La poesía en el Islam – 1º Parte

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«En esplendor el Oriente cruzó el Mar Mediterráneo. Si conoces las rimas de Calderón, tu debes conocer y amar a Hafiz».

Johann Wolfgang Goethe

La poesía en lengua árabe se nutrió al principio de los poemas amorosos y heroicos compuestos por los beduinos del Hiÿaz en la Edad de la Ignorancia (en árabe, al- ÿahiliyya), el período de la antigua Arabia pagana que concluyó con la revelación del Profeta Muhammad (BPD). Esta época estuvo dominada por el tribalismo anárquico de los beduinos de la Arabia septentrional y central, cuyos valores basados en la virilidad, la generosidad y la hospitalidad fueron cantados en una poesía oral y después en célebres poemas escritos de los «Días de los árabes» (Ayyam al ‘Arab). Tal vez inspirada por los poemas y la vida del guerrero Antara Ibn Shaddad al-’Absí (siglo VI d. C.), la novela de caballería titulada la «Vida de Antar» (Sirat Antar) constituye antes que nada un canto a las virtudes caballerescas y viriles de las tribus beduinas preislámicas. Sus diez mil versos, escritos en prosa rimada, fueron redactados probablemente en el Irak abbasí del siglo XII, ya que se extiende a lo largo de 500 años, desde la edad de la ignorancia hasta la época de las cruzadas. La obra se basa en las incontables proezas de Antara o Antar, un mestizo de árabe y de africana (cfr. Gustave Rouger: El romance de Antar, Lautaro, Buenos Aires, 1943).

La casida

Nacida en Arabia y llevada a su apogeo por los poetas preislámicos, fue cultivada en la corte abbasí, aunque también las cortes provinciales, en Irán, donde influyó a la lengua persa en plena renovación, y en la España musulmana. Desde allí irradió hasta la Provenza y el Languedoc para inspirar la poesía de los trovadores. A partir de unos temas estrictamente definidos por la tradición, numerosos manuales de prosodia enseñaban como «cincelar» la casida (en árabe qasidah), que consta de de 30 a 120 versos de idéntico metro, acabados todos con la misma rima.

La poesía clásica árabe

La poesía tuvo un gran auge durante la dinastía abbasí.Hasan Ibn Hani alHakamí (762-810), se ganó el apodo de Abu Nuwás (“Padre del bucle”) por sus abundantes rizos. Nacido en Ahwaz (Irán), de padre árabe y madre persa, fue uno de los poetas más célebres de Bagdad. En el fin de sus días, se convirtió en un asceta y adhirió al shiísmoAbu al-Faraÿ al Isfahaní (897-967), oriundo de Isfahán que vivió la mayor parte de su vida en Bagdad, recopiló la poesía de la época en su Kitab alAganí (“Libro de canciones”), compuesto de veinte tomos. Véase Régis Blachère: Histoire de littérature arabe, des origines jusqu’a la fin du XVe siècle, 3 vols., Maisonneuve et Larose, París, 1966.

Al-Mutanabbí

Abu at-Tayyib Ahmad Ibn Husain al-Mutanabbí nació en Kufa (Irak), en 915. Ambicioso, sin escrúpulos, en su juventud, intentó, haciéndose pasar entre los beduinos de Siria por profeta (de aquí el apodo de “al-Mutanabbí” con el que se le conoce y que significa “el que se las da de profeta”), tallarse a punta de espada un feudo. El resultado de sus esfuerzos no pudo ser más deprimente y pasó un par de años encerrado en una  de la que salió curado de toda ambición política. En 948 entró al servicio del gobernador de Siria Abu al-Hasan Ibn Hamdán (916-967), llamado Saif ud-Daula, poeta él mismo, mecenas de artistas y sabios como al-Farabí, y un guerrero que luchó constantemente contra los bizantinos. En Alepo, ciudad que constituía entonces uno de los mayores centros de atracción intelectual de la época, alMutanabbí compuso sus poemas más renombrados. Luego se embarcó en una serie de correrías y aventuras por Egipto, Irak e Irán. A su regreso a Bagdad fue atacado por una partida de salteadores. El poeta, en un primer momento y ante el número de atacantes, deseaba huir, pero su escudero le recordó inoportunamente estos versos heroicos compuestos en su juventud:

«¡Oh, cómo me conocen
la noche y el Desierto y mi corcel,
y la lanza y la batalla,
y la pluma y el papel!».

