Stefano Faravelli,un viajero que toma notas y pinta en acuarela

Stefano Faravelli ha expuesto sus cuadernos de viaje en galerías de Londres, Nueva York, París, Estambul y Jerusalén.
Stefano Faravelli ha expuesto sus cuadernos de viaje en galerías de Londres, Nueva York, París, Estambul y Jerusalén.

Stefano Faravelli
Tokio-Istambul-Jenné-Delhi-Cairo
Editorial Confluencias, 2011

Hay turistas y viajeros. Los turistas van a tomarse fotos junto a los íconos; los viajeros van en busca de lo desconocido. Stefano Faravelli es un viajero y, además, un viajero que toma notas y pinta en acuarela. Por eso, ha hecho estos hermosos cuadernos de viaje –una rareza bibliográfica para estos tiempos de turismo masivo- que combina notas a mano, ilustraciones realizadas in situ y collages que incluyen elementos encontrados en sus viajes como sellos, fotos, planos de metro y hojas de árboles. Las imágenes con sus respectivas notas –en italiano, su idioma original- van al final en un desplegable de 2,5 metros, en papel más grueso. Al comienzo va el texto -con una pequeña introducción- traducido a varios idiomas, entre ellos, desde luego, el español.

Un pequeño cuadernillo de notas de viaje que, salvo por las imágenes, recuerda a los famosos moleskines creados por otro gran viajero, Bruce Chatwin. Tokio, Estambul, Jenné, Delhi y Cairo son las ciudades visitadas por Faravelli y que conforman esta colección en proyecto de ser ampliada. Por su carácter personalísimo, valga la aclaración, no son ninguna guía práctica para viajeros aunque, al final, paradójicamente, terminamos conociendo esas ciudades acaso de una manera más profunda y detallada, como bien lo dice el propio autor a propósito de Tokio: “Así he contado Tokio: este cuaderno es solo una muestra sobre el cuerpo del gran leviatán, una minúscula muestra, pero, como saben bien todos los japoneses, una brizna de hierba contiene todo el prado”.

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Contar Tokio, dibujarla, fue una tarea muy difícil para Faravelli. Porque es una ciudad sin belleza, la modernidad pura. Algo que no había hecho, que no sabía hacer. Hasta que al fin encontró la llave: Tokio es transitoria, como un teatro de escenarios móviles donde fluyen trenes, metros, ideogramas, mensajes subliminales, pero finalmente tiene un centro de gravedad, un agujero negro: el palacio imperial, Kashiko Dokoro, el “santo lugar”. Ese es el centro que hace girar la ciudad y allí se rompen los flujos de tráfico, “el devenir de la ciudad transitoria”.

En Estambul buscó las presencias europeas diseminadas entre las etiquetas de los pasteleros, las postales de los aniversarios de los sultanes, los muebles de los palacios otomanos. Descubrió la gran influencia francesa en el Bósforo entre el ochocientos y el novecientos, todavía viva en los barrios de Galata, Eminonu y Uskudar: “Una ciudad es también el recuerdo de ella en los habitantes que la han vivido y atravesado”. Desde luego, Estambul también es una ciudad asiática y Faravelli en su diario deja constancia de sus escuelas de caligrafía y los sufíes durante los días del sultán Eyüp. Descubre una ciudad-bisagra entre Oriente y Occidente, de identidad múltiple, híbrida, “dolorosamente contradictoria”, a la vez decrépita y joven, en todo caso fascinante. En este cuaderno Faravelli tiene un tono más personal, ‘diarístico’ y, entre líneas, deja translucir una historia amorosa.

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En Cairo, el objetivo del viaje fue una visita a la Ciudad de los Muertos, en busca de la tumba del escritor y metafísico francés René Guénon, enterrado allí con el nombre árabe de Abdel-Wahid Yahía, Juan siervo del Único. La búsqueda resulta infructuosa pero no el viaje: “Me refugio en la mezquita Kaitbey, un lugar de una belleza maravillosa, y en la penumbra iridiada por las luces que se filtran por las vidrieras recito la oración que había destinado a una tumba inencontrable”.

En los mundos diversos que hay en la multiforme Delhi, Faravelli descubre el de las cofradías de un Islam todavía espiritual, tolerante y compasivo, muy distinto al de las corrientes fundamentalistas, ahora dominantes. En Jenné, Malí, al sur de la África subsahariana, encuentra la ciudad más bella que quizás ha visto en su vida: “He contado Jenné también por esto: para testimoniar, también con la delicadeza de la acuarela y la medida mínima del cuaderno, un mundo de belleza y verdad al borde de una mutación inminente y quizá fatal”.

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Por Luis Fernando Afanador
Con información de Semana

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Cavilaciones de un asno lastimado – Cuento Sufí

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Había un aguador que poseía un asno de carácter desabrido y cansado de la existencia. Los fardos habían lastimado su lomo y éste inconsolable no esperaba ya más que la muerte. La falta de alimento lo hacía sufrir cruelmente y soñaba continuamente con un pienso de paja. El acicate había dejado, además, en sus costados unas llagas dolorosas.

Ahora bien, el palafrenero jefe del palacio del sultán conocía al propietario de este asno. Un día se cruzó con él en su camino. Lo saludó y, viendo el estado de su asno, se compadeció de él.

“¿Por qué está este asno tan demacrado? preguntó.

-La causa es mi pobreza, respondió el hombre. También yo estoy necesitado y mi asno tiene que prescindir de todo alimento.”

El palafrenero le dijo:

“Confíamelo unos días para que aproveche un poco las ventajas de la cuadra del sultán.”

El hombre le confió, pues, su asno y éste fue instalado en las cuadras del palacio. Allí vio unos caballos árabes, fogosos y lustrosos, provistos de un buen lecho de paja y de abundante alimento. El suelo estaba limpio y aseado. Nunca llegaba a faltar nada. Y viendo que a cada momento los almohazaban, el asno elevó los ojos al cielo y dijo:

“¡Oh, Dios mío! Aunque sólo sea un asno, soy, de todos modos, una de tus criaturas. ¿Por qué, entonces, tengo que soportar esta miseria y estos tormentos? Paso las noches llamando a la muerte con mi deseo a causa de mi lomo baldado y mi vientre vacío. En comparación, la suerte de estos caballos me parece particularmente envidiable. ¿Es que, por casualidad, me están reservadas estas pruebas a mí solo?”

Ahora bien, un día estalló la guerra. Los caballos fueron ensillados y partieron al combate. Cuando volvieron a la cuadra, estaban ensangrentados, heridos por todas partes por innumerables lanzazos o flechazos. Los hicieron entrar en la cuadra y los trabaron para que el herrador, provisto de su lanceta, pudiese actuar. Y éste empezó a cortar en las heridas para retirar las puntas de las flechas. Al ver todo esto, el asno se dijo:

“¡Oh, Dios mío! A fin de cuentas, estoy satisfecho con mi estado de pobreza. Esta abundancia se vuelve pronto muy amarga. ¡Muy poco para mí! Quien busca la salvación no se aficiona a este mundo de aquí abajo. ¡Mi salvación es la pobreza!”

Por Yalal Al-Din Rumi

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