La Navidad en el Medioevo

Joseph Bricley (1973)
Joseph Bricley (1973)

LA NAVIDAD EN LA EDAD MEDIA

No ha de sorprendernos encontrar ya en la Edad Media o en nuestros días, costumbres y tradiciones cristianas íntimamente relacionadas con este pasado pagano, pues si bien es verdad que la Iglesia durante la Edad Antigua, las transformó incorporándolas a su propio culto, no es menos cierto que aportó una enorme riqueza y un sentido espiritual a las mismas, del que carecía la religión grecorromana.

Durante la Antigüedad el cristianismo se acrisoló y desplazó al paganismo de su lugar de privilegio, pero fue durante el Medioevo cuando este depuró, definió y enriqueció sus fiestas y tradiciones navideñas, dotándolas de la grandiosa solemnidad y el riquísimo acervo de manifestaciones y expresiones sociales, artísticas y gastronómicas de las que aún gozamos hoy.

Entre los siglos IV a VI se estableció y generalizó el periodo de Adviento (del latín, adventus, venida, llegada), fase de preparación espiritual previa al nacimiento de Jesús, cuya duración oscilaba entre las tres y las seis semanas según los países, y que se acompañaba de meditaciones, predicaciones, oraciones y penitencias. Los cristianos de la Edad Media siguieron fielmente estas recomendaciones de la Iglesia y así, el tiempo de Adviento, se convirtió en una auténtica etapa de introducción al sentido de la Navidad.

Transcurridas estas semanas, llegaba la época navideña y con ella sus dos primeras grandes fiestas, la Nochebuena y la Navidad. Tras el primer gran banquete, la cena del 24 de diciembre, constatada desde los primeros siglos del cristianismo, los fieles acudían a la Iglesia a medianoche, a celebrar la Misa del Gallo. La realización de esta ceremonia se extendió rápidamente por la Cristiandad y así a partir de los siglos V y VI d.C. comenzó a darse en Hispania, norte de África y norte de Italia, aunque no fue hasta el siglo VIII d.C. cuando se popularizó en toda Europa.

Ahora bien, entre las aportaciones del Medioevo a la liturgia navideña, destaca su serena grandiosidad. Esta llegó a tal, que en la propia noche de Nochebuena, en los monasterios y catedrales se cantaban y proclamaban con solemnidad las Profecías del Profeta Isaías, los textos de León Magno, el Prólogo del Evangelio de San Juan, la genealogía de Cristo y los textos de los oráculos sibilinos que hacían referencia al nacimiento del Mesías. En la Alta Edad Media, la noche del 24 de diciembre, se celebraban no una, sino tres misas; la primera de las cuales, la de medianoche, fue la que se popularizó en todo el mundo cristiano, y aún hoy se conoce como Misa del Gallo.

Esta, recibe su nombre de una leyenda que cuenta, que fue un ave que pasaba la noche en la gruta de la Natividad, la primera en conocer el nacimiento de Jesús y salir a anunciarlo. Algunos identificaron al ave con un ermitaño o cabañero, especie que suele habitar en establos y grutas, otros lo hicieron con un gallo encaramado a las partes más altas del establo. En cualquier caso, el gallo como símbolo de fecundidad y renacimiento en las culturas paganas y como anunciador desde tiempo inmemorial de la salida del sol con su cacareo, fue el ave que dio nombre a esta primera misa de la Navidad, en la cual su canto, imitado en mitad de la misa por un niño ubicado en el coro o por un ave llevada a este efecto hasta principios del siglo XX, servía para anunciar a los cristianos que Cristo acababa de nacer.

Ahora bien, en la liturgia de la medianoche del día de Nochebuena no sólo había solemnidad y recogimiento, sino también un jolgorio y alegría desbordante entre el pueblo. La algarabía llegaba a su punto culminante durante el momento de la adoración al Niño, pues los fieles entonaban cantos, puede que villancicos (aunque el primero recogido está fechado en 1492), hacían sonar sus instrumentos, e incluso liberaban dentro del templo algunos pajarillos que habían sido capturados con este fin.

Parece ser que la Navidad llegó a gozar de tan alto grado de aceptación entre el pueblo cristiano, que la festividad se extendió incluso a otras religiones, tales como la musulmana. La importancia religiosa de Jesús para los musulmanes y la convivencia entre éstos y los cristianos en la Península, allanaron el camino para que la Navidad despertase el interés y se celebrase igualmente entre los seguidores del Islam, tal y como los prueban diversos testimonios entre los que destaca el de Abu-l-Qasim al-Azafí, rey de Ceuta en la segunda mitad del siglo XIII. No hemos de olvidar que el propio Carlomagno escogió el día de Navidad para su coronación como Rey de Romanos, esto es, como emperador de los francos.

EL BELÉN EN LA EDAD MEDIA

El origen del belén se encuentra en Italia y es fruto de un hermoso pero complejo proceso de imaginación, arte y fe, cuyos antecedentes hunden sus raíces, como no, en la Edad Media. De todos es sabido por los relatos evangélicos, que Jesús nada más nacer fue recostado en un pesebre. Este elemento, símbolo pagano de vida y renacimiento natural debido a la madera que lo forma, se convirtió en un icono cristiano. Así, pronto pasó a convertirse en un objeto significativo en las celebraciones navideñas, especialmente a partir del siglo VII, cuando el Papa Teodoro I (642-649) hizo traer de Belén los restos del pesebre que acogió al Niño Jesús, depositándolos en la Basílica de Santa María la Mayor, en Roma. Desde ese mismo momento y a lo largo de toda la Edad Media, el pesebre se hizo indispensable en todas las iglesias, abadías y catedrales de la Cristiandad durante el tiempo de Navidad. Sus formas eran variadas, podía tratarse de simples troncos de abeto huecos, denominados en Italia, primer país en el que se dio esta costumbre, tettotie, o auténticos pesebres, en los que no está claro si se depositaban o no imágenes del Niño Dios.

