Cid = León:¿Epíteto árabe del Campeador?

Cid Campeador
Cid Campeador

Nadie ha puesto nunca en duda el origen árabe de la palabra Cid, epíteto o título del caballero castellano Rodrigo Díaz, personaje político y militar de fines del siglo XI y héroe épico en múltiples géneros literarios.1

Ramón Menéndez Pidal, suprema autoridad en estos estudios cidianos, escribe: “Entre esos moros adictos, del partido andalusí, y entre esos cristianos expatriados nació en las fronteras levantinas el nombre familiar y afectuoso del héroe : Cid ‘señor,’ Cidi ‘mi señor,’ le llamaban los moros; mió Cid le llamaban los cristianos con expresión híbrida, medio romance medio árabe. Pero este era un nombre reservado a la respetuosa intimidad vasallal.2

Explica a continuación que sólo el epíteto Campeador figura en los documentos y textos coetáneos, tanto latinos como árabes, y que Cid aparece por primera vez en el Cantar de Mío Cid y, sólo mucho más tarde, en la prosa castellana o latina de las crónicas.3

En su exhaustivo vocabulario lexicográfico del Cantar, inicia el artículo “Cid” con la descripción siguiente: “título honorífico, derivado del árabe cid ‘señor’ ; lleváronlo varios personajes cristianos, sin duda por haber vivido entre los moros o tener vasallos musulmanes.”

Cita numerosos y heterogéneos ejemplos, tomados de las obras cidianas o de otros textos de la época.4 La etimología árabe sayyid o sayyidi (“señor” o “mi señor“) le parece, pues, procedente, por derivación normal: “El sin árabe se representa regularmente por ç: Çid, çaga.5

Los hispanistas y los arabistas siguen esta opinión generalmente admitida, aún los que estudian más de cerca este epíteto, como A. Galmés de Fuentes.6 Los autores árabes antiguos nunca le mencionan con este título, quizás por las razones que apuntaremos más adelante; los autores árabes modernos adoptan la ortografía s-y-d, como transcripción árabe del término europeo conocido Cid, pero no lo vocalizan, ni suelen opinar sobre la palabra árabe original.7

Solamente en el momento de redactar definitivamente estas lineas, y revisando las opiniones de diversos autores árabes modernos para ver confirmada o no la hipótesis que vamos a presentar aquí, hemos encontrado a un autor que analiza con bastante cuidado este tema y emite—entre otras—la hipótesis nuestra, sin detenerse mucho en ella. Efectivamente, el Dr. Tahar Makki, de la Universidad de El Cairo, estudia este tema en el capítulo “Dos títulos. El Cid y El Campeador” de la inteligente y luminosa introducción a su traducción árabe del Cantar de Mío Cid.8

Tahar Makki vocaliza siempre al-sid, y lo distingue bien de sayyid.9 Pero cuando ya llega a analizar más detenidamente el significado o etimología de la palabra, va mucho más lejos que sus predecesores, con comparaciones interesantes con diversos dialectos árabes. Se detiene ampliamente en la etimología sayyidseñor,” mostrando también algunas de la dificultades que hay en aceptarla : es un caso raro en árabe; no es normal, por ningún concepto. Y junto a eso presenta también “que la palabra al-sid, que se aplica a Rodrigo no es una evolución fonética de la palabra sayyid, sino que es una palabra original y antigua, que no se presta a discusión. Significa el lobo o el león en algunos textos.10 Cita ejemplos de poetas antiguos y muestra como ambos calificativos árabes pueden aplicarse a Rodrigo, especialmente el de lobo, que se aplicó a otros cabecillas militares del Levante musulmán español en la Edad Media (el famoso Rey Lobo o Lubb, de Murcia). Pero no se detiene más en analizar esta hipótesis.

