Turquía, un Islam distinto

Islam y moda. “Lo que los imames no han conseguido con sus sermones, lo hemos logrado nosotros con nuestras tiendas”, dicen los fundadores de una línea de ropa que conjuga feminidad e islam: Tekbir. ©Abbas / Magnum Photos
Islam y moda. “Lo que los imames no han conseguido con sus sermones, lo hemos logrado nosotros con nuestras tiendas”, dicen los fundadores de una línea de ropa que conjuga feminidad e islam: Tekbir. ©Abbas / Magnum Photos

Vestidos femeninos al límite de las normas, nuevas corrientes religiosas, apertura social…  Turquía y las aspiraciones de un país que lucha por conjugar tradición y modernidad.

“¡A Khariye Yami!”. El taxista refunfuñó: “¡Sí, a la iglesia de los yaurs!”. Era un hombre de unos 60 años, con el gorro y la luenga barba de uso entre los ancianos de la Turquía rural. Khariye Yami es el nombre oficial de la iglesia-museo de San Salvador de Cora y contiene la más espléndida reunión de mosaicos y pintura bizantinos que puede ser admirada en Estambul. Yami es mezquita, pero el uso del término no engañó a nuestro hombre. Para él, se trataba del lugar de culto de los infieles, fueran griegos o armenios, que durante siglos habían vivido como protegidos en la antigua Constantinopla y, por eso, usaba el término despectivo de yaur.

Fue una buena introducción al encuentro con el resurgimiento del Islam popular que se aprecia al atravesar los barrios situados más allá de la mezquita de Selim, en dirección a las murallas. Estamos a años luz del paisaje europeo que predomina al otro lado del Cuerno de Oro, en el animado barrio de Taksim. Y la impresión se confirma al bajar a pie desde Cora con la intención fallida de visitar otra pequeña joya bizantina, siempre arbitrariamente cerrada a las visitas a pesar de su calificación como museo: la antigua iglesia de la Pammacaristos donde, según la leyenda, el conquistador Mehmet II discutía de cuestiones teológicas con el patriarca ortodoxo. La calle está ocupada por mujeres envueltas en tela negra, lo que los laicos del país llaman “insectos”, y por hombres con barba y atuendo afganos. La proliferación de pequeñas tiendas de ropa y talleres de confección es señal de una demanda en ascenso, del mismo modo que la presencia de mujeres siempre bien tapadas, pero sin velo ni chador, indica que el predominio integrista no pone todavía en cuestión la tolerancia.

El panorama cambia al abandonar las callejuelas de los barrios altos, ya cerca de las principales avenidas del viejo Estambul. En especial, cuando se supera el complejo de edificios religiosos que rodea a la Mezquita del Conquistador. La clase media islamista sustituye en este barrio del Fatih a los protagonistas de una incipiente kabulización. Al otro lado de la gran mezquita, el visitante tropieza con una amplia calle comercial, similar a nuestros bulevares, donde abundan las tiendas de ropa con las correspondientes rebajas. La mayoría de las mujeres que las visitan o circulan por la avenida llevan la cabeza cubierta y las faldas hasta los tobillos, pero resulta evidente que en ningún caso intentan esconder su condición femenina. Van maquilladas, cubren parcialmente la cabeza con pañuelos de motivos geométricos y colores vivos, y lucen una túnica ligera, el llamado tesettür, que cubre el cuerpo desde los hombros hasta casi los zapatos. Sólo que en su diseño caben variantes y alguna infracción a la hora de cumplir el mandato coránico de borrar las formas femeninas. En una palabra, resulta posible la moda.

