecos y mostró las credenciales que llevaba consigo, tanto del director del periódico como de Miguel Primo de Rivera. El asombro del funcionario fue mayúsculo. Una mujer joven y sola recorriendo Marruecos era algo que desde luego no se veía todos los días. Aún así, después de leer atentamente las credenciales, le facilitó la documentación pertinente para que pudiera moverse sin problemas por la zona española. Le informó de que para llegar a Tetuán, la mejor opción era coger el tren, pues acababan de terminar la única línea férrea construida hasta ese momento.

Después de comprar los billetes en primera clase y acomodarse, Margarita escuchó el silbido de la máquina anunciando la partida y vio cómo la estación, los árboles y las casas se iban desdibujando a medida que la velocidad del tren aumentaba. Estaba sola en el compartimento. Bajó la ventanilla y respiró hondo. Qué diferente se veía todo allí, el sol tenía un brillo y una fuerza que cegaba los ojos, lo teñía todo de oro y convertía el paisaje en un espejismo. Se veían kilómetros y kilómetros de tierra clara, salpicada aquí y allá por algún árbol, una palmera o un rebaño de cabras. Hacía calor, pero gracias al viento que soplaba era soportable. Se quitó el sombrero y se miró en el espejito de su neceser. Algunos cabellos se habían soltado de las horquillas con las que los había enganchado tras las orejas, y se notaba en sus ojos el cansancio de muchas horas seguidas de viaje, pero a pesar de todo pensó que no tenía mal aspecto. Se dio unos ligeros toques de polvos traslúcidos en las mejillas y el escote, repasó el color rojo de sus labios, y con cuidado vertió unas gotitas de Chanel nº 5 en las muñecas y el cuello. Sintiéndose refrescada, agradeció que en ese momento apareciese un moro jovencito que ofrecía té y pastelitos árabes. Qué deleite probar aquel té verde, fuerte y dulce, al que la hierbabuena añadía un maravilloso toque de frescor. Probó varios pasteles, algunos con pistachos y otros con nueces o almendras, pero todos con un hojaldre muy delicado y un almíbar denso y oloroso que sabía a azahar. Delicioso.

Tras varias horas de viaje, llegaron por fin a Tetuán. La nueva estación la recibió con toda su majestuosidad, inmensa en su blancura y espacio, con los arcos y los techos llenos de molduras, con los tonos verdes en los azulejos con que habían recubierto algunas paredes. Al descender de su compartimento, y mientras esperaba a que cargaran sus maletas, vio aparecer ante ella a un hombre alto, muy moreno y con un gran bigote negro que, vestido a la usanza mora con una larga chilaba color ciruela y un turbante beige en la cabeza, la miraba con atención. Se le acercó despacio y, tras observarla unos segundos, se presentó.

–¿Doña Margarita Ruiz de Lihory? Señora, soy Mohamar Yessef. El Alto Comisariado en Ceuta me ha puesto a su disposición durante todo el tiempo que dure su viaje por mi país. El señor Primo de Rivera ordenó que usted contase con toda la ayuda posible.

–¿Y cómo ha sabido de mi llegada?

–Si hay alguien que lo sabe todo aquí es el Alto Comisariado, señora.

–Habla usted muy bien mi lengua.

–Gracias, siempre he tenido un don especial para los idiomas, no me cuesta aprenderlos, sobre todo si me gustan –contestó sonriendo mientras ayudaba a amontonar las maletas sobre un carromato que había acercado un mozo–. Domino varios dialectos, aunque alguno de ellos creo que no tendré necesidad de usarlos con usted, pues son de poblaciones situadas en la zona francesa.

–Ah sí, se me olvidaba que el país está dividido por zonas, y aquí estamos en el protectorado español –comentó Margarita distraída, comprobando que habían cargado todo su equipaje y no se habían olvidado de nada en el vagón del tren–.

–Hace ya varios años de eso, madame.

–Ya… ¿Y cuántos idiomas habla usted exactamente? –preguntó Margarita, por decir algo–.