Es precisamente esta hipótesis (la de Cid como “león” y no primariamente como “lobo“) la que queremos presentar aquí, a pesar de la casi absoluta unanimidad de los autores en favor de Cid como “señor”. Pero tampoco queremos dar a esta hipótesis más validez de la que tiene, dado que está hecha de serias convergencias, pero tampoco cuenta, por ahora, con una argumentación definitiva.

El hecho es que dos realidades de la convivencia habitual con el mundo árabe magrebí nos han hecho sospechar también que el epíteto árabe del Campeador puede tener tanta o más relación con el nombre árabe sid o çidleón” que con el sayyidseñor,” cuyo esquema consonantico árabe es el mismo, pero que se vocaliza de distinta manera.

Lo primero es que los estudiantes de los colegios tunecinos, que tienen Le Cid de Corneille en los programas de lengua y literatura francesa—muy importantes en Túnez—dicen en seguida, sonriendo como ante cosa bien conocida : “Cid, monsieur, c’est le lion en arabe.

Para ellos sid o sîd significa “león” en árabe popular, como en todo el Norte de África; es el nombre más popular para el león, en Túnez, mientras que en los otros países del Mágreb es nombre conocido, pero hay también otros nombres para ese animal. Los profesores, en esos casos, suelen corregirles : “Mais non, c’est seigneur” ; pero es evidente que el sîd “león” es un epíteto guerrero que les resulta más adecuado a los muchachos para el personaje “matamoros” que se presenta en la obra de Corneille, que el término sayyid “señor”, del árabe clásico, pronunciado también síd, sidí o si, en la vida o lenguaje normal magrebí.

Por otra parte, el título de sayyid o sayyidi (comunmente pronunciado sidí), se da, como vocativo, indistintamente a árabes o no-árabes, a musulmanes o cristianos, como lo nota también el profesor Makki. Pero precediendo a un nombre—no a un apellido— se suele reservar a los musulmanes, por el sentido de respeto, veneración religiosa y soberanía que supone. Es título que se da a ancianos, autoridades y, particularmente, a los santos del Islam (equivale a nuestro “san fulano“). Por tanto, a los oídos de un musulmán normal, decir sidi Ruy Díaz —no en vocativo solo, sino con el nombre o apellido—suena tan extraño como para nosotros San Muhammad de La Meca, o Don Ahmed Amin, o Don Mustafá Chelebí. Lo mismo diríase de “El Señor” como epíteto, que nunca aparece, como se ha dicho, en las fuentes árabes medievales. Quizás sea esto fruto de la separación y antagonismo religioso-cultural de estos últimos siglos, y quizás no chocaría tanto en el contexto abigarrado del siglo XI peninsular, como parecen indicarlo los numerosos documentos recogidos por Menéndez Pidal, en los que aparece ese título de “mi Señor = mío Çid o Çide“, aunque el mismo docto maestro reconoce que algunos de ellos podrían ser “de otro origen, sin duda.”11

Pero razones de más peso abogan por una relación íntima entre las palabras Cid y síd.12

Sid “león” es un auténtico epíteto militar y guerrero, y sabemos la importancia que tiene ésto en la épica hispánica, después de los trabajos de A. Galmés de Fuentes y F. Marcos Marín, en su relación con la épica árabe.13 Sid “león” pertenece a la misma raíz que “señor” y “jefe”. Es epíteto muy corriente en el mundo árabe y ha pasado a ser un apellido, en su forma árabe clásica Asad (por ej., el militar Hafedh El-Asad, presidente de Siria) o en su forma turca Arslan (Emir Arslan, de la dinastía drusa de Líbano). En su forma sïd (con 8 enfática) es un apellido corriente en todo el Mágreb árabe, con el mismo sentido de “león.”

