La paz,entreacto entre dos guerras – Por Moro

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En los tiempos que nos toca vivir, vemos casi con normalidad hechos violentos de todo tipo, saqueos, violaciones, asesinatos, ataques a niños por parte de pederastas de todo color, credo y religión, y siempre que ocurran en otras latitudes, o a un vecino lejano, lo tomamos como un hecho anecdótico, sin darnos cuenta que siempre estamos en guerra con el medio que nos rodea, y que en cualquier momento nos puede tener como protagonistas, como víctimas … o como victimarios.

Nos pronunciamos por lo general en contra de la guerra “convencional”, que no es otra cosa que la reacción lógica ante el atropello de un otro. Lo vemos en Ucrania por la puja de poderes, lo vemos en la sufrida Palestina tratándo de liberarse del pesado yugo sionista, en México con las milicias que luchan contra el narcotráfico y la violencia diaria, en casi todo el Tercer Mundo tratando de sacudirse al FMI. En definitiva, el factor común a todos es, la miseria y detritos que genera el N.O.M.

Mucho se ha hablado en contra de la guerra. Pero evidentemente no todo es negativo en ella. Es en la lucha donde se remueven las más profundas vetas de la personalidad de los pueblos; es en la lucha donde aflora lo mejor de sus valores y lo peor de sus defectos; es en el momento supremo del «ser o no ser» cuando se ve lo que en realidad contiene un pueblo y lo que guarda celosamente como tesoro no de todos los días.

(No puedo dejar de retrotraerme a aquella vieja imagen del niño palestino armado con una piedra, haciendo frente a un tanque sionista, sin importarle su integridad física. Tanto así es la bronca y dolor provocados por la inhumana, injusta y violenta ocupación).

Más antiguo que el deseo de paz es el deseo de guerra. Paz es cesación de lucha; paz es el reverso de un estado exacerbado de actividad y combate por la existencia. La ausencia de lucha es la «paz», es decir, paz es falta de algo. Todo lo que vive, lucha. La guerra es una amplificación gigantesca del espíritu de los pueblos y de los hombres, en la que afloran vivencias ocultas. En ella no solamente hay el significado de un conflicto entre dos gobiernos o entre dos pueblos: hay también significados más profundos e invisibles; quizá por eso es una necesidad esporádica de los pueblos y de la humanidad misma. No simplemente por un capricho irreflexivo, sino por una necesidad potente y misteriosa, es por lo que grandes masas de hombres en la plenitud de su existencia salen al encuentro de la muerte.

Lo hemos visto en todos los estadios de la historia, desde la más antigua hasta la más reciente. Es una cualidad innata y potencial en el hombre.

Paradójicamente, pese a sus cenizas de destrucción, la guerra es también creadora. No fueron los reposados y sabios senadores los que forjaron el Imperio Romano, sino la espada de César y el empuje de sus legiones; no fueron sólo los siete sabios de Grecia los que hicieron de Grecia el corazón de una época y de una civilización, sino el arrojo espartano de sus guerreros.

Los pueblos crecen y se hacen grandes y maduros al golpe de sus luchas a través de la historia. Y esa lucha es dolorosa, pero inevitable y sagrada; es la que va forjando el futuro por más que pacifistas de etiqueta y sabios de salón se empeñen en hacer un mundo sin guerras. En la naturaleza todo es lucha y el hombre no puede sustraerse de la vida superior de la cual es apenas trasunto y brizna.

En el campo de batalla se descorre toda cortina de diplomacia; dejan de ser válidas las apariencias, la palabrería insidiosa y el doblez político y sólo queda en pie la profunda y auténtica voluntad de la lucha, el peso de la convicción, el valor del sacrificio para morir por lo que se proclama.

Ahí sólo rige la entereza de marchar hasta el final; ahí se esfuma lo que era apariencia vocinglera y se libera de ropajes engañosos lo que era auténtica realidad.

Allí es donde realmente aflora la naturaleza del hombre: su arrojo o su cobardía, su altruismo o su mezquindad, su hombría de bien o su malicia … su verdadero ser!.

