Permanentes e históricas torturas de la CIA

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Por fin, la CIA ha admitido que tortura. Esto abrió un debate que nos recuerda a la última dictadura, cuando muchos la justificaban. Ahora también. ¿Por qué? ¿Hay motivos para avalar conductas inhumanas? Verá que existe relación con la actitud de ciertos políticos argentinos.

No existe debate en el mundo sobre la moralidad básica de la política exterior estadounidense. Al contrario, surgen voces republicanas que exigen menos benevolencia (ejemplo, con la apertura de relaciones a Cuba) e insisten en que hay que aplicar tácticas duras y sucias para combatir el fuego con el fuego. ¿Cuál? El temible terrorismo islámico.

Desde el fin de la Segunda Guerra, los EE. UU. se han convertido en la policía del mundo, fomentando dictaduras y guerras regionales, en tanto proclaman su defensa de la libertad y de la seguridad para todos. Hemos escrito sobre unos 50 países que invadieron en este período. En la actualidad, no pueden negar que la CIA tortura. Y por supuesto, mata. Por confesión, a medias (500 páginas sobre tres mil borradas) de torturadores. Otros no quieren creerlo. EE.UU no es responsable de eso. ¡Lleva la libertad al resto del mundo! Esto les han vendido los medios hegemónicos del planeta. Y lo suscriben, con ingenuo fervor.

El cronista nunca lo compró. Hace cinco años publicó en el semanario “Miradas al Sur” una nota, “Los expedientes de la tortura” (24-5-2009) con confesiones de torturadores de EE.UU en Abu Ghraib, Irak. Sus métodos eran los de la CIA. Nadie lo replicó ni originó escándalo, pues los grandes medios eluden mencionar el salvajismo capitalista. Incluso ahora el tema de la tortura salió veloz de las portadas. ¿Hoy a quién le importa lo que le pasa a otros? La sociedad ha cambiado. Se vive en un presente continuo. Importamos yo y los unidos a mí. Sin memoria.

Esta es la nota, con fuentes extraídas de un crudo documental de Errol Morris, “Procedimiento estándar”, que nunca se estrenó aquí. “En el filme el sargento negro Javal Davis narra una escena surrealista. En octubre de 2003 vio a prisioneros desnudos, con medias de mujer (tremenda ofensa para un musulmán), encapuchados, rezando en celdas sin luz mientras sus guardia reían. Buscaban que flaquearan. Cuenta: “Salían en mitad de la noche y detenían a todos los varones en edad de combatir”. Como los nazis. A veces padres, hijos, sobrinos. “Venían en camiones de ganado, como animales”. Chicos asustados gritando: “No soy terrorista”. Según Davis: “Eran taxistas, panaderos. Había niños. Si no estaba algún líder, detenían al hijo”. Corrían la voz: “Entrégate y lo soltamos”. Davis afirma: “Para mí, eso es secuestro”.

Tras matar a los hijos de Saddam Hussein (Uday y Qusay) buscaban al padre. El Secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, visitó la prisión de Abu Ghraib (situada en Faluya) y la horca dispuesta para Saddam. Junto al general Sánchez aprobó técnicas y exigió resultados. Al día siguiente llegó el general Miller, gurú de las torturas en Guantánamo, con interrogadores de Afganistán. E instruyó a Janis Karpinski, una general de Brigada: “Traten a los prisioneros como perros. Que sepan quién manda”. Abu Ghraib fue el primer centro de interrogación de los EE.UU. en Irak. Como el número de reclusos aumentaba, cuando les dijeron que llegarían 1.500 más, Karpinski replicó: “No hay recursos para mantener a los 200 que tenemos. ¿Cuál es el procedimiento de liberación?”. El general Wojdakowski le aclaró: “No liberen a nadie. Si uno sale a la calle vendrá a buscarla a usted”. Así reunieron a 6.000 y en dos meses sumaron  en total a 15.000 en seis campos secretos.

La mundialmente famosa soldado Lynndie England (20 años, por sus fotos a los detenidos) afirma que el Ejército es un mundo de hombres “donde hay que ser como ellos o te controlan”. Satisfizo con los presos sus deseos: “Mostrar quién manda”. Los hacía subir y bajar escaleras mientras los guardias veían films en computadora. A otros les ponía la ropa interior en la cabeza. Tras cuatro horas despiertos podían dormir una. Ese régimen duraba 72 horas. “Mientras nos metíamos con ellos –dice-, se asustaban tanto que se orinaban”. En el filme transcriben cartas y fotos que la soldado Sabrina Harman le escribió a su esposa Kelly, aún en EE:UU: “Te sientes mal por retener a un niño sin motivo, sólo por ser hijo de su padre”. Vio a un joven matando con los pies, a oscuras, hormigas tan grandes que devoraban su cuerpo. “Me reí de los presos y les eché maíz”. Sacó fotos de un taxista desnudo. Le pegaron un porrazo en el pene. “Qué divertido”, escribió ella. ¿Por qué las fotos? Eran, según el interrogador Roman Krol, “para mostrar a quien las viera que esto se le podía hacer a cualquiera”. ¿Un error?