Con 8 sibilante, fue el nombre de un polígrafo muy conocido, contemporáneo de Rodrigo, Ibn al-Sid al-Batalyausí (de Badajoz). Nació en 1052, circuló mucho por el Levante español (Albarracín, Zaragoza) hasta que se instaló en Valencia, donde murió a una edad avanzada, en 1127.14 Varios diccionarios árabes suelen mencionar, por otra parte, el paso semántico de sid “león” a sid “señor”, en el lenguaje corriente. Sin necesidad de hacer un estudio especial sobre el uso de esta palabra en la Edad Media—estudio que sería muy interesante 15—se puede afirmar que el paso de una a otra acepción podía ser muy corriente en el medioevo español.

Porque sabemos—y esto es lo curioso—que las características del león fueron aplicadas directamente a nuestro personaje épico, Mío Çid Rodrigo Díaz de Bivar. El Cantar de Mío Cid nos presenta al principio de su tercera parte, el enfrentamiento del Cid con un león, escapado en el palacio de Valencia. Es un episodio que ha hecho correr mucha tinta, y no sin razón muchos autores como C. Bandera Gómez”16 y L. Rubio García”17 le atribuyen, recientemente, una importancia simbólica extraordinaria en el conjunto literario del Cantar.

Ya E. de Chasca notaba que, estilísticamente, los verbos empleados en ese texto “nos han llevado a un punto único de todo el poema, porque corresponden al único momento en que el Cid está para hermanarse plenamente con los héroes épicos de un mundo maravilloso“,18 y está de acuerdo con Gilman19 en que hay una identificación del Cid con el león en “una nueva dimensión épica en la que la figura del Cid, casi rebasando ya lo humano ‘hace rumbo al mito’20“.

Los análisis y la erudición de C. Bandera han mostrado también el carácter eminentemente épico de este episodio dentro del conjunto de la simbología medieval: constituye casi el único momento maravilloso dentro de la línea general realista del poema. En esta línea realista, se han hecho alardes de erudición para encontrar antecedentes históricos de leones que salen de sus jaulas y son domados por un caballero.21 Pero muy acertadamente dice el propio Menéndez Pidal que “el estilo épico, que gusta de colocar la narración in medias res, puede nombrar por primera vez el león (v. 2282), como si todos supiesen ya de él“.22

Queda así en pie la conclusión de Bandera de que “está claro que el episodio del león es mucho más que una circunstancia novelesca caprichosamente incluida por el poeta para dar, habríamos de suponer, algo más de variedad a su relato“.23Pone de manifesto . . . el carácter leonino del Campeador . . . [Tara el juglar} como el león, su héroe es fuerte con el fuerte ; es prudente, es magnánimo, es generoso y, sobre todo, es vigilante y sagaz“.24

Este tono épico fundamental fue glosado intuitivamente por el romancero, parafraseando el verso que compendia la opinión general en la corte del Campeador, a raíz del suceso: “A maravilla lo han quantos que i son” (v. 2302) :

Aturdido está el gentío
Viendo lo tal, no catando
Que ambos eran leones,
Mas el Cid era el más bravo.25

Lo que hay que admirar aquí es que la comparación tiene quizás una base filológica en el nombre o epíteto mismo del Cid, “el león“, epíteto guerrero y militar, epíteto épico por excelencia.

Así se explicaría también que fuera ese nombre el grito guerrero del Campeador, cuando peleaba en tierras árabes : “Yo so Ruy Diaz, El Çid Campeador de Biuar” (v. 721), “Ca yo so Ruydiaz, myo Çid el de Biuar” (v. 1140).26

Por considerar precisamente Cid como un título honorífico simple—”señor“—y no como epíteto militar al igual que Campeador, puede afirmar E. de Chasca que “la expresión ‘mío Cid,’ sin dejar de celebrar al héroe, suele corresponder más al tratamiento habitual que al elogio especial“.27 Todo su magnífico análisis del epíteto en el Cantar debería revisarse en función del carácter épico acentuado del Cid, el León.

Evidentemente, esta hipótesis, por muy sugerente que sea, no deja de plantear algunos problemas.