El buque insignia de esa moda islámica, en la avenida que cruza el Fatih, es la tienda principal de la empresa Tekbir, justo enfrente de Benetton. Tekbir ha protagonizado la puesta al día del vestuario para las creyentes de las clases medias. La vocación de ortodoxia en el empeño es visible en la misma marca. Tekbir es la traducción turca de “¡Allah-u Akhbar!”, la proclamación ritual de la grandeza de Allâh. “Ya que somos musulmanes, produzcamos aquello que encaja con nuestras creencias”, se dijeron los ocho hermanos Karanduman al fundar en 1978 el negocio, incluso antes de que se iniciara el ascenso de la re-islamización. Hasta entonces, en la Turquía laica nadie pensó en un negocio de producción y venta en serie de vestidos que atendieran a las restricciones islámicas. Había únicamente talleres de confección por encargo. Pero no sólo fue la falta de competencia lo que impulsó el rápido éxito de Tekbir. Desde un primer momento, la firma adoptó las formas de promoción ya ensayadas en Europa occidental. A los tres años ya habían organizado una primera exhibición, precursora de los desfiles de moda que ahora van marcando los cambios de estilos. Para reclutar a las modelos, los Karanduman atienden sólo a criterios de prestigio, sin importarles que sean creyentes o laicas. La regla de oro consiste en mostrar que el vestido cubierto puede realzar la belleza de la mujer más que el abierto, a la europea, y para lograr ese propósito es lícito incluso bordear la infracción, apuntando el relieve de los senos, la marca de la cintura o el perfil de las piernas. Todo sea por el buen fin perseguido, aun cuando no falten críticos integristas que perciban en el estilo Tekbir un sometimiento a la pretensión diabólica de empujar al hombre a la degeneración moral, despertando en su interior el deseo carnal hacia la mujer. De momento, son sólo condenas expresadas en periódicos radicales.

La publicidad de Tekbir se dirigió también muy pronto a superar la identificación de vestido coránico y mujer tradicional: los catálogos mostraban cubiertas a mujeres de las más respetadas profesiones, tales como médicos, estudiantes o ejecutivas. La competencia no se establecía con las pequeñas tiendas religiosas, sino con las compañías productoras de prêt à porter capitalistas. Ante el éxito alcanzado, Karanduman sueña con ir más allá de la conquista del mercado turco, poniendo como ejemplo la difusión mundial de la minifalda. Por lo menos en aquél ya ha marcado buenos puntos conforme puede apreciarse, no ya en un paseo por el viejo Estambul, sino en un lugar emblemático, la colina de Çamlica, en la orilla asiática, a cuya cima acuden como ritual las parejas de novios y sus acompañantes en el día de su boda. Cuatro de cada cinco recién casadas lucen tocado islamista. Karanduman rebosa de optimismo: “Lo que los imames no han podido conseguir con sus sermones, lo hemos logrado nosotros con nuestras tiendas y nuestras exhibiciones de moda”.

Las caras del islamismo.

El estilo Tekbir es el emblema de una burguesía islamista que recoge el testigo de la resistencia de fondo que desde los primeros pasos de la República se opuso a la modernización laica y autoritaria de Kemal Atatürk. De ahí que una socióloga simpatizante del proceso, Nelüfer Güle, aprecie en la islamización un contenido democrático por ser el instrumento mediante el cual la sociedad turca trata de superar las fracturas del pasado y apropiarse la modernidad.

El enorme prestigio del fundador y su energía cortaron uno tras otro los sucesivos intentos de restaurar el poder de la religión pero, al llegar la transición democrática a partir de 1950, el predominio electoral de los partidos conservadores obligó a buscar el voto de los musulmanes. La consecuencia fue un paulatino regreso de la religión al espacio público, intensificado a partir de 1980, cuando los militares vieron en el Islam un principio de orden y una doctrina capaz de contribuir a la destrucción de la izquierda. Fue la “síntesis nacional-islamista” que llevó a la Constitución la enseñanza obligatoria de la versión ortodoxa (sunní) del Islam, prólogo de los 10 años de gobierno de Turgut Özal, “el presidente creyente”, un hombre de negocios muy vinculado a las cofradías religiosas que en su día prohibiera Kemal.