Los argentinos, en nuestra última guerra “convencional”, hemos tenido sobradas muestras de ello. Basta nombrarlos tan sólo para que el pecho se hinche de orgullo y emoción: El Capitán de Fragata infantería de marina (post-mortem Cruz al Heroico Valor en Combate) Pedro Edgardo Giachino, el Teniente 1ro Roberto Estevez (post-mortem Cruz al Heroico Valor en Combate) , Teniente (PM) Oscar Silva, Sargento 1ro (PM) Mario Cisnero y todos aquellos combatientes que dejaron su vida, su juventud y sus sueños en el suelo malvinero. Honor y Gloria para todos y cada uno de ellos!.

Por más que los intelectuales se empeñen abstractamente en afirmar lo contrario, la fuerza de las armas en guerra es un hecho solemne e incontrastable; siniestro, pero grandioso. Que los países desarmados hablen de pacifismo vestidos de frac y que ensalcen el derecho internacional, como el máximo coordinador entre los pueblos, es tan explicable como que el gusano menosprecie la rapacidad del águila y como que el haragán adule a los que puedan arrojarle algunas migajas.

Pero todo pueblo con sanos instintos no rehuye jamás el sacrificio de la lucha suprema para asegurar sus derechos que ninguna ley internacional le garantiza. Así ha ocurrido en toda la historia de la humanidad.

Para los pueblos jóvenes y fuertes la guerra siempre ha sido siniestra, pero honrosa; sombría y trágica hasta el extremo de la miseria y de la muerte, pero gloriosa hasta el sacrificio o el brillar de la victoria. En ella el hombre se encara ante la muerte no por el camino desfalleciente de la enfermedad, ni por el apacible sendero de la vejez, sino por la puerta luminosa de un ideal que trasciende los límites personales del individuo y de una generación y vive en los individuos y en las generaciones que aún están por llegar.

A pesar de los pacifistas sinceros o hipócritas —y de los representantes de una época debilitada y en proceso de desintegración— seguirá imperando el relámpago de la espada como signo que escriba en el firmamento de los siglos la historia profunda y arcana de las culturas.

El Conde de Keyserling precisa en «La Vida Íntima»:

«Desde el punto de vista de la vida terrestre, el derrotista no vale nunca nada —y la vida de los pueblos es sólo terrestre—. Quien no admite el principio de la conquista y de la supresión del derecho vigente, rehúsa ipso facto admitir el progreso; de lo que se deduce desgraciadamente, que es para siempre imposible abolir la guerra, pues siempre habrá momentos en que sólo el empleo de la fuerza permitirá romper los estatismos caducos o contrarios al instinto vital de una nación dada».

No es por casualidad, ni por caprichos del azar, por lo que tantos hombres han percibido esa dolorosa grandeza de la guerra.

«Deben amar la paz como un medio de guerras nuevas, y la paz corta mejor que la larga. Que el trabajo de ustedes sea una lucha, ¡que su paz sea una victoria!… No su piedad, su bravura es la que salvó hasta el presente a los náufragos», dice Nietzsche en Así Habló Zaratustra.

Y añade en El Crepúsculo de los Dioses:

«Los pueblos que han tenido algún valor no lo han ganado con instituciones liberales; el gran peligro los hizo dignos de respeto».

El Dr. Gustavo Le Bon, en «La Civilización de los Árabes», reconoce la grandeza de las fuerzas que en el choque de las guerras van fraguando la silueta de los pueblos:

«Se ha de ser cazador o caza, vencedor o vencido. La humanidad ha entrado en una edad de hierro en la cual todo lo débil ha de perecer fatalmente… Los principios de derecho teórico, expuestos en los libros, no han servido jamás de guía a los pueblos; y la historia nos enseña que los únicos principios que han obtenido el respeto son aquellos que se hacen prevalecer con las armas en las manos».