Al-Mutanabbí decidió portarse de acuerdo con ellos, combatió y murió de sus heridas en 965. Al lado de al-Mutanabbí encontramos la figura del príncipe-poeta Abu Firas al-Hamdaní (932-968), —no confundirlo con el geógrafo, poeta y erudito Abu Muhammad al-Hamdaní (893-945), llamado la «lengua del Arabia del sur»—, cuya vida transcurrió en continuas intrigas políticas y en la guerra contra los bizantinos (cfr. O. Petit y W. Voisin: Abu Firas, chevalier poète, Publisud, París, 1990). Al lado de estos grandes neoclásicos que ilustran la corte de Seif ud-Daula, encontramos a un modernista de valía, al-Sanaubarí (m. 945), creador de hecho de la poesía floral (nawriyyat, rawdiyyât), en la que describe batallas de flores en las cuales «la rosa, el lirio “de sonrisa vanidosa”, la violeta “en traje de luto” y el clavel que convoca al ejército, avanzan en flotantes corazas, bajo un velo de revuelto polvo, contra el narciso, “con párpados de alcanfor y ojos ribeteados de azafrán”».

Al-Maarrí

Abu ‘Ala Ahmad Ibn Abdallah al-Maarrí (979-1058), nació en Maarrat an-Numán, a mitad de camino entre Alepo y Hama. La viruela lo dejó ciego a los cuatro años; sin embargo, emprendió la carrera de estudiante, se aprendió de memoria, en las bibliotecas, los manuscritos que le gustaban, hizo largos viajes para oír a famosos maestros y regresó a su aldea. En 1008 visitó Bagdad, fue honrado por poetas y eruditos y quizás adquirió entre los librepensadores de la capital algo del escepticismo que sazona sus versos. En 1010 regresó a Maarrat, se hizo rico con sus poesías, pero vivió hasta el fin con la simplicidad del sabio.

Era vegetariano acérrimo y muy ascético. Murió a los ochenta y cuatro años; y un piadoso discípulo relata que 180 poetas lo siguieron en su entierro y 84 sabios recitaron elogios ante su tumba.

Lo conocemos ahora principalmente por sus 1592 poemas breves llamados Luzumiyyat (“Imperativos”), Saqt az-Zand (“La chispa del pedernal”), Du as-saqt (“Comentarios al precedente”, al-Fusul al-gaiat (“Partes y fines”), y también por su Risalat al-gufrán (“Epístola del perdón”), traducida por Vincent Monteil (L’Epître du pardon, Gallimard, París, 1984). En 1944 se celebró su milenario lunar y se renovó su tumba. He aquí una de sus composiciones:

«Temed a Dios, únicamente y por él
soporta las penas y haz el bien,
pues la abstinencia y la pureza de corazón
son los únicos medios para salvarse»
.

Cuarenta años después, el 11 de diciembre de 1097, un contingente de cruzados francos liderados por Raimundo de Saint-Gilles (1042-1105), conde de Tolosa, luego de quince días de sitio, penetró en Maarrat an-Numán pasando a cuchillo a todos sus habitantes, saqueando e incendiando todo a su paso. Y lo más revelador: los francos demostraron ser expertos caníbales, ya que la antropofagia era una práctica común en la Europa cristiana del siglo XI, asolada por el hambre y la falta de alimentos, como lo certifica el cronista borgonón Radulfus Glaber «El Calvo» (985- 1050) en su Historiarum Sui Temporis (escrita en 1030-1035). Veamos los siguientes testimonios del historiador Radulfus de Caen (1080-1120)«Durante tres días pasaron a la gente a cuchillo, matando a más de diez mil personas y tomando muchos prisioneros» (Ibn al-Atir: Al-Kamil fil Tarij). «En Maarrat, los nuestros cocían a paganos adultos en las cazuelas, ensartaban a los niños en espetones y se los comían asados» (Radulfus de Caen: Gesta Tancredi Siciliae Regis in Expeditione Hierosolymitana). Véase Amín Maalouf: Las cruzadas vistas por los árabes, Alianza, Madrid, 1997, Cap.III: Los caníbales de Maarrat, págs. 57-60); Mijail Zaborov: Las cruzadas, Akal, Madrid, 1988, págs 15-16.

Al-Maarrí señala el cenit de la poesía islámica en árabe y el comienzo del liderazgo poético persa que se extenderá hasta mediados del siglo XIX a través de la India musulmana.

El zéjel y la moaxaja

La poesía andalusí se plasmó mediante el zéjel y la moaxaja, relacionados con la música. La prosodia no clásica del zéjel (en árabe zaÿal “melodía”), que quebró la rígida estructura de la casida, constituye una contribución mayor de al-Andalus a la poesía islámica árabe. Su esquema más común se basa en un estribillo o jarcha (“salida”) asonantado, sin número de fijo de versos, y una mudanza de cuatro versos, el último de los cuales rima con el estribillo.

El más importante de los poetas hispanomusulmanes que cultivaron el zéjel fue Ibn Quzmán (m. 1159), que introdujo el árabe vulgar y dialectal en lo que hasta entonces era un bastión del árabe literario. El zéjel estuvo vinculado al canto y la música y fue utilizado en numerosas cantigas galaico-portuguesas. También en la poesía provenzal se han encontrado estrofas con el mismo esquema métrico, todo lo cual hace pensar en que muy probablemente el zéjel estimuló la aparición de una lírica escrita ya en las distintas lenguas románicas.