El 5 de noviembre, de madrugada, le enviaron un preso al sargento Anthony Díaz. Sólo vestía una camisa, encapuchado. “No se pregunta quién es ni qué ha hecho”. Durante una hora le pegaron en las duchas. “Fingía estar inconsciente”, añade Jeffrey Frost. Todos reían. Como su nariz sangraba, le quitaron la capucha. Tenía sólo un ojo abierto. Y estaba muerto. Entró la cadena de mando con el coronel Jordan al frente. Afirmó que murió de un infarto. Lo metieron en una bolsa con hielo y cerraron el cuarto. Pero Sabrina abrió con otra llave y sacó fotos. En una le apunta con el pulgar y ríe. Al otro día el cadáver, herido por todas partes, olía mal. Lo ocultaron: “Era un detenido fantasma – señala Davis-. No querían que la Cruz Roja lo viese”. Nunca más oyeron de él. “Ocúpate de tus asuntos –le sugirió a Davis un seguidor del general Videla-. “Desapareció. Se disolvió en el aire”.

Davis debía ablandarlos con música y megáfono para que no rezaran ni durmiesen. Con heavy metal gritaban, no les gustaba. Al cabo de un tiempo quedaban sordos y no les afectaba. Davis cambió a la música country. No la toleraron. “Dios mío –rezaban-. Alá. Alá. Que pare”. Por las fotos salió todo a flote, según un investigador del ejército, Brent Pack. Fue “una cadena de errores que deprimió a los soldados y bajó su moral”. A nadie le importa lo ocurrido. Creen que en Irak “debes pensarte muerto y si regresas, tienes suerte”. Por lo tanto, todo es válido. Pack halló miles de imágenes que valen más que las palabras.

Para Tim Duncan, un interrogador de Guantánamo, “era un grupo de idiotas poco profesionales que no supo hacer su trabajo”. No entiende por qué las mujeres desnudaban a los iraquíes, ya que “en la sociedad árabe ellas son seres serviles”. Órdenes. Ellas les cortaban la ropa con un cuchillo y los quemaban con cigarrillos. Les daban una ducha larga “por sucios”. Métodos “para vencer su cultura”. Los mantenían despiertos porque “ayudaba a salvar vidas”. De paso, les tomaban fotos enmascarados o fingían fellatios con una banana. El juicio sobre esta espiral de decadencia sólo fue militar. Se admitió que “acto criminal” es si lastiman a alguien o lo sitúan en pose sexual. Pero es “procedimiento estándar” tenerlo parado con falsos (o no) cables, atarlo desnudo y encapuchado o con medias en la cabeza. No los hiere: “apenas impide dormir”. Por lo tanto, pocos fueron degradados.”

Esa era la nota. Tim Weiner, Premio Pulitzer, en “Legado de cenizas”, su reciente y documentado libro sobre la CIA desde su creación, anotó que torturar es algo usual. También hoy, más de medio siglo después, la mayoría ignora que su amado presidente John F. Kennedy ordenó asesinar a Lumumba, el gestor de la independencia del Congo. Entre otros. Y procuró eliminar a Fidel Castro. En silencio. Los pueblos aún adoran a JFK. Y  admiran la imagen de la elegante Jackie, su esposa.

Seymour Hersch (un notable periodista ganador del Pulitzer en 1969 por su libro sobre los asesinatos en My Lai, Vietnam) escribió un libro sobre JFK, “The Dark Side of Camelot” (1997). Tras mil entrevistas, dijo que antes de asumir JFK solicitó a la CIA armar un grupo para los asesinatos políticos. Se utilizó el eufemismo de “acción ejecutiva”. Si bien Eisenhower planeaba asesinar a Fidel Castro, Patrice Lumumba y otros, incluso aliados, no lo realizó. Pero los planes siguieron. En 1997 se publicó el antiguo archivo de la CIA “Estudio sobre los asesinatos”, un manual  sobre el arte de asesinar. Con una advertencia: “Ninguna orden de asesinato debe ser escrita o grabada jamás”. JFK usó lo que sabía de la planeada invasión a Cuba para vencer a Nixon, ayudado por las conexiones mafiosas de su padre. Dicen que la mafia arregló las elecciones en Ohio. En todo EE.UU ganó por sólo 100.000 votos. La estructura para “asesinatos como herramientas” se llamó ZR/RIFLE y la CIA arregló que al progresista Lumumba lo asesinara la oposición.