–Realmente, dominar, dominar, solo domino el árabe, el español y el francés, aunque puedo hacerme entender en chjebl berebere y en correischita, que es el lenguaje de las élites musulmanas…

No pudo seguir hablando porque en ese momento Margarita le interrumpió. Desde luego, debía de ser muy listo para recordar tantas palabras de tantos idiomas diferentes. Pero se hallaba exhausta tras un viaje largo y agotador, y necesitaba con urgencia llegar al hotel y descansar. Ya tendrían tiempo para conversar más adelante. Mohamar hizo un gesto de asentimiento con la cabeza y la guió hacia el exterior de la estación, donde les esperaba un simón. Después de cargar todo el equipaje, pusieron rumbo al hotel Alfonso XIII. Tetuán olía a tierra y moscas, a bullicio, sudor y sol, a gentío que hormigueaba llenando sus calles y callejuelas con una jerga extraña e incesante. Olía a té y a cordero, a miel y a comino, a excrementos de palomas y pan recién horneado. Al paso de los caballos se iba desplegando ante Margarita la sensualidad de su arquitectura, con las mezquitas como joyas relucientes, los palacios moros, las fuentes, los jazmines o el barrio judío. Observaba fascinada el crepúsculo que comenzaba a anunciarse y coincidía con la llamada a la oración del muecín. Las montañas abruptas del Ajmás, cuyas cumbres brillaban en la lejanía.

El hotel era suntuoso, lleno de maceteros de cerámica con palmeras verdes. Su habitación era pequeña pero coqueta, con una cama con baldaquino de la que colgaba un dosel de mosquitera, la colcha bordada, los cojines de seda, sillas de cuero y una cómoda de caoba taraceada en nácar. El baño, también pequeño, estaba decorado de suelo a techo con cerámica blanca y azul, y en el centro una bañera de cobre que más parecía un barreño que una bañera. Margarita sonrió satisfecha. Aquello era mejor de lo que podría haber soñado nunca. Estaba en Marruecos. Su hotel era un deleite para los sentidos y, por si fuera poco, podía contar con Mohamar para ayudarla en lo que necesitase. Miró su pequeño reloj de pulsera y vio que era la hora de cenar, así que se lavó las manos, retocó su maquillaje y cambió su ropa de viaje por un sencillo vestido de noche azul nattier, realizado en piel de ángel con medias mangas de gasa. Largo hasta casi tocar los tobillos, llevaba bordadas unas pequeñas cuentas de acero en el escote y los bajos, cuyo color combinaba a la perfección con el brillante collar de perlas grises que colgaba hasta su cintura. Supuso que a aquella hora habría refrescado un poco, así que cogió un chal de seda en color humo, del que colgaban largos flecos en sus extremos, y bajó al comedor.

El comedor se abría bajo un lucernario como una flor ante la luz del sol. No era muy grande, pero parecía acogedor. Ocho o diez mesas como mucho, con sillas de mimbre y manteles de un blanco inmaculado, donde unos pequeños fanales daban calidez con sus velas encendidas en el interior. El maître la acompañó a su mesa. Se oía hablar español, pero también francés, alemán y árabe. La cena no pudo ser más deliciosa. Le sirvieron primero una ensalada cuyos ingredientes quizá fueran normales, al fin y al cabo tomates y pepinos se encontraban también en Valencia, pero el aliño era lo que hacía la diferencia. Creyó reconocer el sabor del limón, del perejil, la pimienta negra y algo más picante que entonces no supo identificar. El pan era oloroso y de forma plana, diferente a cualquier otro que hubiese probado en su vida, casi sin miga y con un curioso dibujo circular. A continuación sacaron una cazuela de barro a la mesa, donde humeaba todavía una pierna de cordero reluciente en su grasa, y en la que asomaban aquí y allá trozos de cebollitas doradas, dátiles enteros y semillas de sésamo. El postre consistió en una especie de torta esponjosa que sudaba almíbar de azahar, cuya parte superior parecía una cuajada blanca espolvoreada de almendras y la inferior, un lecho de pistachos troceados. Para beber le sirvieron un té con menta, que tomó a pequeños sorbos. Si aquella iba a ser la tónica en las comidas, tendría que vigilar su dieta.

