Satán y el Paraíso perdido

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… Desde el antiguo mundo fueron trasladados al principio a aquellas tristes regiones los hijos de fementidos enlaces: los gigantes que llevaron a cabo inútiles proezas, entonces muy celebradas; posteriormente los que edificaron a Babel en la llanura de Sennaar, que sin desistir de su frustrado intento, seguirían construyendo nuevas torres si tuviesen medios con que efectuarlo.

Uno tras otro llegaron luego muchos más, entre ellos Empédocles, que para ser tenido por Dios, se lanzó voluntariamente a los abismos del Etna; y Cleombroto, que para gozar del Elíseo de Platón, se sumergió en el mar. Empeño interminable sería mencionar a otros, hipócritas o dementes, anacoretas y frailes blancos, negros y grises, con todos sus embelecos.

Por allí vagabundean los peregrinos que tan largo viaje arriesgaron buscando muerto en el Gólgota al que vive en el cielo; y los que para ganar el Paraíso, visten al morir el hábito franciscano o dominico, imaginando que este disfraz les allanará la entrada.

Cruzan todos ellos los siete planetas, las estrellas fijas, la esfera cristalina, cuyo balanceo produce la trepidación, objeto de tantas controversias, y la esfera que se puso en movimiento antes que ninguna otra. En la puerta del cielo parece aguardarlos San Pedro con sus llaves: tocan ya en el umbral; y cuando levantan el pie para penetrar en él, a impulsos de un furioso viento que en encontradas direcciones los combate, son lanzados a diez mil leguas de distancia en la inmensidad del aire.

¡Qué de cogullas, tocas y hábitos se ven entonces revueltos y despedazados como los que con ellos se cubren, y qué de reliquias, escapularios, indulgencias, dispensas, bulas y absoluciones, que vienen a ser ludibrio de los vientos! Revolotea todo ello por los espacios ilimitados, sobre el mundo, y en el vastísimo limbo llamado después «Paraíso de los locos», que si andando el tiempo fue de pocos desconocido, hallábase despoblado entonces y nadie penetraba en él.

Encontró a su paso el infernal Enemigo aquel tenebroso globo, y anduvo recorriéndolo largo tiempo, hasta que el resplandor de la escasa luz le atrajo hacia el sitio de donde salía. Pudo entonces descubrir a lo lejos un magnífico edificio que en anchurosa gradería se alzaba hasta la muralla del cielo, y al terminar aquélla, una construcción más suntuosa aún, semejante a la puerta de regio alcázar, coronada con un frontispicio de diamante y oro. Brillantes perlas orientales adornaban el pórtico, que ni pincel humano ni modelo alguno aceptarían a imitar en la tierra; sus escalones eran como aquellos por donde vio Jacob subir y bajar a las celestiales cohortes de los ángeles, cuando huyendo de Esaú, camino de Padan-Aram, y entregado de noche al sueño en los campos de Luza, bajo el estrellado firmamento, exclamó al despertar. «¡Esa es la puerta del cielo!»

Cada uno de aquellos escalones contenía un misterio, mas no siempre estaba allí fija la escala, que a veces se ocultaba en el cielo y se hacía invisible. Fluía por debajo de ella un mar brillante de jaspe y de perlas líquidas, que surcaban los que habían subido de la tierra en alas de los ángeles, o arrebatados en un carro por corceles de raudo fuego.

Mostrábase entonces la escala en toda su extensión, ya para alucinar al Enemigo con la facilidad de la subida, ya para acrecentarle la pena con que había de verse excluido de la mansión bienaventurada.

Enfrente de aquellas puertas, y precisamente encima de la risueña morada del Paraíso, abríase un camino que conducía a la tierra, camino mucho más ancho que fue en los venideros tiempos el espacioso que llegaba hasta el monte Sión y la Tierra prometida, predilecta del Señor. Recorrían incesantemente aquel camino los ángeles que comunicaban las órdenes supremas a las dichosas tribus, y el Altísimo dirigía miradas bondadosas a las que habitaban desde Paneas, manantial de las aguas del Jordán hasta Bersabé, donde la Tierra Santa confina con el Egipto y las playas de la Arabia.

Tan vasto era aquel camino, que sus límites se perdían en las tinieblas, como las profundidades del Océano. Desde allí, llegado que hubo al escalón inferior de las gradas de oro que conducen a la puerta del cielo, Satán inclinó su vista y quedó maravillado al descubrir repentinamente todo aquel mundo. Como el espía que caminando toda la noche por peligrosos y desiertos sitios, llega por fin al despuntar la risueña aurora, a la cumbre de empinada altura, y ve de pronto la agradable perspectiva de tierra extraña, que con asombro contempla por primera vez, o de metrópoli famosa, embellecida con pirámides brillantes torres que iluminan los dorados rayos del sol naciente, así el espíritu maligno quedó embargado de asombro; aun con haber visto en otro tiempo las maravillas del Cielo; mas el aspecto de aquel mundo que tan hermoso parecía, todavía le inspiró mayor envidia que admiración.