Los sucesores de JFK no fueron mejores. Apoyaron una dictadura tras otra. Kissinger (¡Premio Nobel de la Paz!), el ególatra asesor de Nixon cuando era presidente, anunció en 1975 en el programa de Neustadt que venían días con sangre. La masacre. Propiciada por él, como en 1973 en Chile. Quizá seguía la tesis del escritor Mark Twain: “Los dos días más importantes de tu vida son el que naces y el que descubres por qué”. ¿Para someter a los demás? Cierto. Económica, financiera y militarmente. Los Kissinger del mundo la titulan aún hoy “Real Politik”.

Han usado motivos malinterpretados. La guerra norteamericana y sus invasiones siempre fueron dirigidas contra los más pobres de la tierra, los más vulnerables y fáciles de matar. Aquella foto de la niña llorosa y denuda en Vietnam no logramos olvidarla. Eliminar a quienes intentan cambiar las cosas desde abajo. La excusa con la cual se la disfrazaba durante décadas fue la lucha contra el comunismo. Hoy, al terrorismo.

¿Por qué Macri y Massa, dos candidatos presidenciales, declaran que “los Derechos Humanos son un curro” y “una etapa concluida”. ¿De dónde surgió esto? Fue en 1948 cuando George Cannon, un estratega muerto en 2005 a los 101 años, planificó en un memorándum la teoría que siguen los EE. UU. Apuntó: “Con el 50 % de la riqueza del mundo pero sólo un 6,3 % de su población, no podemos evitar ser objeto de envidias y resentimientos. Debemos idear un patrón de relaciones que permita mantener esta posición de disparidad. Tendremos que dejar a un lado todo sentimentalismo y ensoñación. Y dejar de hablar de objetivos vagos e ideales como los Derechos Humanos, la mejora del nivel de vida o la democratización. Debemos esgrimir conceptos de poder directo. Cuanto menos nos enredemos en eslóganes idealistas, mejor”.  (Fuente: “La historia no contada de los EE.UU”, polémico y veraz documental de diez horas de Oliver Stone, conocido en 2014).

Esto revela quienes asesoran a Massa y a Macri. Si usted, votante, no lo cuestiona, permite a toda la gente que posee el control, el poder y el dinero, permanecer dominante. La lucha por el poder es primordial en los hombres y no van a renunciar a ella. No está en su naturaleza. Lo prueba la historia del escorpión y la rana. Vencer aunque uno muera.

Según Stone, el uso de la bomba con impunidad les dio el derecho de dictar los términos del mundo: “Somos abusones porque tenemos la mayor bomba en la espalda”. No hubo perdón en las intervenciones de la CIA en el planeta. Acotemos: como habría pasado si ganaba Hitler. Es una creación norteamericana la “concentración del poder”. Por eso tienen razón Perón, De Gaulle y la Presidenta: mantener la soberanía.

Sugería el genial pintor inglés Turner que el hombre es un peón de la naturaleza. Podríamos añadirle: y de otros hombres, que lo utilizan. Vive para sobrevivir lo más que puede, aunque sabe que sin haber matado a nadie está condenado a morir. ¿Y mientras tanto? “Cada ser humano posee un mecanismo de negación para sobrevivir. La única manera de sobrevivir es negar, ¿negar qué?: la realidad.” Esto dijo Woddy Allen el pasado noviembre. Parece un retrato de los políticos opositores en la Argentina. Niegan los Derechos Humanos, silencian las torturas de la CIA, callan. Y le suman su odio a la inclusión social.

Piensan anular los planes sociales del gobierno para dar ese dinero a “quienes lo merecemos”. Ignacio Copani escribió una satírica canción, “Con mi plata”, sobre miles que creen que el pobre les quita algo suyo. Todos somos testigos de la letanía infinita de mentiras de los medios hegemónicos. De la CIA ni hablan. Hacen lobby para perdonar a los torturadores locales. Son escasos los Copani, capaces de cuestionar y desafiar a los dueños de la Argentina. Y entre ellos, brillan los jóvenes.

Por Alberto Daneri
Con información de Diario Registrado

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