Sufismo: El Libro – Al Qur’an

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Si refiriéndose a nuestro simbolismo básico se nos preguntase sobre la forma que adquiere el oleaje de la marea, contestaríamos que, sobre todo, toma la forma de un libro, el Corán. Los sufíes hablan de «tratar de ahogarse» (istigråq) en los versículos del Corán que, según una de las más fundamentales doctrinas del Islam, son la Palabra increada de Dios 1.

Lo que buscan es, por emplear otro término sufí, la extinción (fanå’) de lo creado en lo Increado, de lo temporal en lo Eterno, de lo finito en lo Infinito; y, para algunos sufíes, la recitación del Corán ha constituido, durante toda su vida, el principal medio de concentración en Dios, lo que es la esencia misma de todo camino espiritual.

Hay sufíes que lo están recitando continuamente —por ejemplo, en la India y en Africa Occidental—, incluso sabiendo muy poco árabe; y si a ello se objetase que una recitación así no puede tener sobre el alma más que un efecto fragmentario, dado que la inteligencia de los recitadores no puede participar, contestaríamos que su inteligencia se halla penetrada por la conciencia de participar en la Palabra divina. Saben, por lo demás, que el Corán es un flujo y un reflujo, que fluye de Dios hacia ellos y que sus versículos son signos milagrosos (åyåt) que les reconducirán hacia Dios, y esa es la razón precisamente por la que lo leen.

El mismo texto justifica esa actitud porque, si el tema del Corán es ante todo Allåh, su tema secundario es que viene directamente de Él por medio de la Revelación y que devuelve a Él por Su guía a lo largo del camino recto. Inmediatamente después de los siete versículos de apertura, el cuerpo principal del texto coránico empieza por una afirmación de su autenticidad y de su eficacia: Alif–Låm–Mim, He aquí el Libro, no encierra ninguna duda; es una guía para los piadosos. La primera inicial representa a Allåh, la segunda a Rasul 2 «Mensajero», es decir, la naturaleza celestial del Profeta, y la tercera a Muhammad, nombre de su naturaleza humana. En virtud de la continuidad que representan, estas letras son la figura del flujo de la ola, siendo la guía el reflujo.

La misma autenticidad y la misma eficacia son afirmadas por los dos nombres de Misericordia, al-Rahmån y al-Rahim, con los que comienzan los capítulos del Corán. El primero designa sobre todo al Océano en su aspecto de Bondad y de Belleza infinitas que, debido a su naturaleza, desborda; al-Rahmån puede así, por extensión, significar también el flujo de la ola, la Misericordia que crea, revela y envía Mensajeros angélicos y humanos. Frases como Hemos revelado esto o Te hemos (a ti, Muhammad) enviado como Mensajero, son como un estribillo repetido constantemente a lo largo del texto coránico. Con no menos insistencia se repiten los versículos que afirman la atracción del Infinito, la Misericordia de al-Rahim que impulsa al hombre a retornar a su origen, volviéndole capaz de trascender sus limitaciones humanas y terrestres, versículos como:

En verdad Dios es El que lo perdona todo, el Todomisericordioso 3, o Dios invita a quienes Él quiere a la morada de la Paz, o Tras Él es la última consumación, o el exhorto Responded a la llamada de Dios, o también la pregunta ¿No vuelven todas las cosas a Dios? El Corán está impregnado de finalidad; y, en particular, como última escritura del ciclo, está «obsesionado» por la Hora, el súbito término que gravita sobre los cielos y la tierra 4, cita que llega a formar un estribillo que completa al de la creación y la revelación.

La Revelación islámica abarca todos los aspectos de la vida humana, no dejando absolutamente nada al «César»; y, por la ley de las acciones y reacciones concordantes, la plenitud de su flujo en este mundo produce sus efectos en la extensión de su reflujo y en la profundidad con la que éste vuelve al ámbito de la verdad metafísica. Algunos pasajes alcanzan un nivel que trasciende infinitamente la dualidad del Creador y lo creado, del Señor y el esclavo, y que es nada menos que el grado de la Esencia divina Misma 5.

