Armenia, Tierra Santa

Se dice que allí se encontraba el Jardín del Edén, que el Arca de Noé quedó en el monte Ararat y que conservan la manta del niño Jesús y la lanza que un centurión clavó a Jesús en la cruz. Con excepción de Israel, es difícil encontrar un lugar más vinculado con la historia sagrada que Armenia, el primer país cristiano de la historia.

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“El cristianismo es como el color de la piel de los armenios. No se puede cambiar”, reza el dicho. Y es que Armenia es el primer país que adoptó el cristianismo como religión oficial, decisión que ha marcado a sangre y fuego su larguísima historia. Es un pequeño territorio con una gran historia incrustado en el corazón del inhóspito Cáucaso. Rodeado de enemigos desde hace miles de años, los cristianos armenios han sufrido innumerables invasiones y matanzas que no han hecho sino profundizar esa mentalidad de pueblo emboscado entre Oriente y Occidente.

Coetáneos hace más de 4.000 años de otros pueblos bíblicos como los asirios o los arameos, su territorio ha visto el paso de los escitas, partos, sátrapas, babilonios, persas, romanos, árabes, mongoles, turcomanos, turcos y rusos.

Los armenios se vieron obligados a emigrar cual pueblo errante por el mundo y, actualmente, la mayoría de su población reside en Rusia, Estados Unidos, Francia o Argentina, fenómeno que es conocido como la Diáspora Armenia.

Hace unos 2000 años, Armenia era un próspero reino bañado por los mares Caspio y Negro, mientras ahora es una pobre república que no tiene relaciones diplomáticas con sus principales vecinos: Turquía y Azerbaiyán.

Con todo, ni siquiera el genocidio del que fueron víctimas 1,5 millones de armenios a manos del imperio otomano, hace casi un siglo, doblegó a un pueblo para el que la religión es el símbolo de su resistencia.

La más antigua

Su capital, Ereván, es más antigua que Roma, aunque las guerras y los terremotos apenas han dejado rastro de su milenaria historia.

Su edificio más emblemático es el Matenadarán, museo donde se estudia el origen del alfabeto armenio, una de las lenguas más antiguas del mundo.

Como no podía ser de otra forma, fue un monje, Mesrop Mashots, quien ideó en el año 405 el alfabeto de 36 letras para propagar la fe cristiana.

Miles de manuscritos, piedras talladas, pergaminos, mapas y espectaculares miniaturas son los tesoros que alberga ese centro, objeto de peregrinación y veneración para los armenios.

La Plaza de la República, que acoge la sede del Gobierno, la Cancillería y el Museo de Historia, es el corazón de la ciudad, aunque el edificio más bonito es, sin lugar a dudas, la Academia de Ópera y Ballet, que preside uno de los lugares de ocio más populares de la ciudad, la Plaza de la Libertad.

Aunque Ereván tiene su propia catedral, la de San Gregorio el Iluminador, la capital espiritual se encuentra a las afueras de la ciudad. Se trata de Echmiadzin, considerada la catedral más antigua del mundo y actual residencia del Catholicós, jefe de la Iglesia Apostólica Armenia.

Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO, fue construida a principios del siglo IV – fue el rey Tiridates III quien decidió adoptar el cristianismo en torno al año 301 después de Cristo-, aunque ha experimentado numerosas reconstrucciones desde entonces.

Reliquias

El complejo arquitectónico de Echmiadzin, que incluye un monasterio, acoge dos reliquias de renombre universal que ponen a prueba la fe del visitante.

La primera es, supuestamente, el único resto del Arca de Noé que se conserva en el mundo. La reliquia, una cruz de madera, fue a parar a Echmiadzin gracias al monje bizantino Iákob.

Cuenta la tradición que Iákob peregrinó al monte Ararat, donde atracó el arca hace 5.000 años. Cuando pidió a Dios que le ayudara a encontrarla, éste le dijo que la búsqueda del arca estaba terminantemente prohibida y le entregó un trozo del arca para que el mundo no dudara de la existencia de Dios.

La segunda reliquia tiene mucho de leyenda, ya que al menos otros tres lugares en el mundo (Roma, Antioquía y Viena,) presumen de acoger entre sus muros dicho tesoro. Se trata de la lanza con la que un centurión romano, Longinus, clavó el cuerpo de Cristo cuando este estaba colgado en la cruz para comprobar que había muerto.

La punta de la Lanza de Longinus o del Destino, que tiene forma de rombo, fue traída supuestamente a Armenia por el apóstol Judas Tadeo y es una de las principales atracciones de los miles de turistas de todo el mundo que visitan anualmente Echmiadzin.

El museo al aire libre que es este país no termina aquí, ya que, según reza la tradición, en la iglesia de Odzún Santo Tomás se consagró a varios sacerdotes en el siglo I de nuestra era. Supuestamente, el santo trajo consigo la manta del niño Jesús que estaría enterrada bajo el altar.

