Crónicas palestinas:Jerusalem es una conciencia…

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«Hay que decirlo enseguida. Jerusalem se ha convertido en el sitio más apropiado para perder la fe en Dios y en los hombres. Jerusalem es una conciencia. Dentro de ella aún permanece envasada la locura de la inmortalidad.»

MANUEL VICENT

Dios tiene tres propietarios. Los judíos han proclamado aquí el centro espiritual de su pueblo, desde que el rey David nombrara a Jerusalem capital de la Tierra de Israel, en el año 1.000 antes de Cristo. Para los católicos éste es el sitio de la crucifixión y sepultura de Jesús. Para los árabes, ésta es la tercera ciudad santa y el lugar desde donde el profeta Muhammad (BPD) ascendió al cielo.

En esta ciudad no existen dudas, y Descartes hubiera sido echado a la estufa antes de hacer sus preguntas molestas. Cuatrocientos veintiocho mil personas se levantan aquí, cada mañana, convencidas de que se encuentran en lo cierto.

Desde el pequeño barrio de Mea Shearim, algunos miles de judíos ortodoxos dictan las pautas de vida para todo el Estado de Israel. El pasado sábado 23 de junio, en un accidente automovilístico, murieron 22 niños en Petaj Tikva.

Itzjak Peretz, rabino y ministro del Interior del país, no dudó en asegurar:

-Tenemos una Torá que nos enseña cosas muy claras: si se transgrede el descanso del sábado, en el Estado de Israel ocurrirán desgracias.

Hace unas semanas el tribunal municipal de primera instancia declaró caducas las ordenanzas que limitan los espectáculos en sábado, y esta ciudad se convirtió en un torbellino.

-En sábado -habría asegurado Dios alguna vez- no se debe manejar, ni trabajar, y menos aún asistir al cine.
-No creo que Dios haya mencionado lo del cine -le digo a C.
-Sos un pagano hdp! -me responde.

Hace más de quince años que la militancia religiosa ha dejado de resistir en el Mea Shearim y ha comenzado a presionar sobre el cuerpo social. Así, en todo el país, el transporte se paraliza los sábados. Todos los restaurantes siguen las reglas de la comida casher, y nadie vende cerdo.

Con los años el Partido Religioso Nacional -que conserva, inexplicablemente, un ala moderada y progresista- junto a la ultraortodoxia religiosa pudo imponer la ley que limita el aborto, la prohibición de la venta de pan en el Pesaj, la prohibición de venta de trigo del año sabático, la cría y comercialización de cerdo, modificó la ley de anatomía y patología de manera de impedir el transplante de órganos y logró aumentos presupuestarios para su red de «enseñanza independiente, junto a la excepción del servicio militar para sus acólitos. También detuvieron la construcción de un estadio deportivo en la ciudad. El proyecto quemó las manos del primer ministro Shamir hasta que dio con un vericueto legal: pasó el expediente a una comisión nombrada al efecto, que aún estudia la forma de dejar la propuesta en el olvido.

Fue también Shamir quien salió a calmar los ánimos sabáticos:

-El sábado debe tener en Israel un carácter judío especial -aseguró- de manera que todo el que llegue a una aldea o a una ciudad, sienta a cada paso que es sábado.

Los rabinos que también dictaminan en materia de medicina, de inmigración -diciendo quién es judío y quien no- y que bautizaron a la guerra de Líbano como «guerra preceptual», para luego santificar los territorios ocupados, han declarado ayer que la decisión de abrir las salas de cine los sábados es «helenizante»

Once ultraortodoxos fueron arrestados anoche durante una manifestación en la calle Bar Ilan, y el ambiente puede tensarse esta mañana. Hombres con levita y sombrero caminan por las calles de Jerusalem convencidos de que el tiempo es un accidente menor. Todos parecen tener la misma edad.

Los niños también son adustos, y se visten de abuelitos. Todas las mujeres están embarazadas, y llevan además su carrito con un niño pequeño, que en pocos años más podrá envejecer de negro. Parece por lo menos triste tener a Dios de tu lado.

Un periodista francés me cuenta que hace unas horas, en el norte de la ciudad, apedrearon a una mujer por llevar pantalones. Nos advierte que sólo manejemos por la zona turística los sábados, y que quitemos el cartel de prensa del automóvil. Dios nunca tuvo un buen concepto de los periodistas.

Al mediodía, frente a la ciudad árabe de Jerusalem -ocupada por el ejército israelí en 1967- sólo están abiertas las farmacias. La Orden ha emanado obviamente del Comité de Huelga, y de seguro sólo las farmacias han abierto en toda la extensión de los territorios.

