Gitanos en Neuquén: leyenda,ritos,tradiciones

Dos referentes de la comunidad hablan de la cultura y los orígenes. Cuentan cómo viven, cuál es el rol de la mujer y cómo trabajan.

Felipe Sasma, Yolanda y Jonathan Costich posan para la foto. Al fondo ríe Nancy, la dueña de casa. ©LMN
Felipe Sasma, Yolanda y Jonathan Costich posan para la foto. Al fondo ríe Nancy, la dueña de casa. ©LMN

Llegaron a principios del siglo pasado, escapando de las guerras y el hambre. Dejaron atrás varios países porque ellos no tenían uno en particular. Algunos vinieron de Europa o de la India, donde están los orígenes.

Los gitanos arribaron a Argentina como tantos millones de inmigrantes, pero cuando lo hicieron prometieron no abandonar nunca su cultura y sus tradiciones. En Neuquén, los primeros lo hicieron allá por la década del ‘30. Tal vez antes. Uno de ellos fue Adolfo Costich, también escapando de las grandes guerras.

Él fue el primero que se dedicó a la compra y venta de autos. El negocio le salió tan redondo que otros gitanos comenzaron a imitarlo. “Compramos y vendemos autos porque lo hicieron nuestros antepasados”, asegura Jonathan Costich (56), nieto de Adolfo, que sigue con la tradición de administrar una concesionaria de vehículos en la calle J.J. Lastra, en el Bajo neuquino.

Jonathan recibe a este diario en el living de su casa grande y confortable, donde convive con su esposa y parte de su familia. Tiene tres hijos y seis nietos. Casi todos están cerca, en viviendas aledañas. “Somos muy unidos, como todos los gitanos”, sostiene.

Tan unidos son que cuando alguno se enferma y lo tienen que internar van de a decenas al hospital, aunque no puedan ingresar. Acampan en la vereda a la espera de una noticia. Hacen una suerte de “aguante”. “Es una cuestión de respeto hacia la persona que está enferma”, dice Jonathan.

Pero la unión también se ve reflejada en otras costumbres. “Hasta en las vacaciones”, asegura el hombre, y muestra fotos de un grupo importante de gitanos en Brasil y en las Cataratas del Iguazú. Todos abrazados, felices y sonrientes.

En las cuestiones cotidianas también. Cuando hay asado los fines de semana los comensales no bajan de los cien. ¿Quién paga?  “A veces se hace a la americana u organiza uno y la próxima el otro”, agrega Felipe Sasma, considerado uno de los patriarcas gitanos, que también se suma a la entrevista. Cuando se le consulta la edad, el hombre delgado y de abundante pelo canoso dice “setenta y …”, pero es interrumpido por su yerno Jonathan: “Decí que tenés 88”. Los dos ríen.

La cultura gitana es muy particular y las tradiciones se transmiten de generación en generación.

El romaní (o romanés, pronunciado con una “g” inicial) es lo que caracteriza a todos los gitanos del mundo. Se trata de un dialecto que –se estima– nació hace miles de años en la India y parte de Pakistán, pero que con el correr del tiempo fue enriquecido con palabras de otras lenguas hasta convertirse en un complejo argot imposible de entender.

Cuando nacen los chicos empiezan a hablar los dos idiomas. Es algo natural”, asegura Jonathan. Esa es la forma de comunicarse con sus pares, aunque vivan en otros lugares del mundo. Cuando visitan a parientes que viven en Estados Unidos o Europa, el dialecto los une y no hay ninguna barrera lingüística que los separe.

Asado

Otros rasgos de la cultura gitana son más flexibles. Un ejemplo de ello es la gastronomía. En la casa de los Costich, Nancy es la encargada de cocinar y preparar todo tipo de comidas, algunas enraizadas en las viejas tradiciones, como los “niños envueltos” de carne de cerdo y de vaca cubiertos con hojas de repollo, el pavo al spiedo, o el kebbe (carne cruda mezclada con trigo), plato de la cocina árabe que también fue incorporado a la cultura gitana.

Sin embargo, también consumen pastas en grandes cantidades y el infaltable asado, “el plato más importante”, dice sonriente Jonathan, especialista en el arte de hacer carnes a las brasas o al fuego.