Contestando un folleto pacifista del Instituto de Derecho Internacional von Moltke dijo:

«La paz perpetua es un sueño, y ni siquiera un sueño hermoso. La guerra forma parte del orden universal creado por Dios y en ella se desarrollan las más nobles virtudes del hombre: el valor, el espíritu de sacrificio, la lealtad y la ofrenda de la propia vida. Sin la guerra el mundo se hundiría en el fango del materialismo».

Juan Fichte, en Discursos a la Nación Alemana, habló del poder aglutinante de la guerra:

«Se llega a la unidad perfecta cuando cada miembro mira como suyo propio el destino de los demás. Cada cual sabrá que se debe enteramente al todo y que con él será feliz y sufrirá… Sólo reposan los que no se sienten bastante fuertes para luchar».

Oswaldo Spengler, en Años Decisivos:

«Muy pocos soportan una larga guerra sin que su alma se corrompa; nadie una larga paz… La lucha es el hecho primordial de la vida, es la vida misma, y ni siquiera el más lamentable pacifista consigue destruir, desterrar de su alma el placer que despierta. Por lo menos teóricamente quisieran combatir y aniquilar a los adversarios del pacifismo».

Y Spengler mismo añade, en Decadencia de Occidente:

«La guerra es la creadora de todas las cosas grandes. Todo lo importante y significativo en el torrente de la vida nació de la victoria y de la derrota… Los derechos del hombre, la libertad y la igualdad son literatura, pura abstracción y no hechos. El pensamiento puro, orientado hacia sí mismo, ha sido siempre enemigo de la vida, y por tanto, hostil a la historia, antiguerrero, sin raza. Antes muerto que esclavo, dice un viejo proverbio aldeano de Frisia. Lo contrario justamente es el lema de toda civilización postrera… La vida es dura, si ha de ser grande. Sólo admite elección entre victoria y derrota, no entre paz y guerra. Toda victoria hace víctimas. Sólo es literatura la que, lamentándose, acompaña los acontecimientos… La guerra es la política primordial de todo viviente, hasta el grado de que en el fondo lucha y vida son una misma cosa y el ser se extingue cuando se extingue la voluntad de la lucha. »

La raza es algo cósmico, una dirección, la sensación de unos signos concordantes, la marcha por la historia con igual curso y los mismos pasos. Y de una idéntica pulsación nace el amor real… Contemplad una bandada de pájaros volando en el éter; ved cómo asciende siempre en la misma forma, cómo torna, cómo planea y baja, cómo va a perderse en la lejanía; y sentiréis la exactitud vegetativa, el tono objetivo, el carácter colectivo de ese movimiento complejo, que no necesita el puente de la intelección para unir el yo con el tú… Así se forja la unidad profunda de un regimiento cuando se precipita como una tromba contra el fuego enemigo; así la muchedumbre ante un caso que la conmueve, se convierte de súbito en un solo cuerpo que bruscamente, ciegamente, misteriosamente, piensa y obra.

Quedan anulados aquí los límites del microcosmos… Un sino se cierne sobre todas las cabezas».Y así el pueblo alemán en armas, ante la imposibilidad de eludir la guerra en Occidente y ante su necesidad ideológica de hacer la guerra al Oriente bolchevique, cruzó el umbral de la paz y se internó en la siniestra grandeza de la guerra. Con sereno entusiasmo su juventud lo sacrificó todo y se precipitó desde las frías tierras de Noruega hasta los candentes desiertos de África, y desde las floridas campiñas de Francia hasta las polvosas estepas de Rusia.

Absolutamente todo, en mayor o menor medida, es una guerra … Desde el momento del parto, una característica común a todas las especies es la lucha por la supervivencia. Las Naciones luchan por conservar o ampliar sus fronteras, los burgueses capitalistas luchan por ser cada vez más ricos … caiga quien caiga,  los proletarios luchan por la subsistencia diaria, los ángeles y arcángeles contra los demonios, los Caballeros Hiperbóreos contra el demiurgo; y el “pueblo elegido” contra todos aquellos que no tuvimos la desgracia de haberlo sido y que nacimos, (Al Hamdu Lillâh), goyim.

