Los Reyes Magos

Viaje de uno de los Reyes Magos - James Jacques Joseph Tissot
Viaje de uno de los Reyes Magos – James Jacques Joseph Tissot

LOS REYES MAGOS

Todos sabemos la historia de los Reyes Magos, pero nuestro conocimiento de ellos es escaso, ya que procede de la exigua información que sobre los mismos nos aporta el Evangelio de San Mateo. Sin embargo, estas figuras aparecen muy claras en el saber popular, ello se debe al proceso de definición y caracterizaciones que sufrieron a lo largo de la Edad Media, y que ha sido definitivo a la hora de llegar hasta nosotros.

Mucho se ha teorizado acerca de la existencia o no y del origen de estos hombres. Para algunos estudiosos fueron originarios de Hamadán, ciudad al sur del mar Caspio, que con anterioridad se conoció como Ecbatana de los Magos, pues tenía fama de ser un importante centro de formación de sacerdotes, interpretadores de sueños y astrólogos. Para otros, no son sino una licencia literaria del evangelista, que de esta manera manifestaba, que el mensaje salvador de Cristo se dio para todos los hombres y no sólo para los judíos. Quizás esta característica universal, es lo que hizo que pronto disfrutasen de una gran devoción entre el pueblo cristiano.

Volviendo al carácter mágico de estos personajes, Mateo nos narra como llegaron a Belén de Judea unos magusàioi venidos de Oriente en busca del “Rey de los Judíos”. Efectivamente, la tradición cristiana siempre ha mantenido un mínimo de turbación ante los Magos. Pues bien, según Cardini, los magusàioi eran adivinos y astrólogos de origen caldeo, es decir, del área sirio-mesopotámica, y para Judea, Caldea estaba sin duda al este. Pero la palabra magusàioi, era un término semicorrupto, procedente del persa mogû o magû a través del arameo magusha, utilizado para designar a los charlatanes que de algún modo practicaban la antigua ciencia de los Magû, tribu meda seguidora de Zaratustra que poseía el monopolio de los rituales y las prácticas de carácter mágico, astrológico y adivinatorio en el mundo mazdeísta persa.

Una interpretación más restrictiva propone que, ya durante el Imperio persa aqueménida los “Magos”, condenados en el siglo VI a.C. por el gran rey Jerjes debido a sus prácticas de culto “daívico” (es decir, el sistema míticoreligioso prezoroástrico), se habrían esparcido por toda Caldea, degradando al nivel de charlatanería y brujería su ciencia originariamente sacra.

Otro de los aspectos que conviene tratar es el número. En los primeros siglos del cristianismo y dada la ausencia de información en este sentido, este fluctuó entre dos y varias docenas según podemos contemplar en algunas obras tardorromanas. En el siglo III d.C. se les confirió carácter real, seguramente para oscurecer su condición de magos, ya que en la práctica la magia estaba prohibida en la Biblia. Estas características y algo tan destacado como sus nombres aparecen claramente expresados y recogidos por vez primera en un evangelio apócrifo, no admitido por la Iglesia, el Evangelio Armenio de la Infancia de Jesús, redactado en el siglo VI d.C. y en el que se dice; Los reyes magos eran tres: Melkón, el primero, que reinaba sobre los persas; después Gaspar, que reinaba sobre los indios; y el tercero, Baltasar, que tenía en posesión el país de los árabes.

Resulta curioso, pero estos aspectos aparecen claramente definidos ya en el famoso mosaico bizantino de San Apolinar Nuovo (Rávena, Italia), realizado en el año 520 d.C., en el que se representa a los Tres Magos, vestidos a la usanza persa, portando diferentes edades y presentes, bajo un encabezamiento en el que aparecen sus nombres actuales. Pero la devoción y espiritualidad en torno a los mismos siguió creciendo más allá de los primeros siglos medievales.

El famoso monje Beda el Venerable (673-735), se hacía eco en uno de sus escritos del sentido de las edades y de los presentes de los Magos de Oriente. Melchor, el más anciano, portaba oro, pues Jesús era rey. Gaspar, hombre maduro, incienso, pues también era Dios. Baltasar, en plena juventud, mirra, pues Cristo habría de morir joven. Sus edades, las tres del hombre: juventud, madurez y vejez, significaban que cualquier momento de la vida era bueno para postrarse ante Dios.

La determinación de sus razas fue posterior. Como podemos observar en el famoso mosaico de Rávena, los tres son blancos pero para el siglo XV, momento en el que aparece el rey negro, ya están presentes las tres razas conocidas a fines de la Edad Media: los europeos representados por Melchor, los asiáticos por Gaspar y los africanos por Baltasar. De este modo se transmitía una vez más la universalidad del mensaje de Cristo, que no distinguía edades o razas.

En la tabla de Andrea Mantenga La Adoración de los Magos de 1460, se representa un “rey mago” arrodillado, con unas características somáticas indudablemente africanas y unos rasgos que, más que al África negra, parecen remitirnos a Nubia, Eritrea o Etiopía. En la iconografía de los Magos, del siglo XIII en adelante, aparece con mayor frecuencia un rey con fisonomía “mora”. Una vez definidas, el fervor por estas tres figuras no hizo sino crecer a lo largo de todo el Medioevo, hasta el punto de que el tema de la Adoración de los Magos, fue el más representado en el arte, junto con el tema de la Natividad. 

Al aumento de esto contribuyó sin duda la aparición de los restos de los Magos. En el siglo IX, el clero de Milán deseoso seguramente de prestigiar su diócesis, anunció solemnemente que poseía las reliquias. Sus restos se hallaban depositados en un sarcófago que se encontraba en la iglesia de San Eustorgio. En Milán descansaron hasta el año 1164, cuando el emperador Federico Barbarroja saqueó la ciudad. En el transcurso del expolio, su archicanciller, que era a la par arzobispo de Colonia, tomó las reliquias y las trasladó a su ciudad, donde en el siglo XIII se levantó una catedral denominada de los Tres Reyes de Colonia, en la que fueron depositados los cuerpos.

Por último, señalar que la Iglesia colocó su fiesta el día 6 de enero, denominándolo Epifanía, palabra griega que significa, llegada del rey a la ciudad o manifestación de Dios. En el siglo V d. C. ya se celebraba esta fiesta entre la Iglesia de Occidente y aunque la costumbre de que los Tres Reyes Magos traigan regalos a los fieles es propia del siglo XIX, lo cierto es que siempre, desde los tiempos de Roma, hubo presentes en esta fecha. Parece ser que esto se debe a las strenae o ramas de laurel u olivo que los romanos daban a sus amigos en honor de la diosa de la salud Strenia, por el Año Nuevo.

Por Estrella Rodríguez Gallar

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