La era Özal, entre 1983 y su muerte en 1993, fue también la del milagro económico con la entrada masiva de capitales y la liberalización que precedieron a la conquista de los mercados del Este al hundirse el “socialismo real”. El crecimiento estuvo marcado en los años 90 por la emigración masiva de población rural a las grandes ciudades, fuertes oscilaciones cíclicas, corrupción gubernativa y desigualdad. En realidad, todo favorecía el ascenso del islamismo. No sólo como creencia, sino como fuerza política y económica, ya que desde 1990 contaba con el apoyo de una importante patronal islamista. Bajo sus distintas etiquetas, el partido de la religión fue ganando terreno sobre los conservadores, hasta la sorprendente conquista de las alcaldías de Estambul y Ankara en 1994 y 1995, prólogo de la reciente victoria electoral de Erdogan.

Los nuevos habitantes de las dos capitales llevaban consigo la mentalidad religiosa del campesino y en sus dificultades económicas encontraban la oferta asistencial del islamismo, que desde el primer gobierno Özal contaba con los recursos económicos procedentes de las bancas islámicas, constituidas con capital saudí. Su oferta incorporaba, además, la promesa de moralidad frente a la corrupción de los demás partidos y disponía, para afirmarse, de elites procedentes de esas clases medias de creyentes, a menudo originarios del interior de Anatolia, que encarnaban la sociedad civil frente al estatismo kemalista y planteaban cuestiones como la reivindicación de la tolerancia para el velo en lugares como la Universidad. Con el respaldo de cuatro millones de firmas.

Modernidad y arcaísmo se unieron eficazmente. Las militantes cubiertas con el velo son la única llave que permite llevar la propaganda del partido al interior de las casas. Por su parte, los hombres de negocios islamistas son, en su mayoría, partidarios de un modelo asiático, prefieren dar la espalda a Occidente, pero temen el rechazo al ingreso en Europa. La ambivalencia es la regla, ya que se trata de volver a la tradición, rehabilitando incluso el pasado otomano, al mismo tiempo que son reconocidas las exigencias de la modernización. Con la consiguiente inseguridad que se proyecta sobre todos los órdenes de la vida. Una muestra es el doble papel que se le ha asignado a la mujer creyente, según la fórmula que hiciera pública el  primer ministro, Tayyip Erdogan: “Las mujeres con talento y educación pueden encontrar trabajo. Las que tienen título deben trabajar. Pero para las demás, permanecer en casa les da por lo menos la posibilidad de coser su propia ropa…”. La aparente modernización del tesettür no sólo traza una divisoria frente a la concepción europea de la mujer, sino que sanciona la subordinación y el atraso de la mayoría de las mujeres turcas.

Los seguidores de Alí.

La gran paradoja de la religión en Turquía es que el tradicionalismo avanza sirviéndose de medios modernos, al mismo tiempo que la rama del Islam que defiende un proyecto secular, humanista y abierto a Europa hunde sus raíces en lo más hondo de la cultura popular turca y practica una creencia forjada en la Edad Media, con un cóctel de ingredientes engarzados en torno a un núcleo Shií, pariente del hoy profesado en Irán. Su nombre es alevismo, la fe de los seguidores de Alí, designación moderna que agrupa hoy, o mejor asocia, a los miembros de la cofradía de donde surge la sistematización doctrinal e institucional, los bektashis.

El islamismo intenta hablar el lenguaje de la globalización y el alevismo, su desconocido rival en el mapa religioso de Turquía, sigue las enseñanzas de un santón del siglo XIII y admira por encima de todo a Kemal Atatürk, después de haber sido durante siglos, en una de sus variantes, la religión de los jenízaros. Mayor enredo, imposible. Derviches guerreros en la conquista turca de los Balcanes, los bektashis han ido a parar con el alevismo a una religión de la paz y de la fraternidad entre los hombres, que no sólo cuenta por su singularidad, sino por el hecho de ser profesada por un buen número de turcos, tal vez, de diez a quince millones, veinte según sus propias estimaciones. Hasta el punto de ser, en palabras de una joven universitaria que nos hizo su elogio en Capadocia, “la esperanza de la República”.