Había prestado tanta atención al placentero banquete, que no se dio cuenta de que la sala poco a poco se había ido quedando vacía. Al terminar su té, dejó la taza sobre la mesa, pidió al camarero que felicitase al chef, y le preguntó si había un bar en el hotel donde tomar un espirituoso antes de subir a su habitación. El camarero le informó de que en el hotel, y en Marruecos en general, le iba a resultar difícil encontrar alcohol, ya que estaba prohibido, aunque en Tetuán había quizá un par de bares en hoteles donde solo los extranjeros podían beber. De todos modos, añadió, los distinguidos huéspedes del hotel Alfonso XIII solían quedarse a tomar algo por las noches en la terraza, junto a la fuente octogonal.

Margarita se encaminó hacia allí preguntándose cómo podía sobrevivir un país sin alcohol. Al llegar descubrió un patio lleno de naranjos donde se escuchaba el murmullo del agua en la fuente. Habían dispuesto junto a ella varias alfombras sembradas de almohadones y mesas bajas, sobre las que chispeaban lo que parecían un millar de candelas. El ambiente era mágico, las estrellas refulgían en lo alto formando una hermosa bóveda. Olía a cera derretida y a humo de tabaco. La mayoría de las mesas estaban ocupadas por extranjeros, que fumaban de unas largas pipas sentados en el suelo, cosa que la llenó de asombro. Notó que algunas miradas, sobre todo de hombres, se volvían hacia ella. Vio que dos de ellos le hacían señas con la mano y se acercó. Ambos se pusieron en pie al unísono y se presentaron.

–Disculpe nuestro atrevimiento, pero la hemos visto antes en el comedor y nos ha parecido que es usted española. Nosotros también lo somos, llevamos aquí algún tiempo y nos gusta acoger y ayudar a nuestros compatriotas en el país. Permítame que nos presentemos, él es fray Emilio Revilla, capellán del tercio de legionarios, y yo soy Víctor Ruiz Albéniz, médico de la Compañía de Minas. Ambos estamos encantados de conocerla.

–Un placer caballeros, soy Margarita Ruiz de Lihory, baronesa de Alcahalí.

–Un placer, baronesa. ¿Le apetece acompañarnos? Hace una noche magnífica y sería una pena desperdiciarla –dijo Víctor, señalando con un gesto de su mano la alfombra–.

–¿Pero cómo? ¿Ustedes también se sientan en el suelo? –respondió ella sobresaltada–.

–Pues sí, al principio puede parecer chocante, pero descubrirá usted con el tiempo que ciertas costumbres morunas están muy bien pensadas para disfrutar de los placeres terrenales –contestó Víctor sonriendo, mientras se sentaba descalzo sobre su alfombra y arrellanaba la espalda contra un enorme cojín–.

Desconcertada, Margarita los observó a ambos, que no parecían encontrarse incómodos allí tumbados sin sus zapatos. Miró los pies descalzos y pensó que era una grave falta de decoro mostrarse así en público, y mucho más si lo que se mostraba era algo tan antiestético como unos pies masculinos. Se giró a uno de los camareros que había por allí, y le pidió una silla para ella. ¡Cómo se habían atrevido a proponerle que se sentase en el suelo, a ella, la baronesa de Alcahalí!

–Oh, venga, vamos, baronesa, no sea tan española, estamos en 1922, en Marruecos y libramos una guerra, no pasará nada porque se siente en el suelo, ¿o es que teme que veamos sus hermosos pies? –dijo Víctor, mirando apreciativamente los zapatos de medio tacón que llevaba–.

