A 150 años de la Primera Internacional

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Samir Amin publicó recientemente en Monthly Review (volumen 66, número 2, junio de 2014) un extenso artículo con un título muy sugerente: “Popular movements toward socialism: their unity and diversity” (Movimientos populares hacia el socialismo: su unidad y diversidad). El artículo, en sí mismo, es interesante y casi se empata con un emblemático aniversario de la Primera Internacional o Asociación Internacional de los Trabajadores (AIT).

En dicho artículo escribió que Marx, en la resolución (sic) de fundación de la AIT, señaló que “la tarea de la Internacional es generalizar y unificar los movimientos espontáneos de la clase obrera, pero no prescribir a favor o imponerles cualquier sistema doctrinal”. Y más adelante el autor añadió que Marx propuso un principio fundamental al que se adhiere: “aceptar y reconocer la diversidad, actuar para reforzar la unidad en la lucha.” De la cita de Marx, Amin no da fuentes, pero quiero pensar que al decir “resolución” en realidad se refería al Manifiesto inaugural de la Asociación Internacional de Trabajadores, redactado por Marx y expuesto el 28 de septiembre de 1864. Sin embargo, según mis fuentes, Marx nunca habló expresamente de movimientos espontáneos de la clase obrera sino de movimientos aislados y con frecuencia sin dirección, razón por la cual solían ser derrotados.

Lo que Marx dijo en el Manifiesto inaugural fue: “ La conquista del poder político ha venido a ser, por lo tanto, el gran deber de la clase obrera. Así parece haberlo comprendido ésta, pues en Inglaterra, en Alemania, en Italia y en Francia, se han visto renacer simultáneamente estas aspiraciones y se han hecho esfuerzos simultáneos para reorganizar políticamente el partido de los obreros. La clase obrera posee ya un elemento de triunfo: el número. Pero el número no pesa en la balanza si no está unido por la asociación y guiado por el saber. La experiencia del pasado nos enseña cómo el olvido de los lazos fraternales que deben existir entre los trabajadores de los diferentes países y que deben incitarles a sostenerse unos a otros en todas sus luchas por la emancipación, es castigado con la derrota común de sus esfuerzos aislados” (las cursivas son mías).

Marx aceptaba que la Internacional estuviera compuesta por diferentes tipos de organizaciones. De hecho participaron tradeunionistas, lassalleanos, proudhonianos y anarquistas, pero siempre insistió en que, si bien debían actuar en cada lugar y circunstancia de acuerdo con sus posibilidades, la idea de la Internacional era coordinar sus acciones en una lógica de unidad y coherencia. Más bien fue Bakunin el que insistía, en 1868, en que todos los movimientos en cada país debían tener libertad absoluta sin recibir orientación alguna de un grupo central, en clara alusión al Consejo General de la Internacional, en el que Marx tenía una gran influencia. De ahí una de las grandes diferencias entre Marx y Bakunin, diferencias tan grandes que el primero prefirió la desaparición de la Internacional antes que dejarla en manos de los anarquistas. Sobra decir, por obvio, que Bakunin estaba en contra de la conquista del poder político de los trabajadores, que para Marx, Engels y varios de sus seguidores era y sigue siendo fundamental.

En tanto Bakunin, como también los proudhonianos, estaba en contra de los partidos, para Marx y Engels el partido era muy importante. En el Congreso de La Haya de 1872, encabezado por estos últimos, y en el que se dio una fuerte lucha contra el anarquismo, se introdujo un añadido a los Estatutos de la AIT:

“Artículo 7. a. En su lucha contra el poder colectivo de las clases poseedoras, el proletariado no puede actuar como clase sino constituyéndose él mismo en partido político propio y opuesto a todos los antiguos partidos formados por las clases poseedoras. Esta constitución del proletariado en partido político es indispensable para asegurar el triunfo de la revolución social y el logro de su fin supremo: la abolición de las clases”. Con estos acuerdos en el congreso de La Haya se establecieron las bases para la creación de partidos políticos de la clase obrera en contra de sus enemigos de clase.

En sus pocos años de vida la Primera Internacional evolucionó de una difusa coordinación de los movimientos aislados de los trabajadores a la propuesta directa de constituir partidos políticos para luchar por el poder de manera no sólo unida sino organizada. Es decir, partidos de clase como sinónimo de unidad y una dirección que los guíe (la que Lenin, años después, llamaría la dirección de los más capaces y experimentados en las luchas de los trabajadores).

Aunque la orientación de Amin en su artículo va en un sentido distinto al que yo sostendría, podría estar de acuerdo con él, sobre todo en estos tiempos del siglo XXI, en que los partidos políticos autodenominados de izquierda deben “aceptar y reconocer la diversidad [y] actuar para reforzar la unidad en la lucha…” por el socialismo, añado.

