Jardín de verduras

verduras

“La cocina era un atrio inmenso lleno de humo, donde ya muchos sirvientes se ajetreaban en la preparación de los platos para la cena.
En una gran mesa dos de ellos estaban haciendo un pastel de verdura, con cebada, avena y centeno, y un picadillo de nabos, berros, rabanitos y zanahorias…”

Umberto Eco de El nombre de la rosa

Verduras y hortalizas son consideradas como las hermanas pobres de nuestra cocina, y sin embargo, tanto dietética como gastronómicamente, son excelentes alimentos que no sólo nos nutren sino que son un verdadero placer para el paladar, eso sí, siempre deben ser frescas, de temporada, y estar bien cocidas.

La mayoría de las verduras y hortalizas que hoy conocemos, tiene su origen en el creciente fértil y el norte de África, los romanos introdujeron algunas verduras como el ajo, el apio, la coliflor, la calabaza entre otras, los árabes trajeron la cebolla, guisantes, judías verdes y espinacas, hay que destacar la importante aportación que hizo el descubrimiento del Nuevo Mundo al posibilitar en la vieja Europa el cultivo de pimientos, patatas y tomates.

Hoy da gusto acercarse al mercado y ver cada mañana el bello muestrario de verduras que nos ofrecen las hortelanas bajo los soportales, allí las lombardas, las coles de Bruselas, las berzas de cántaro, lechugas, zanahorias, y cuando es su tiempo, espárragos de la Guareña, o pimientos y tomates de nuestras cercanas huertas, con esta materia prima es muy difícil no acertar al cocinar un buen plato elegido de las recetas que siguen, en estas fechas cuaresmales nos servirá de entrada y acompañamiento para el plato principal.

INGREDIENTES:

1/4 Kilo de espárragos.
100 Gramos de guisantes.
200 Gramos de coliflor.
250 Gramos de coles de Bruselas.
250 Gramos de zanahorias.
250 Gramos de patatas nuevas, pequeñas.
Mantequilla.
Salsa bechamel.
Queso rallado.
1  Taza de nata.
2    Huevos.

Consejo: Las verduras pueden sustituirse por otras distintas cuando éstas no sean de temporada.

ELABORACIÓN:

Se cuecen separadamente, los espárragos, guisantes, coliflor, coles de Bruselas, zanahorias y patatitas nuevas.

Cuando están las verduras cocidas, se reho­gan, por separado, en mantequilla, los guisantes, las coles y las patatas.

En una fuente grande se colocan los espárra­gos formando cuadros, y en el hueco de éstos, en montoncitos, las distintas verduras. Aparte se hace una bechamel clara, sazonada con pimienta y un poco de queso rallado, agregando cuando ya está y lejos del fuego, la nata muy batida, y con esta salsa se rocían las verduras que se han pre­parado en la fuente, guarneciéndola con huevos duros cortados en cuartos.

Por M. Rodríguez San León

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El Sheij y la voluntad de Dios – Cuento Sufí

Llamada a la oración, Jean-Léon Gérôme, Cairo 1880
Llamada a la oración, Jean-Léon Gérôme, Cairo 1880

Había una vez un sheij que era el hombre más ilustrado de la tierra. El pueblo lo consideraba como un profeta. Una mañana, su mujer le dijo:

“¡Tu corazón es tan duro como la roca! ¿Forma parte eso de las reglas de la sabiduría? Todos nuestros hijos han muerto y yo, a fuerza de llorar, me he encorvado como un arco. A ti, nadie te ha visto llorar nunca. ¿No hay lugar en tu corazón para la piedad? Nosotros estamos ligados a ti y te servimos día y noche, pero ¿qué podemos esperar de alguien que no conoce la piedad? ¿A qué llaman sheij? A un anciano de pelo y barba blancos. Sabe que el verdadero sheij no tiene ni siquiera asomo de existencia. El que no tiene pretensión alguna de existencia, sea su pelo negro o blanco, ¡ése es un sheij! ¡No olvides que Jesús habló en su cuna!”

El sheij respondió:

“Te engañas si crees que no existe piedad ni ternura en mi corazón. Siento piedad por los infieles que se exponen al infierno con sus horribles blasfemias. Cuando un perro me muerde, pido a Dios que le conceda un carácter más apacible, pues si mordiese a algún otro, correría el riesgo de ser lapidado.”

La mujer replicó:

“Si realmente sientes esa ternura por el universo entero, ¿por qué no hay rastro de lágrimas en tus ojos cuando el destino nos ha quitado a nuestros hijos?”

El sheij respondió:

“Muertos o vivos, nunca desaparecerán de mi corazón. ¿Por qué habría de llorar si los veo sin cesar, ahí, ante nosotros? No se llora a alguien sino cuando uno está separado de él.”

Otro día, un hombre llamado Behlul preguntó a ese mismo sheij:

“Dime cómo estás. ¿En qué estado te encuentras?”

El respondió:

“Todos los viajeros soportan Su voluntad y los ríos fluyen en el sentido que El les ordena. La vida y la muerte van adonde El quiere. Algunos reciben mensajes de pésame y otros felicitaciones. ¡Nadie puede sonreír si El no ha dado la orden!”

Behlul dijo entonces:

“Es verdad lo que dices y tienes cien mil veces razón. Pero explícame eso algo más claramente para que tanto el ignorante como el sabio puedan aprovechar tu sabiduría. ¡Prepáranos un festín de platos variados para que todos puedan comer lo que les conviene!”

El sheij:

“Todos saben que nada ni nadie puede hacer cosa alguna sin la voluntad de Dios. Ni siquiera la hoja del árbol. Y Sus órdenes son muy numerosas y nadie puede contarlas pues ¿quién podría contar las hojas de un árbol? Lo infinito no puede ser delimitado por las palabras. Los decretos de Dios encuentran aceptación entre Sus criaturas. Cuando la criatura se somete a la voluntad de Dios, la vida y la muerte le parecen iguales. Su vida no está volcada hacia el lucro, sino hacia Dios. Su muerte no es causada por las enfermedades o las pruebas, sino por Dios. Su fe no se dirige a las huríes y al paraíso, sino a Dios. Renuncia a la blasfemia, no por temor al infierno, sino por temor de Dios. Eso está en su naturaleza. No es algo que haya adquirido por su esfuerzo o por la práctica del ascetismo. Ríe sólo cuando comprueba que Dios la ha aceptado. Para ella, el destino es una golosina. Si un servidor de Dios es de tal naturaleza, ¿porqué habría de decir: “¡Oh, Dios mío! ¡Cambia mi destino!”

Porque sabía que la muerte de sus hijos había sido querida por Dios es por lo que esta muerte le era tan dulce como los kadaifs (pastelería oriental).

Por Yalal Al-Din Rumi

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