Las maletas de los abuelos inmigrantes

©El Patagónico
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Durante el siglo XIX existía un consenso dentro de la élite dirigente de entonces de fomentar la “Inmigración del norte de Europa” ya que se entendía que la incorporación de los inmigrantes extranjeros sería “Un medio de progreso y de cultura para América del Sur” (Alberdi 1952).

Esta idea se complementaba con una serie de medidas de Estado de tipo “publicitarias” tendientes a dar garantías al inmigrante que sus derechos a la propiedad privada, al progreso, al trabajo y a profesar libremente su religión (especialmente cuando los europeos del Norte eran mayoritariamente protestantes).

Así la Constitución de 1853 en su artículo 20 asegura al extranjero el goce de todos los derechos civiles propios del ciudadano, como así también el derecho a adquirir la nacionalidad con solo dos años de residencia en el país.

Por un lado se entendía que la falta de población era un problema serio para el desarrollo de la Nación, y por el otro existía un profundo sentimiento racista en contra del nativo americano, tanto originario, como mestizo.

La élite gobernante de la época consideraba que el pueblo originario, el negro y el mestizo descendiente de la interrelación con el español, que había luchado por su patria en la guerra de emancipación, que había soportado las cargas de caballería de larga guerra civil, no era digno de participar como protagonista del proceso de desarrollo económico que se avecinaba.

Nuestro país había dejado de ser una colonia política española para convertirse en una vergonzante colonia económica británica, entregando todos los factores claves de la economía a la nueva potencia comercial de ultramar.

Ese diseño de un Estado liberal dependiente de la Europa industriosa, que tanto admiraba la clase dominante, veía su broche de oro en el recambio poblacional íntegro, esperando el arribo de holandeses, alemanes, franceses y británicos.

Pero por sobre todas las proyecciones el destino quiso que Argentina recibiera el aporte de nuestros abuelos, en su mayoría italianos, españoles, portugueses, árabes, otomanos, sur eslavos, sudafricanos, y un larguísimo etcétera.

Gente muy trabajadora, para los que el mundo y en especial Europa sólo aseguraba un futuro de padecimientos.

Eran los desposeídos del mundo, las víctimas del nuevo proceso industrial que partían en busca de un sueño. Gente dispuesta a trabajar de sol a sol y a enfrentar el dolor del desarraigo, sólo a cambio de la esperanza de un futuro mejor para sus hijos.

En el censo de 1914 una tercera parte de la población era extranjera y aún faltaba recibir a las oleadas migratorias posteriores a las dos guerras mundiales.

El granero del mundo, que entre 1880 y 1930 creó la Argentina opulenta, fue posible gracias a un ejército de agricultores familiares, medieros, aparceros y arrendatarios de todo tipo que convirtieron la pampa improductiva de los terratenientes de Buenos Aires en campos alambrados, sembrados de lino, trigo, alfalfa y razas finas de ganado vacuno para el frigorífico.

Estos inmigrantes, por quienes sentimos una profunda admiración, fueron capaces de generar trabajo, hacer crecer el país, construir viviendas, organizar sindicatos, cooperativas y mutuales.

Lejos de reemplazar al pueblo originario, a nuestros abuelos de las Provincias Unidas del Río de la Plata, al hermoso pueblo cobrizo nacido en América y descendiente orgulloso del indígena, adoptó como propias sus costumbres, se incorporó a sus familias, adoptó el mate, montó a caballo y defendió como nadie la causa de la gran patria americana.

Pero por sobre todas las cosas nos dejaron un legado imborrable con su ejemplo, pues desde la condición más sencilla inculcaron su fe en el futuro, el valor de la palabra, la rectitud, el esfuerzo, el ahorro y el valor de la educación.

Ha pasado ya un siglo desde que nuestros abuelos arribaran al país y se juntaran con la otra rama de la familia ciento por ciento americana y todavía estamos aquí llevando orgullosos los apellidos de aquella generación de luchadores.

Pero, ¿hemos sido dignos herederos de nuestros ancestros?

Cuando vemos nuestra realidad vemos que hay dos tipos bien diferenciados de argentinos.

Un sector trabajador y laborioso, que puede ser rico o pobre pero cree en el futuro, en sus instituciones y en los logros culturales, deportivos y científicos colectivos de su patria. Gente que apuesta a los valores, lucha contra la desocupación, que protege a la familia, que ha capitalizado y mejorado la herencia cultural de sus abuelos.

Y otro sector que bebe el mensaje de la derrota, deja de estudiar, reniega del trabajo, prefiere el camino de la delincuencia porque se alimenta del mensaje degradante de la televisión norteamericana.

El primer grupo honra todos los días la memoria de sus ancestros. Pero también demanda de sus dirigentes compromiso, eficacia, eficiencia, liderazgo para un proceso de cambio que nos lleve poco a poco a vivir mejor.

El segundo grupo disfruta de quedarse donde está, se suma a la declamación de derechos sin cumplir con sus deberes, reniegan de la máxima de Perón que exige que cada cual “produzca al menos lo que consume” y se alinea atrás de los que les aseguran la inmovilidad y el desorden.

Cada mañana cuando despertamos decidimos con nuestros pensamientos y nuestras acciones si fuimos dignos de recibir aquello que vino de las maletas de nuestros abuelos.

Por Carlos Jurich
Con información de El Patagónico

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