El primero sería el del origen histórico del epíteto. Sólo después nos podemos plantear el del origen del posesivo mío Cid, que evidentemente no cuadra con la hipótesis de “El Cid = El León“.

En ambos temas, sólo se pueden presentar por ahora hipótesis, mientras no se vea más claro en la actual polémica del origen del Cantar y su relación con las demás fuentes cidianas. No hay más que citar algunas posiciones extremas, de estos últimos años, para ver en qué nebulosidades andamos aún sobre estos temas: R. Menéndez Pidal con su hipótesis de los dos juglares de principios del siglo XII, el de Medinaceli y el de San Esteban de Gormaz”28; H. Mones con su hipótesis del ministro árabe del Cid en Valencia, monje de Cárdena e iniciador de la “leyenda29“; L. Rubio García que cree por motivos diferentes en esa “leyenda de Cárdeña“,30 mientras que A. Ubieto Arteta le da un origen más tardío y decididamente aragonés.31

Evidentemente, la teoría del professor Hussein Mones, de la Universidad de Koweit, encajaría más lógicamente con la hipótesis que presentamos. Así podrían concebirse tres etapas en la formación y evolución literaria del epíteto Cid aplicado al Campeador. Aquí ya sólo nos movemos en la pura hipótesis, dentro de un terreno en que tampoco las creencias anteriores nos parecen más fundadas. Sería una hipótesis coherente, pero nada convincente : no es lo mismo traer razones en favor de una etimología—que nos parece muy probable—y presentar una teoría sobre el origen de esa etimología, a partir de solas coherencias hipotéticas.

Pero atrevámonos con esa “coherencia“.

Es muy posible que se le aplicara a Rodrigo en vida el epíteto árabe sid (león, señor) o, más bien, çid (león, cazador). Lo habrían aplicado a Rodrigo los árabes, quizás ya en Zaragoza o en Sevilla, como epíteto guerrero árabe normal, traducción árabe del epíteto guerrero romance Campeador. Esto se explicaría en el ambiente cortesano de los taifas levantinos, donde el término romance—que luego utilizaron los cronistas árabes en su prosa—no se prestaría a loas populares ni a composiciones poéticas en árabe. Que se le haya llamado sid o çíd, en árabe dialectal, y no asad, en árabe clásico, es problema de menor importancia.

Siguiendo las hipótesis de una tradición cidiana de origen valenciano, ya sea en Cárdena, ya sea en Aragón, ya sea en el limite de Aragón y Castilla, veríamos que el origen del poema y de sus fuentes pueden haber conocido el sentido árabe del epíteto aplicado al Campeador. Así se comprendería mejor la tradición histórica del episodio del león y su importancia épica en el Cantar.

Pero, en ambiente castellano, la significación de Cid “león” desaparecería rápidamente para dar lugar a la de Cid “señor”, que se conocía de una forma más general, aún fuera de la España de lengua árabe. Por eso el autor definitivo del Cantar ya debía de utilizar el epíteto como un nombre corriente o aplicarle el posesivo, aunque se puede aún notar en la gesta el sustrato histórico de los antecedentes contemporáneos al héroe.

Son hipótesis, no mucho menos fundadas que las que se han emitido hasta ahora.

Estas modestas reflexiones, que podrán ser confirmadas o anuladas por argumentos de personas más expertas, por su formación o recursos bibliográficos, permiten al menos el plantearse un problema que está—a nuestro parecer—aún por solucionar. Y tratándose del título de uno de los personajes históricos y literarios más importantes de la cultura hispánica, toda investigación por nimia que sea puede estar justificada.

Por M. de Epalza (Universidad de Argel, Argelia)


Notas:

* Este trabajo fue presentado en el Congreso de la Asociación Internacional de Hispanistas de Burdeos (septiembre 1974).

