Samarcanda: Poetas y Amantes V

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A las palabras del chambelán siguen murmullos, risas contenidas: todo un tumulto se produce entre los veinte poetas aproximadamente que esperaban su turno y algunos incluso dan dos pasos hacia atrás antes de eclipsarse discretamente. Sólo una mujer sale de la fila y se acerca con paso firme. Interrogado con la mirada por Omar, el cadí cuchichea:

—Una poetisa de Bujara; la llaman Yahán. Yahán, como el vasto mundo. Es una joven viuda con amores tumultuosos.

El tono es reprobador, pero el interés de Omar se agudiza aún más por ello y no puede apartar su mirada de Yahán. Ésta se ha levantado ya el velo dejando al descubierto unos labios sin afeites; declama un poema agradablemente compuesto en el que, cosa extraña, no se menciona ni una sola vez el nombre del kan. No, se elogia sutilmente el río Sogd que dispensa sus beneficios a Samarcanda tanto como a Bujara y va a perderse el desierto, ya que ningún mar es digno de recibir su agua.

—Has hablado bien. Que tu boca se llene de oro —dice Nasr, repitiendo la fórmula que le es habitual.

La poetisa se inclina sobre una gran bandeja de dinares de oro y comienza a introducirse las monedas en la boca una a una, mientras los asistentes las van contando en voz alta. Cuando Yahán reprime un hipo a punto de atragantarse, la corte entera, con el monarca a la cabeza, suelta la carcajada. El chambelán hace una seña a la poetisa para que vuelva a su sitio; se han contado cuarenta y seis dinares.

Sólo Jayyám no ríe. Con los ojos fijos en Yahán intenta comprender sus sentimientos hacia ella; su poesía es tan pura, su elocuencia tan digna, su intervención tan valiente… y sin embargo ahí está, atiborrada de metal amarillento, entregándose a esa humillante recompensa. Antes de bajarse el velo, lo levanta algo más, liberando una mirada que Omar recoge, aspira y quisiera retener. Instante inapreciable para la multitud y eternidad para el amante. El tiempo tiene dos caras, se dice Jayyám, tiene dos dimensiones; la longitud va al ritmo del sol, la densidad al ritmo de las pasiones.

El cadí interrumpe ese momento bendito entre todos; da unos golpecitos en el brazo de Jayyám, que se vuelve. Demasiado tarde, la mujer ha desaparecido, ya no es más que velos.

Abu Taher quiere presentar a su amigo al kan y guarda las formas:

—Vuestro augusto techo ampara en este día al sabio más grande de Jorasán, Omar Jayyám. Para él las plantas no tienen secretos, las estrellas no tienen misterio.

No es una casualidad que el cadí haya distinguido la medicina y la astrología entre las numerosas disciplinas en las que Omar destaca; siempre han gozado del favor de los príncipes, la primera por esforzarse en preservar su salud y su vida, la segunda por querer conservar su fortuna.

El príncipe se muestra complacido, dice que se siente honrado, pero no está de humor para entablar una conversación erudita y, equivocándose aparentemente sobre las intenciones del visitante, juzga oportuno reiterar su fórmula preferida.

—¡Que su boca se llene de oro!

Omar está desconcertado y reprime un respingo. Abu Taher se da cuenta y se inquieta. Temiendo que una negativa ofenda al soberano, mira a su amigo grave e insistentemente y le empuja por los hombros. En vano, Jayyám ha tomado su decisión:

—Que Su Grandeza se digne excusarme, estoy en período de ayuno y no puedo llevarme nada a la boca.

—¡Sin embargo, el mes de ayuno se terminó hace tres semanas, si no me equivoco!

—En la época del Ramadán yo estaba de viaje de Nisapur a Samarcanda, por lo tanto tuve que suspender el ayuno, haciendo la promesa de recuperar más tarde los días perdidos.

El cadí se asusta, la asistencia se agita, el rostro del soberano es ilegible. Se decide por interrogar a Abu Taher:

—Tú que estás enterado de todas las minuciosidades de la fe, ¿puedes decirme si jawayé Omar rompería el ayuno por introducirse unas monedas de oro en la boca escupiéndolas enseguida?

El cadí adopta el más neutro de los tonos:

—Estrictamente hablando, lo que entra por la boca puede constituir una ruptura del ayuno. Y ha sucedido que se traguen una moneda por error.

Nasr admite el argumento, pero no se queda satisfecho e interroga a Omar:

—¿Me has dado la verdadera razón de tu negativa?

Jayyám duda un momento y luego dice:

—No es la única razón.

—Habla —dice el kan—, no tienes nada que temer de mí.

Entonces Omar pronuncia estos versos:

¿Es la pobreza lo que me ha conducido hasta ti?

Nadie es pobre si sabe conservar sus deseos sencillos.

No espero nada de ti, sino que me honres,

si sabes honrar a un hombre recto y libre.