Basta una somera visita al principal centro religioso y de peregrinación de los alevíes turcos para constatar esa mezcla de ingredientes diversos. La pequeña ciudad de Hacibektas, situada unos 40 kilómetros al norte de la Capadocia turística, fue donde residió y predicó en el siglo XIII Hacibektas Veli, el fundador de los llamados bektashis. Tras el doble golpe de la eliminación de sus fieles jenízaros en 1826 y de la pérdida por el Imperio de los Balcanes, la red de conventos bektashis cedió el testigo al alevismo popular, sólidamente implantado en el centro y el este de Anatolia y, más tarde, llevado por los emigrantes por motivos económicos y también en busca de tolerancia, a las grandes ciudades del oeste, de Esmirna a Estambul.

En Hacibektas se conserva el mausoleo del fundador, dentro de un recinto conventual que recibe numerosas visitas y, sobre todo, atrae a decenas de miles de alevíes en la segunda quincena de agosto para asistir al festival anual de la orden. En su interior, el visitante encuentra una pluralidad de puntos de interés: puede contemplar el mausoleo de Hacibektas y los de sus principales discípulos, asistir en determinadas horas a la exhibición del baile ritual (sema), entrar en la cocina donde se guarda la famosa olla con la cual los jenízaros guisaban y protestaban, mirar intrigado las composiciones caligráficas cabalísticas, con la escritura fundiendo en la imagen de un rostro humano los nombres de Allâh, Muhammad y Alí, y, por fin, en lugar destacado, comprobar la importancia otorgada a Kemal Atatürk, con un busto en cuya base figura la conmemoración de la visita que hizo al lugar en 1919.

Los bektashis le caían bien y el entendimiento se mantuvo incluso cuando Kemal prohibió las cofradías religiosas. A cambio, los alevíes respiraban tranquilos después de un siglo de desprecio y de persecuciones. Como nos explicaba Dogan Bermek, dirigente de la Federación de fundaciones alevíes, “pudimos vivir normalmente”. En las tiendas que venden souvenirs en los alrededores del convento, es posible adquirir uno de esos cuadros de rejilla en los que al moverse el espectador se ven distintas figuras. En este caso, de derecha a izquierda, primero Hacibektas; luego, en el centro, Alí; y, por fin, Mustafá Kemal. Todo un programa iconográfico al que se atienen sin excepciones todos los centros públicos del alevismo.

Por los múltiples anuncios, colgados incluso de la fachada de las casas, el pueblo de Hacibektas parece una agrupación de seguidores del Efes Pilsen, la marca de cerveza que patrocina al famoso equipo de baloncesto. Es una infracción al dogma que sus rivales sunníes utilizan para llamarles herejes, y ellos aceptan el reto, bromeando con la incapacidad de los animales para apreciar la bebida.

Pero éste es sólo un aspecto superficial de una creencia muy compleja, en la cual se funden la fe en Alí, el yerno de Muhammad, propia del shiismo, con elementos de origen animista, maniqueo e, incluso, cristiano. Hay árboles sagrados, como el enebro, y animales sagrados, como la paloma en cuya forma peregrinó el fundador a La Meca. No comen cerdo, ni conejo, ni oso. La exigencia de controlar la lengua, la mano y el cuerpo fue antes maniquea y la fórmula de la Santísima Trinidad que asume la relación de Allâh con el Profeta y con Alí, cristiana. De Jesús, admiran el rechazo al fanatismo. Siguen el Corán desde una óptica humanista, que excluye la idea de un Dios de la venganza. Lo mismo que Mevlana, el fundador de la orden más conocida de los derviches girantes, Hacibektas predicó en un tiempo y en un espacio donde el Islam coexistió con creencias ancestrales y con las de los habitantes, cristianos poco ortodoxos, de la Anatolia central. Pensemos que hasta su reciente destrucción, en el interior de una de las iglesias rupestres de Capadocia podía contemplarse la imagen de un sultán selyúcida como protector. “No soy musulmán, ni judío, ni cristiano”, escribió Mevlana provocativamente. “Aquello que buscas, búscalo en ti mismo, no en La Meca, ni en Jerusalén ni en Damasco”, añade Hacibektas.