Dominando desde aquella elevación la inmensa sombra de la noche, recorrió con la vista desde el punto oriental de la Libia hasta el signo que toma el nombre del animal que condujo a Andrómeda más allá del horizonte del mar Atlántico. Vio luego la extensión que media entre los dos polos, y sin más detención dirigió el raudo vuelo hacia la primera región del mundo, y fácilmente torció el rumbo a través del puro y marmóreo aire, entre innumerables estrellas que brillaban desde lejos como astros, pero que de cerca parecían otros tantos mundos; y lo serán acaso, o bien islas afortunadas como los jardines de las Hespérides, tan celebrados en la antigüedad.

Campos de bienandanza, bosques y valles floridos, islas tres veces felices ¿quién tenía la dicha de habitarlos? Satán no se detuvo a averiguarlo.

Atrae sobre todo sus miradas el áureo sol, resplandeciente como el Empíreo, y hacia él dirige su vuelo atravesando el sereno firmamento; pero en qué dirección y hasta qué punto más o menos del centro, difícil es discurrirlo; encaminóse a la región desde donde el fulgente astro comunica su luz a las vulgares constelaciones que se mantienen a distancia proporcionada, y que en su sucesiva evolución regulan el cómputo de los días, los meses y los años, ya acercándose en sus varios movimientos al astro vivificante ya suspendiéndolos en virtud de la influencia de sus magnéticos rayos, que templan con dulce calor el universo, y, aunque invisibles, penetran con benigna eficacia en todas partes hasta en lo más profundo de los abismos; tan maravillosamente está situado.

Detúvose allí el Impío; y acaso ningún astrónomo descubrió jamás con el auxilio de su cristal óptico semejante mancha en el disco del astro luminoso.

Parecióle aquel lugar a Satanás espléndido sobre todo encarecimiento, superior a cuanto como metal o piedra puede existir en la tierra. No eran todas sus partes semejantes entre sí, pero en todas penetraba por igual una luz radiante como penetra el fuego el interior del hierro. Si eran metales una parte parecía oro y la otra plata finísima; si piedras, debían componerse de carbunclos o crisolitos rubíes o topacios, semejantes a las doce que brillaban en el pecho de Aarón o a aquella más imaginada que conocida que los filósofos de este mundo han buscado tanto tiempo inútilmente aunque con su arte poderoso hayan sujetado al volátil Hermes y extraído del mar bajo sus diferentes formas al antiguo Proteo, hasta reducirlo por medio del alambique a la primitiva.

¿Cómo, pues, maravillarse de que aquellos campos y regiones exhalen elixir tan puro, y de que corra el oro potable por los ríos, cuando a pesar de la distancia a que se halla de nosotros, a su solo contacto produce el sol, incomparable alquimista en medio de la oscuridad y combinando entre sí las sustancias terrestres, riquezas tales de colores tan vivos y de efectos tan extraordinarios?

Lejos de quedar deslumbrado, contempla fijamente Satán todos aquellos objetos; ninguno está fuera del alcance de su vista que como no se opone obstáculo ni sombra alguna el sol lo esclarece todo.

Así, cuando al mediodía lanza éste sus rayos verticales desde el ecuador, cayendo directamente en ningún punto de alrededor puede proyectarse la sombra de un cuerpo opaco. Aquel aire puro cual ningún otro contribuía a que la mirada de Satán penetrase hasta los objetos más lejanos y así descubrió claramente un hermoso ángel que estaba en pie y era el mismo que Juan el apóstol percibió en el sol. Aunque vuelto de espaldas no se ocultaba su glorioso aspecto: coronaba su frente una tiara de oro formada por los rayos de aquel astro, y su cabellera, no menos brillante, ondeaba suelta sobre sus alas.

Parecía ocupado en un grave cargo o sumido en meditación profunda; pero el Espíritu impuro se llenó de alegría con la esperanza de tener en él un guía que dirigiese su vuelo errante hacia el Paraíso terrestre, feliz morada del Hombre, donde debía terminar su viaje y principiar nuestra desventura.

Para evitar sin embargo todo peligro o contrariedad, ideó el medio de desfigurarse tomando la forma de un querubín adolescente, si no de los de primer orden, tal que llevase pintada en su rostro la inmortal juventud del cielo y la hermosura de la gracia en todo su continente; que tan diestro era en aquellas artes.

Sujetaba una diadema sus cabellos, rizados por el aliento del céfiro, sus alas, compuestas de plumas de varios colores estaban salpicadas de oro; la túnica recogida que le cubría daba mayor desembarazo a sus movimientos, y parecía medir sus pasos al compás del tirso de plata en que se apoyaba.