Entonces, llega un instante en la vida en que, se nos hace presente el pensamiento de aquel “elegido” que nos relataba el cantautor cubano Silvio Rodríguez Domínguez cuando nos cantaba :

… y comprendio que la guerra
era la paz del futuro
lo mas terrible se aprende enseguida
y lo hermoso nos cuesta la vida…

Por Moro
Para Páginas Árabes

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De la benevolencia – Cuento Sufí

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“Cuéntame de nuevo lo de los pájaros. Quiero oír otra vez la historia de esos pájaros que cantan de manera increíble.”

Por tercera vez ese día, el visir del sultán de Turkestán avanzó y se inclinó ante el trono real. Tener que describir una vez más los pájaros cantores de Hātam Tā’i le iba a volver loco. Suspiró y se dirigió al sultán.

“Dicen, Majestad, que los ángeles mismos en el paraíso no cantan con tanta dulzura. Que al oír sus voces melodiosas los enfermos recobran la salud, los melancólicos la alegría, y los tontos se inspiran. Ninguna garganta humana emitió nunca un sonido tan armonioso, ni oído humano alguno oyó nunca nada tan adorable.”

“¡Basta!”, gritó el sultán desde detrás del trono. “¡Basta, basta, basta! No puedo oír ni una palabra más.” Rodeó el trono y se sentó en él.

“Ese hombre ni siquiera pertenece a la realeza”, prosiguió, gesticulando frente al visir con su espada, una espada que el visir había visto usar en más de una ocasión para cortar cabezas. “Ni tiene reino, ni poder, ni verdadera riqueza. Y sin embargo su nombre está en todas las bocas. Cuando no es por sus dichosos pájaros es por la fama de su benevolencia y de su generosidad. ¿Acaso no soy yo tan benevolente y tan generoso como él? ¿O más incluso? ¿Por qué no está mi nombre en todas las bocas? ¿Por qué se habla tan bien de él?”

“¿Desea realmente su Majestad una respuesta?”

“No. Bueno sí. No aguanto oír hablar más acerca de este tema. Pero necesito saber.”

“Si lo desea, le puedo contar una historia, que me han referido de buena tinta, acerca de ese Hātam Tā’i y de su generosidad. El que me la contó jura que es verdadera y que la oyó de labios de la persona misma que vivió esa anécdota.”

“Adelante, adelante. Cuéntame tu historia. Necesito conocer la verdad.”

“De acuerdo con el relato de ese hombre, esta es la historia”, respondió el visir:

Había un rey en el Yemen, conocido por su generosidad, que oía hablar tanto de la benevolencia de ese Hātam Tā’i que ya no lo soportaba y que se estaba volviendo loco de envidia.

Parece que en el transcurso de un banquete, la mayoría de sus invitados no dejaba de hablar de Hātam Tā’i y de alabar su benevolencia, hasta el punto que el rey se enfureció, y empezó a pensar que mientras el tal Hātam Tā’i siguiera vivo, su propia generosidad nunca parecería suficiente.

Por la mañana, el rey mandó a un asesino que se dirigiera a la ciudad de Hātam Tā’i, lo localizara y lo matara. El viaje fue realmente penoso, y cuando llegó el asesino cerca de la ciudad de su víctima, estaba cansado y sediento, y no le apetecía hacer nada, y menos todavía matar a nadie. Y además, no consiguió dar con nadie que le pudiera explicar donde se hallaba la ciudad que buscaba.

Según avanzaba por el camino, dándole vueltas a su situación, vio a un apuesto joven que daba de beber a su caballo en el río. Como estaba sediento, decidió parar y beber él también un poco de agua.

“Parece que tiene algún problema”, le dijo el joven, sonriendo amablemente, cuando le vio acercarse a beber. “¿Puedo ayudarle en algo?”

El asesino examinó el rostro del joven, y tras pensar que parecía bastante inofensivo, le preguntó por la ciudad que andaba buscando.

“Parece que su suerte está cambiando”, le contestó el joven. “Es la ciudad de donde vengo.”

