Islamismo + terrorismo = cóctel explosivo 

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Otra vez debemos hacer el ejercicio de diferenciar Islam con islamismo;  el arquetipo del estereotipo. El presupuesto que debemos tener en cuenta, es que en la guerra, los estereotipos se desarrollan prolíficamente. Desde Sun Tzu hasta Mc Namara, pasando por Clausewitz y Liddell Hart, el concepto de la guerra está definido como el arte de la impostura, del velo y del engaño. Los actores en conflicto buscan estereotiparlo todo para que el enemigo se pierda en “la niebla de la guerra”.

Pero más allá de esta cuestión, debemos conocer los que señala la tradición islámica. El sagrado Corán no promueve el suicidio, sino más bien lo considera un acto pecaminoso. Las aleyas 187 y 188 de la sura 7 rezan: “Te preguntas por la Hora: ¿Cuándo llegará? Di: “Solo mi Señor tiene conocimiento de ella. Nadie sino Él la manifestará a su tiempo. Solo vendrá a nosotros sino de repente. Yo no dispongo de nada que pueda aprovecharme o dañarme sino tanto cuanto Allâh quiera”. Ésto predica el Islam, mientras que el islamismo, nos sorprende con sus suicidas. Es una conducta estereotipada que reduce el arquetipo real. El islamismo es al Islam lo que el comunismo es a la comunidad, el imperialismo al imperio y el nacionalismo al sentido nacional. Los atentados suicidas son producto de un mestizaje cultural contemporáneo consolidado en el marco de la Guerra Fría y en el conflicto regional árabe-israelí.

En la década de 1970, el Ejército Rojo japonés, un grupo extremista de izquierda, atacó con su propio estilo cultural kamikaze, matando decenas de civiles en el aeropuerto de Tel Aviv. Shimon Peres, que era ministro de Defensa israelí dijo: “estábamos preparados para todo, menos para los kamizakes japoneses”. Este atentado suicida, fue aprendido homólogamente por organizaciones laicas árabes como táctica en su lucha contra los poderes coloniales y el Estado de Israel.

Con la caída del Muro de Berlín y el fin de las ideologías “laicas”, según la idea de Hobsbawm, la religión islámica se convirtió en una fuente efectiva de doctrinas, principios, valores y visiones de la alta estrategia de muchos grupos de liberación, tal como el cristianismo lo había sido, desde mucho antes, en América Latina.

Así, el estilo y la táctica suicida que contradice al Corán, se mixturó con las connotaciones de la lengua árabe, como aquellas que se derivan del verbo morir, “wafay”, de saldar una deuda, pagar, y cumplir. Las banderas negras del ISIS son un símbolo explícito de ello. El negro es en numerosas tradiciones el color que simboliza una actitud que puede tener el hombre frente a la muerte. En algún punto, representa ese “ser-para-la muerte”, ya que la misma, es para todos, el evento que marca nuestra finitud existencial y define nuestra condición ontológica en el universo.

El negro de la bandera de Prusia, derivado de los estandartes del teocrático estado de la Orden Teutónica convertida en estado laico en 1525, y aún presente en la bandera de la República Federal de Alemania, simboliza la idea de abnegación por la matria, por la tierra de los padres y por la virtud de la piedad. En la bandera pirata el negro, más las tibias y la calavera simbolizan el arrojo en los mares sin temor a la muerte, que tarde o temprano se asomará en el horizonte. Toda esta simbología estereotipada refuerza la convicción en el arrojo, la temeridad y la acción suicida, tan presente en esta guerra del siglo XXI. Guerra asimétrica, difusa y globalizada, donde los valores occidentales se devalúan a intereses económicos materialistas y los islamistas, en un extremismo religioso.

Por Horacio Esteban Correa (profesor de política exterior <UCES>. Autor de “Jung y el Islam”.
Con información de Clarín

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