Memoria de Al Mutanabbi

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La prepotente cultura occidental cristiana olvida siempre que gracias a los pueblos árabes se salvó el incalculablemente rico tesoro del pensamiento griego y grecolatino. Córdova fue la capital intelectual de la península ibérica y, junto con Bagdad, guardó celosamente los manuscritos de la Antigüedad clásica y sentó las bases de la cultura islámica. La lista de filósofos, científicos, médicos, especialistas en hidráulica, arquitectos, pedagogos e historiadores que dieron una resplandeciente vida intelectual a Córdova es impresionante. Los occidentales soslayan estos hechos culturales y, con soberbia imperialista, califican de bárbaros e incultos a los pueblos que vienen de la tradición cultural islámica.

Sigo con mi homenaje al poeta nacional de la lengua árabe, Al Mutanabbi. Consiste en dos poemas que intentan recuperar algunos de los temas del Diván del gran poeta.

Variaciones sobre una “Mujtathth”
de Al-Sharif Al-Radi

Pasaré la noche con el inmenso desierto
que hay entre mí y el estar contigo.

Era el tiempo en que se nos abría el paraíso
en todos los minutos del día.
Días de minutos largos,
de palabras recién conocidas.
El ojo de la magia les daba una iluminación irrepetible.
Y sucedió después que el paraíso era un engaño de la luz,
que a los amigos les bastaba un segundo para morirse,
que los amores llevaban dentro una almendra agria.

En la noche el paraíso sigue abriendo su rendija,
un fantasma de la luz,
el que hace que los amigos estén siempre aquí,
que los amores se conformen con su almendra agria,
que el corazón no rompa a aullar en la montaña.

*********

Esa noche escuchamos el graznido de los cuervos del destino presagiando la partida.
Esa noche que, aunque siendo de verano, nos impidió pasar las horas en el terrado
escuchando la voz del poeta joven.
Esa noche los lobos anduvieron cerca de la casa y al inicio de la madrugada
las flechas sombrías se clavaron en la puerta.
Se escuchó el gemido de las gacelas perseguidas por la sombra
y se agrió la leche en los pechos de las madres.
Rodearon los presagios el lecho de la madrugada y el nuevo día nació llorando.
El viento dijo que la separación se acercaba a la puerta.

Los cuervos no graznaron en vano:
antes de que el sol descubriera una pequeña parte de su rostro la casa quedó vacía.
Desde el terrado te vi correr hacia la montaña. Se fue perdiendo la música de tus ajorcas.

Ahora la pena ocupa nuestro lecho.

Cómo encontrar reposo durmiendo sobre los guijarros de la soledad no deseada.

Cómo vivir con la certidumbre de que la ausencia ha puesto sitio a nuestra casa
ya en sombra.

Por Hugo Gutiérrez Vega
Con información de : Bazar de Asombros

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La mujer y sus veinte hijos – Cuento Sufí

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Había una mujer que, cada año, daba a luz un hijo. Pero siempre moría el niño al cabo de seis meses, cuando no al cabo de tres. Como su último recién nacido acababa también de morir, dirigió a Dios esta plegaria:

“¡Oh, Dios mío! ¡Este niño es un fardo para mí durante nueve meses y lo pierdo al cabo de tres meses. Así, los favores que me ofreces se transforman en tormentos!”

La pobre mujer iba también a expresar su pena ante los hombres de Dios:

“Mis veinte hijos han muerto todos, uno tras otro, y el fuego de la separación ha quemado siempre mi corazón.”

Pues bien, una noche, tuvo un sueño: vio el paraíso, jardín eterno y perfecto. Digo un jardín a falta de otra palabra. Desde luego, el paraíso es indescriptible, pero el jardín es una imagen suya.

En resumen, esta mujer soñaba con el paraíso. Y allí vio un palacio a la entrada del cual estaba grabado su nombre. Se llenó ella de gozo y oyó una voz que le decía:

“Este palacio se ofrece a quien es capaz de sacrificar su alma a Dios. Para merecer tal favor, hay que servir durante mucho tiempo. Tú empiezas a ser mayor, pero nunca te has refugiado en Dios y por eso es por lo que has sufrido todas estas pruebas.”

La mujer dijo entonces:

“¡Oh, señor! ¡Deseo muchos años más como los que he vivido! ¡Que yo me ahogue en la sangre!”

Después paseó por este jardín y, de pronto, encontró allí a sus propios hijos. Entonces gritó:

“¡Oh, Señor! Mis hijos estaban ocultos a mis ojos, pero no a los tuyos. ¡El que no puede ver lo Desconocido no merece ser llamado Hombre!”

Tú no deseas que sangre tu nariz. Sin embargo, sangra y la sangre que corre mejora tu salud. El fruto tiene una piel dura, pero su carne es sabrosa. Sabe que el cuerpo es tu piel. Tu alma, que está encerrada vale mucho más. El interior del hombre es lo más hermoso que hay. Así que ¡busca esa belleza!.

Por Yalal Al-Din Rumi

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