La esclava y la virilidad – Cuento Sufí

Chica árabe con arguile - Jean-Léon Gérôme (1873)
Chica árabe con arguile – Jean-Léon Gérôme (1873)

  Un día un espía de poca monta vino a decir al sha de Egipto:

  “¡El sha de Mosul posee una esclava tan hermosa como las huríes! Su belleza es tal que en vano se buscaría equivalente en la tierra. ¡Su belleza infinita es indescriptible, pero aquí tienes un retrato suyo!”

  Al ver el rostro pintado de la hermosa esclava, el sultán quedó tan sorprendido que la copa de vino se le escapó de las manos. Lleno de admiración, se puso a lamentarse. Después, designó a un valiente guerrero, le confió innumerables soldados y lo envió hacia Mosul:

  “Si alguien, le dijo, te impide apoderarte de ella, destrúyelo a él y sus bienes. Pero, si te la dan, tráemela aprisa para que yo pueda unirme con esta luna.”

  Precedido de tambores y banderas, el ejército tomó el camino de Mosul con gran estruendo. Los soldados cayeron sobre la ciudad como una nube de langosta. Lluvias de flechas y de piedras se abatieron sobre la ciudad y las centelleantes espadas hicieron correr mucha sangre durante semanas.

  Un día el sha de Mosul envió al jefe del ejército un emisario, portador del siguiente mensaje:

  “¿Por qué haces correr la sangre de tantos fieles? Los cadáveres forman montañas en nuestro lado. Si es Mosul lo que deseas conquistar eso puede hacerse sin derramar sangre. Yo me iré y te dejaré entrar en nuestra ciudad. Pues sólo una cosa me importa ya: que no se vierta más sangre. Si son piedras preciosas lo que codicias, eso es aún más sencillo.”

  El jefe del ejército mostró al emisario el retrato de la hermosa esclava diciendo:

  “¡Esto es lo que quiero! Y más vale que la obtenga enseguida porque no dudo en alcanzar la victoria.”

  Cuando fue informado de ello, el sha de Mosul exclamó:

  “¡No soy un idólatra! ¡Nada me importan las apariencias, pues lo que yo busco es la verdad.”

  Así, para evitar el derramamiento de la sangre de los fieles, el sha sacrificó a su hermosa esclava. Pero, cuando el emisario condujo a esta última ante el jefe del ejército, éste se enamoró de ella al instante.

  El amor es un océano y los cielos no son sino su espuma. Sabe que los cielos giran por efecto del amor. Sin él, el corazón del universo se convertiría en un bloque de hielo. ¿Cómo, sin él, se transformaría en vegetal una cosa inanimada y cómo, sin él, sería sacrificado ese vegetal por un ser animado? Sin él ¿cómo sería el espíritu, el secreto de aquel aliento que fecundó a Myriam (María)?

  Nuestro valiente guerrero tomó, pues, ese pozo por un camino. Esta tierra árida le gustó y empezó la siembra. Pero cuando un hombre fornica en sueños con una mujer, al despertar comprende y empieza a lamentarse diciendo: “¡Ay, he derramado mi agua en la vanidad!”

  Nuestro héroe según la carne no era, pues, un verdadero héroe y disipaba su semilla en el desierto. El caballo del amor ha tomado el bocado entre los dientes y no teme a la muerte. Va diciendo: “¡Ya no reconozco sultán, pues mi obra es el amor!”

  Cuando un león ve su reflejo en un pozo, lo ataca y acaba por caer en el pozo. Es preciso que el hombre no esté en intimidad con la mujer, pues el hombre y la mujer son como el fuego y el algodón. Para que un fuego semejante siguiera siendo inocente, sería preciso que, como el de José, fuese regado con el agua de la verdad.

  En el camino de regreso, el valiente guerrero estableció su campamento en un bosque. Estaba tan dominado por el fuego del amor que no distinguía ya la tierra del cielo. Entrando de nuevo en su tienda, se precipitó al encuentro de la hermosa esclava.