—¡Que Dios ensombrezca tus días, Jayyám! —murmura Abu Taher para sí mismo.

No piensa lo que dice, pero su miedo es real. Aún resuena en sus oídos el eco de una demasiado reciente cólera y no está seguro de poder domar a la fiera una vez más. El kan permanece silencioso, inmóvil, como petrificado por una insondable deliberación; sus allegados esperan su primera palabra como un veredicto, algunos cortesanos prefieren marcharse antes de la tormenta.

Omar aprovecha el desconcierto general para buscar con los ojos a Yahán; está apoyada en una columna con el rostro oculto entre las manos.

— ¿Será por él por quien ella también tiembla?

Al fin el kan se levanta. Camina resueltamente hacia Omar, le da un fuerte abrazo, le toma la mano y se lo lleva con él.

«El señor de Transoxiana», cuentan las crónicas, «tenía tal estima por Omar Jayyám que lo invitaba a sentarse cerca de él en el trono.»

—Ahora ya eres amigo del kan —lanza Abu Taher en cuanto abandonan el palacio.

Su jovialidad está a la medida de la angustia que ha secado su garganta, pero Jayyám responde fríamente:

—¿Has olvidado el proverbio que reza así: «El mar no tiene vecinos, el príncipe no tiene amigos»?

—No desprecies la puerta que se abre. ¡Tu carrera me parece trazada en la corte!

—La vida de la corte no es para mí; mi único sueño, mi única ambición es tener algún día un observatorio, con un jardín de rosas y contemplar el cielo hasta perderme en él, con una copa en la mano y una hermosa mujer a mi lado.

—¿Hermosa como esa poetisa? —ríe burlonamente Abu Taher.

Omar no tiene otra cosa en la mente, pero se calla. Teme traicionarse a la menor palabra que se le escape. Sintiéndose un poco frívolo, el cadí cambia de tono y de tema:

—Tengo que pedirte un favor.

—Eres tú quien me colma de favores.

—¡Lo admito! —concede rápidamente Abu Taher—. Digamos que quisiera algo a cambio.

Han llegado ante el pórtico de su residencia y le invita a proseguir su conversación en torno a una mesa bien surtida.

—He concebido un proyecto para ti, un proyecto de libro. Olvidemos un momento tus ruba’iyyat. Para mí eso sólo son los inevitables caprichos del talento. Los campos donde verdaderamente destacas son la medicina, la astrología, las matemáticas, la física, la metafísica. ¿Estoy en un error si digo que desde la muerte de lbn Sina nadie los conoce mejor que tú?

Jayyám no dice ni una palabra. Abu Taher prosigue:

—Es en esos campos del conocimiento donde espero de ti el libro último y ese libro quiero que me lo dediques.

—No pienso que haya un libro último en esos campos y precisamente por eso hasta el presente me he contentado con leer y aprender, sin escribir nada yo mismo.

—¡Explícate!

—Consideremos a los antiguos, los griegos, los indios y los musulmanes que me han precedido. Ellos han escrito profusamente sobre todas esas disciplinas. Si repito lo que han dicho, mi trabajo es superfluo; si les contradigo, como constantemente estoy tentado de hacer, otros vendrán después de mí para contradecirme. ¿Qué quedará mañana de los escritos de los sabios? Solamente las críticas hacia aquellos que les han precedido. Se recuerda lo que destruyeron de la teoría de los otros, pero lo que desarrollan ellos mismos será indefectiblemente destruido, ridiculizado incluso, por aquellos que vengan después. Ésta es la ley de la ciencia; la poesía no conoce semejante ley, no niega jamás aquello que la ha precedido y lo que la sigue jamás la niega, atraviesa los siglos con toda tranquilidad. Por eso escribo mis ruba’iyyat. ¿Sabes lo que me fascina de las ciencias? Que encuentro en ellas la suprema poesía: con las matemáticas, el vértigo embriagador de los números; con la astronomía, el enigmático susurro del universo. Pero ¡por favor, que no me hablen de verdad!

Se calla un instante, pero prosigue inmediatamente.

—Me he paseado por los alrededores de Samarcanda y he visto ruinas con inscripciones que nadie sabe ya descifrar, y me he preguntado: ¿Qué queda de la ciudad que antaño se elevaba aquí? No hablemos de los hombres, son las más efímeras de las criaturas, pero ¿qué queda de su civilización? ¿Qué reino ha subsistido, qué ciencia, qué ley, qué verdad? Nada. Por más que he rebuscado en esas ruinas, no he podido descubrir más que un rostro grabado en un cascote de cerámica y un fragmento de pintura en una pared. Eso es lo que serán mis miserables poemas dentro de mil años, cascotes, fragmentos, ruinas de un mundo enterrado para siempre. Lo que queda de una ciudad es la mirada indiferente que habrá posado sobre ella un poeta medio borracho.