1 Pronto tendría que salir un libro, en la S.N.E.D. de Argelia, que tiene por título precisamente Le Cid: Personnage historique et littéraire, preparado con la Sra. Guellouz, de la Universidad de Constantina, cuando enseñábamos literatura comparada en la Universidad de Túnez. Es un estudio y una antología sobre el personaje, en diversos géneros literarios (poesía, teatro, prosa, historia . . .) y en diversas lenguas, traducido al francés.

2 SR. Menéndez Pidal, La España del Cid, 7* ed. (Madrid, 1909), II, .pag.55.

3 “Mientras Campeador, Campeator, Campidoctor era título oficial, que desde la mocedad se aplicaba a Rodrigo, y que él mismo usaba en sus documentos, a la vez que lo empleaban los historiógrafos coetáneos, tanto latinos como árabes, el nombre de Cid no se usó oficialmente en vida del héroe. Sólo más tarde lo adopta el poeta de Medinaceli, como nota de color. En la prosa, ya se atreve a usarlo,alrededor del 1200, el Líber Regum, escrito también, como el Poema, hacia la frontera de Levante, en el este de Navarra o en Aragón. Tenemos que llegar a la Primera Crónica General, hacia 1270, para encontrar generalizado en Castilla el nombre familiar y poético con que después se unlversalizó la fama de Rodrigo en la historia y en la literatura” (Menéndez Pidal, La España del Cid, pág. 555). El mismo autor hace notar que este epíteto no figura en la Historia Roderici, según él casi coetánea del Cid, y sf en una crónica hebrea tardía de José ben Zaddiq de Arévalo (La España del Cid, págs. 918, 161). “En hebreo, ‘Cídi‘ equivale al afectuoso título ‘mió Cid‘, esto es, ‘mi Señor‘, expresión medio castellana, medio mora, con que el héroe era designado familiarmente por sus vasallos en las fronteras” (La España del Cid, pág. 161).

4  R. Menéndez Pidal, Cantar de Mio Cid. Texto, Gramática y Vocabulario, 4* ed. (Madrid, 1969), H, 574-77.

5 Cantar de Mio Cid, I, 175.

6  A. Galmés de Fuentes, “Épica árabe y épica castellana: problema crítico de sus posibles relaciones“, en La poesía épica e la sua formazione (Roma, 1970), págs. 212-14.

7  Véase, como ejemplos, el poema de Zâkï Al-Mahâsinï : “Elegía a la muerte de don llamón Menéndez Pidal” (publicado en una revista siria y traducido por Leonor Martínez Martín, Antología de poesía árabe contemporánea [Madrid, 1972], págs. 142-44) o las menciones de la obra de teatro do Corneille en los libros de literatura comparada de Muhammad Ganîmï Al-Hiläl, Al-Adab al-muqâran [La literatura comparada], 3* ed., (Cairo, 1968), págs. 300-301, o de Muhammad Mufïd Al-Shubâshi, Rihlat al-adab al-‘arabï ilà Urübbä [El paso de la literatura árabe a Europa] (Cairo, 1968), págs. 241 y ss., en que el autor mismo siente la necesidad de afirmar que Cid “es, el mismo, un nombre árabe, como es patente“, aunque no indica claramente la palabra árabe original.

8 T. A. Makki, Malhamat al-Sid: Awwal malhama andalusîya kutibal fi al-luga al-qashtalíya [Epopeya del Cid: Primera epopeya andalusí escrita en lengua castellana] (Cairo, 1970), paga. 173-82.

9   Malhamat al-Sïd, pág. 141.

10  Malhamat al-Sîd, pág. 176.

11  Menéndez Pidal, Cantar de Mío Cid, II, 574-77. “

12 El dialectal magrebino actual conoce más çid (con s enfática), que significa también “león” y “cazador,” igual que sa’id y otros derivados de la misma raíz.

