Preguntas incómodas ahora que llueven bombas sobre Gaza

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Preguntas incómodas para estas horas que siguen lloviendo bombas sobre Gaza

¿Por qué el Papa Francisco no se decide viajar a Gaza y se ofrece como escudo protector de esa población mártir, a fin de intentar detener la mano del monstruo sionista? Digo, es un decir, porque supongo que Su Santidad no tendrá dudas que allí están asesinando a lo más sagrado de esta humanidad que son los niños y niñas inocentes, esas palomas blancas muy parecidas a la imagen de los ángeles que la Iglesia Católica Apostólica y Romana tanto idolatra. Como diría el trovador venezolano Alí Primera, hay momentos en que “no basta rezar”. Y esta es una de esas ocasiones.

¿Por qué Vladimir Putin y Xi Jinping, los hombres fuertes de Rusia y de China, tan preocupados en los negocios del BRICS, no se deciden a jugar con todo en el tablero internacional y apuestan a detener los bombardeos del Estado Terrorista de Israel? Todos y todas sabemos que ELLOS sí pueden hacerlo, y que el mundo que quiere la paz en serio, se los agradecería. Digo, es un decir, ya que tienen el poderío suficiente como para señalarle con firmeza a Mister Obama (padre político y militar de Israel) que es necesario detener el genocidio del pueblo palestino.

¿Por qué algunas Cancillerías, entre ellas la de Argentina, siguen en silencio frente al horror provocado por Israel contra Palestina? ¿Qué intereses se mueven para que no se puedan condenar estos hechos criminales, como ya lo han hecho con gran valentía y ética, presidentes como Evo Morales, Raúl Castro, Nicolás Maduro, Rafael Correa, Daniel Ortega, y otros de los países adscriptos al ALBA. O sin ir muy lejos: ¿Por qué los parlamentos que no lo han hecho, imitan al Senado chileno que por unanimidad le pidió a Michelle Bachelet que expulse al embajador israelí?. Repregunto: ¿Por qué de una buena vez no rompemos relaciones a nivel latinoamericano con un gobierno que avala legalmente la tortura y cuyos dirigentes más encumbrados señalan que van a seguir su campaña militar asesina (“hasta que no quede un árabe vivo”, les falta decir, aunque lo piensan)

¿Por qué se sigue sosteniendo un organismo tan desprestigiado como las Naciones Unidas, cuando es archisabido que tanto Estados Unidos como Israel actúan en ese ámbito con total impunidad, no cumplen ninguna de sus recomendaciones y se burlan de sus dictámenes? De esta manera, las mal llamadas Naciones “Unidas” se han convertido en el brazo multinacional de mayor complicidad, por acción u omisión, con el Holocausto palestino.

¿Por qué cada uno de los jerarcas, reyezuelos, mandamases y demás especies de burócratas y millonarios árabes que componen la Liga del mismo nombre, no se dejan de “dar recomendaciones”, “firmar manifiestos” y organizar reuniones VIPS, y donan un mísero 10 por ciento de sus fortunas para comprar y enviar medicamentos, vendas, suero, quirófanos, para que los heroicos médicos de Gaza puedan seguir luchando -mejor equipados- contra la muerte sionista que viene del cielo? ¿O por qué, sin ir más lejos, no respaldan militarmente al pueblo palestino que enfrenta desarmado a un gigante bélico? Digo, es un decir, porque por lo demás, todos estos capitostes de la Liga ofenden a la racionalidad y el sentido común, con tanta cháchara sin sentido.

¿Por qué cada uno de estos mismos gobernantes árabes no cumple a rajatabla el boicot político, económico y académicos que se decidiera en anteriores oportunidades contra Israel, de la misma manera que en su momento se realizara -por parte de algunos países del mundo- contra el gobierno racista de Sudáfrica? Es bien sabido que el sionismo ya ha superado con creces las “hazañas” etnocidas del nazismo y el apartheid de los bóers sudafricanos.

¿Por qué el “Presidente” de la Autoridad Nacional Palestina, Mahmoud Abbas, si realmente siente lo que le está ocurriendo a su pueblo, no se desprende por una vez sus elegantes trajes y corbatas, se deja de coquetear con los poderosos o de congeniar -como lo ha hecho repetidamente- en tiempo de “paz” con los asesinos sionistas, y se suma, humildemente, en Gaza, allí donde las bombas de Netanyahu caen cada 4 minutos, a las brigadas de rescate de los centenares de muertos y heridos? Seguramente, de esa manera, ganaría en coherencia y en prestigio el cargo “vitalicio” que ostenta.

¿Por qué la gran mayoría de las colectividades judías de cada uno de nuestros países apoyan descaradamente el proceder terrorista del Estado sionista y no se animan a cuestionar métodos y acciones que son idénticas a las aplicadas por quienes enviaron a sus padres y abuelos a los campos de exterminio? ¿Cómo es posible, que salvo honrosas excepciones individuales, esos organismos comunitarios incentiven con total impunidad el adoctrinamiento de sus jóvenes en el odio contra el pueblo palestino, de la misma manera que lo hacen sus similares en Israel? ¿Qué diferencia hay entre estos procederes locales y el de aquellos israelíes que todas las noches festejan la caída de las bombas mortíferas en Gaza, desde la colina de Sderot, o el de esas maestras sionistas que llevan a sus alumnos a los cuarteles del ejército para que les entreguen regalos a los pilotos que arrojarán bombas de fósforo a otros niños como ellos?