—Comprendo tus palabras —balbucea Abu Taher un poco desconcertado—. Sin embargo, ¡no querrás dedicar a un cadí chafeíta unos poemas que huelan a vino!

De hecho, Omar sabrá mostrarse conciliador y, lleno de gratitud, aguará su vino, por decirlo así. Durante los meses siguientes comienza la redacción de un libro muy importante consagrado a las ecuaciones cúbicas. Para presentar la incógnita en ese tratado de álgebra, Jayyám utiliza el término árabe shay, que significa «cosa»; esta palabra, escrita xay en las obras científicas españolas, ha sido reemplazada progresivamente por su primera letra, «x», que se ha convertido en el símbolo universal de la incógnita.

Terminado en Samarcanda, el libro de Jayyám está dedicado a su protector:

«Somos víctimas de una época en la que los hombres de ciencia están desacreditados y muy pocos entre ellos tienen la posibilidad de consagrarse a una verdadera investigación… Los escasos conocimientos que tienen los sabios de hoy están dedicados a la persecución de fines materiales… Por lo tanto había perdido la esperanza de encontrar en este mundo a un hombre que estuviera interesado tanto por la ciencia como por las cosas del mundo y que se preocupara sinceramente por el destino del género humano, hasta que Dios me concedió la gracia de conocer al gran cadí, el imán Abu Taher. Sus favores me han permitido consagrarme a estos trabajos.»

Cuando esa noche vuelve al pabellón que le servirá de ahí en adelante de casa, Jayyám renuncia a llevarse una lámpara, pensando que es demasiado tarde para leer o escribir. Sin embargo, su camino está apenas iluminado por la luna, mortecina luz de cuarto creciente en ese fin del mes de xawwal. En cuanto se aleja de la villa del cadí, avanza a tientas, tropieza más de una vez, se agarra a los arbustos y recibe en plena cara la áspera caricia de un sauce llorón.

Apenas llega a su habitación, una voz, un dulce reproche:

—Te esperaba más temprano.

¿Es por haber pensado tanto en esa mujer por lo que ahora cree oírla? De pie, ante la puerta que cierra lentamente, busca con los ojos una silueta. En vano. Sólo la voz le llega de nuevo, audible pero como entre brumas:

—Guardas silencio, te niegas a creer que una mujer haya osado violar así tu habitación. En palacio nuestras miradas se cruzaron, un fulgor las unió, pero el kan estaba allí, y el cadí y toda la corte, y tu mirada huyó. Como tantos hombres, escogiste no detenerte. ¿Para qué desafiar al destino, para qué granjearte la ira del príncipe por una simple mujer, una viuda que sólo te aportaría como dote una lengua acerada y una dudosa reputación?

Omar se siente encadenado por alguna fuerza misteriosa y no consigue moverse ni despegar los labios.

—No dices nada —comprueba Yahán, irónica pero enternecida—. Mala suerte, continuaré hablando sola; por otra parte he sido yo la que hasta ahora ha hecho todo. Cuando abandonaste la corte hice algunas preguntas con respecto a ti, me enteré de donde vivías y dije que iba a alojarme en casa de una prima casada con un rico negociante de Samarcanda. Por lo general, cuando me desplazo con la corte suelo dormir con el harén; tengo allí algunas amigas que aprecian mi compañía y están ávidas de las historias que les cuento. No ven en mí a una rival, saben que no aspiro a convertirme en la mujer del kan. Habría podido seducirlo, pero he tratado demasiado a las esposas de los reyes para que me tiente semejante destino. ¡Para mí la vida es tanto más importante que los hombres! Ahora bien, mientras sea la mujer de otro o de nadie, el soberano consiente en que me exhiba en su diván con mis versos y mis risas. Si alguna vez pensara en casarse conmigo, empezaría por encerrarme.

Emergiendo con dificultad de su torpor, Omar no capta nada del discurso de Yahán y cuando se decide a pronunciar sus primeras palabras se dirige menos a ella que a sí mismo o a una sombra:

—Cuántas veces, adolescente, y más tarde, después de la adolescencia, me he cruzado con una mirada, con una sonrisa; por la noche soñaba que esa mirada se convertía en presencia, se hacía carne, mujer, deslumbramiento en la oscuridad. Y de pronto, entre las sombras de esta noche, en este pabellón irreal, en esta ciudad irreal, están aquí, mujer, bella, poetisa por añadidura, ofreciéndote a mí.

Ella ríe.

—¿Ofreciéndome? ¡Tú qué sabes! No me has rozado, no me has visto y sin duda no me verás, puesto que partiré mucho antes de que el sol me expulse.

En la densa oscuridad un largo y confuso frufrú de seda, un perfume. Omar contiene la respiración, su piel está alerta; no puede contener una pregunta con la ingenuidad de un colegial:

—¿Llevas aún tu velo?

—No llevo más velo que la noche.

Por Amin Maalouf


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