El barrio árabe es un hervidero. Está rodeado por una gran muralla que está allí desde el comienzo de los tiempos. Ahora algunos soldados mascan chicle y se aburren con el dedo en el gatillo. En los últimos meses se ha reducido el turismo. Hoy hay tan sólo algunos micros con mujeres alemanas embolsadas en pantalones inmensos que portan cámaras de video. Caminan como patos detrás del guía. Les han asegurado que los árabes matan por la espalda, como si se tratara de una costumbre folklórica, y entonces se dan vuelta azoradas cada cinco pasos, con la respiración acelerada y el miedo en los ojos. La guía da indicaciones gentiles pero metálicas desde un megáfono, y las señoras reconstruyen la vida de Cristo caminando por la Vía Dolorosa.

En uno de los extremos de la ciudad árabe se ubica la mezquita de Omar. Una de las mujeres la señala en el plano pero la guía insiste en tomar otro camino. Es mejor no entrar. Las mujeres obedecen con docilidad.

-¿Por qué no? -respondía con una pregunta a otra pregunta el ministro Ariel Sharon.

Una semana después de iniciada la revuelta en los territorios, el ministro de Industria y Comercio -antes de Defensa- compraba una casa en el barrio árabe de Jerusalem. Llegó rodeado de fotógrafos y policías. Los movimientos pacifistas hicieron esa misma noche una manifestación de protesta contra lo que consideraban una provocación. Sharon no se había inmutado por el desastre de la guerra de Líbano, bautizada por él mismo como «Operación Paz para la Galilea», Y no iba a preocuparse por unos cuantos protestones.

Desde aquella semana -a fines de diciembre- hasta hoy, ha ido a su nueva casa una sola vez. Entonces, más de cuarenta guardias del ejército debieron subir a las azoteas, entrar a los patios de las casas vecinas, cerrar las calles.

Doce oficiales de la policía israelí gastan ahora el tiempo en tandas de doce horas, cuidando esta casa vacía.

-Contra la pared, muestren los documentos y cierren la boca -gritó el soldado.

Los dos árabes obedecieron. Es viernes al mediodía,en la calle Iafo, del barrio judío.
-¡Los documentos, dije! -insiste el soldado mientras aplasta con un manotazo a uno de los árabes contra el muro.

-¡Vos también! -advierte al otro, mientras le azuza las costillas con la culata del fusil.

Algunos israelíes detienen su marcha y asisten a la escena como si se tratara de un sueño.

-¡Documentos! ¡Y no te muevas! -vuelve a gritar.

Un israelí se acerca moviendo la cabeza.

-¿Están locos? Revisen los documentos y pórtense como personas…

El soldado echa espuma.

-¡Pedazo de OLP, no me vas a decir cómo hacer el trabajo!

-¡A mí no me vas a gritar OLP!

La discusión se generaliza. Las piernas de uno de los árabes, que mantiene la cara contra la pared, tiemblan como hojas secas;

-¡Zurdo imbécil! -agrega el soldado-, por culpa de olpistas como vos levantan la cabeza estos mierdas.

Una mujer canosa ajusta sus lentes e interviene:

-Pasé cosas similares en Alemania. ¿No les da vergüenza?

El soldado decide no escucharla. Echa un vistazo rápido a las credenciales Y después escupe:

-Basta, desaparezcan. Vuelen de acá. Usted, señora,no moleste en el trabajo.

El odio sobrevuela esta ciudad como un pájaro negro.

Está en los mercados, en la calle, en los silencios y en casi todas las miradas.

En Jerusalem, a diferencia de Tel Aviv, un árabe y un israelí pueden tropezar en una esquina.

Dios produjo aquí el milagro de almanaque: cada sector sube en un día distinto su escalera al cielo. El viernes es sagrado para los árabes, el sábado para los judíos y el domingo para los cristianos. El resto de la semana es, simplemente, una carrera contra la virtud.

Hoy la ciudad se ha despertado con una piedra camino al Paraíso. Los árabes israelíes anunciaron su decisión de plegarse a la huelga general el próximo 30 de marzo, día de la Tierra. Desde que los boletines confirmaron la noticia ha comenzado una cuenta regresiva.

Una cosa es la huelga en los territorios y otra aquel al lado, en las aldeas que rodean Tel Aviv, en la casa de enfrente. Han dicho que el paro durará sólo un día. Recuerdan la expropiación, en 1976, de 25 mil hectáreas de tierras cultivables.

En un pasillo de la Universidad, alguien me cuenta una paradoja:

-En hebreo, persona y tierra tienen la misma raíz; en árabe, tierra y honor tienen la misma raíz.

-Adam, en hebreo, es hombre. Adamá quiere decir tierra.

-Arda, en árabe es tierra. Ard significa honor.