La solución reside en la búsqueda directa de la comunión espiritual con la divinidad, característica del sufismo. Tanto en los seguidores de Mevlana, en la ciudad de Kenya, como entre los de Hacibektas, la danza constituye el vehículo para que el hombre busque la unión con el Creador, anulando su individualidad en el éxtasis propiciado por la repetición de movimientos. Las diferencias formales son evidentes. En su sema, los derviches girantes son sólo hombres y su movimiento recuerda el de los planetas en torno al Sol. La sema aleví es practicada por hombres y mujeres, con una rotación irregular que recuerda el vuelo de la grulla, también ave sagrada de los turcos nómadas. Ahora bien, la finalidad coincide, y tal vez por ello, hoy en las reuniones religiosas (cem) de los alevíes ambas danzas son fundidas en una sola.

Los aspectos formales del Islam pasan entonces a segundo plano. El rezo no puede sustituir a las buenas acciones, y el Ramadán no debe ser ocasión para reprimir a quienes “comen el ayuno”, es decir, lo infringen consumiendo alimentos. En cuanto a la peregrinación a La Meca, “mi Kaaba es el ser humano”. La casi divinización de Alí, heredero en las representaciones del antiguo dios-cielo turco, sirve de base a la declaración de que lo humano se encuentra impregnado de la esencia de Dios. “Tú y yo somos Dios”, propone el dicho aleví. El objetivo vital consiste en ser “un ser humano perfecto” que tiene un control de sus deseos egoístas y trata a los demás con igualdad, obrando con solidaridad y sin violencia. Y esa vocación igualitaria incluye la relación entre hombres y mujeres. “Aquel que pega a su mujer, tendrá que soportar por un tiempo un gran peso sobre los hombros”, nos contaba Bermek. Los alevíes no rezan en las mezquitas, aunque sí celebran reuniones semanales, las cem, los jueves por la noche, en las que cobra forma el sentimiento comunitario y se despliega la intensidad del fervor religioso. La presiden los líderes de la comunidad, los dedés, y a ellas acuden las células del movimiento, integradas por dos parejas de matrimonios con la de mayor edad ejerciendo funciones tutelares. Es la institución del musahib, base de la cohesión del alevismo ante un entorno hostil y momento decisivo de confirmación para el individuo, que ya en el momento de su circuncisión es puesto bajo la tutela de un padrino. Antes del lokma, o comida ritual, el baile de la sema es la culminación plástica de esa ceremonia participativa, desarrollada siempre bajo los retratos de Alí, Hacibektas y Kemal Atatürk. Su ámbito es la cemevi, al mismo tiempo casa de cultura y de rezo. Dogan Bermek nos informó de que hay unas 500 en Turquía, si bien la ceremonia puede desarrollarse en otros lugares.

Siglos de discriminación, alentada por quienes llaman “los sunníes fanáticos”, aconsejaron a los alevíes la práctica de la taqiya, el disimulo de su fe, mantenida hasta hace pocos años. Ni siquiera el principio de tolerancia vigente en la República impidió esporádicas matanzas de alevíes (1978, 1993, 1995), y eso llevó a que, en zonas donde son minoritarios, sigan ocultando su creencia. Su puesto estaba en la Administración republicana, al lado de los continuadores de Atatürk. Es una posición que ha cambiado últimamente por efecto del islamismo. Los alevíes han percibido que no pueden quedar atrás y que deben intentar la participación en el nuevo reconocimiento del hecho religioso, incluso en la percepción de subvenciones que hasta hoy les ignoran. De ahí la creciente actividad de fundaciones, como la Cem Vakfi, situada en la periferia de Estambul, no lejos del aeropuerto, y presidida por el profesor Izettin Dogan con el propósito de dar a conocer el alevismo y de difundir en la sociedad turca una tradición religiosa que es al mismo tiempo profundamente nacional, tolerante y abierta a Europa, tal y como propuso Kemal Atatürk. “Algunos sunníes siguen excluyéndonos del Islam. Nosotros no les pagaremos con la misma moneda”, nos comentaba el responsable de la Cem Vakfi.