En la ciudad de Neuquén viven alrededor de 4.000 familias gitanas que se dividen en no más de 15 apellidos. Costich, Ianovich y Artich son característicos de la región de sureste de Europa (Croacia, Hungría, Bulgaria, Rumania), aunque también hay algunos con raíces españolas como Juan, Marco, Esteban, Mendoza, Miguel, Barrionuevo y otros de origen griego, como Papadópulos.

Somos gente humilde y trabajadora, que estamos abierta a todo el mundo”, asegura Felipe con la sonrisa reflexiva que tienen los ancianos. Y se lamenta que todavía exista gente que los discrimine por el solo hecho de ser gitanos.

Él, como todos los viejos, tiene la responsabilidad de dar consejos a los más jóvenes. Cuestiones de vida, de amores, de administración de ganancias o venta de autos.

También es el encargado de controlar que esa tradición se prolongue en el tiempo. Y de que los gitanos modernos mantengan viva la historia de aquellas tribus nómades que se extendieron por todo el mundo.

Costumbre intacta

La mujer, con pollera, no con pantalones

La mujer gitana que lleva pañuelo de seda en la cabeza es la casada, según la tradición gitana.

Las mujeres son las únicas que visten de manera distinta a las criollas. Lucen atuendos coloridos, con largas faldas y volados. “Los pantalones no están permitidos”, aclara Jonathan.

Pero el tema de la indumentaria no es el único que tiene limitaciones. Para formar una pareja una mujer gitana tiene que elegir a un hombre gitano.

¿Y si elige a otro?”, pregunta el cronista. “Es imposible. No está permitido”, es la respuesta terminante.

“No secuestramos mujeres, Angie se escapó por amor”

NEUQUÉN

Desde que se desató el escándalo por el noviazgo de una adolescente gitana de Junín, provincia de Buenos Aires, con un joven gitano de Neuquén, Jonathan está ansioso de contar la verdad sobre la tradición y la cultura gitana. “No secuestramos mujeres; ella (Angie) se escapó por amor”, aclara el hombre que es padrino de la pareja.

Después de mucha polémica, la pareja (Angie y Braian) está próxima a casarse y se espera una celebración multitudinaria, como manda la tradición.

Para esa ocasión habrá comida como para alimentar a un batallón, bebida para brindar y festejar hasta el cansancio, recetas típicas y prestadas, asado criollo, cerdos y pavos al espiedo, y música para bailar hasta que salga el sol. “Los gitanos somos divertidos”, agrega Felipe Sasma, el patriarca.

La relación entre jóvenes y viejos es “como la de cualquier criollo”, aunque los ancianos son los que dan consejos a los más jóvenes y también son los que median ante cualquier conflicto.

Si los gitanos de Junín hubiesen tenido un jefe, no hubiera pasado esto”, sostiene Jonathan, quien todavía mastica bronca por lo que pasó. “Las gitanas disparan por amor, no porque hayan sido secuestradas”, agrega Felipe. “Los de allá son de bajo nivel”, retruca Jonathan.

La festividad por el casamiento de Angie y Braian tendrá todos los condimentos que tiene que tener un enlace de estas características. Dicen que para la fiesta vendrán gitanos de todo el país, menos de Junín, de donde son los parientes de la novia. Esos –por heridas que todavía no cierran– no fueron invitados.

La dote

Cómo se negocia un matrimonio

Cuando una joven gitana está enamorada y ese amor es correspondido, le tiene que dar la noticia a su madre. A su padre no, por una cuestión de respeto.

Es la madre la que hablará con su marido para que, a partir de esta comunicación, comience la organización de la boda.

Un grupo de gitanos será el encargado de hablar con el padre del novio, con quien se negociará la dote.

El padre del joven tiene que pagar una determinada suma de dinero, que varía de acuerdo con las regiones y también con algunas características de la joven. Si la mujer no es virgen, la dote es mucho menor.

El dinero que se paga -según explica Jonathan Costich- está destinado a los novios para que tengan una pequeña base monetaria como para empezar su nueva vida.