13 Galmés de Fuentes, Épica árabe y épica castellana, págs. 195-258 ; F. Marcos Marín, Poesía narrativa árabe y épica hispánica: Elementos árabes en los orígenes de la épica hispánica (Madrid, 1971), y “El autoapellido en la épica árabe“, Boletín de la Asociación Española de Orientalistas, VI (1970), 208-13.

14  Es autor muy conocido. Véase, por ejemplo, E. García Gómez, Ibn Al-Zaqqäq: Poesías, o la tesis, aún inédita, de M. Muhammad Al-Amin, “Obra y vida de Abu Muhamad Abd Allah Ibn al-Sid Al-Batalyawsi” (resumen de la tesis en la Revista de la Universidad de Madrid, xn, 48 (1903), 777-78). El professor Makki, en Malhamat al-Sid (págs. 173-82), coincide en el paralelismo con Ibn al-Sid.

15  El professor F. de la Granja tiene la amabilidad de señalarme que la palabra sîd apenas aparece en los textos escritos en árabe clásico y que tampoco figura en el vocabulario de dialectal granadino de Pedro de Alcalá. En cambio “león“, con sus diversos nombres, es un epíteto muy corriente en árabe, ya en las fuentes antiguas, como se puede ver en G. Gabrieli, Il nomo proprio arabo-musulmano (Roma, 1915). Los diccionarios modernos, de árabe clásico y de dialectal magrebí, recogen siempre las dos palabras: sîd “señor, lobo, león” y çid “cazador, león“, con varios epítetos derivados similares, que provienen de los dos sentidos de las raices s-w-d (señorío) y ç-y-d (caza).

16  C. Bandera Gómez, El “Poema de Mio Cid“: poesía, historia, mito (Madrid, 1969), págs. 82-114.

17  L. Rubio García, Realidad y fantasia en el “Poema de Mío Cid” (Murcia,1972), págs. 294-95, resumido en sus Estudios sobre la Edad Media española (Murcia, 1973).

18  E. de Chasca, El arte juglaresco en el “Cantar de Mio Cid” (Madrid, 1967), pág. 299.

19  S. Gilman, Tiempo y formas temporales en el “Poema del Cid” (Madrid,1961), págs. 131-41.

20  Citando a Américo Castro, “Poesía y realidad en el ‘Poema del Cid’ “, Tierra Firme, I (1936).

21  Menéndez Pidal, Cantar de Mío Cid, II, 731 ; En torno al poema del Cid (Madrid, 1973), págs. 28-29.

22  Cantar de Mio Cid, I, 299.

23 ” Bandera Gómez, El “Poema de Mío Cid“, pág. 111. Ni menos aún con el sentido cómico que apunta Menéndez Pidal (En torno al poema, págs. 221-22), que se desarrolló en el romancero (cf. Romancero General, BAE, X ([19451542-43) y que Quevedo lleva al extremo de la burla sin que quede ya el menor rasgo o respeto del carácter épico del Cid (Pavura de los Condes de Carrión, en Obras completas [Madrid, 1961], II, 325-36).

24  Bandera Gómez, El “Poema de Mío Cid“, págs. 112-14.

25  Romancero General, BAE, X (1945), 542-43.

26  Véase explicación de estos gritos guerreros en Menéndez Pidal, Cantar de Mío Cid, II, 576.

27  de Chasca, El arte juglaresco, pág. 173.

28  Aún recientemente en Menéndez Pidal, En torno al poema.

29  H. Mones, “De nuevo sobre las fuentes árabes de la historia del Cid“, en Revista del Instituto Egipcio de Estudios Islámicos, (Madrid), 2 (1954), 99 ss.

30  Véase Nº 17 arriba.

31 A. Ubieto Arteta, El “Cardar de Mío Cid” y algunos problemas históricos (Valencia, 1973), págs. 171-72.

Con información del artículo de Míkel de Epalza: «El Cid = El León: ¿epíteto árabe del Campeador», Hispanic Review, Philadelphia, 45/1, 1977, 67-75.