El conflicto, o la guerra, o la posibilidad de la guerra, o el conflicto existencial, o la seguridad, o la presión psicológica, cada uno encuentra la explicación que más le agrada. Siempre encontramos alguna explicación para las cosas que suceden y para las que no suceden, para las que deben hacerse y no se hacen, para las que deben existir y las que no.

Un israelí se preguntó en la calle por los motivos de la burocracia, la muerte en los accidentes de tránsito, la estupidez en la sociedad, en el coche, en el trabajo; se pregunta sobre el motivo de la falta de especialización profesional, sobre el porqué de la apatía, de la falta de responsabilidad, de la imposibilidad de distinguir entre lo contingente y lo necesario. Este israelí puede preguntarse sobre nuestra dificultad de distinguir entre los hechos y la mentira, entre una cosa bien hecha y una mal hecha, cuál es el motivo que nos impide distinguir, y cuál es el motivo del odio al extranjero. Y puede responderse:

-¿Qué podemos hacer si hay problemas de seguridad? Sin embargo, durante los 34 años de lucha del ejército israelí, durante 1760 semanas criamos a nuestros hijos, regamos las plantas, trabajamos, estudiamos, comimos, paseamos y pagamos los impuestos. Podríamos suponer que durante ese tiempo no conocíamos ni la conquista ni los bombardeos, y que nuestros cielos estaban seguros. Hay hoy en Israel familias con muertos en accidentes de tránsito, y su número es tres veces mayor al de los muertos por la guerra o el terrorismo en el mismo período. En las rutas no hubo una sola semana sin accidentes. Cuando Ariel Sharón trató de explicar la aventura libanesa, aseguró que «había más de mil muertos por el terrorismo». Sabemos que este ¿señor?, como siempre mantuvo sus distancias con la verdad.

En el período anterior a la guerra, el terrorismo había disminuido drásticamente por la acción del ejército. En los tres años anteriores a la Guerra de Líbano murieron 37 personas en actos terroristas, y en el año anterior a la guerra murió una sola persona. Es cierto que esto es inaceptable, pero habría que recordar lo que pasó con esa guerra y todo lo que sucede habitualmente, junto al uso del argumento tradicional: Israel está en peligro de existencia.

Finalmente ocurre que terminamos creando situaciones en las que mueren más personas que las asesinadas por los terroristas, y todo sin ningún motivo lógico.

Lo cierto es que, a pesar de la retórica amenazante de los políticos, el Estado de Israel, desde la guerra de la independencia, no estuvo nunca en situación de desaparecer. Su fuerza actual, incluido el potencial atómico, no permitiría que esto ocurriera en un futuro próximo.

Las guerras de Israel no acontecen en nuestro territorio. Nuestras casas no fueron conquistadas y nuestras familias no fueron transportadas en camiones del ejército. Aun cuando se utilizó contra nosotros la fuerza militar de dos o más países -como la guerra del Yom Kipur, en 1973- no terminó el conflicto dentro de nuestro territorio y si, 40 kilómetros de Damasco y a 100 de Cairo.

Si alguien quiso perturbar la vida cotidiana del país a través de ataques a escuelas, no pudo conseguirlo. La vida cotidiana de los combatientes y sus familias tampoco se vio alterada.

Tal vez tuviéramos otro punto de vista si recordamos que durante la Segunda Guerra Mundial hubo familias enteras bajo la conquista, y los soldados no vieron a sus seres cercanos durante cinco años.

En Israel, fuera del hecho de una lucha total de cinco semanas, el pueblo llevó una vida normal. No hay dudas de que esto se debe a nuestro ejército que, a pesar de los errores, sirvió durante cuarenta años como un ejército de defensa real.

Es cierto que la generación de políticos árabes de los cincuenta y sesenta pensaba en la destrucción de Israel y en arrojar a los judíos al mar, y es el documento palestino del año 1964 (la carta fundacional de la OLP) lo que demuestra esas posiciones. No podemos olvidar que la OLP que formada por los gobiernos árabes tres años antes de la usurpación israelí de los territorios ocupados, y en esa época no se hablaba de Hebrón y sí de Jaffa. Si alguien hubiera podido anticipar el futuro a los políticos árabes, y ellos hubieran sabido que iban a perder, Israel no estaría hoy día en esta situación. Pero tampoco habría paz con Egipto, el más grande de los países árabes, y un cuarto de millón de israelíes no lo hubieran visitado.

Aquellos políticos no hubieran creído que la OLP iba a proponer sentarse en una mesa de negociación con un Estado que quería destruir, y menos aún que esta organización estuviera dispuesta a dialogar sobre la división de territorios en base a la propuesta de la ONU…

Por JL (1988)

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