Invitó entonces al asesino a hospedarse en su casa hasta la mañana siguiente, para así descansar y reponer fuerzas. El asesino estaba tan agotado que aceptó, feliz de dormir a cubierto, por una vez, pero permaneció alerta.

En la casa, sin embargo, el joven dio de comer al hombre y lo atendió tan amablemente que éste llegó casi a olvidarse de su misión. Al día siguiente, el joven propuso al hombre quedarse a pasar unos días más, ya que estaba disfrutando mucho.

“Me encantaría, pero no puedo”, le hizo saber el asesino. “Tengo una importante misión que cumplir para mi rey. Si no la termino, seguro que me manda decapitar.”

“Quizás pueda ayudarte en tu misión”, ofreció el joven, “ahora que nos hemos hecho amigos.”

“No creo”, le contestó el asesino. “A menos de que puedas indicarme donde podría encontrar a un tal Hātam Tā’i, pues a él es a quien ando buscando.”

“¿Para qué deseas encontrar a ese hombre?”, inquirió el joven.

El asesino dudó, preguntándose si debía confiar en el chico. Nunca en su vida había confiado jamás en nadie, pero ese chico había sido tan amable…

“Con las muestras de amistad que me has dado, no hay razón para desconfiar de ti. Me ha mandado mi rey para matarle. Ni siquiera sé por qué, sólo sé que debo acabar con su vida.”

Al oír esto, el joven se puso a reír a carcajadas y le dijo a su nuevo amigo que no siguiera buscando. “Yo soy Hātam Tā’i”, anunció, saludando con una reverencia.

El asesino, en un primer momento, no le creyó. Pero el joven le mostró entonces unos documentos que demostraban fehacientemente que él era en efecto el tal Hātam Tā’i. El asesino, entonces, cayó de rodillas ante él y le suplicó que le perdonase. Le juró que nunca le mataría, después de tantas atenciones como había tenido con él y de la ayuda que le había ofrecido, aunque le fuera en ello la cabeza.

El joven, respondiéndole, dijo nuevamente al asesino que no se preocupara y le aseguró que no dejaría que tal cosa ocurriera.

“Aquí está mi cabeza”, añadió. “Córtala en cuanto estés dispuesto, pues no te puedo dejar fracasar en tu misión.”

El asesino quedó tan atónito con ese ofrecimiento, que era evidentemente sincero, que arrojó lejos de él su espada, se echó a los pies de Hātam Tā’i, y besando el suelo ante ellos, aseguró que nunca le haría daño ni tocaría un solo pelo de su cabeza. Juró luego que nunca más volvería a matar a nadie.

Después de despedirse de su amigo, dejó la ciudad para regresar a la corte del rey, explicarle su decisión y someterse a las consecuencias que de ello derivaran.

Cuando el rey oyó la historia, se derrumbó y admitió que nunca llegaría a ser tan generoso como aquel hombre. Le dijo entonces al asesino que podía marchar libremente y le recompensó con suficiente dinero para que no tuviese que volver a trabajar.

El visir miró al sultán y quedó a la espera. Pero el sultán no decía nada.

“Por supuesto, todo esto tuvo lugar cuando Hātam Tā’i era todavía muy joven. Puede que sea una simple leyenda creada con el paso de los años.”

El sultán se levantó y se puso a pasear delante del trono.

“Si existiera alguna forma de aclararlo, de conocer la verdad con seguridad.”

“Quizás pueda su Majestad mandar llamar al tal Hātam Tā’i y preguntárselo directamente. O ponerle a prueba, de algún modo.”

“¿Ponerle a prueba? Ese es un excelente consejo. Pero no haciéndole venir aquí. Eso sería demasiado obvio, demasiado banal. Tengo un plan mucho mejor.”

El sultán se volvió a sentar en su trono y sonrió. “Un plan mucho mejor, un plan de una astucia tan perfecta que me debe venir de alguna inspiración.”

“¿En qué consiste?”, preguntó el visir, alzando las cejas.

