La kasbah de Argel, un laberinto en decadencia

La casba de Argel, un laberinto en decadencia mantiene su atracción
La casba de Argel, un laberinto en decadencia mantiene su atracción

Despeñada sobre la gran colina que domina la bahía de Argel, la gran kasbah mantiene diez siglos después de su fundación su atractivo artesanal, arquitectónico y el olor a especias, a pesar de ser ahora un laberinto en decadencia que permanece ajeno al crecimiento de la capital.

Sus callejuelas, inspiración de escritores, también conocieron el olor de la sangre, del miedo, la persecución y la traición durante los años que duró la colonización francesa y la guerra de independencia argelina (1954-1962).

Antigua residencia de Pachas otomanos en tiempos de los corsarios berberiscos, este viejo rincón es patrimonio de la Humanidad desde 1992 gracias a su mosaico de colores y la variedad cultural que aporta una arquitectura profundamente mediterránea.

Según los anales argelinos, la kasbah comenzó a construirse hace un milenio a 125 metros de altura sobre una colina que domina el mar.

Plagada de interminables, angostas y desvencijadas escaleras que unen las estrechas calles, pasear por ella significa remontar el tiempo y sumergirse en un colorido libro de historia.

“Su término deriva del beréber Taqsebt (fortaleza), ya que fue fundada por los bereberes bajo la dinastía de los ziridas”, explica a los visitantes Rachid Abdich, que cada sábado organiza una visita guiada al barrio que le vio nacer.

“Y se enriqueció con las aportaciones de otras dinastías bereberes que dominaron sucesivamente el Magreb”, agrega Abdich, que recuerda que la kasbah es también reputada por acoger artistas y artesanos.

En especial, los dedicados a la forja y el latón, la profesión más reputada por sus habitantes. La sniua (bandeja) decorada de dibujos geométricos, el mahraz (mortero), el cascas (olla de cuscús), son algunos de esos objetos de latón que adornan la tienda del haj Hachemi Benmira, el artesano más conocido en la kasbah.

Allí son también famosos los ebanistas que trabajan la madera a cincel, que pulen y pintan cajas, espejos y mesas decorados con motivos árabo-andaluces.

Jaled Mahiut, un artesano que aprendió de su padre la técnica de grabar la madera cuando sólo tenía 11 años, es hoy el dueño de ese arte ancestral.

“Pertenezco a la cuarta generación de mi familia, mi bisabuelo empezó en el año 1829”, explica  Mahiut.

Su carpintería, herencia familiar y situada en la calle de Sidi Idris Hamiduch, en la parte alta de la kasbah, es paso obligado para cualquier visitante del barrio.

Primero por la destreza de Mahiut, pero también porque su taller está en la planta baja de un edificio con las mejores vistas de la bahía de Argel.

Las casas aquí tienen aún patios cerrados, aislados como células, que se comunican a través de terrazas, dominio exclusivo de las mujeres del lugar y propietarias de un paisaje panorámico sobre el mar, el puerto y los minaretes.

Entre las mezquitas destaca la mezquita de Ketchaua, construida en 1436 con una arquitectura inspirada en el estilo bizantino y transformada con la llegada de los franceses a la catedral de Saint Philippe, señala el guía.

No lejos, destaca “Jamaa Jdid” o “la pecherie” (pesquería) por su proximidad del mar, especial porque en su minarete destaca un reloj colocado por los franceses.

“Es casi blasfemo, y es increíble porque encima del reloj hay un campanario. Es una mezquita construida en planta de cruz por un arquitecto italiano que fue decapitado después por los turcos al descubrir ese esquema”, detalla el guía.

La más antigua es, sin embargo, Jamaa El Kebir, la Gran Mezquita, construida en 1097 por Yusuf Ibn Tachfín en estilo almorávide, en una época en gran influencia del arte andaluz.

Otra herencia es el conjunto arquitectónico y testigo del pasado glorioso de la antigua Argel que forman los palacios construidos y ocupados por dignatarios otomanos como Hasen Pacha, Mustapha Pacha o Rais (Capitán de la flota argelina bajo la regencia otomana).

Y es que al caminar por la kasbah argelina, la historia es tan inevitable como los aromas a especias que emanan los platos tradicionales y el sonido alegre la famosa música callejera chaabi (“popular”, en árabe), nacida en los bajos fondos de ese barrio.

Con información de Hola Ciudad

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