Por otra parte, ya en el siglo X se celebraban en Europa representaciones escénicas de ciertos episodios bíblicos del Nacimiento de Jesús. Con el tiempo estas escenificaciones fueron ganando en elaboración y complejidad, llegando a recogerse por escrito y a atraer el interés de escritores del momento, que participaron activamente en su creación. Así nació por ejemplo, la primera de las obras dramáticas de las que tenemos constancia en España, el Auto de los Reyes Magos, elaborada en el siglo XIII, a partir, casi con toda seguridad de fuentes de origen francés 1.

El Auto o representación, de los Reyes Magos, compuesto en versos de nueve, siete y catorce sílabas, comienza con los tres monólogos de los Reyes, en los que cada uno de éstos afirma haber visto una estrella desconocida, lo interpretan como señal del nacimiento del Mesías y decide ir a adorar al recién nacido. Puestos en marcha, los tres Reyes se encuentran y convienen caminar juntos. Melchor se pregunta ¿cómo conocerán la divinidad de Jesús? y Baltasar propone que le ofrezcan oro, mirra e incienso; si escoge este último será prueba de que es el rey del cielo. Los tres Magos acuden entonces a visitar al rey Herodes; éste, sorprendido, le ruega que busquen al nuevo rey y que vuelvan a darle noticia. Al salir los Magos, Herodes se enfurece, llama a sus consejeros y les pide información, pero aquellos fingen no saber nada. Y aquí se interrumpe el texto conservado. Cabe imaginar que la obra concluirá con la adoración de los Magos en el portal de Belén y que la representación quedaría cerrada con el canto de un villancico.

El arte del Auto es muy elemental, pero posee una deliciosa ingenuidad poética, corre con fluidez y no carece de momentos acertados, como la duda de los Magos -sobre todo del rey moro, Baltasar-, el recelo de Herodes y los embustes de los rabinos 2.

Llegadas las festividades navideñas, en las diferentes parroquias se realizaban estas representaciones, en las que como ya hemos visto el jolgorio y la alegría desbordada, daban lugar a abusos y a que la fiesta saliese de los cauces de lo religioso, terminando entre otras cosas, en mofas por parte de los pastores y del propio pueblo, hacia la persona de San José. A fin de cortar de raíz estos excesos, el papa Inocencio III (1198-1216) prohibió en el año 1207 las escenificaciones dentro de los templos, pero sin embargo el deseo de ofrecer una catequesis plástica o en imágenes persistió, lo que hizo que los tradicionales actores fuesen sustituidos por figuras que de manera inmóvil y muda representaran las mismas escenas y movieran a la devoción.

La tradición ha considerado que fue precisamente poco tiempo después de esta prohibición, en 1223, cuando San Francisco de Asís, que habitaba en Greccio, en la Toscana, realizó el primer belén de la historia. Llegado el tiempo de Navidad y previo permiso del Papa Honorio III, el santo de Asís, deseoso de contemplar con sus propios ojos lo que muchas veces había imaginado, preparó una gruta en la que se había dispuesto un buey, una mula y un pesebre con paja. Los campesinos hicieron las veces de pastores, ángeles y Magos, mientras que una joven pareja representaba a José y María en torno a una imagen del niño. Durante la celebración de la Misa del Gallo, las escenas y la predicación del santo emocionaron a los fieles, que se sintieron sobrecogidos cuando en un momento determinado, San Francisco tomó la imagen del niño en sus brazos cobrando este al momento vida y naturaleza humana. El hecho, como no podía ser menos, fue tenido por milagroso, a la vez que se consideró que Dios había puesto de manifiesto su deseo de ser adorado también a través de representaciones e imágenes, con lo que se levantó la anterior prohibición.

Así, en el siglo XIII, fue cuando tuvo inicio la elaboración de figuras tanto para templos como para casas, que pronto se extendió por Italia para saltar desde allí a toda la cristiandad. Papel destacado tuvieron en su difusión los Franciscanos y las Clarisas, rama femenina de la orden, ya que se convirtieron en las introductoras de los Niños Jesús en los conventos y en los domicilios particulares.

Aunque realmente no está claro cual es el belén más antiguo de cuantos conocemos en Europa, se considera que es el del monasterio de Füssen, en Baviera, Alemania, que data de 1252. Otro de los más antiguos es el realizado para la catedral de Florencia en 1289. De manera exacta, los belenes tal como los conocemos hoy, debieron nacer en el siglo XV, cuando las figuras se hicieron exentas, esto es fuera de los relieves y comenzaron a formar grupos escénicos independientes. Las riberas mediterráneas sirvieron de vehículo puente entre países por los cuales se traspasó esta hermosa tradición, de ahí que las figuras más antiguas que tenemos en España, se encuentren en los territorios del antiguo Reino de Valencia y de la Corona de Aragón, aunque la mayor parte de las imágenes se localizan en Castilla y León.

Por último, debemos añadir que en recuerdo de aquel milagro de San Francisco por el cual una imagen del Niño Dios cobró vida, conservamos la costumbre de besar y adorar cada Nochebuena la imagen del niño Jesús al final de la Misa del Gallo.

Por Estrella Rodríguez Gallar


Notas:

1 GOMEZ FERNÁNDEZ, F.J., o.c., pp. 44-47.
2 ALBORG, J.L., Historia de la Literatura Española, Madrid 1970, pp. 198-202.


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