“Hātam Tā’i es famoso por dos cosas.”

“¿Dos cosas, Majestad?”

“Sí, por sus pájaros cantores y por su generosidad.”

“¿Y entonces?”

“Entonces, voy a mandar a un emisario a Hātam Tā’i —un emisario que vas a ser tú— que le llevará el saludo y los parabienes del sultán del Turkestán. Le informarás de lo mucho que he oído hablar de sus increíbles pájaros cantores y de mi admiración por ellos. Le explicarás que yo también tengo una colección de esos pájaros, una colección que quedaría completa si tuviera en mi poder los pájaros de Hātam Tā’i.”

El visir sonrió y asintió admirativamente con la cabeza.

“Ahora entiendo. Si es realmente tan generoso como se dice, no tendrá más opción que regalarle los pájaros a su Majestad, y entonces ya serán suyos.”

“Y si rehúsa, habrá mostrado al mundo que su tan reconocida generosidad es fingida, que es tan sólo una ‘leyenda’ como decías.”

“Nada sino el ruido de unas manos golpeando un tambor vacío. Majestad, ha demostrado más astucia que nunca. Es un plan realmente inspirado. Pase lo que pase, nunca pierde.”

“Quiero que lleves un séquito de diez cortesanos, que vayáis vestidos con vuestras mejores galas, y que os pongáis en camino de inmediato. Sólo tú estás capacitado para llevar a cabo este plan. Cuento contigo.”

“Considérelo resuelto, Señor”, replicó el visir, saludando con una elegante reverencia.

Llevaban casi una semana, el visir y su séquito, viajando en busca de Hātam Tā’i. El viaje no había sido nada fácil. A cada paso, habían tenido que afrontar problemas y dificultades. Cruzar un río, que debía ser asunto de dos horas, les había llevado dos días. Donde esperaban calor, habían tenido frío; y donde hubieran deseado que hiciera fresco, habían pasado calor. Hacia el final del recorrido, habían perdido el grueso de su equipaje, en un accidente al cruzar un puerto en la montaña. Habían muerto dos camellos, y habían tenido que matar a un caballo que se había roto una pierna.

Justo en las afueras de la ciudad donde vivía Hātam Tā’i, surgió, de no se sabe dónde, una tremenda tormenta de arena que les obligó a detenerse. Durante dos días, la arena se levantaba tan furiosamente que no podían ir a ninguna parte, ni adelante ni atrás. Al tercer día, consiguieron finalmente llegar hasta la ciudad.

Después de mucho buscar, consiguieron localizar la residencia de Hātam Tā’i. En la puerta les recibió él mismo, les saludó calurosamente y les dio la bienvenida a su humilde casa.

Mostraron sus habitaciones al visir y a su séquito, y una vez que se hubieron bañado y cambiado con ropa limpia, les llevaron a un enorme comedor donde les esperaba Hātam Tā’i, sentado a la cabecera de una mesa de ébano labrada, suntuosamente revestida de un mantel bordado de seda sobre el que se hallaban platos y copas de oro.

“Deben de estar hambrientos después de tan arduo y largo viaje. Siento no poder ofrecerles más, pero nos ha sorprendido la tormenta de arena tanto como a ustedes. Mis sirvientes se han visto incapaces de conseguir suministros, por lo que hemos tenido que arreglarnos con lo que teníamos. Espero que me sepan perdonar.”

Hātam Tā’i pasó a servirles una maravillosa cena, compuesta de numerosos platos, que colmó totalmente su hambre. Terminada la cena y servido el té, les invitó, para que se instalaran más confortablemente, a pasar a su salón, donde mandó llevar unos narguiles.

Cuando estuvieron todos acomodados, habiéndose asegurado Hātam Tā’i de que todos sus deseos estaban cumplidos, llegó el momento de preguntarles por su misión.

“Bueno, ¿qué puedo hacer por el sultán? Estoy a su disposición.”