Por Antonio Elorza *
Con información de El Mundo


* Antonio Elorza es catedrático de Ciencia Política en la Universidad Complutense. Autor de “Umma. El integrismo en el islam” (Alianza, 2002), y de “Tras la huella de Sabino Arana: los orígenes totalitarios del nacionalismo vasco” (Temas de Hoy, 2005). La nueva moda turca en www.tekbirgiyim.com.tr/


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Entre Cristo e Ishtar

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Entre Cristo e Ishtar

En medio de los jardines y colinas que unen la ciudad de Beirut con el Líbano hay un pequeño templo, muy antiguo, cavado en la roca, rodeado de olivos, almendros y sauces.

Aunque este templo está como a un kilómetro de la carretera principal, en la época de mi relato muy pocas personas aficionadas a las reliquias y a las ruinas antiguas habían visitado ese santuario. Era uno de los muchos sitios interesantes escondidos y olvidados que hay en el Líbano. Por estar tan apartado, se había convertido en un refugio para las personas religiosas, y en un santuario para amantes solitarios.

Al entrar en este templo, el visitante ve en el muro oriental, un antiguo cuadro fenicio esculpido en la roca, que representa a Ishtar, diosa del amor y de la belleza, sentada en su trono, rodeada de siete vírgenes desnudas, en diversas actitudes. La primera de ellas lleva una antorcha; la segunda, una guitarra; la tercera, un incensario; la cuarta, una jarra de vino; la quinta, un ramo de rosas; la sexta, una guirnalda de laurel; la séptima, un arco y una flecha; y las siete miran a Ishtar reverentemente.

En el segundo muro hay otro cuadro, más moderno que el primero, que representa a Cristo clavado en la cruz, y a su lado están su doliente Madre, María Magdalena, y otras dos mujeres, llorando. Este cuadro bizantino tiene una inscripción que demuestra que se esculpió en el siglo XV o en el XVI. En el muro occidental hay dos tragaluces redondos, a través de los cuales los rayos del sol entran en el recinto e iluminan las imágenes y dan la impresión de estar pintadas con agua dorada. En medio del templo hay un altar rectangular, de mármol, con viejas pinturas a los lados, algunas de las cuales apenas pueden distinguirse bajo las petrificadas manchas de sangre, que demuestran que el pueblo antiguo ofrecía sacrificios en esa roca y vertían perfume, vino y aceite sobre ella.

No hay nada más en ese pequeño templo, excepto un profundo silencio, que revela a los vivientes los secretos de la diosa y que haba sin palabras de pasadas generaciones y de la evolución de las religiones. Tal espectáculo lleva al poeta a un mundo muy lejano, y convence al filósofo de que los hombres nacieron con tendencia hacia la religiosidad; sintieron los hombres la necesidad de lo invisible, y crearon símbolos, cuyo significado divulgó los secretos, los deseos de su vida y de su muerte.

En este templo casi desconocido, me reunía yo con Selma una vez al mes, y pasaba varias horas: en su compañía, contemplando esas extrañas imágenes, pensando en el Cristo crucificado, y meditando en los jóvenes y en las ,jóvenes fenicios que vivieron, amaron y rindieron culto a la belleza en la persona de Ishtar, quemando incienso ante su estatua y derramando perfume en su santuario, es un pueblo del que no ha quedado más rastro que su nombre, repetido por la marca del tiempo ante el rostro de la eternidad.

Resulta difícil describir con palabras los recuerdos de aquellas horas de mis encuentros con Selma; aquellas celestiales horas, llenas de dolor, felicidad, tristeza, esperanza y miseria espiritual.