Por Mario Cippitelli
Con información de LMN

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Los guardianes

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Documental Los guardianes

El escudo invisible. Bajo este lema, el Shin Bet, agencia de servicio secreto del Estado israelí, ha realizado operaciones encubiertas, a menudo con métodos controvertidos, siempre con el objetivo declarado de mantener la seguridad y la paz en Israel. En el documental Los guardianes (The gatekeepers), el realizador israelí Dror Moreh logra reunir el testimonio de seis antiguos miembros de dicha organización, quienes ante la cámara refieren con serenidad e inusitada franqueza las dificultades y peligros de lo que antes fue su oficio. El balance es perturbador. En palabras de uno de ellos, Amy Ayalon, ex comandante naval que dirigió la organización durante cuatro años, la tragedia en el debate sobre la política de seguridad pública es no percatarnos de que seguimos ganando cada batalla, pero al mismo tiempo perdemos la guerra.

Durante casi medio siglo, desde la Guerra de los Seis Días, en 1967, el Shin Bet ha tenido una presencia importante en el conflicto árabe-israelí, estudiando las estrategias de la resistencia palestina, intentado contener sus embates, desactivando en lo posible los ataques terroristas, y planeando estrategias de contraofensiva, siempre bajo el escrutinio de organismos internacionales que suelen cuestionar la legitimidad moral de los métodos utilizados. Cada uno de los ex agentes entrevistados refiere –algunos con orgullo, los más con algo de amargura– la complejidad del asunto. Y su conclusión es elocuente. La mayoría de los dirigentes israelíes no han estado a la altura de las circunstancias y la intransigencia de sus posiciones, aunada a la sangrienta beligerancia de la resistencia palestina, ha minado por completo todo debate político serio y la perspectiva de una solución pacífica. Uno de los antiguos agentes resume así la paradoja: Deseábamos más seguridad, sólo obtuvimos más terror.

Lo valioso en Los guardianes, un documental de factura convencional (sucesión de cabezas parlantes, abigarramiento de datos sobre un conflicto de sí muy complicado) es su recurso a imágenes de archivo que ilustran las etapas más significativas de la guerra interminable, y también la lucidez en el registro de cierta disidencia por parte de esos protagonistas de primera línea que son los ex agentes, quienes sin cuestionar en absoluto el imperativo de la defensa del Estado de Israel, sí critican con severidad los métodos utilizados para lograr ese objetivo, entre ellos el recurso a la tortura.

El espectador sin una sólida información previa puede perderse en la acumulación de datos históricos (sucesivas Intifadas árabes y saldos sangrientos, posturas políticas contrastantes de los ministros israelíes, estrategias militares siempre cambiantes, y un contexto internacional con reacciones controvertidas y complejas). Lo que es irrefutable y queda de manifiesto en el documental es el escepticismo de los protagonistas entrevistados ante la degradación de un conflicto que ven sin salida, y una política de ocupación y expansión territorial por parte del estado de Israel que el ex dirigente del servicio secreto, Ami Ayalon, no vacila en comparar con la ocupación represiva alemana de Polonia durante la Segunda Guerra Mundial.

Los guardianes coloca el acento en los dilemas morales de los entrevistados. Ante la criminalización de la protesta y resistencia palestinas, y el consecuente recurso a respuestas violentas en y desde los territorios ocupados, el Estado recurre a su vez a métodos de disuasión cuestionados, en particular por la arbitrariedad y brutalidad de sus detenciones e interrogatorios. Los ex agentes cuestionan la escasa eficacia de dichos métodos y la pérdida de credibilidad moral de las autoridades israelíes que los instrumentan. Sus testimonios semejan curiosamente a los de protagonistas y mercenarios sobrevivientes de viejas dictaduras militares, algo inquietante aquí tratándose de Israel, un Estado pretendidamente democrático. Imposible no ver una resonancia elocuente de esta situación en ese otro debate que actualmente se da en Estados Unidos con respecto al papel desempeñado por la CIA en su lucha antiterrorista y su afanosa legitimación de la tortura.

Los guardianes no pretende, por su parte, tener la última palabra en el asunto y procura el mayor grado de objetividad posible ante la delicada situación local. Lo estimulante sin embargo es la capacidad de este documental, y con él la de toda una corriente del cine israelí (recuérdese el Vals con Bashir, de Ari Folman), para cuestionar sin candidez ni ilusiones los aspectos más turbios de una realidad histórica dramática y compleja.

Se exhibe en la sala 4 de la Cineteca Nacional.

Por Carlos Bonfil
Con información de: La Jornada

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