El visir se aclaró la garganta. Debía sacar a relucir todas sus dotes diplomáticas. Con el mayor tacto posible empezó a abordar la petición del sultán, soltando un discurso al que había estado dando vueltas en su cabeza durante todos esos días que llevaban deambulando. El discurso empezaba con el amor del sultán por los pájaros, y especialmente por los cantores, y que llevaba lentamente a su admiración por los maravillosos pájaros cantores de Hātam Tā’i.

A medida que el visir desarrollaba su discurso, la cara de Hātam Tā’i se volvía más y más triste y sombría. Al llegar al punto en que el visir expresó el objeto de su visita y el deseo del sultán de disponer de los pájaros, Hātam Tā’i dejó escapar un suspiro y sacudió tristemente la cabeza.

“Amigo mío, no sabe cuanto hubiera deseado conocer a su llegada el objeto de su visita. ¿Por qué no me lo dirían entonces?”

“Lo siento, no creí que fuera adecuado. Pero, ¿cuál es el problema? No logro entender. ¿Cuál es la diferencia?”

Hātam Tā’i se levantó y dejó que su mirada se perdiera en las montañas que se divisaban a lo lejos a través de la ventana. Después de unos instantes, se volvió hacia el visir.

“Cuando llegaron hoy, y me informaron de lo penoso de su viaje, fui consciente de que no podía dejarles ir a acostarse sin servirles la mejor comida que pudiera prepararles. El único problema era que, por culpa de esa misma tormenta de arena que les ha tenido inmovilizados, nos quedamos también sin comida y sin perspectivas de conseguir ninguna, por lo que no disponía de un plato principal que ofrecerles. Deseoso de no defraudar a unos huéspedes, lo único que se me ocurrió fue mi colección de pájaros cantores. Imaginando lo hambrientos que debían estar, decidí que no me quedaba otra alternativa que la de sacrificar los pájaros y asarlos para la cena. Acaban de cenar ustedes los maravillosos pájaros cantores de Hātam Tā’i.

“Aunque no encontrara nunca ningún pájaro capaz de sustituirlos, no podía permitir que ninguno de ustedes quedara con hambre o insatisfecho. Ninguna posesión puede valer tanto como eso, por mucho valor que parezca tener. Sin embargo, de haber conocido el deseo de su sultán, les habría al menos ofrecido la posibilidad de salvarlos para él. Ojalá consigan hallar en su corazón el modo de perdonar mi fallo.”

“¿Su fallo?” El visir no daba crédito a lo que estaba escuchando. “No lo dirá en serio, ¿verdad?”

Nunca en su vida, había visto ni oído el visir nada parecido. Ningún ser humano podía mostrar mayor benevolencia que aquella, pensó para sí. La única cuestión era saber cómo lo iba a tomar el sultán. Visto ahora, su plan ya no parecía tan astuto.

* * *
“Vuelve a hablarme de la generosidad de Hātam Tā’i.”

El sultán estaba recostado en su trono, con los ojos cerrados, y era ya al menos la undécima vez, desde el regreso del visir, que se preparaba a escuchar la historia de los pájaros cantores de Hātam Tā’i y la famosa benevolencia de este hombre.

La benevolencia como actitud moral también nos es familiar: consiste en prestar asentimiento a lo real, ayudar a los seres a ser ellos mismos. Si pensamos un poco más en esa definición, y sobre todo en esa actitud, enseguida descubriremos que consiste en afirmar al otro en cuanto otro. Esto también puede ser llamado amor: «amar es querer un bien para otro». El amor como benevolencia consiste, pues, en afirmar al otro, en querer más otro, es decir, querer que haya más otro, que el otro crezca, se desarrolle, y se haga «más grande». Esta forma de amor no refiere al ser amado a las propias necesidades o deseos, sino que lo afirma en sí mismo, en su alteridad. Por eso es el modo de amar más perfecto, porque es desinteresado, busca que haya más otro. También podemos llamarlo amor-dádiva, porque es el amor no egoísta, el que ante todo afirma al ser amado y le da lo que necesita para crecer. Por eso, amar es afirmar al otro.

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El simbolismo del Templo

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El simbolismo del Templo

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