–Entiendo que, a lo mejor porque llevan ustedes aquí un tiempo, sus costumbres se han relajado. Podríamos decir, caballeros, que son un poco indígenas para mi gusto. Mi educación me impide hacer como usted sugiere, señor Ruiz, así que me sentaré en esta silla que me acaban de traer, y eso sí, si les parece bien compartiré con ustedes la costumbre de fumar, aunque por lo que estoy viendo aquí no se estilan los cigarrillos.

–También los hay, aunque es mucho más voluptuoso fumar en estas pipas a las que ellos llaman narguile o shisha. El tabaco, que es como una melaza, se pone en este adminículo de cerámica de aquí arriba. Sobre él colocan el carbón encendido y el agua cumple la función de limpiar el humo antes de que pase a nuestros pulmones –aclaró fray Revilla, mientras hacía una seña al camarero y le pedía más té–.

–Emilio, no pidas más té –dijo Víctor, recolocándose su chaqueta, que había quedado parcialmente atrapada entre dos almohadones–. Sabes que no dormiremos nada, aquí lo hacen demasiado fuerte.

Margarita asistía encantada a aquella primera toma de contacto con sus compatriotas. Era como ver una obra de teatro donde ella era la única espectadora, secretamente regocijada. Tras comprender cómo funcionaba el mecanismo de la pipa, pidió una para ella, lo que hizo que Víctor le aclarase que normalmente se fumaba en grupo. El narguile era una forma tradicional moruna de demostrar confianza, amistad, un ritual de humo donde el dulzor del tabaco simbolizaba el vínculo entre los presentes. Agradeció ella la aclaración, y contestó que en ese caso fumaría sus propios cigarrillos hasta que dicho vínculo se estableciese. Si ya le parecía bárbaro descalzarse y tumbarse por el suelo como una vulgar actriz, chupar de la misma pipa que dos hombres que acababa de conocer le resultaba algo por completo inaceptable.

–Sé que acaba de llegar, baronesa, que es su primera noche en Tetuán y que todo le parecerá muy extraño. Nosotros, al principio, también pensábamos como usted, pero verá que lo mejor que puede hacer es relajarse, adaptarse a las maravillosas costumbres morunas y disfrutar como nosotros llevamos haciendo estos meses. Ha dejado atrás la civilización, señora baronesa, y todos los prejuicios que la acompañan. Disfrute de la oportunidad de ser por una vez usted misma –dijo fray Revilla, chupando con fruición la pipa–.

Margarita lo miró unos segundos y sonrió. Le gustaba cómo sonaba su título en labios de aquel hombre.

–Imagino que tiene usted razón, pero deme unos días para aclimatarme. Estoy segura de que mi labor aquí va a requerir algo más que descalzarme –respondió con mirada enigmática–.

–Vaya, su frase suena como una película de espías, una con Marion Davis si puede ser, me encanta esa mujer –dijo Víctor–.

–Sin duda sería divertido, pero siento decepcionarle. De momento no tengo pensado ser espía. Mi intención es únicamente escribir una serie de artículos sobre la guerra, para un periódico de Madrid, La Correspondencia de España.

–Asombroso, ¿tanto ha cambiado España? Me parece increíble que un periódico español haya escogido para sus reportajes en Marruecos a una mujer, deben de ser estos locos años veinte. Si yo hubiese sido el director, desde luego no la hubiese contratado. El frente del Rif no es precisamente un salón de té –respondió Víctor muy serio–.

–Entonces soy muy afortunada de que usted no sea mi director, ¿no cree?

Y se echaron los tres a reír. Tras unos minutos en silencio escuchando el murmullo de fondo de las otras conversaciones, Margarita se decidió finalmente a saciar su curiosidad.

–Disculpe mi atrevimiento, fray Emilio, pero no parece usted un fraile, al menos no uno al uso. No lleva usted alzacuellos, y por su porte y ademanes, tiene más aspecto de militar que de cura.

Fray Revilla se rió.

–Tiene usted razón, es muy perspicaz. Estudié en la academia de infantería y cursé náutica y aviación, carrera militar que abandoné por la de fraile en 1906.