No pudo acercarse sin ser oído, y al sentir el ruido de sus pasos volvió el Ángel su radiante rostro. Reconoció entonces Satán a Uriel, uno de los siete arcángeles que en presencia de Dios y como más próximos a su trono son los ejecutores de sus mandatos; son sus ojos que recorren ya los cielos, ya el globo terrestre, llevando instantáneamente su palabra, así a las regiones acuosas, como a las secas, así a las tierras, como a los mares.

Acércase Satán a Uriel, y le dice: Uriel, pues eres uno de los siete espíritus que asisten ante el glorioso y brillante trono del Señor, y el primero que sueles interpretar su voluntad suprema transmitiéndola al más elevado cielo donde la están esperando todas sus criaturas, no dudo que tus soberanos decretos te otorguen aquí igual honor, y que por lo mismo, y siendo uno de los ojos del Eterno, visitarás con frecuencia el mundo nuevamente creado. El ardiente deseo de ver y conocer las admirables obras de Dios, y particularmente al Hombre, objeto principal de sus delicias y favores, por quien todas esas obras tan maravillosas ha creado, me ha inducido a separarme de los coros de querubines y a discurrir solo por estos sitios.

Dime, pues, hermosísimo serafín, dime en cuál de esos orbes esplendorosos tiene el Hombre su residencia fija, o si no la tiene y puede habitar indistintamente en todos ellos. Dime dónde podré hallar, dónde contemplar con mudo asombro, o mostrando francamente mi admiración, a ese ser a quien el Criador da tantos mundos, derramando sobre él tal copia de perfecciones. Así podremos ambos no sólo por el hombre, sino por todas las demás cosas glorificar al universal Hacedor, cuya justicia precipitó en lo más profundo del infierno a sus rebeldes enemigos, y que para reparar esta pérdida, y para gloria mayor suya, ha creado esta dichosa raza. En todo es sabia su providencia.»

Así habló el falso Enemigo, encubriendo su astucia, pues ni hombres ni ángeles pueden discernir la hipocresía, vicio invisible en cielo y tierra, excepto para Dios que lo consiente; que aún cuando la Sabiduría vigila, la Desconfianza duerme a su puerta, o cede el puesto a la Sencillez; y la Bondad no ve mal alguno donde claramente no se descubre.

Esto fue lo que entonces engañó a Uriel, aunque como director del sol, era tenido por el espíritu más perspicaz del cielo; por lo que con natural sinceridad contestó así al pérfido impostor: «Ángel hermoso: tu deseo de conocer las obras de Dios para glorificar a su Autor supremo, nada tiene de vituperable, antes la vehemencia misma de ese anhelo es de mayor alabanza merecedora, pues desde su empírea mansión te trae solo hasta aquí, queriendo asegurarte por tus propios ojos lo que quizá en el cielo se contentan algunos con saber de oídas. Maravillosas en verdad son las obras del Altísimo, todas dignas de conocerse y recordarse siempre con delicia. Pero ¿cuál de los espíritus creados podrá calcular su número o comprender la infinita sabiduría que las produjo aunque sin manifestar lo recóndito de sus causas?

«Yo vi cuando a su voz se juntó la informe masa de la materia, embrión ya de ese mundo: oyóla el caos; la revuelta confusión adquirió forma y la infinita inmensidad se redujo a límites. Pronunció otra palabra, y las tinieblas se disiparon; brilló la luz, nació el orden del desorden y al punto se repartieron según su gravedad respectiva los elementos corpóreos, la tierra, el agua, el aire y el fuego.

Voló a la región aérea la quinta esencia del cielo y animándose según sus diferentes disposiciones, y girando a modo de esfera, se convirtió en esas innumerables estrellas que estás viendo. Cada cual ocupó distinto lugar conforme su movimiento; cada cual sigue su curso; y lo demás circuye como una muralla el Universo.

«¿Ves allá abajo aquel globo, uno de cuyos lados brilla con la luz reflejada que de aquí recibe? Pues aquélla es la Tierra; allí habita el Hombre; esta luz es su día, y sin ella cubriría la noche todo el globo terrestre, como sucede en el hemisferio opuesto. Pero la proximidad de la Luna, que así se llama aquel hermoso planeta que está enfrente, le presta oportuno auxilio; describe su círculo mensual, y acabado, vuelve a recorrerlo incesantemente en medio del cielo, iluminándose su triforme faz con el resplandor que recibe y que a su vez comunica a la tierra, y con su pálida influencia ahuyenta la oscuridad de la noche. Ese punto adonde señalo, es el Paraíso, mansión de Adán, y la sombra que en medio de él se dilata, su vivienda. No puedes equivocar el camino; a mí me incumben otros cuidados.» …

Por J. Milton

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