  En un instante así ¿qué es de la razón? ¿Qué es del miedo al sultán? Cuando el deseo carnal redobla el tambor, la razón se derrumba. Y nuestros ojos ofuscados consideran al sultán como si fuese un mosquito.

  Así pues, el valiente guerrero se aligeró la ropa y se tendió al lado de la bella esclava. En el mismo instante en que su miembro alcanzaba su forma acabada, estalló un gran ruido en el exterior. Nuestro héroe se levantó apresuradamente, se apoderó de su espada y salió de su tienda. Allí vio un león que provocaba el pánico entre los soldados. Los caballos huían derribando las tiendas a su paso. El guerrero se puso sin temor ante el león y le cortó la cabeza de un solo tajo con su espada. Después, se volvió a la tienda junto a la bella esclava, que estaba llena de admiración por su valor. Pero el miembro del guerrero, que había permanecido en erección durante su combate con el león, se ablandó de pronto cuando la tomaba en sus brazos.

  Nuestro héroe ha perdido el camino recto a causa de una falsa aurora. Como un mosquito, se ha ahogado en una olla de leche. Bastaron unos días para que experimentara remordimientos: por temor al sultán, hizo jurar a la hermosa esclava que no revelaría su secreto.

  Cuando el sultán vio a la esclava, quedó enajenado.

  “¿Se ha visto nunca algo semejante? exclamó. ¡No puedo creer lo que veo! ¡Esto supera todo lo que me habían referido!”

  ¿De qué sirve poseer el Oriente y el Occidente si todo esto es tan efímero como el relámpago? El sultán, lleno de deseo, condujo a la hermosa esclava a su habitación con el fin de consumar el acto de amor. Pero, mientras que estaba sentado entre las piernas de esta última, un incidente vino a cortarle el camino del placer. Se oyó el ruido de un ratón y su miembro se ablandó de repente sin que pudiese remediarlo. Temía, en efecto, que fuese alguna serpiente disimulada en la paja del lecho.

  A la vista de esta repentina debilidad, la bella esclava se echó a reír, pues recordaba al valiente guerrero cuyo miembro había permanecido firme durante el combate con el león. Fue así presa de una risa irreprimible. Y su risa era como una marejada que hizo entrar al sultán en una violenta cólera. Desenvainó la espada:

  “Dime la verdad, exclamó. Tu risa ha puesto la duda en mi corazón. Si me ocultas algo, te cortaré la cabeza. Si hablas, serás libre y feliz.”

  La esclava se vio, pues, obligada a contar su unión con el guerrero durante su viaje y también la causa de su risa: ¡la comparación entre el miembro del guerrero frente a un león y el del sultán frente a un ratón.

  No siembres mala semilla pues, un día, germinará y aparecerá a plena luz. El sultán comprendió de golpe todas las injusticias que había cometido con el único fin de poseer a esta esclava y se arrepintió ante Dios diciendo:

  “He deseado a la mujer del prójimo. ¡He forzado la puerta del prójimo y alguien ha forzado mi puerta! Lo que he querido hacer a otros, eso me ha sucedido a mí como castigo. He robado la esclava del sha de Mosul y me la han robado a mí. He traicionado y he sido traicionado. Si me vengo, dominado por la cólera, eso recaerá sobre mí, pues soy la fuente de todo lo que acaba de suceder. ¡Oh, Dios mío, perdóname! ¡Perdóname!”

  Después, dijo a la esclava:

  “Que todo esto quede entre tú y yo. Te daré a ese valiente guerrero pues, con su mala acción me ha hecho un bien inmenso.”

  Hizo venir al guerrero y le dijo:

  “Esta esclava ha dejado de complacerme, pues su presencia entristece a la madre de mi hijo. ¡Como has arriesgado tu vida por ella no puedo hacer otra cosa que entregártela!”

  La entregó, pues, al guerrero y decapitó así su ira y sus deseos.

Por Yalal Al-Din Rumi

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