Por Gadea Fitera
Con información de Tiempo

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Occidente,su hipócrita bandera y la encrucijada Siria

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Siempre lo pagan los mismos, los más desfavorecidos, los más débiles, los vilipendiados, las víctimas, los inocentes.

Los inocentes fueron asesinados en París el mismo día que en Beirut, los inocentes mueren ahora bajo una lluvia de bombas en Siria, los inocentes se ahogan todos los días tratando de cruzar el Mediterráneo, huyendo de la barbarie, los inocentes se mueren de frío en las fronteras cerradas con alambradas, abandonados, olvidados y criminalizados. Ahora hombres, mujeres y niños son presuntos terroristas por obra y gracia de los medios de desinformación de masas, cuando los poderosos lo deciden las víctimas se convierten en culpables, como las mentiras se convierten en verdades y aquella primera ola de solidaridad con los refugiados sirios desaparece entre los mensajes del odio y el miedo.

Pero la prensa solo habla de atentados terroristas cuando se producen en Occidente, como los atentados de París, en cambio un atentado en Líbano, Bagdad, o Damasco, parecen accidentes de la naturaleza y ocupan apenas unas líneas en los medios occidentales, los asesinados por las bombas reciben el nombre de “daños colaterales”. Ya no interesan fotografías de niños ahogados, ni las imágenes de la desesperación de los nadie, porque en eso los quieren convertir, en nada, en miedo. Los niños huérfanos se sientan solos en el suelo con el mismo frío y hambre que ayer, sufren los mismos abusos, pero Occidente ya no los ve, ya no importan, ya no son útiles a sus intereses.

Más de diez mil niñas y niños desaparecidos en Europa, no se sabe para qué ni porqué, ¿prostitución infantil, tráfico de órganos, trabajo esclavo?, deberíamos estar aterrorizados porque en esta Europa los niños puedan desaparecer sin dejar rastro, sin que a nadie le importe.

El presidente Hollande declaró la guerra al Estado Islámico, la OTAN declaró la guerra al EI, el mundo declaró la guerra al EI y ahora las preguntas son, si realmente todos luchan contra el EI, ¿Quién les compra el petróleo?, ¿Quién les vende las armas y la munición?, ¿Quién les vende los Toyota en los que se pasean?, ¿Quién permite que miles de terroristas lleguen a Irak para enrolarse en el Estado Islámico?, porque ellos se siguen financiando con la venta de petróleo barato, porque ni los árboles ni las armas no crecen en los desiertos, porque para llegar allí miles de mercenarios cruzan fronteras, o cogen aviones.

Recuerdo ahora la matanza en Turquía como demostración más de hasta dónde llega el terrorismo de estado, la versión oficial del gobierno de Erdogan fue que unos terroristas del EI fueron los responsables, pero miles de ciudadanos en Ankara acusaron al presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, y a su Gobierno de tener vínculos con el grupo terrorista EIIL (Daesh, en árabe) y los han responsabilizado directamente por aquellos atentados.

Y cosas de la geopolítica, hace muy poquito asistimos a un supuesto golpe de estado que sirvió a Erdogan para acabar con las pocas libertades que quedaban en Turquía.

No podemos pasar por alto que las bombas en aquel atentado en Turquía, fueron colocadas en las cercanías de la sede del partido comunista de Turquía y que esta manifestación pedía la paz y que el gobierno turco dejase de apoyar a los terroristas del Estado Islámico, suena a vendetta de un gobierno terrorista contra un pueblo que está abriendo los ojos. Suena a “Torres Gemelas”.

Turquía bombardea asiduamente a las fuerzas Kurdas que luchan contra el EI en Irak, un ejército Kurdo con un marcado componente socialista, anti imperialista y anti patriarcal. Turquía compra petróleo al EI, el gobierno turco junto a Arabia Saudí son los mayores defensores de la barbarie encarnada en el EI en Irak, Libia y Siria.