PD: Quiero agradecer a amigos y lectores sus expresiones de solidaridad y afecto con motivo de un inesperado quebranto de mi salud. Con ciertos cuidados, aquí sigo.

Por Octavio Rodríguez Araujo

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El sufismo y sus orígenes

Sufismo es el camino que siguen los sufíes para llegar a la verdad, a Dios. Mientras que este término se utiliza por lo general para expresar el aspecto teórico o filosófico de esta búsqueda, el aspecto físico o práctico se describe con frecuencia como «ser un derviche».

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¿QUÉ ES EL SUFISMO? *

El sufismo se ha definido de muchas maneras. Para algunos es la aniquilación que Dios produce en el ego, voluntad y egocentrismo del individuo para luego revivirlo espiritualmente con las luces de Su Esencia. El resultado de esta transformación es que Dios dirige la voluntad del individuo según Su Voluntad. Para otros, es el intento continuo de purificar a la persona de todo aquello que es erróneo o maligno para así obtener la virtud.

Yunaid al-Bagdadi (m. 910), un célebre maestro sufí, definía el sufismo como un método que propicia la «aniquilación personal en Dios» (fanafi’llah) y la «permanencia o subsistencia con Dios» (baqabi’llah). Shibli lo resume como estar siempre con Dios o en Su presencia, de forma que ya no se pretenda otro objetivo de este mundo o del Otro. Abu Muhammad Yarir lo describe como resistirse al «yo carnal» y a las malas cualidades para adquirir cualidades morales dignas de todo elogio.

Otros describen el sufismo como el llegar a ver detrás de lo «externo» o de la apariencia superficial de las cosas y los acontecimientos, y como la interpretación de todo lo que ocurre en el mundo como estando relacionado con Dios. Esto significa que la gente considera cada acto de Dios como una ventana a través de la cual pueden «verlo» a Él y así viven sus vidas como un esfuerzo continuo para «verlo» −un «ver» profundo y espiritual que no puede describirse en términos físicos− además de como una conciencia profunda de estar en todo momento siendo observados por Él.

Estas definiciones pueden resumirse de la siguiente manera: sufismo es el camino que siguen aquellas personas que, al haber podido librarse de los vicios y las debilidades humanas con el fin de obtener cualidades angélicas y una conducta que agrade a Dios, viven según las exigencias del conocimiento y del amor a Dios, y experimentan el deleite espiritual que todo ello produce.

El sufismo está basado en cumplir con las reglas más «triviales» de la shari’a para así acceder a su significado más profundo. Un iniciado o viajero del camino (salik) jamás separa la observancia externa de la shari’a de su dimensión interna y, en consecuencia, cumple con todas las exigencias de las dimensiones externas e internas del Islam. Al hacerlo, esta persona viaja hacia su objetivo con una humildad y una sumisión absolutas.

Al ser el sufismo un camino exigente que lleva al conocimiento de Dios, no deja lugar a la frivolidad o la negligencia. Exige al iniciado un esfuerzo continuo −como la abeja que vuela de la colmena a las flores y de éstas de nuevo a la colmena− para poder obtener este conocimiento. El iniciado debe purificar el corazón de todo tipo de apego; tiene que resistirse a las tentaciones de la carne, a los deseos y a los apetitos; y debe vivir de manera que refleje el conocimiento con el que Dios ha iluminado y revivificado el corazón, siempre dispuesto a recibir las bendiciones y la inspiración divinas, además de seguir con toda minuciosidad el ejemplo del profeta Muhammad. Convencido de que la vinculación y el apego a Dios son el mérito y el honor más elevados, el iniciado renuncia a sus propios deseos para cumplir con las exigencias de Dios, de la Verdad.

El sufismo exige el estricto cumplimiento de las obligaciones religiosas, un estilo de vida austero y la renuncia a los deseos de la carne. Gracias a este método de autodisciplina espiritual, el corazón de la persona se purifica y sus sentidos y capacidades se utilizan en nombre de Dios, lo cual significa que el viajero ya solo vive en un nivel espiritual.

El sufismo permite que los individuos, gracias a la adoración constante de Dios, profundicen en su propia conciencia como devotos Suyos. Al renunciar a este mundo material transitorio, al igual que a los deseos y emociones que produce, despiertan a la realidad del Más Allá que les muestra los Nombres Más Hermosos de Dios. El sufismo permite que los individuos desarrollen la dimensión moral de su existencia y permite que experimenten una convicción personal fuerte y sincera de todos aquellos artículos de la fe que antes aceptaban de forma meramente superficial.

Por Fethullah Gülen
Con información de Sufismo y Metafísica

* Este artículo apareció por primera vez en Emerald Hills of the Heart: Key Concepts in the Practice of Sufism. Vol. 1, The Light, Inc., Nueva Jersey, 2004, Edición revisada.

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