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El arte islámico por excelencia: la arquitectura

Mezquita Cristal en Kuala Terengganu - Malasia (noche)
Mezquita Cristal en Kuala Terengganu – Malasia (noche)

La arquitectura es la expresión más acabada del arte de una cultura como la islámica. Es la forma principal del arte a la cual sirven las otras manifestaciones estéticas. El motivo principal de la arquitectura islámica es la mezquita, y sus elementos constitutivos surgieron en la primera época del Islam, inmediatamente después de la Hégira del Profeta de La Meca hacia Medina, donde se construyeron las primeras mezquitas, llamadas al principio baitu-s-salah (casa de la oración) [1]. Toda la mezquita está en realidad gobernada por una “orientación”; una “dirección” es la que sacraliza el lugar: la qiblah, la orientación hacia la Sagrada Ka‘abah en La Meca. Esto muestra, en primer lugar, la profunda comprensión de la Unidad divina que transmite el Islam: un único templo, la Ka‘abah, y las mezquitas diseminadas por todo el mundo son como los corazones de los creyentes que se “tornan” hacia el Uno en el momento de la oración.

Esta orientación de la mezquita está marcada por el mihrab, un nicho construido en la pared orientada hacia La Meca en donde se ubica el imam que conduce la plegaria. Este nicho tradicionalmente estaba dotado de efecto acústico de amplificación que devolvía hacia atrás la recitación del imam, para ser escuchado y seguido por los orantes enfilados detrás suyo. El mihrab es a la mezquita lo que el corazón al hombre. El corazón (en árabe qalb, de qalaba , “volver”, “voltearse”), deja de fluctuar erráticamente [2] y se “vuelve” hacia su Señor, orientándose hacia la qiblah. La palabra divina desciende y penetra el corazón en la concentración de la plegaria islámica.

La mezquita cuenta, además del mihrab, con otros elementos característicos que se repiten en cualquier rincón del universo islámico: 1) la cúpula, 2) los minaretes, 3) las columnas o pilares, 4) el minbar o púlpito, 5) un patio central generalmente con una fuente de agua, 6) las lámparas que iluminan el recinto, 7) la decoración, exenta de imágenes, a base de caligrafía o motivos geométricos.

La cúpula simboliza al cielo de las realidades metafísicas permanentes. La base del edificio, generalmente cuadrada o rectangular, es la tierra y el mundo [3] . Entre ambos suele haber un capitel octogonal, un “mediador” entre el cielo del espíritu y la tierra de la materia. El octógono representa al Trono divino, y el Trono divino, en la interpretación de la sabiduría mística del Islam, es el Profeta, evidencia y misericordia para los seres.

El minarete (del árabe al-minâr, derivado de nâra: brillar, lucir) se eleva a gran altura y puede distinguirse desde lejos. Cuando desde él el muecín llama a la oración, es un faro [4] de luz y sonido que permite que los hombres, dispersos en el “mundo exterior”, se encaminen hacia la mezquita para unirse en la oración al Único. Los minaretes son como los sabios en la sociedad que, como dijo ‘Ali, “son como las estrellas del cielo que permiten a los hombres orientarse”.

Las primeras mezquitas del Islam, la de Quba y la del Profeta en Medina, se construyeron con ladrillos de adobe y troncos de palmera sosteniendo un techo de hojas de palmera en algunos sectores, estando la mayor parte a cielo abierto. Esos troncos de palmera han perdurado en el bosque de columnas que caracteriza a las mezquitas. Las columnas están enfiladas en la dirección de la qiblah , y son los “pilares” de la fe, los creyentes verdaderos que, al decir del Profeta son como “las paredes de un edificio que se apoyan unos a otros”.