A imagen y semejanza de Irlanda, todo el territorio de este país está salpicado por cruceros de piedra, que en Armenia son conocidos como “jachkar” (Jach, cruz; Kar, piedra). La mayoría están talladas en roca, aunque excepcionalmente se pueden encontrar algunas con brazos.

Los “jachkar” son considerados unánimemente el símbolo cultural del pueblo armenio y, en su versión de bolsillo, son uno de los “souvenir” preferidos de los visitantes, junto al famoso coñac armenio.

Otra de las singularidades de este país es que la práctica totalidad de las iglesias y edificios administrativos están construidas a partir de toga, una piedra caliza muy porosa. En su mayoría, es de color rosado, lo que da a las construcciones un aspecto majestuoso y, al mismo tiempo, arcaico.

El monte sagrado

Aunque la tarjeta de visita de Armenia es el monte Ararat que, paradójicamente, se encuentra fuera de las fronteras del país -en territorio turco- desde 1920.

La silueta de ese volcán nevado de más de 5.000 metros de altura forma parte de la conciencia colectiva del pueblo desde su el principio de los tiempos.

Ararat, que es citada por la Biblia, es objeto de peregrinación por parte de creyentes y arqueólogos, quienes no pierden la esperanza de encontrar el arca de madera construida por Noé para sobrevivir, junto a su familia y a una pareja de cada especie animal, al Diluvio Universal.

En un día soleado, al igual que ocurre con el Fujiyama en Japón, su pico nevado se puede ver desde cientos de kilómetros de distancia, ya que Armenia es una altiplanicie de casi 2.000 metros de altitud media.

El mejor mirador es Khor Virap, un monasterio fortaleza construido cerca de la frontera turca en torno al año 180 antes de nuestra. Originalmente, fue una ciudadela temida por sus mazmorras, donde Gregorio el Iluminador, quien convirtió a Armenia al cristianismo, pasó 13 años de cautiverio.

Actualmente, el edificación es destino de los turistas deseosos de tener una visión privilegiada del sagrado monte Ararat.

Entre montañas

Armenia es un país extremadamente montañoso, lo que convierte a gran parte de su territorio en inhabitable, con la excepción de los ascetas que buscan aislarse del resto del mundo.

Ese es el caso del espectacular monasterio de Tatev, construido a finales del siglo IX y que fue, durante la Edad Media, el centro intelectual de Armenia. De hecho, fue hogar de la mayor universidad de todo el Cáucaso Sur, donde se impartían clases de filosofía, teología, astronomía, literatura y arquitectura, entre otras materias.

En su momento más álgido llegó a acoger casi un millar de inquilinos, entre los que figuraban los más célebres miniaturistas de su tiempo.

Actualmente, el recinto amurallado, situado en un paraje espectacular, conserva tres iglesias, una biblioteca y un obelisco que sigue siendo un misterio para los historiadores.

A Tatev se llega a bordo del teleférico más largo del mundo (5.750 metros), travesía que dura poco más de 10 minutos.

No menos espectacular es el monasterio de Geghard que está parcialmente excavado en la roca y que es uno de los lugares más visitados por los turistas armenios.

Originalmente conocido como el Monasterio de la Cueva, ya que los antiguos cristianos construían templos en cavernas de la zona, fue edificado en el siglo IV en una zona de acantilados para guarecerse de posibles invasores.

Reconocido por la UNESCO, fue destruido casi totalmente por los árabes, pero fue reconstruido en la Edad Media.

Acoge numerosas reliquias, entre ellas varias pertenecientes a los apóstoles Juan y Andrés, por lo que actualmente es objeto de peregrinación los 365 días del año. Además de “jachkar” labrados directamente en la roca, Geghard incluye varias capillas y sacristías bajo las rocas, pero con ventanas que dan al exterior, por lo que no carecen de luminosidad.

Ecoturismo en las alturas

Armenia también ofrece magníficas oportunidades para los aficionados al ecoturismo, como es el caso del lago Seván, el más grande de la región del Cáucaso.

Situado a una altura de 1.900 metros, en sus orillas se pueden ver las ruinas que datan de antes de nuestra era y son pertenecientes al reino de Urartu, el primero en la historia de Armenia. Actualmente, Seván es un parque natural.

Otro punto turístico inolvidable son las cataratas de Dzhermuk, que están situadas a más de 2.000 metros de altitud. Durante su vertiginoso descenso llegan a formar tres terrazas que alcanzan una altura de 68 metros.

La vegetación en las zonas montañosas es en ocasiones tan lujuriante que, sumado a las referencias bíblicas, algunos historiadores consideran que el Jardín del Edén se encontraba situado en lo que es actualmente el territorio de Armenia. En concreto, aluden a la fértil región que rodea el lago Van.

Y es que en Armenia uno puede comer manjares inimaginables en otros lares que no sean el mismísimo paraíso, como el queso con melocotón envuelto en pan.

Con todo, los paisajes más impactantes de este país se encuentran en el curso del río Azat, cuyos cañones dejan boquiabierto al visitante. Un viaje a ese paraje persuade al más incrédulo de que, ciertamente, Armenia es tierra santa.

Por Ignacio Ortega
Con información de La Verdad

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