El Corán es el libro de la comunidad entera y no obstante es al mismo tiempo, y sobre todo, el libro de una minoría, el libro de los elegidos espirituales. Presenta este doble aspecto según modos diferentes. De entrada, abunda en versículos abiertos que todo creyente puede y debe aplicarse a sí mismo, pero de los que, sin embargo, puede decirse que se aplican de una manera preeminente a los sufíes. Por ejemplo, la Fåtiha, el capítulo de apertura, contiene una súplica que dice: Guíanos por el camino recto. Esto se repite varias veces en la oración ritual y constituye, por tanto, la súplica más frecuentemente repetida en el Islam. Sin embargo, «pertenece» especialmente a los sufíes, porque, siendo los miembros de la comunidad más «conscientes del camino», pueden entregarse a este versículo como nadie más podría hacerlo, entrando en él como en su propio elemento.

Además son los únicos que pueden valorizar el superlativo sobreentendido en el versículo. En general, el místico podría ser definido como aquél que se pregunta a sí mismo: «¿cuál es el camino más recto?». El sufismo existe como respuesta a esta pregunta y por ninguna otra razón, porque es, por definición, la vía más directa de acercarse a Dios, y tanto es así que la palabra tariqa (vía) 6, designa por extensión una Orden sufí o una cofradía.

Otro versículo muy querido tanto por su notable belleza como por su significado, y que todos recitan, especialmente en las épocas de prueba, es el versículo de la «búsqueda del retorno» (istiryå‘): En verdad, somos de Dios y a Él regresamos 7 . Los sufíes estiman que el sufismo entero está resumido en este versículo; a menudo lo cantan en sus reuniones y a veces lo repiten un cierto número de veces con el rosario; y de hecho, aunque todo creyente sea necesariamente «de Dios» en un grado u otro, puede decirse que el místico es «de Dios» de una manera que no es la del resto de la comunidad, porque mística quiere decir consagración total.

Además es necesario recordar, a propósito de estos versículos, que el sufismo no es sino un movimiento de retorno, un reflujo y que, desde este punto de vista, los demás miembros de la comunidad, aunque dirigidos hacia la buena dirección, están estacionarios. Incluso dentro de sus propios rangos, los sufíes establecen una distinción entre los miembros más centrales de una Orden, que denominan «viajeros» (sålikun) y los miembros más periféricos, que están relativamente inmóviles.

Se puede decir de estos versículos que son «abiertos», porque se aplican a toda la jerarquía de la aspiración espiritual en sus diversos grados. Sin embargo, la distancia entre los más bajos y el más elevado de los grados es suficiente para constituir una diferencia de significado: y de hecho, el Profeta ha dicho que cada versículo del Corán tiene «un exterior y un interior».

Acabamos de ver dos ejemplos de significados interiores. Por lo que se refiere al «exterior» de los versículos en cuestión, el «camino recto» exotérico es el que consiste en no desviarse de la ley del Islam, mientras que el movimiento de retorno designa, en su sentido más externo, el paso por una vida piadosa hasta la muerte. Los dos significados, el exterior y el interior, conciernen a los sufíes: pero para los miembros de la mayoría, independientemente del hecho de no estar en general dispuestos mentalmente a aceptar más de un significado para una sola expresión verbal, sería difícil de comprender lo que los sufíes entienden por «viaje» (suluk), es decir, el ahondamiento interior o el reflujo del sí finito en dirección de su Principio divino.