Nos reuníamos secretamente en el viejo templo a recordar los viejos días, a hablar de nuestro presente, a atisbar con recelo el futuro, y a sacar gradualmente a la superficie los ocultos secretos de las profundidades de nuestros corazones, ex uniéndonos las quejas de nuestra frustración y nuestro sufrimiento, tratando de consolarnos con esperanzas imaginarias y sueños melancólicos. De vez en cuando nos calmaban, enjugábamos nuestras lágrimas y empezábamos a sonreír, olvidándonos de todo, excepto del amor; nos abrazábamos hasta que nuestros corazones se enternecían; luego, Selma me daba un casto beso en la frente, y llenaba mi corazón de éxtasis; yo le devolvía el beso al inclinar ella su cuello de marfil, mientras sus mejillas se coloreaban ligeramente de rojo, como el primer rayo de la aurora en la frente de la montaña. Contemplábamos silenciosamente el lejano horizonte, donde las nubes se teñían con el color anaranjado del ocaso.

Nuestra conversación no se limitaba al amor; de vez en cuando hablábamos de diferentes temas, y hacíamos comentarios. Durante el curso de la conversación Selma hablaba del lugar de la mujer en la sociedad, de la huella que la generación pasada había dejado en su carácter, de las relaciones entre marido y mujer, porque la miran detrás del velo sexual, y no ven en ella sino lo externo; la miran a través de un lente de aumento de odio, y no encuentran en ella sino debilidad y sumisión.

En otra ocasión, me dijo, señalando los cuadros esculpidos en el templo:

-En el corazón de esta roca están dos símbolos que reflejan la esencia de los deseos de la mujer, y que revelan los secretos de su alma, que oscila entre el amor y la tristeza, entre el cariño y el sacrificio, entre Ishtar sentada en su trono y María al pie de la cruz. El hombre adquiere gloria y fama, pero la mujer paga el precio.

Sólo Dios supo el secreto de nuestros encuentros, además de las bandadas de pájaros que volaban sobre el templo. Selma solía ir en su coche a un sitio llamado Parque del Pachá, y desde allí caminaba hasta el templo, donde me encontraba, esperándola ansiosamente.

No temíamos que nos observaran, ni nuestras conciencias nos reprochaban nada, el espíritu purificado por el fuego y lavado por las lágrimas está por encima de lo que la gente llama vergüenza y oprobio; está libre de las leyes de la esclavitud y de las viejas costumbres que ponen trabas a los afectos del corazón humano.

Ese espíritu puede comparecer orgullosamente y sin vergüenza alguna ante el trono de Dios.

La sociedad humana se ha plegado durante setenta siglos a leyes corrompidas, hasta el punto de no poder entender el significado de las leyes superiores y eternas.

Los ojos del hombre se han acostumbrado a la pálida luz de las velas, y no pueden contemplar la luz del sol. La enfermedad espiritual se hereda de generación en generación, hasta llegar a ser parte de la gente, que la considera no una enfermedad, sino un don natural, que Dios impuso a Adán. Si estas personas encuentran a alguien liberado de los gérmenes de tal enfermedad, piensan que ese individuo vive en la vergüenza y en el oprobio.

Los que piensan mal de Selma Karamy porque salía del hogar de su esposo para entrevistarse conmigo en el templo están enfermos, y forman parte de esos débiles mentales que consideran a los sanos unos rebeldes. Son como insectos que se arrastran en la oscuridad por miedo a que los pisen los transeúntes.

El prisionero oprimido que puede escapar de su cárcel y no lo hace, es un cobarde. Selma, prisionera inocente y oprimida, no pudo libertarse de sus cadenas. ¿Se la puede censurar porque mirara a través de la ventana de su prisión los verdes campos y el espacioso cielo? ¿Dirá la gente que Selma fue infiel por salir de su casa para ir a sentarse a mi lado ante Cristo e Ishtar? Que la gente diga lo que quiera:

Selma había pasado por los pantanos que sumergen a otros espíritus, y había llegado a un mundo que no podían alcanzar los aullidos de los lobos, ni el cascabeleo de las serpientes.

Que la gente diga lo que quiera de mí, porque el espíritu que ha visto el espectro de la muerte no puede atemorizarse con los rostros de los ladrones; el soldado que ha visto brillar sobre su cabeza las espadas, y correr arroyos de sangre bajo sus pies, camina imperturbable, a pesar de las piedras que le arrojan los niños callejeros.

Gibrán Khalil Gibrán

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