¿Por qué los ciudadanos de cada uno de nuestros países no nos movilizamos por cientos de miles para frenar esta tragedia continua provocada por Israel? ¿Cómo podemos permanecer impávidos ante las imágenes de niños y niñas calcinadas por las bombas arrojadas por los aviones israelíes, o las de familias enteras arrasadas por la muerte, o de viviendas una y diez veces destrozadas, de hospitales desbordados y médicos exhaustos e impotentes ante tanto dolor? Es cierto que la parte más consciente de la población no se sumerge en la quietud y se manifiesta contra la criminalidad sionista, pero qué pasa con el resto, esos millones de personas que parecen anestesiadas por el consumismo y la banalidad y no alcanzan a darse cuenta que de esta misma manera empezó el nazismo. Si dejamos que el martirio de Gaza continúe, “porque eso no va conmigo” o “porque Palestina me queda lejos”, estamos abonando en cada uno de los rincones del planeta las bases de sociedades insensibles y despojadas de todo humanismo. ¿Queremos eso para nuestros hijos y nietos? Si no es así, asumamos un compromiso real con la paz y gritemos bien fuerte: ahora más que nunca “todos somos palestinos y palestinas”.

Por Carlos Aznárez
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La responsabilidad de Washington en Gaza

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Ayer, pocas horas antes de que las fuerzas israelíes asesinaran a cuatro niños que jugaban futbol en una playa de Gaza, una comisión del senado estadunidense aprobó una partida de 622 millones de dólares para financiar sistemas de defensa de Israel; esto en el contexto de una ayuda militar global de Washington a Tel Aviv que asciende, en el presente año fiscal, a 3 mil 600 millones de dólares. Para el próximo periodo el gobierno de Barack Obama ha solicitado una suma similar. De acuerdo con un reportaje publicado ayer en estas páginas, las cifras indican que el mandatario ha mantenido e incrementado la asistencia militar pactada en 2007 por su antecesor, George W. Bush, quien se comprometió a aportar a las autoridades de israelíes 30 mil millones de dólares en 10 años para la adquisición de equipo bélico, en lo que llamó una “inversión en la paz” (La Jornada, 16/7/14, p. 27).

En realidad, tal inversión ha dejado hasta la fecha un saldo de cerca de 2 mil muertos y más de 6 mil heridos (parte importante de ellos, civiles), así como miles de viviendas y edificios demolidos sólo en los ataques masivos lanzados por el régimen de Tel Aviv contra la población de Gaza en 2008, 2009, 2012 y el presente año. En efecto, los cazabombarderos y los helicópteros de guerra empleados por los militares israelíes contra civiles inermes son, invariablemente, de fabricación estadunidense, como lo son, en parte, los explosivos (unas mil 500 toneladas de bombas) y las municiones lanzadas sobre los habitantes de Gaza.

En contraste con la total indefensión de los palestinos, el gobierno de Estados Unidos aporta centenas de millones de dólares para el desarrollo de un sistema israelí “antimisiles” destinado a atajar proyectiles rudimentarios lanzados desde la franja de Gaza que en una década han causado la muerte a una treintena de israelíes, civiles en su mayor parte.

En tales circunstancias, resulta inocultable la doble moral de Washington: por un lado, la Casa Blanca –esté habitada por republicanos o demócratas– habla de “ayudar a la paz” mientras despacha envíos masivos de armas a Israel; por el otro, invierte sumas estratosféricas en sistemas de intercepción para cohetes carentes de valor militar y con una capacidad destructiva casi simbólica –sistemáticamente presentados en los medios occidentales como una grave amenaza a los habitantes del Estado judío–, pero dota al régimen de Tel Aviv de aeronaves y de materiales bélicos con tecnología de punta y un poder devastador.

Es significativo, por cierto, que a pesar de la pregonada “inteligencia” de las armas israelíes (o estadunidenses) y de las declaraciones de los gobernantes de Tel Aviv de que no buscan matar a civiles inocentes, cuatro niños muertos fueron ultimados ayer en una playa de Gaza en presencia de periodistas internacionales, y todos los testimonios coinciden en afirmar que no había manera de confundirlos con combatientes ni con “escudos humanos”.

Así pues, el gobierno de Estados Unidos es inocultablemente corresponsable y cómplice de los crímenes de guerra que se están cometiendo contra la población de Gaza y no tiene autoridad moral alguna para presentarse como promotor de paz en un conflicto en el que es, de hecho, parte beligerante, y en el cual los agresores realizan una permanente siembra de rencores y de odios. Con estos hechos en mente, no deja de resultar paradójico que en ocasiones los funcionarios de Washington se digan sorprendidos por la virulencia antiestadunidense que adquieren diversas organizaciones fundamentalistas árabes e islámicas, cuando esa virulencia ha sido sistemáticamente alimentada durante décadas por la propia superpotencia.

Con información de : La Jornada

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