En numerosos versículos los sentidos exterior e interior se aplican a terrenos muy diferentes. Un día, al volver de una batalla contra los infieles, el Profeta dijo: «Volvemos de la pequeña Guerra santa a la gran Guerra santa.» Sus compañeros preguntaron: «¿Qué es la gran Guerra santa?», y respondió: «La guerra contra el alma». Aquí se encuentra la clave del sentido interior de todos los versículos del Corán que se refieren a la Guerra santa y a los infieles. Admitamos que este dicho del Profeta aporta algo a todos, y la mayoría de los musulmanes podría pretender tener la experiencia de la lucha contra los infieles del interior, es decir, contra los elementos rebeldes y no musulmanes del alma. Pero resistir de vez en cuando a la tentación es una cosa y hacer la guerra es otra.

La gran Guerra santa en su sentido pleno, es el sufismo, o, más precisamente, es uno de sus aspectos y no compete más que a los sufíes. El Corán declara: Combatid totalmente a los idólatras 8, y en otra parte: combatidles hasta sofocar la sedición y que la religión sea toda para Dios 9. Sólo el místico es capaz de realizar esto interiormente, y sólo él sabe que ello quiere decir mantener una oposición metódica contra sus propias posibilidades inferiores y llevar la guerra al territorio del enemigo, de manera que el alma sea completamente «para Dios». A causa de los peligros de esta guerra, ningún exoterismo tiene fácil acceso. De hecho, aunque no deliberadamente, el exoterismo es un estado de tregua con escaramuzas ocasionales libradas de forma inconexa; y es mejor permanecer exoterista que suscitar todo el furor del enemigo y después abandonar la lucha dejando que las posibilidades inferiores invadan el alma.

Sería posible dar multitud de otros ejemplos de significados interiores que conciernen sólo a los sufíes. Pero como se citarán varios en los siguientes capítulos, bastará por ahora insistir en la afinidad que los sufíes tienen generalmente con el Corán en virtud de lo que les distingue más especialmente de otros musulmanes, a saber, el hecho de que su elección deliberada e irrevocable de lo Eterno con preferencia sobre lo efímero no es simplemente teórica y mental, sino que es tan totalmente sincera que les ha sacudido hasta lo más profundo de su ser y les ha movido a ponerse en camino.

El Corán mismo es una cristalización de esta elección, porque insiste sin descanso en la inmensa disparidad que existe entre este bajo mundo y el mundo trascendente del Espíritu, mientras que, por otro lado, censura continuamente la locura de quienes eligen lo más bajo en lugar de lo más alto, lo peor en lugar de lo mejor. Como opuesto a esta locura, el sufismo puede definirse como un sentido de los valores o un sentido de las proporciones. La definición no sería inadecuada porque ¿quién en el mundo, aparte de sus equivalentes de otras religiones, podría compararse a los sufíes en lo que respecta a poner lo primero en primer lugar y lo segundo en segundo? De forma análoga, el Corán se define como al Furqån, lo que puede traducirse como «Criterio de valores», «Instrumento de discriminación»
o, simplemente, «Discernimiento».

Una cualidad esencial del mensaje coránico es el establecimiento de una jerarquía de valores que ofrece criterios para poner cada cosa en su lugar, así como una base general de evaluación. No sólo distingue entre justo y falso, ortodoxia y herejía, verdad y error, religión y paganismo. Establece también una distinción, en el campo de la ortodoxia, entre los que observan una cierta reserva en su culto y, paralelamente, si se trata de la gran Guerra santa, entre los que salen adelante para luchar y los que se quedan atrás.

Unos y otros recibirán su retribución. Dios ha prometido a todos cosas excelentes. Pero Dios prefiere los combatientes a los no combatientes y les reserva una recompensa sin límites 10. Otra distinción, paralela pero no forzosamente idéntica, es la que se hace entre los avanzados, de los que se dice que están cerca de Dios (muqarrabun, palabra que sirve para distinguir a los Arcángeles de los Angeles), y la gente de la derecha [siendo los infieles la gente de la izquierda 11]. En otro lugar, y en dos ocasiones, los que forman la categoría más elevada y que son también llamados los esclavos de Dios para subrayar su extinción en Él, son puestos en contraste con los justos 12.