La moaxaja (en árabe muwashshahat) es un poema de cinco o más estrofas que comprende un estribillo inicial o refrán, al que siguen tres versos con su propia rima y dos más que reproducen las rimas del estribillo inicial.

Los maestros más grandes de la moaxaja fueron el cordobés Ibn Zaidún (1003-1070) y los granadinos Ibn al-Jatib (1333-1375) e Ibn Zamrak (1333-1392), este último llamado «el poeta de la Alhambra» (Véase Emilio García Gómez: Cinco poetas musulmanes. Biografías y Estudios, Espasa-Calpe, Madrid, 1959 y del mismo autor: Ibn Zamrak, el poeta de la Alhambra, Patronato de la Alhambra, Granada, 1975).

Al-Andalus tuvo una enorme influencia en la composición de los romances españoles de gesta de los siglos XV y XVI. El siguiente romance popular, impreso en el Romancero de 1550, nos presenta al rey Juan II de castilla (1405-1454), a la vista de Granada, tomando informes del moro Ibn Ammar sobre los hermosos edificios de la ciudad. Luego dice:

«Allí habla el rey don Juan;
Bien veréis lo que decía:
“Granada, si tú quisieses,
Contigo me casaría:
Daréte en arras y dote
A Córdoba y a Sevilla
Y a Jerez de la Frontera,
Que cabe si la tenía.
Granada, si más quisieses,
Mucho más yo te daría”.
Allí hablara Granada,
Al buen Rey le respondía:
—Casada só, el rey don Juan;
Casada, que no viuda;
El moro que a mí me tiene,
Bien defenderme querría”».

La poesía clásica persa

La formación de diversos estados iranios independientes entre los siglos IX-XI auspició el renacimiento del «persa medio» —pahlaví— bajo la forma de una lengua persa revitalizada por medio de numerosos préstamos léxicos y sintácticos del árabe, y en lo sucesivo transcrita en el alfabeto árabe. En este renacimiento cultural auspiciado y contenido por el Islam, la poesía surgida de la gran tradición épica de la antigua Persia, desempeñó un papel central. Véase Antonino Pagliaro y Alessandro Bausani: Storia della Letteratura Persiana, Nuova Academia Editrice, Milán, 1960; G. Morrison: History of Persian Literature from the Beginning of the Islamic Period to the Present Day, E.J. Brill, Leiden, 1981.Z. Safa: Anthologie de la poèsie persane (XIe XXe s.), Gallimard, París, 1987.

Rudakí

Abu Abdallah Ÿa’far Ibn Muhammad (859-940), llamado Rudakí, fue el «padre» de la recuperación de la antigua épica irania. Estuvo al servicio de Nasr II (m. 943), emir samaní de Bujará, y en los últimos años de su vida fue condenado a la ceguera, sin duda a causa de sus convicciones shiíes. Fue autor de cien mil dísticos, de los cuales sólo se conservan menos de mil. Se destacó especialmente en el panegírico y la elegía fúnebre. También llevó a cabo la versificación en persa de Calila y Dimna, la famosa colección de fábulas de origen indio, que había de convertirse en un clásico de la lengua árabe.

A Rudakí se le ha considerado como el verdadero primer poeta del Irán islámico, y ha sido llamado, a veces, «el Chaucer de Irán».

Firdusí

Abu-l-Qasim Mansur Ibn Hasan al-Firdusí (940-1020), hijo de un jardinero de tus, nació en Baj, cerca de la actual Mashhad, provincia de Jorasán (Irán). En la Plaza Firdusí de Teherán, la capital de la República Islámica del Irán, hay una estatua de este poeta que tiene en la mano su obra cumbre, el «Libro de los Reyes» (Shah Nameh) y parece contemplar los picos nevados de la cordillera Elbruz que se recorta en el horizonte.

El inmenso poema (cerca de sesenta mil dísticos) fue compuesto por Firdusí durante más de treinta años y tuvo como recompensa material una escasa suma del indiferente e ingrato Mahmud de Gazna (971-1030), monarca a quien servía. Además, sus simpatías shiíes le acarrearon problemas. Firdusí compuso asimismo una serie de poemas líricos y versificó el Yusuf-u-Zuleija, basado en la historia del Profeta José. El «Libro de los Reyes» nunca ha dejado de enseñarse ni de recitarse (incluso en las casas de té) en el Irán, que continúa considerando este inmenso poema como su milenaria epopeya nacional. Véase A.M. Piemontese: Nuova Luce su Firdawsi: suo Sahnama datato 614 H./1217 a Firenze, en A.I.O.N. (Annali dell’Istituto orientali di Napoli, vol. X, Nápoles, 1980.

Un contemporáneo de Firdusí y poeta oficial de la corte de Mahmud de Gazna y la de su hijo Mas’ud, fue Onsorí (m. 1049), que escribió numerosos poemas líricos y casidas.

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Por R.H Shamsuddin Elía (Prof. del Instituto Argentino de Cultura Islámica). Con Información de Islam Chile

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