El minbar o púlpito es una escalera de madera que conduce a un estrado coronado generalmente por una pequeña cúpula, todo de madera labrada y decorada profusamente. Es el lugar donde se ubica los viernes el jatib o disertante, para realizar el sermón o jutbah. Este único elemento del mobiliario de la mezquita proviene de la época del Profeta. Dado que todos los asistentes de la mezquita no podían verlo o escucharlo en la disertación de los viernes, un carpintero de entre sus discípulos construyó un estrado de madera para que se subiera en él y pudiera ser visto y escuchado por todos.

Buena parte de casi cualquier mezquita está abierta al cielo. En Medina, originalmente ese patio o sahn era el espacio entre el lugar de la oración y la casa del Profeta. El patio interior de las mezquitas simboliza el alma humana purificada, abierta a las mercedes de Su Señor. Es el corazón no cubierto por ningún velo. Y en el centro de ese patio, como en el de muchas construcciones islámicas, hay una fuente de agua. El agua simboliza la misericordia divina que desciende del cielo y fluye por los valles (las almas humanas) según su medida (Cfr. Corán 13:17), vivificando “la tierra después de muerta” (Cfr. 2:164). El agua es la revelación y el medio de la purificación, la fuente de la vida (“Hemos creado a toda cosa viva del agua”, 21:30). En la práctica, esa fuente de agua sirve para la ablución ritual (al-uudû’ ) que purificará al orante antes de la plegaria.

Desde antiguo han competido los artesanos musulmanes en la iluminación de las mezquitas. Son las mishkauât (sing.: mishkât), lámparas de cristal bellamente decoradas, cuyo nombre y simbolismo se inspira en el famoso versículo de la luz, que dice: “Dios es la luz de los cielos y de la tierra, el ejemplo de Su Luz es como en de un nicho (mishkat) en el que hay un pabilo, el pabilo está dentro de un cristal, que es como un astro reluciente. Se enciende (esta lámpara) del aceite de un árbol bendito, un olivo, que no es oriental ni occidental, y arde aunque no lo toque el fuego…” (24:35). Es la luz de la presencia divina en todas las cosas y, sobre todo, en el corazón humano.

Un párrafo aparte merece la arquitectura común, la de la casa islámica tradicional, en la cual también se aprecian signos distintivos de un modo de vida inspirado en los valores sagrados. La casa típica de los musulmanes no es ostentosa o llamativa hacia fuera, sino más bien volcada hacia el interior. Las ventanas no se abren hacia fuera, sino generalmente hacia el patio interior, como en la casa andaluza; casas amplias en donde los ambientes se abren a un patio interior, o incluso a un jardín, con una fuente o aljibe. Las ventanas, “ojos del alma”, se abren hacia el cielo interior, el lugar de manifestación de lo divino. El Islam enseña, por otra parte, el respeto a la intimidad, sin que ello signifique encerrarse en uno mismo. Por el contrario, la familia musulmana se estructura como un gran clan, viviendo en una gran casa o en un mismo barrio. El patio y la fuente repiten así el símbolo ya explicado en el caso de la mezquita.

Notas

[1] La palabra “mezquita” proviene del vocablo árabe masyid, que significa “lugar de postración”, en referencia a la postura que se adopta durante la oración ritual islámica. 

[2] Taqallaba es fluctuar, ser tornadizo y cambiante, y la misma palabra que designa al corazón, qalb, tiene otra acepción que es “conversión”, “cambio”, “permuta”.

[3] Sobre el simbolismo de la esfera y el cubo, representado, respectivamente, el aspecto más espiritual y más material de la realidad, véase René Guénon, El reino de la cantidad y los signos de los tiempos , Ediciones Paidós, Barcelona, 1997, pags. 125-130.

[4] Minâr significa también faro y señal en el desierto para orientarse.

Extracto del artículo aparecido en la revista El mensaje del Islam nº 10, diciembre de 1993 . Hazan Bize

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Buenos Aires celebra Siria 2014-Mariana Gasali II

Mariana Gasali
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