Estos parecen ocupar una posición intermedia entre los avanzados y la gente de la derecha. Es significativo, en todo caso, comprobar que los avanzados se representan en el Paraíso bebiendo directamente de las dos Fuentes supremas, mientras que los justos beben de ellas indirectamente, es decir, que sacian su sed en una corriente que toma su sabor de una o de otra de las fuentes, y la gente de la derecha bebe agua. Este simbolismo tan rico en significados excusa de comentarios puesto que, para comprenderlo, nos basta considerar a la comunidad islámica tal como siempre ha sido y aún hoy es. Cualesquiera que sean sus subdivisiones, las tres categorías principales de la jerarquía espiritual permanecen, con los
sufíes «viajeros» en primer lugar, los relativamente «estacionarios» en segundo y la mayoría «exotérica» en tercero.

Es cierto que las distinciones «furqánicas» existen para información de todos. Pero una jerarquía no puede ser captada más que por aquellos que se encuentran en la cúspide. El Corán establece esta jerarquía desde arriba; y el sufí, por el hecho de que se «lanza» en dirección a la cima, es el que llega más cerca del punto de vista coránico, más cerca de la personificación de al-Furqån.

El tema de este capítulo desbordará necesariamente sobre los demás, ya que tanto la doctrina como el método del sufismo tienen sus raíces en el Corán. Pero el presente contexto exige al menos esta mención: algunas formulaciones del Corán parecen destinadas, incluso ciñéndonos a su mensaje literal, exclusivamente a los sufíes. Ahora sólo citaremos un ejemplo, ya que se presentarán otros después: Estamos (Dios) más cerca de él (el hombre) que su vena yugular 13. Este no podría designarse como un versículo «abierto» como Guíanos por el camino recto, que cada uno es libre de interpretar según su concepción del camino y de lo que es la dirección recta. Tampoco es comparable con esos versículos en los que el sentido literal es un velo sobre una verdad que no es para todos. Aquí, excepcionalmente, el «interior» es el significado literal.

El exterior «protector» es simplemente el deslumbramiento causado por el súbito descubrimiento de lo que es, para el hombre, la verdad de las verdades. La mayoría, cegada, dirige su atención hacia otros versículos; pero al menos para algunos de los que lo captaron literalmente, este versículo no deja otra opción que la de salir en búsqueda de un Šayj sufí, de un maestro espiritual capaz de mostrar el camino que permite conformarse a esa proximidad.

Por Martin Lings


Notas:

1 A semejanza del hinduismo y del judaísmo, el Islam establece una clara distinción entre Revelación e inspiración. Una Revelación es consubstancial a la Divinidad, de la que es una proyección o una prolongación, mientras que un texto inspirado está compuesto por el hombre bajo la influencia del espíritu divino. En el cristianismo, la Revelación es el propio Jesús, situándose los Evangelios en el grado de la inspiración.
En árabe, tanto la final como la inicial de las letras radicales puede representar una palabra entera. A veces en este contexto se dice que la letra Låm designa a ibril, el arcángel Gabriel, que transmitió la Revelación a Muhammad.
El nombre al-Rahim las más de las veces es precedido en el Corán por al-Gafur, El que lo perdona todo.
VII, 187.
5 No hace falta añadir que ninguna Revelación puede dejar de alcanzar este nivel. El cristianismo, por ejemplo, lo alcanza implícitamente, como abarca implícitamente el conjunto de la vida. Pero el Corán hace ambas cosas explícitamente.
Es, en parte, sinónimo de sirat (camino), pero en un sentido más amplio, podría traducirse como «vía y medio».
’Innå li-Llåhi wa’innå ilayhi råyi‘un. II, 156.
IX, 36.
VIII, 39.
10 IV, 95.
11 LVI, 8-40.
12 LXXVI, 5-6; LXXXIII, 18- 28.


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