Pero en este macabro juego no están solos, también como no podía ser de otra manera Israel, EEUU y la OTAN tienen intereses en esta guerra por el espolio de recursos, por la destrucción de todo tipo de estado en los países donde sigue habiendo petróleo que robar, hace poco podíamos ver un campo de entrenamiento del EI en cuyas tiendas se leía claramente “USA”, las armas del Estado Islámico no nacen en los árboles y menos en el desierto, son también armas norteamericanas, israelitas, etc…

En este contexto aparece un nuevo factor que equilibra la balanza, que es la posición de Rusia, China e Irán frente al EI. Bien es cierto que todo esto forma parte de un enfrentamiento geopolítico a gran escala muy peligroso, pero más peligroso es a mi entender este mundo unipolar donde los EEUU y sus secuaces imponen la ley del más fuerte y la estrategia del terror.

Ante este nuevo escenario los medios de desinformación masiva responden como en la guerra fría con la URSS, mintiendo y tergiversando la verdad sin el menor pudor, los rusos son muy malos, los iraníes también, los chinos no te digo y el actual gobierno sirio el culpable de todo.

Pero el principal enemigo del “mundo libre”, o por lo menos del que se dice civilizado debería ser la barbarie del Estado Islámico, de sus mercados de esclavas sexuales violadas en masa por auténticos animales, de esas niñas secuestradas, violadas, torturadas y asesinadas, de este estado donde se crucifica, se lapida, se queman vivas a mujeres que se resisten a sufrir las mayores aberraciones sexuales, continúan enterrando vivos a quienes se resisten, continúan decapitando a todo el que “piense”, pero el problema hoy es “Rusia”, como ayer era Venezuela y el sufrimiento de los pueblos que viven en el infierno impuesto por los terroristas del EI, por los mercenarios del terror, no importa, venden petróleo barato y no exigen soberanía nacional.

La respuesta de la política internacional es inmoral, es hipócrita, Turquía bombardea a los Kurdos que luchan contra el EI en Irak, la frontera turca es paso habitual de los terroristas, Turquía le compra petróleo al EI, también Arabia Saudita arma al EI para luchar contra el gobierno sirio y España le vende armas a Arabia Saudita, Israel juega como siempre su papel interesado, ayudó a construir el monstruo, no le molesta, curiosamente este llamado Estado Islámico no considera a Israel su objetivo, a Israel le viene bien y aprovecha que ahora nadie mira para seguir con el genocidio del pueblo palestino.

Los países Occidentales tampoco son inocentes, para tumbar al gobierno Sirio todo vale y los terroristas del EI son una herramienta, aun en estos momentos cuando hablan del EI sólo se habla de Siria, donde el EI está luchando y perdiendo la guerra contra el ejército gubernamental y Rusia.

El Estado Islámico tiene su centro de poder en Irak, controla Libia, pero solo se habla de atacar Siria, algo no cuadra, como creernos que con todas las superpotencias del mundo luchando contra el EI este aún sigue existiendo.

Acaso no serían medidas mucho más útiles que bombardear ciudades, el bloqueo económico total al Estado Islámico, no comprarles ni un solo barril de petróleo, no venderles armas ni a ellos ni a sus socios Saudíes, una medida que entre otros podría adoptar el gobierno español y en lugar de apoyar a los supuestos “rebeldes” que se ha demostrado son terroristas dejar que las fuerzas locales sobre el terreno ganen esta guerra contra la barbarie y el terror del EI.

El problema es que el EI le sirve a las potencias occidentales en su asqueroso juego geopolítico para controlar zonas estratégicas, para seguir provocando guerras de rapiña de recursos, son las guerras por petróleo.

Las consecuencias de este macabro juego las pagan siempre los inocentes, al final las víctimas son culpables y se las castiga, debemos recordar que los refugiados de Siria, Irak o Libia huyen de los mismos bárbaros que atentaron en París, no transformemos a las víctimas en verdugos por obra y gracia de los medios de manipulación de masas.

Por  André Abeledo Fernández (Concejal y Portavoz de Esquerda Unida de Narón). Con información de Terc3ra Información

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